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martes, 13 de enero de 2026

EL REQUETÉ. PEMÁN

 EL REQUETÉ






El general Redondo y el comandante Zabala han escrito un libro claro, vivo, directo, que se llama El Requeté. Sea el origen de esta palabra el toque de atención de uno de los batallones de Zumalacárregui o el toque de jauería de los cazadores bearneses, lo evidente es que entraña algo onomatopéyico. Imita una corneta. Es grito, más que palabra. No expone ideas: convoca voluntades. La «e» es la vocal que mejor se sostiene y se lanza a distancia al aire libre. Por eso, de huerta a huerta, los valencianos crearon, antecediendo a todo recado, el «che». Los tenores les piden a los libretistas una «e» baja para notas que desean prolongar. Para jujarse.

Esa entraña de onomatopeya parece bien expresiva del contenido mismo del vocablo. El «requeté» es, primero que nada, una actitud humana. Redondo y Zabala pueden llenar páginas bellísimas de su libro con anécdotas pasmosas de los requetés navarros, levantinos, andaluces. Pero por eso mismo importa mucho no concentrar la exaltación de ese gran tipo humano —el requeté— en esa sola y gloriosa explosión vital. Redondo y Zabala dedican muchas páginas, como contenido de ese grito y onomatopeya, al tradicionalismo. Un grito no es nada si no arrastra palabras detrás.

Pero esto es ya mucho más delicado. El perfil legendario del tipo humano —requeté— puede gravitar sobre su objetivo mental y hacer que este se piense también como algo legendario; inserto en un tipo de «tradición» que casi se entiende como un modo de «evocación». Eso no. Sabido es que «tradición» viene de «tradere»: entregar. Y solo es tradicional lo que se entrega al presente. La Tradición es esencialmente una dimensión del Progreso. El hombre primitivo, frotando dos piedras, inventó el fuego, realizó un progreso. Pero ese progreso se hubiera secado si él no se lo transmite a su hijo, y este a su nieto; es decir, si no se convierte en Tradición. La Tradición es como esa fila y cadena de operaciones que se van pasando las cosas, de mano a mano, desde la fábrica al carro. Tan Tradición es la fila mirándola por una punta como por otra: en la fábrica o en el carro; en los siglos pretéritos o en el minuto presente.

Es más: cuando la Tradición se hace política —es decir, tradicionalismo— apoya su acento más en su actual eficacia que en su sustancia pretérita; porque la política es siempre cosa de hoy. Ese «ismo» que se le añade, como una contera, a la palabra Tradición, no es nada si no nos alcanza a nosotros y nos hurga y cosquilla. Por eso casi todo lo que llamamos castizo o tradicional —trajes populares, danzas, folklore, romerías, cerámicas— está cuajado en los siglos XVIII y XIX. No escapa de esta ley el «tradicionalismo» político. La plena conciencia de una Tradición española, utilizaba políticamente, nace cuando en la gran crisis de finales del siglo XVIII algunos «ilustrados» católicos, como Jovellanos, piensan que entre absolutismo y liberalismo hay un término equilibrado: la Monarquía reformada según la constitución social y tradicional de España. La idea de recurrir a la tradición como moderadora de la Monarquía, por ser vitalizadora de los núcleos naturales, nace más vencida hacia el lado del progreso que hacia el lado de la evocación.

El tradicionalismo se encarna, con el Rey, con un aire popular y orgánicamente democrático, que merecería calificarse de liberal si todas estas palabras no las hubieran monopolizado y desgastado los revolucionarios. Porque las Cortes doceañistas traicionan luego esa idea; pero ya nunca podrán sepultarla. Como un corcho, reaparece y sobrenada en la superficie, con el «Manifiesto de los Persas», con los «apostólicos», con las guerras de la Regencia y, al fin, con el Carlismo.

La verdad es que el Carlismo estalla, al fin, como una condensación de todo esto que se ha apartado mucho de los ideológicos equilíbrios de Jovellanos. El liberalismo ha explotado con tal violencia que el Carlismo tiene que hacerse grito, onomatopeya de corneta que pronto será «requeté». Buscar pulcritudes científicas e históricas en ese estallido es tarea vana. Libertad y tradición son dos emociones en aquel momento: en definitiva, dos modos de nombrar la incredulidad y la fe. Los dos bandos violentan su antecedente histórico en aquel instante. Los liberales sostienen, en Isabel, la herencia directa del absolutista Fernando que odian. Los carlistas se amparan en la Ley Sálica, afrancesada, excluyente de las hembras, sustancialmente ajena a la tradición del pueblo de Isabel la Católica. Si bien el absolutismo de esta, hasta con injusticia para el europeo don Fernando el Católico, es obra, en gran parte, de historiadores liberales.

No es tanto, pues, la Historia bastante maltratada y negada por todos, la que da perfil definitivo al Tradicionalismo. Se lo da, como a toda Tradición, el siglo XIX y el mismo XX: cuando perfilan en inteligencia doctoresca emocional, tradicional, leales carlistas como Nocedal y Aparisi; carlistas disidentes como Mella; cristinos o alfonsinos como Balmes, Donoso, Menéndez Pelayo, Chesterton o Vílum. Cuando le dan estilo actualísimo Maeztu o Pradera. Cuando llega a todos con «Acción Española» y hoy con la «Biblioteca del Pensamiento Actual».

Hay que mirar la Tradición en el último saco de la fila que carga el presente. Hay que valorizar en ella todo lo que tiene de anti-absolutista, de realización de esa ansia vaga de libertad que agita a la juventud. Hay que dialogar anchamente con el hambre «social» tan característico de esta hora. ¡Qué gusto va a dar esto a un movimiento popular, tan señorial, que jamás caerá en ningún señoritismo! Dos requetés cayeron fusilados a derecha e izquierda de José Antonio. Uno era un mecánico; el otro, un agente mercantil. Lo «social» en José Antonio, marqués, jurista y poeta, era una heroica voluntad inteligente, en aquellos muchachos era un lógico problema tan propio que casi no habían tenido que formularlo.

Por eso, por ese cúmulo de contactos y diálogos que le son propios, el Tradicionalismo nunca ha querido llamarse Partido, sino Comunión. La Tradición es, como la Patria, demasiado ancha para poderse sostener con pocas manos. Nadie la puede tener por «suya» ni meterla por vías muertas o narcisistas. Es eso: Comunión. No se puede «excomulgar» a nadie que, en gracia de España, ceda de cualquier parroquia, se acerque al comulgatorio.

Lo que no quita para que el heroísmo del libro de Redondo y Zabala se desprenda de toda la generosidad y centinela que el Carlismo ha ejercido. No quito ni una sílaba a lo que, en días de República, decía uno de sus líderes: «La blancura de vuestra flor es, sin duda, la blancura de un pasado que es una historia sin tacha; y la blancura de un porvenir donde todavía puede escribirse todo porque nada ha fracasado todavía». No hay salida posible del momento actual sino contenido con esa gran libertad y las posibilidades sociales de la Tradición. Frente a cualquier otra volvería a sonar la onomatopeya del incansable toque de atención: «¡Requeté!». Incansable porque la «e» es la vocal que más tiempo se sostiene y alarga a la intemperie.

José María Pemán
de la Real Academia Española

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