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jueves, 10 de diciembre de 2015

EL CARTEL


EL CARTEL




Está de rodillas en la acera de una calle muy comercial, sobre cartones, tiene delante un cartel que dice: soy ciego, una ayuda, gracias. Martín, que se ha detenido en la acera contraria lo lleva observando un rato, desde la lejanía. Aunque la calle está llena de transeúntes, comprueba, nadie deja ninguna moneda en el cesto. Todos parecen más preocupados de los escaparates, de las luces y de los adornos que del hombre. Finalmente decide salir del vehículo patrulla. Lleva un rotulador en la mano. Hola, buenas tardes, le dice al ciego quitando el tapón que deja mordido en la boca. Buenos tardes, responde éste con acento del este. De cerca puede ver sus ropas raídas, la barba de varios días asomando y el iris de sus ojos sin luz. Sobre cincuenta y pico de años, le calcula. Pocos más años que los que él mismo tiene. Toma el cartel, le da la vuelta y escribe en el reverso: concentrado, con soltura, sin mirar a ningún lado. Lo deja de nuevo en el sitio, guarda el rotulador satisfecho de que, después de tantos años, haber aprendido a rotular le haya servido para algo útil, se hurga en el bolsillo, suelta unas monedas en el cesto. Muchas gracias, caballero, sonríe el ciego mostrando unas encías descarnadas, ignorante de todo. A continuación Martín vuelve al coche, ante las miradas atónitas de varias señoras que portan muchas bolsas con compras navideñas y la de Pablo, su compañero.
—¿Qué le has escrito, compañero?
Martín sonríe de medio lado, mientras se gira para observar por la ventanilla cómo las mujeres que antes lo miraban, se han acercado a depositar también unas monedas.
—La frase del cartel no era afortunada. Se la he cambiado por otra.
—¿Cuál? No puedo ver desde esta distancia, la gente me tapa.
Martín no dice nada, arranca y deja al ciego atrás, que se va haciendo más y más diminuto hasta que desaparece por completo.
—HA LLEGADO LA NAVIDAD, PERO NO PUEDO VERLA —le contesta finalmente.
Pablo sonríe con la ocurrencia de su compañero. Si hace lo que siempre ha hecho, piensa Martín, obtendrá los resultados que siempre ha obtenido.



©Humberto, 2015.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

CINCO HORAS CON DELIBES ANTE EL MURO DE LAS LAMENTACIONES





Es 12 de marzo de 2010. Sorprendido, don Miguel comprueba cómo la tertulia de los poetas la componen Mario Benedetti, Pablo Neruda y Miguel Hernández. A la sombra de la lumbre, en la noche fría de Jerusalén, las metáforas, circunloquios y onomatopeyas danzan al son del eco de los minaretes. Sentados todos ellos en taburetes de madera, solos en la explanada, miran de frente al Muro de las Lamentaciones. Un viejo rabino les informó de la irreverencia que suponía dar la espalda al único resto del Templo de David.

Con timidez y cierta confusión se produce el saludo de la letra ‘e’ de la Real Academia. Su «buenas noches, caballeros», espetado con suma reverencia, es correspondido con bromas y chanzas por los expertos en las menesteres de saberse ya muertos. «¡Bienvenido, camarada Delibes! Ha llegado usted a la antesala del cielo de los literatos», le responde, mientras le quita el abrigo de cazador, Pablo Neruda. Miguel Hernández es quien le otorga el abrazo emocionado del compatriota: «En nombre de la España que ahora le llora». Mientras que Mario Benedetti es el encargado de explicarle el trance en el que se encuentra:
—Mire, don Miguel, en el cielo de los literatos existe una costumbre: todo aquél ilustre escribiente que llegue ante estas puertas, debe permanecer durante cinco horas en el limbo de la prosa. Aquí. Nosotros, como San Pedro en el cielo general, somos los depositarios de las puertas de la gloria celeste del negro sobre blanco. Tenemos la misión de conversar con usted en una sustanciosa tertulia para que nos deje compiladas las impagables gotas de arte que aún conserve en sus entrañas. Luego, mediante la lluvia y el viento, haremos llegar estas dosis de inspiración a algunos de los de allí abajo. Así, desde siempre, desde que lo inventara Platón, es como conservamos vivo el Arte con mayúsculas. Su legado lo dejó ya en los libros. Pero su inspiración no muere con usted, sino que seguirá viva, en otros.
Aturdido, don Miguel apela a la inocencia:
—Si yo no soy nadie... Sólo soy mis personajes.
Aunque es decir esto y le surge la sonrisa. Ante él, de pronto, salidos del otro lado de la piedra de las lágrimas eternas, están Daniel el Mochuelo, el Señor Cayo, Carmen y Mario, Azarías y su «milano»... Feliz, verdaderamente feliz, rodeado de sus criaturas, sueños hechos verdad, don Miguel da rienda suelta a la tertulia profunda y esencial de los castellanos y explica su peculiar concepción de la palabra cruda, la nostalgia y el silencio. En un rincón, de pie, toma notas de la crónica un angelillo curioso proveniente del cielo general, del que el de los literatos es parcela en propiedad.

Será este entrañable angelillo quien, transcurridas las cinco horas de la charla, haga caer sobre cualquier parte del mundo la lluvia de una sabiduría sobria y auténtica. La de don Miguel Delibes.

DESEANDO AMAR




Una lectora de este blog me sugirió hace tiempo que viese la película IN THE MOOD FOR LOVE (Deseando amar), del realizador Wong Kar-Wai. Me gustó. Es un película extraña de la que, ahora, meses después, apenas tengo recuerdos nítidos sobre personajes o escenas, en cambio, recuerdo perfectamente las sensaciones que me inundaron al verla, los silencios llenos de palabras, los cuerpos encontrados sin rozarse, la seducción desde la invisibilidad. Y, por descontado, la banda sonora.

Me hice con la música y la he puesto justo antes de empezar a escribir estas líneas. Suena el primer  tema, famoso por ser el de un anuncio de un vehículo en el que una mano va acariciando muy despacio algunos cuerpos. El compositor es Shigueru Umebayasi, el habitual de Wong Kar-Wai.

Hay dos tipos de música: la buena y la mala. Y dos subtipos: la que me gusta y la que no. Entre las primeras están las que me conmueven, me animan, me entristecen o me alteran, y las que no. Las que me cuentan algo y las que no. Las que me hacen estremecer y las que no. Me da completamente igual cuándo y quién las haya escrito y compuesto, si ocupan los primeros puestos en las listas de ventas o si no las conoce nadie —confieso que eso de que no las conozca apenas NADIE me place porque les añade un plus de encanto—, si están escritas en un idioma que entiendo o en una lengua que desconozco, solamente me dejo llevar por ese movimiento indescriptible que se me hace por dentro, localizable entre las costillas y el ombligo. 



No soy de llorar. Sí de ponerme nostálgico. Recuerdo la última vez que al oír una canción la nostalgia me invadió como si me clavaran un puñal hecho de filo de melancolía. Estaba tomando una copa de vino blanco, mirando por la ventana la lluvia caer, cuando de repente en la radio suena una canción. Piano. Reconocía la melodía pero no era capaz de distinguir cuándo y dónde la había escuchado antes, me aparté de la ventana y me hundí en el sillón. Me parecía desgarradora, tristísima. Sabía que las notas hablaban del vacío, de la ausencia, del después de amar, del dolor. La busqué hasta conseguirla rastreándola por internet, leyendo las listas de canciones emitidas en ese día. Leí el título: Claire de lune. Me extrañó. La había oído cientos de veces, incluso tenía el CD de la banda sonora de la película FRANKIE Y JOHNNIE, y recordaba la escena en que ella, una mujer herida por el maltrato del pasado, que rehúye a los hombres, se encierra en el cuarto de baño tras una discusión por el rechazo que tiene a abrirse, y él, un hombre extrovertido que viene de la ilegalidad para buscar un empleo decente, consigue persuadir al locutor de radio para que la vuelva a poner, y la música resulta ser la llave que abre la coraza en la que ella se encierra, porque, en definitiva, el amor no se elige, es el amor quien te elige. Y vence. 



¿Por qué me parecía entonces que en ese momento la estaba escuchando por primera vez? Supongo que porque, en definitiva, en ese instante, en esa forma lenta de teclear el piano, era la primera vez que la escuchaba.
Qué duda cabe que si nuestras vidas fueran libros, los marcadores de páginas serían las canciones que nos han ido acompañando a lo largo de los años porque el poder evocador de la música es tan fuerte como el de todas las magdalenas de Proust juntas y todo su tiempo perdido. Cuántas veces he estado en un lugar cualquiera y ha sonado una canción que me ha llevado, sin avisar, hasta una noche en un café madrileño escondido a veinte años de distancia. Porque la música no me lleva donde yo espero, sino hacia donde a ella se le antoja llevarme. Por ejemplo, la BANDA SONORA de IN THE MOOD FOR LOVE me ha llevado a muchas de las escenas que tiene la película, de búsqueda incesante de esquiva felicidad, que se deja aprehender por un momento para luego escabullirse entre los dedos.
Está acabando el disco.

Me he marchado, sin darme apenas cuenta, a los silencios llenos de palabras. A los cuerpos encontrados sin rozarse. A la seducción desde la invisibilidad.