Vistas de página en total

miércoles, 11 de junio de 2014

Estaba seguro de que vendrías


Estaba seguro de que vendrías






La calle, después del tiroteo, se había llenado de coches de policía, y montones de curiosos se asomaban a las ventanas. En la entrada del banco se veía el cuerpo tendido de un policía, sobre un charco de sangre, y el de uno de los atracadores, en decúbito supino, con un agujero en la sien y una mueca de imbécil, consecuencia del rigor mortis.

Según algunos testigos, los atracadores habían descerrajado varios tiros a bocajarro al agente cuando este se asomó para ver qué ocurría dentro, pues algo parecía haber levantado sus sospechas, y se topó con ellos al salir. Aun así, le dio tiempo a efectuar un único y certero disparo, desde el suelo, que mandó al otro barrio al que parecía el cabecilla. Después, el resto de la banda —unos cinco en total— había respondido con subfusiles al fuego del compañero de dotación, a quien todo le había sorprendido en el exterior y que hizo lo que pudo y supo: rodilla en tierra, el brazo estirado con el arma, disparo a disparo, tratando de evitar que volvieran a rematar a su compañero. La respuesta fue una ráfaga que lo regó todo de casquillos y sembró el terror en la calle. A continuación, los atracadores, al verse bloqueados, cerraron las puertas tras de sí y se hicieron fuertes en el interior, capturando rehenes y disparando, a las primeras de cambio, contra todo lo que se moviera o se acercara a las puertas.

Mariano, compañero del Zeta del agente abatido, sorteando furgones y ambulancias, se acercó al comisario, que estaba parapetado tras un blindado, y le dijo:
—Es mi compañero el que está ahí tirado, señor. Solicito permiso para ir a recogerlo.
El comisario miró primero a Mariano, frunciendo el ceño, y después al cuerpo del policía. Negó con la cabeza.
—No. Ni hablar. Denegado —replicó—. No quiero que arriesgue usted su vida ni la seguridad del operativo por un hombre que, probablemente, ha muerto. Ya está bien por hoy.
Había arrastrado la palabra «probablemente».
Se hizo un silencio. Al cabo de unos segundos, Mariano se giró, dándole la espalda. Hizo ademán de volver a su puesto, pero, de repente, haciendo caso omiso de la orden, soltó una imprecación, se saltó el cordón policial y, corriendo como un galgo, se lanzó hacia la entrada.

Los de dentro abrieron fuego al verlo llegar. Y los policías del cordón también. Todo se quebró en fogonazos, chasquidos de impactos y esquirlas volando. Las cristaleras, ya dañadas por refriegas anteriores, terminaron de fragmentarse y venirse abajo, y el techo de pladur se desprendió, cayendo sobre el interior del banco y levantando una nube de polvo blanco que se mezcló con el de la pólvora.

Cuando se produjo un alto el fuego y cesaron los silbidos de las balas, tan pronto como se disiparon el humo y el polvo, los policías pudieron ver que Mariano se levantaba y, tambaleante, herido de varios disparos, regresaba cargando el cadáver de su compañero.

El comisario estaba furioso; las venas del cuello se le hinchaban.
—¡Ya le dije que estaría muerto!
Mariano permanecía sombrío, con una firmeza que dejó al otro pensativo. La sangre le manaba del brazo y del costado y, al bajar por la pernera, empapaba y teñía de rojo el uniforme. De pronto, cayó desplomado.
Entonces el comisario tragó saliva y reculó. Se agachó, se acercó a él y le habló de cerca:
—Dígame, ¿merecía la pena ir hasta allí para traer un cadáver?
Y Mariano, moribundo, en el último impulso de la agonía, respondió:
—Claro que sí, señor. Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme: «Estaba seguro de que vendrías».

jueves, 29 de mayo de 2014

Historias de mujeres que fuman.


Crystal



Una historia de mujeres que fuman, y de hombres que no son  sus maridos, ni sus novios, ni sus amantes. Ni sus clientes.




—Cuando me trajeron aquí engañada no quería más que morirme. Tenía diecisiete años y quería ser bailarina.
Cuando Crystal, nombre supuesto, hablaba del pasado, la nostalgia tenía el rostro de un violador ucraniano.
—Era domingo cuando me obligaron, creo —dijo—. Aunque en aquellos años casi siempre era domingo.
Acababa de cumplir veinticinco. Sus mejores recuerdos cabían en un papel de fumar.
—Hace mucho de aquello. He intentado empezar de cero un montón de veces: trabajar en otra cosa, llevar otra vida… pero cada vez que lo intento, la primera violación cumple otro año. Y…
Puse las manos sobre las suyas cuando iba a contar la parte en la que se había cortado las venas. Apenas la conocía, pero ya la consideraba una especie de ahijada; sus dedos dibujaban posdatas de impotencia. Intenté hacerla sonreír. Olvidé que de lo único que soy un profesional es de arrancar lágrimas amargas tirando de la lengua. Retiré la mano, tímidamente. Por su expresión, parecía estar pensando en mí no como padrino.
En el parque, junto a su casa, las estrellas brillaban con desgana y la luna era solo una farola a punto de fundirse.
—Nunca he conocido a un policía como tú —susurró, con ojos que gritaban más que su boca—. De hecho, cualquier otro que no se hubiera acostado conmigo jamás habría vuelto a aparecer.
Parpadeaba como quien espera encontrar el amor en la próxima esquina, como si fuese a aparecer un príncipe azul. Lo único azul que yo tenía era el uniforme.
Me gustaba escucharla con su acento del este. El olor de su cabello era suficiente para volver. Para no perderla después de que, en comisaría, me diera su teléfono. Y cuando cruzaba las piernas con aquel vestido de flores, la primavera y el verano se besaban en la boca. Intenté no mirar, pero lo hacía, de vez en cuando. Alguien tenía que escribir su historia, y ese alguien era yo. Por lo demás, prostitutas y policías: aceite y agua.
Me la había contado días atrás, tras declarar por aquel puticlub. Drogas, proxenetismo… un desastre. Me cayó en gracia cuando supe que jugaba al ajedrez en los ratos muertos y que había sido bailarina de ballet clásico. Creo que a ella también le caí en gracia, por simpatía.
—Tienes algo que me recuerda a mi padre —dijo, confiada, aquella tarde en mi despacho—. No sé qué es: la forma de hablar, tu caballerosidad… tu olor corporal.
Me miró de un modo que todavía me hace dudar.
—¿Mi olor corporal?
No era la primera vez que me lo decían.
—Sí. Hueles bien.
Callé. Hice como que pensaba. Es insultantemente guapa. Pero no brilla. Una mujer sin brillo, por mucha belleza que tenga, no es más que un monumento colocado en el lugar correcto.
Una estrella cruzó el cielo como un conductor borracho, hasta apagarse en la inmensidad negra. Nos miramos. Pedimos un deseo. Seguramente distintos.
—Soy uno más —dije—. Un policía, un tipo cualquiera que ha leído un poco, que escucha.
Me encogí de hombros y me levanté. Ella hizo lo mismo.
Mi compadre decía que a las mujeres solo les gustaban dos cosas más que un orgasmo: que las escucharas o que las sedujeras. Era tarde para cortejos. Nos sentamos en la terraza de un bar cercano. Pedí algo de beber y puse cara de nostálgico empedernido. Aceite y agua. Pasajero viendo pasar su tren.
Por segunda vez escuché la historia de Crystal. Con todos los detalles. Desde el principio. Aquella fue la última ocasión.
Han pasado meses. No la he vuelto a ver. Y todavía no la he escrito.


lunes, 5 de mayo de 2014

Madre

 Cuando escuchas la palabra madre tiendes a pensar en la propia. Jamás se te ocurre pensar en una madre cualquiera. Siempre es la de uno; con su mirada y sus gestos, sus abrazos y sus guisos, en los momentos que compartimos con ella. Si algo tienen las madres es que son únicas incluso para cada uno de sus hijos, y deberían precisamente por este motivo tener derecho a no envejecer, a no enfermar, a no faltar jamás y a no tener nunca falta de nuestros abrazos.




miércoles, 30 de abril de 2014

Narrar en primera, segunda o tercera persona




Los escritores se sientan en la cabina del aeroplano y despegan desde la perspectiva más cómoda para su forma de narrar. Sin embargo, muchas veces es necesario adentrarse en el triángulo de las Bermudas —yo, tú, él— y elegir uno de sus vértices.

Todo vuelo literario lo emprende un escritor que, de la mano de un narrador, cuenta la historia de un personaje a un lector. El punto de vista narrativo es uno de los aspectos clave del relato. La pregunta esencial es: ¿quién cuenta?

Siempre contamos desde una perspectiva. El punto de vista del narrador sustituye, como recurso literario, al del autor. En español, el pronombre personal (yo, tú, él) puede omitirse, ya que la conjugación verbal remite al sujeto. La tercera persona puede sustituirse por cualquier sustantivo —persona, cosa o animal—, mientras que la primera y la segunda persona remiten a una experiencia o diálogo humano.

Tres tipos de narradores

Narración en primera persona
La ventaja del «yo» reside en su verosimilitud: convence al lector por la intimidad que transmite. El narrador se presenta como testigo —o protagonista— de lo sucedido.

Narración en tercera persona
La tercera persona narra la acción desde fuera, mediante un narrador oculto y omnisciente. El autor impone su autoridad: conoce tanto los hechos como los pensamientos y sentimientos de los personajes.

Narración en segunda persona
La segunda persona construye un relato en forma de diálogo en el que solo habla uno. El «tú» provoca una fuerte empatía entre lector y protagonista. Al principio sobresalta, porque el lector se siente interpelado; después comprende que el destinatario real es el personaje.

La diferencia principal entre los tipos de narrador depende de si este participa o no en la acción. Narrar en primera persona implica que el narrador es un personaje. El punto de vista elegido cumple una función dentro del relato y su elección resulta decisiva para el desenlace.

Como ejercicio, reescribiremos en primera y segunda persona El eclipse, de Augusto Monterroso, para observar el efecto del cambio de perspectiva. Este ejemplo explica la elección de la tercera persona por parte del autor guatemalteco:

«Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido, aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable, definitiva. Ante su ignorancia topográfica, se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. (…) Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo».

Si el relato se inicia en primera persona, pierde consistencia, ya que el personaje muere al final.  

«Cuando me sentí perdido, acepté que ya nada podría salvarme. La selva poderosa de Guatemala me había apresado, implacable, definitiva. Ante mi ignorancia topográfica, me senté con tranquilidad a esperar la muerte. (…) Al despertar me encontré rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarme».

Si se narra en segunda, el lector se pregunta por qué el narrador no evitó el desenlace.

«Cuando te sentiste perdido, aceptaste que ya nada podría salvarte. La selva poderosa de Guatemala te había apresado, implacable, definitiva. Ante tu ignorancia topográfica, te sentaste con tranquilidad a esperar la muerte. (…) Al despertar te encontraste rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarte». 


 

Ejemplos:

  • Martín y Erika estaban sentados bajo la sombra de un árbol. (Tercera persona)

  • Estabas sentado junto a Erika bajo la sombra de un árbol. (Segunda persona)

  • Me senté junto a Erika bajo la sombra de un árbol. (Primera persona)

jueves, 13 de marzo de 2014

Democracia morbosa

José Ortega y Gasset




Democracia morbosa



Las cosas buenas que por el mundo acontecen obtienen en España sólo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna.
En los últimos tiempos ha padecido Europa un grave descenso de la cortesía, y coetáneamente hemos llegado en España al imperio indiviso de la descortesía. Nuestra raza valetudinaria se siente halagada cuando alguien la invita a adoptar una postura plebeya, de la misma suerte que el cuerpo enfermo agradece que se le permita tenderse a su sabor. El plebeyismo, triunfante en todo el mundo, tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos.
Tenemos que agradecer el adviento de tan enojosa monarquía al triunfo de la democracia. Al amparo de esta noble idea se ha deslizado en la conciencia pública la perversa afirmación de todo lo bajo y ruin.
¡Cuántas veces acontece esto! La bondad de una cosa arrebata a los hombres y, puestos a su servicio, olvidan fácilmente que hay otras muchas cosas buenas con quienes es forzoso compaginar aquélla, so pena de convertirla en una cosa pésima y funesta. La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad.
Cuanto más reducida sea la esfera de acción propia a una idea, más perturbadora será su influencia, si se pretende proyectarla sobre la totalidad de la vida. Imagínese lo que sería un vegetariano en frenesí que aspire a mirar el mundo desde lo alto de su vegetarianismo culinario: en arte censuraría cuanto no fuese el paisaje hortelano; en economía nacional sería eminentemente agrícola; en religión no admitiría sino las arcaicas divinidades cereales; en indumentaria, sólo vacilaría entre el cáñamo, el lino y el esparto, y como filósofo, se obstinaría en propagar una botánica trascendental. Pues no parece menos absurdo el hombre que, como tantos hoy, se llega a nosotros y nos dice: ¡Yo, ante todo, soy demócrata!
En tales ocasiones suelo recordar el cuento de aquel monaguillo que no sabía su papel, y a cuanto decía el oficiante, según la liturgia, respondía: "¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento!" Hasta que, harto de la insistencia, el sacerdote se volvió y le dijo: "¡Hijo mío, eso es muy bueno; pero no viene al caso!"
No es lícito ser ante todo demócrata, porque el plano a que la idea democrática se refiere no es un primer plano, no es un "ante todo". La política es un orden instrumental y adjetivo de la vida, una de las muchas cosas que necesitamos atender y perfeccionar para que nuestra vida personal sufra menos fracasos y logre más fácil expansión. Podrá la política, en algún momento agudo, significar la brecha donde debemos movilizar nuestras mejores energías, a fin de conquistar o asegurar un vital aumento; pero nunca puede ser normal esa situación.
Es uno de los puntos en que más resueltamente urge corregir al siglo XIX. Ha padecido éste una grave perversión en el instinto ordenador de la perspectiva, que le condujo a situar en el plano último y definitivo de su preocupación lo que por naturaleza sólo penúltimo y previo puede ser. La perfección de la técnica es la perfección de los medios externos que favorecen la vitalidad. Nada más discreto, pues, que ocuparse de las mejores técnicas. Pero hacer de ello la empresa decisiva de nuestra existencia, dedicarle los más delicados y constantes esfuerzos nuestros, es evidentemente una aberración. Lo propio acontece con la política que intenta la articulación de la sociedad, como la técnica de la naturaleza, a fin de que quede al individuo un margen cada vez más amplio donde dilatar su poder personal.
Como la democracia es una pura forma jurídica, incapaz de proporcionarnos orientación alguna para todas aquellas funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias. Por lo pronto, la contradicción del sentimiento mismo que motivó la democracia. Nace ésta como noble deseo de salvar a la plebe de su baja condición. Pues bien: el demócrata ha acabado por simpatizar con la plebe, precisamente en cuanto plebe, con sus costumbres, con sus maneras, con su giro intelectual. La forma extrema de esto puede hallarse en el credo socialista —¡porque se trata, naturalmente, de un credo religioso!—, donde hay un artículo que declara la cabeza del proletario única apta para la verdadera ciencia y la debida moral. En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe.
Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo.
En el triunfo del movimiento democrático contra la legislación de privilegios, la constitución de castas, etcétera, ha intervenido no poco esta perversión moral que llamo plebeyismo; pero más fuerte que ella ha sido el noble motivo de romper la desigualdad jurídica. En el antiguo régimen son los derechos quienes hacen desiguales a los hombres, prejuzgando su situación antes que nazcan. Con razón hemos negado a esos derechos el título de derechos y dando a la palabra un sentido peyorativo los llamamos privilegios. El nervio saludable de la democracia es, pues, la nivelación de privilegios, no propiamente de derechos. Nótese que los "derechos del hombre" tienen un contenido negativo, son la barbacana que la nueva organización social, más rigurosamente jurídica que las anteriores, presenta a la posible reviviscencia del privilegio.1 A los "derechos del hombre" ya conocidos y conquistados habrá de acumular otros y otros hasta que desaparezcan los últimos restos de mitología política. Porque los privilegios que, como digo, no son derechos, consisten en perduraciones residuales de tabúes religiosos.
Sin embargo, no acertamos a prever que los futuros "derechos del hombre", cuya invención y triunfo ponemos en manos de las próximas generaciones, tengan un vasto alcance y modifiquen la faz de la sociedad tanto como los ya logrados o en vías de lograrse.2 De modo que si hay empeño en reducir el significado de la democracia a esta obra niveladora de privilegios, puede decirse que han pasado sus horas gloriosas.
Si, en efecto, la organización jurídica de la sociedad se quedara en ese estadio negativo y polémico, meramente destructor de la organización "religiosa" de la sociedad; si no mira el hombre su obra de democracia tan sólo como el primer esfuerzo de la justicia, aquel en que abrimos un ancho margen de equidad, dentro del cual crear una nueva estructura social justa —que sea justa, pero que sea estructura—, los temperamentos de delicada moralidad maldecirán la democracia y volverán sus corazones al pretérito, organizado, es cierto, por la superstición; mas, al fin y al cabo, organizado. Vivir es esencialmente, y antes que toda otra cosa, estructura: una pésima estructura es mejor que ninguna.
Y si antes decía que no es lícito ser "ante todo" demócrata, añado ahora que tampoco es lícito ser "sólo" demócrata. El amigo de la justicia no puede detenerse en la nivelación de privilegios, en asegurar igualdad de derechos para lo que en todos los hombres hay de igualdad. Siente la misma urgencia por legislar, por legitimar lo que hay de desigualdad entre los hombres.
Aquí tenemos el criterio para discernir dónde el sentimiento democrático degenera en plebeyismo. Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo.
La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones.
A Nietzsche debemos el descubrimiento del mecanismo que funciona en la conciencia pública degenerada: le llamó ressentiment. Cuando un hombre se siente a sí mismo inferior por carecer de ciertas calidades —inteligencia o valor o elegancia— procura indirectamente afirmarse ante su propia vista negando la excelencia de esas cualidades. Como ha indicado finalmente un glosador de Nietzsche, no se trata del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez en el fruto, y se contenta con negar esa estimable condición a las uvas demasiado altas. El "resentido" va más allá: odia la madurez y prefiere lo agraz. Es la total inversión de los valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su lugar triunfa lo inferior.
El hombre del pueblo suele o solía tener una sana capacidad admirativa. Cuando veía pasar una duquesa, en su carroza se extasiaba, y le era grato cavar la tierra de un planeta donde se ven, por veces, tan lindos espectáculos transeúntes. Admira y goza el lujo, la prestancia, la belleza, como admiramos los oros y los rubíes con que solemniza su ocaso el Sol moribundo. ¿Quién es capaz de envidiar el áureo lujo del atardecer? El hombre del pueblo no se despreciaba a sí mismo: se sabía distinto y menor que la clase noble; pero no mordía su pecho el venenoso "resentimiento". En los comienzos de la Revolución francesa una carbonera decía a una marquesa: "Señora, ahora las cosas van a andar al revés: yo iré en silla de manos y la señora llevará al carbón." Un abogadete "resentido" de los que hostigaban al pueblo hacia la revolución, hubiera corregido: "No, ciudadana: ahora vamos a ser todos carboneros."
Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas, y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Cada día que tarde en realizarse esta irrealizable nivelación es una cruel jornada para esas criaturas "resentidas", que se saben fatalmente condenadas a formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie. Cuando se quedan solas les llegan del propio corazón bocanadas de desdén para sí mismas. Es inútil que por medio de astucias inferiores consigan hacer papeles vistosos en la sociedad. El aparente triunfo social envenena más su interior, revelándoles el desequilibrio inestable de su vida, a toda hora amenazada de un justiciero derrumbamiento. Aparecen ante sus propios ojos como falsificadores de sí mismos, como monederos falsos de trágica especie, donde la moneda defraudada es la persona misma defraudadora.
Este estado de espíritu, empapado de ácidos corrosivos, se manifiesta tanto más en aquellos oficios donde la ficción de las cualidades ausentes es menos posible. ¿Hay nada tan triste como un escritor, un profesor o un político sin talento, sin finura sensitiva, mordidos por el íntimo fracaso, a cuanto cruza ante ellos irradiando perfección y sana estima de sí mismo?
Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos "opinión pública" y "democracia" no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.
---------
1 Este carácter negativo, defensivo, polémico de los derechos del hombre aparece bien claro cuando se asiste a su germinación en la revolución inglesa.
2 Así el "derecho económico del hombre" por el cual combaten los partidos obreros.

lunes, 3 de febrero de 2014

Ennio Morricone - Conmigo - Daniela Mercury & Eumir Deodato







La música o el refugio de soledades, santuario de la inspiración.



Repasando lo que tengo de ese genio que responde por Ennio Morricone, he recaído, debido a que sale en un anuncio de TV, en una de sus canciones más increíbles: Metti una sera a cena (traducida en España como: Supongamos que una noche, cenando...). De la cual, como es entendible, existen versiones para aburrir. Inserto la correspondiente a Daniela Mercury.
Su letra es la siguiente:

...Quando noi per caso in un solo istante
ci guardiamo indifferentemente e
pensiamo in fondo a cosa siamo

Quando improvvisamente ritroviamo
tutte quei momenti che dobbiamo ricordare

per poterci amare

Noi comprenderiemo cosa vuole dire
veramente starsene per ore nel silenzo
stretti da morire

E ci accorgeremo allora che il passato
il passato è stato quel che è stato
mai il domani cosa mai sarà

Metti una sera
come ogni sera
che siamo a cena
noi due soltanto

Ma apriamo gli occhi
all'improviso 
coi nostri visi
non c'è piu niente

Traducción:

Cuando nosotros, por casualidad, en un instante
nos miremos indiferentemente y
pensemos lo que en el fondo somos

Cuando de repente encontremos
todos aquellos momentos que debemos recordar
para ser capaces de amar

Comprenderemos lo que quiere decir
realmente sentarse durante horas en silencio
próximos a morir

y entonces nos daremos cuenta que el pasado,
el pasado ha sido el que ha sido
y el mañana nunca será

Digamos una noche,
una noche cualquiera
en la que estemos cenando 
sólo nosotros dos 

Abramos los ojos,
de repente
nuestros rostros,
no hay nada más...

Y por último su versión original, para la película homónima de Giuseppe Patroni Griffi, de 1969. Con Tony Musante, Florinda Bolkan, Jean Louis Trintignant y Lino Capolicchio.


 La melancolía es el único recurso para los que no tenemos futuro.
 Porque somos la desnudez desarropada
ante el rayo que mata o vivifica,
y el sol abre avenidas de fuego en nuestro pelo.

Armados de los sueños más feroces,
se nos pone mirada de pantera.
Se moja el corazón,
y así revive
dispuesto a dar batalla.

viernes, 3 de enero de 2014

Ex libris


Ex libris

Por Karim Taylhardat 


‘De entre los libros’; ‘uno de los libros’, e ‘inscripción seguida de nombre o iniciales’; ‘posesión o marca, o contraseña’; ‘indicación de pertenencia’; ‘justificación del dominio’; ‘volumen que forma parte de’; y, según el marqués Piedras Albas, «marca que equivale a un título legítimo de propiedad sobre uno de los libros, hecha por el dueño de la biblioteca», colocada, acaso, en el revés de la cubierta o en la portañola, cumpliendo así todos los requisitos del efecto estético, de algo gráfico, distintivo o alegórico de la persona a la que representan, o una recreación relacionada con la personalidad, o profesión.
«El exlibris es al talento lo que el blasón a la nobleza; el valor de un bibliófilo esta en relación inversa a la categoría de sus exlibris», aproximaciones que, en España, fueron seguidas por artistas como Triadó, Miquel i Planas y A. Riquer, y resultan clarificadores los estudios insertos en Revista Ibérica de Ex libris (1903), expertos exlibristas que han pedido calificación de ciencia para el ex libris, con un valor que en ocasiones rebasa el del propio libro; e incluso son cuidados como reliquias.
Ya el monarca Amenofis, hacia 1400 a. C. sellaba rollos y papiros que los identificaba a su biblioteca. En 1188 se conoce un códice bávaro, y en la Edad Media, época pormenorizante, y experta y entregada a lo miniado, cultivaría el ejercicio del ex libris.
Tal y como se conocen en nuestros días, en forma de etiqueta encolada a modo de sello, arrancan con el desarrollo de la imprenta y son, prioritariamente, originarios de Alemania, y expertos berlineses, como Warnecke, aseguran que los primeros en asomar, hacia 1480, pertenecían al hermano Hildebrando de Bradenburg, al donar su biblioteca al monasterio de Buxheim. Son destacables, en 1529, el de Bertaud o el del inglés Bacon, libros que también serían donados a la Universidad de Cambridge, y de mención habitual es el de la reina Ana van der Aa. Reciben influencia, por lo tanto, en este largo discurrir, de todas las corrientes estéticas, de estudios detallados, catalogaciones; manifiestan su curiosidad asociaciones específicas que favorecen, extienden, fomentan y facilitan el cambio; son un ejemplo las colecciones del conde Leiningen-Westerburg, en el museo muniqués de Neupassing, con más de diecisiete mil piezas.
En España, el polígrafo Doctor Thebussem (anagrama de la palabra embustes), seudónimo de Mariano Pardo Figueroa, se encargaría de un estudio complejo en la segunda mitad del siglo xix, y mantenía que no existía libro inútil; por esta razón suscribiría aquello de «Libro mío, antes que prestado quisiera verte quemado». Thebussem estableció que la partícula ex —‘fuera de lugar’— y el sustantivo libris —‘libro’—, debieran escribirse juntos: exlibris; o, en otro caso alternante, haciendo uso del guion: ex-libris.




Diccionario panhispánico de dudas:

exlibris. ‘Sello que se estampa en un libro para hacer constar el nombre de su propietario’. Este sustantivo masculino procede de la locución latina ex libris (literalmente ‘de (entre) los libros’), que solía escribirse en el libro seguida del nombre del propietario, para indicar que ese ejemplar era «de los libros de Fulano de Tal». Como locución, debe escribirse en dos palabras, pero para el sustantivo se recomienda la grafía simple exlibris (como ocurre con exvoto o exabrupto, otros sustantivos procedentes de locuciones latinas): «Hasta me encargué un bonito exlibris para recalcar mi posesión» (Mundo [Esp.] 20.4.96). No obstante, también se admite la escritura en dos palabras: «Algunos de los ejemplares [...] poseen el ex libris manuscrito de su poseedor» (Trabulse Orígenes [Méx. 1994]). Es invariable en plural: los exlibris.