La mañana del homenaje
La mañana había amanecido grave y silenciosa. Era como si hasta el aire, al pasar por aquel paraje, hubiese aprendido a caminar de puntillas. Por el camino fueron llegando los vehículos de la Guardia Civil, despaciosos, levantando apenas el polvo de la tierra. Detrás, los caballos avanzaban con ese paso noble y acompasado de los animales que parecen conocer, por un secreto instinto, la solemnidad de la jornada.
Los guardias se apearon y ocuparon sus puestos. Sonaron las botas sobre el suelo, el leve tintineo de los correajes, el resoplar de las caballerías. Y, sin embargo, por encima de todos aquellos sonidos, se extendía un silencio mayor: el silencio de quienes acuden no a cumplir un servicio, sino a rendir memoria.
Junto al árbol, testigo humilde del tiempo y de la tierra, fueron depositadas las flores. Flores para los que ya no estaban; para aquellas sesenta y nueve vidas que la desgracia ferroviaria de Urda arrebató un día a los suyos. Sesenta y nueve nombres, sesenta y nueve destinos truncados, sesenta y nueve ausencias que el tiempo no ha conseguido borrar.
Y entonces llegó el instante.
Los guardias se irguieron. Se hicieron firmes sus cuerpos, rectas sus espaldas, serenas sus miradas. Y, como obedeciendo a una misma voz interior, llevaron la mano a la sien en el saludo militar. La mano, quieta; el brazo, firme; el corazón, quién sabe con qué recuerdos latiendo bajo el uniforme.
Era un saludo. Pero no solamente un saludo. Era el homenaje de los vivos a los muertos; de quienes siguen en pie a quienes cayeron para siempre; de una institución que, por encima de los años, no renuncia a honrar la memoria de los que ya no pueden escucharla. No había allí gesto vano ni ceremonia vacía. Había disciplina, sí; pero también gratitud, respeto y ese sentimiento profundo que a veces no encuentra palabras y necesita expresarse con la noble sencillez de una mano llevada a la sien.
Los caballos permanecían quietos. Las flores reposaban junto al árbol. Y aquellos hombres, erguidos en su uniforme, parecían formar una guardia no sólo ante un recuerdo, sino ante la memoria misma.
La gente guardó silencio. Porque hay momentos en que las palabras, por hermosas que sean, estorban. Y porque ante el dolor de los ausentes sólo cabe descubrirse, guardar silencio y permanecer en pie.
Así transcurrió el homenaje: sin estrépito, sin alardes, con esa grandeza sobria de los actos que no necesitan proclamarse para ser grandes. Y quedó en el aire, como una pregunta que también era un reconocimiento, el eco de aquellos versos:
© Humberto 2026.
