BLASCO IBÁÑEZ EN AMÉRICA
Por José María Pemán
Se celebra el centenario de Vicente Blasco Ibáñez. Blasco Ibáñez fue, íntegra y expresivamente, un «mediterráneo». Le es muy difícil a un artista creador nacido a las orillas del «Mare Nostrum» ser exclusivamente artista. La claridad mediterránea parece que exige por sí misma el tránsito de la idea y la palabra a la acción. No hay bruma, ni niebla de ninguna clase, que se interponga en el espontáneo proceso lógico. Muchas de las abstracciones mentales que dignifican el pensamiento germánico, por ejemplo, riman y se acomodan bien con las nieblas circundantes. Son pensadores prisioneros en sí mismos : porque su aeródromo está cerrado a causa de la niebla.
Por eso es muy difícil que no se «politice» intensamente cualquier producto artístico o literario nacido en las claras orillas mediterráneas. Así, la Divina Comedia. Para nosotros, amortizado todo su contenido de comadreo municipal político, es el gran poema de la teología medieval: el gran «turismo» metafísico que recorre las postrimerías del hombre : infierno, purga torio y paraíso. Pero para un lector de su mismo siglo XIII fue, ante todo, un boletín político en el que se recuentan todas las luchas municipales de Florencia y las peleas de los güelfos y los gibelinos.
No es extraño, por lo tanto, que el desbordante y sanguíneo novelista de la Malvarrosa cayera rápidamente en la «acción política», sin la cual le parece a un mediterráneo que se quiebra a la mitad de la línea lógica del pensamiento : porque todo se piensa «para algo». Al fin y al cabo es el proceso de todos os artistas de las costas valencianas. Empiezan siempre por el color, la visión exterior y cierta superficialidad de exposición directa. Así, Sorolla en la pintura, o en la palabra hablada Federico García Sanchiz. Sorolla, menos empujado por la limitación de sus propios pinceles a una plenitud de acción política, no pudo, por lo menos, privarse de rotular sus cuadros anecdóticos y narrativos con ciertas proposiciones sociológicas: ¡Y luego dicen que el pescado es caro! Se ve que su pincel está, como potro antes de la carrera, temblando por convertirse en pluma; se ve que el rótulo explicativo de su cuadro de los pescadores y los naufragios está como iniciando un artículo de fondo.
Pero Blasco Ibáñez, que tenía ya en la mano la pluma, no podía, ni debía, negarse a sí mismo esa especie de «ley de la gravedad» que lleva a la acción el pensamiento mediterráneo. Se ensayó, primero, en las calles de Valencia, con esa política típicamente italiana de los «blasquistas» y los «sorianistas», que llenó de voces, bandos y tiros las mañanas de la capital. Eran los güelfos y los gibelinos de Florencia, a medida valenciana. Sino que esto no era más que una especie de «ensayo general». El ímpetu lógico y dialéctico del valenciano acaba llevándole al mundo. Así le había pasado a Luis Vives, que sentó sus reales en Brujas para propagar la razón; o a San Vicente Ferrer, que plantó púlpitos coloristas, con cierto aire de «fallas», por media Europa, para predicar la fe e incluso anunciar el «fin del mundo».
Vicente Blasco Ibáñez obedeció también a la tradicional llamada universalista del valenciano, y después de haberse acreditado en Europa, y sobre todo en Francia, cede a la tentación inevitable de la gira de conferencias por la América española. Estamos ante la parcela menos conocida de la producción blasquista, ahora salvada y recogida gracias al cuidado y amor de Emilio Gaseó Contell, el que fue siempre fiel amigo de Blasco y en algunas ocasiones su laborioso secretario.
Es un fenómeno curioso. Así como en España puede existir con calidades originales y adecuadísimas «un público de toros», o en Londres «un público de tenis», en nuestra América de habla española, sobre todo en Buenos Aires, existe definidamente un «público de conferencias». Es un gusto u oficio característico de aquel sector humano del planeta y no fácil mente explicable en cuanto el mecanismo de sus resortes inter nos. No se trata de una parcialidad ideológica que, con su anuencia preconcebida y su entusiasmo almacenado a presión, espera el «verbo» de quien venga a halagar sus convicciones; así, por ejemplo, el partido comunista en cualquier parte del planeta o las masas cristianas de un Congreso Eucarístico. Se trata de un público dispuesto a escuchar a una serie de personas que van a exponerle una gama policromada de pensamientos varios y contrapuestos. Así, aquel año de 1909, en que Blasco Ibáñez es contratado para dar conferencias en el teatro Odeón de Buenos Aires, alternando con Clemenceau, Guillermo Ferrerò, Jean Jaurès y Anatole France.
Y ocurre entonces el fenómeno inevitable en todos estos casos. El novelista valenciano no entra en fila con esa especulativa nómina de expositores de ideas. El público del Odeón, que tiene lista y preparada su elegante curiosidad para su «abono» de conferencias, se encuentra, de pronto, con que a Blasco tiene que compartirlo con la calle. El día que llega el valenciano se produce en la gran ciudad un auténtico día de fiesta. Envuelto en un entusiasmo delirante, Blasco es conducido hasta el hotel, y el balcón de su cuarto ha de ser su primera tri buna americana. Pero oigan mejor el relato hecho, con sus gotas de vinagre, por J. J. Brousson, el secretario de Anatole France: «Competencia: ha llegado a Buenos Aires otro conferenciante: Blasco Ibáñez. De llegada ya nos da jaque mate. Una multitud inmensa y delirante ha ido a esperarle, llevándole en triunfo hasta su hotel. Desde el balcón, el célebre nove lista ha improvisado una furiosa arenga que ha precipitado, bajo él, como oleadas, la turba convulsionaria. Con sus poten tes manos modelaba el hierro de la barandilla. Le echaba a la multitud el corazón, el pañuelo, los puños de la camisa. Había en él algo del matador que brinda en la arena, del tenor que «bisa» un aria, del capuchino que se agita en el púlpito, del rey de los «camelots», del poeta que improvisa, del sacamuelas... El pueblo ha permanecido largo tiempo bajo el balcón vacío. Hasta hubo sus conatos de motín. Y para apaciguarlos, el escritor español ha tenido que recomenzar cinco o seis veces su calurosa arenga. El programa de Blasco Ibáñez nos hace mu cho daño. Hay que confesar que su minuta es más copiosa y variada que la nuestra. Nosotros no tenemos más que un solo plato, «Rabelais», bastante duro de roer. Blasco Ibáñez hablará, sucesivamente, de Napoleón, de Wagner, de los pinto res del Renacimiento, de la Revolución francesa, de Cervantes, de cocina, de Filosofía, del teatro contemporáneo, de la cuestión social, de la ciencia, de la Argentina...»
«Es el hombre-orquesta—ha murmurado Anatole France—. No me pueden exigir, a mi edad, que yo haga lo mismo.» Pero lo más curioso es que si, por una parte, del lado del público, se produce ese fenómeno delirante, por la otra, de par te del conferenciante, se produce otro fenómeno correlativo, que puede anotarse en casi lodos los españoles intelectuales visitantes. Blasco se siente poseído por una idea de «misión». Sus conferencias dejan de ser espectáculo y se convierten en acción y diálogo. Las oposiciones ideológicas y políticas españolas—republicanos, socialistas—dentro de la metrópoli suelen arrancar su discrepancia desde la historia misma. Son los impulsos de ese que se ha llegado a llamar «la pequeña tradición» o la «tercera España». Pero toda esa discriminación interna desaparece del todo en el enfrentamiento de Blasco con su público de Buenos Aires. Ante él, el valenciano se nos aparece exaltando la aportación de España a aquella tierra; celebran do la fuerza unitiva y humanizante del Catolicismo ; disculpando la Inquisición ; tratando con caballerosa benevolencia a la reina Isabel II, y atacando, como un paladín por su dama, los tópicos de la leyenda negra; considerando como un hecho hispánico, de un lado y otro del mar, esa política militar que resuelve medio siglo español con jugadas castrenses entre Espartero, Prim, O’Donnell, Narváez y Pavía.
Interesa mucho ver a Blasco colocado, como para experiencia de laboratorio, ante el reactivo que viene a ser el público de Buenos Aires. Se forma como una circulación de entusiasmos de ida y vuelta. Todo es sumido en una onda comunitaria. El público aguanta verdades. El conferenciante corrige tópicos peninsulares. Hablar en nuestras viejas tierras hispánicas es un ejercicio de moral pública.
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