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martes, 22 de junio de 2021

El paraíso perdido

El paraíso perdido






Parecía valiente con su vaso de bourbon y su pestañeo más lento de lo habitual. Los codos en la barra y la mirada en la puerta. Esperando que no pasara lo que al final iba a pasar. Que reapareciera ella en el último garito de la última ciudad. Parecía un héroe en el exilio. Un francotirador emocional. Y sin embargo Rick no era más que un cobarde. Uno que acaba en Casablanca intentando huir de sí mismo. Tan valiente que no es ni capaz de escuchar una canción. Buscaba, como buscan los débiles, la distancia para pulverizar esa determinación ciega del amor. Esa que convierte a todo hombre en un héroe, como decía Platón. Platón, que por algo supo ver la metadona del mundo ideal, creía en el miedo. Y sabía que es un sentimiento extraño que no se puede domar.

«Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (…) Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos».
Borges.

El paraíso perdido es el único que les queda a los cobardes. El que se atisba desde el infierno de la fobia, más allá de las llamas donde arde lo que nunca fue. El paraíso imposible de una abuela con la mirada siempre en el pasado. El de Hamlet sepultado en vida por la inacción. El de Spencer Tracy que nunca tuvo la altura necesaria para querer. El de los verbos en condicional que quieren ser conjugados en presente de verdad perfecto. El del libro como un escudo en las manos de un mayordomo. El paraíso parisino que recordaba ese falso valiente que se perdió en Casablanca cuando todo lo perdió. Nunca te enamores de cobardes, debería estar escrito en los manuales. Nunca te permitas temblar si no es por la pasión. Nunca te dejes arrastrar a ese lugar donde el peaje para no sufrir es negar la felicidad.



jueves, 3 de junio de 2021

HISTORIA DEL BUEN REY TÓTEM




 

Os voy a contar algo de la historia del buen Rey Tótem, tal como he podido descifrarla en una piedra de la edad paleolítica. Está llena de provechosas enseñanzas sobre los orígenes de muchas cosas.

Tótem, hombre membrudo, de luenga y áspera barba, había clavado en el suelo cuatro estacas, y, dentro, a la sombra de una piel de mamut, había metido un cántaro y una mujer. Como Tótem poseía una enorme hacha de sílex, nadie se atrevía a acercarse al sombrajo que había formado con la piel y las estacas. Tótem era, pues, propietario.

El título de su propiedad era el hacha de sílex. Sólo un día, un atrevido osó asomar las narices al sombrajo de Tótem; pero éste, empuñando su hacha, con un gesto solemne, le partió en dos la cabeza. De este modo Tótem asentó su dominio con perjuicio de tercero; puede considerarse, pues, este gesto histórico como el origen de los Registros de la Propiedad. Desde que los demás hombres paleolíticos, que eran muy brutos, pero no tanto como Tótem, vieron la facilidad con que el hacha de éste abría las cabezas, sintieron gran admiración y respeto por aquel hacha, y la consideraron como un cetro; de este modo Tótem fue proclamado Rey. El reinado de Tótem fue próspero. Antes había sido un salteador y forajido, que, abusando de su superioridad física, robaba los rebecos y las cabras que los otros hombres tenían para su sustento. Ahora, no; ahora era el Rey, padre de todo, querido y venerado de sus súbditos, que le llevaban, como tributo, sus cabras y sus rebecos. Pero sucedió que, entre sus súbditos, había uno que no estaba contento con él. Era Menoch, el hombre de más fuerza y el mejor esgrimidor del hacha después de Tótem. La lengua era entonces monosilábica, y Menoch tenía un precioso don: sabía decir sus monosílabos con más rapidez y gracia que nadie; además, su voz era sonora, y acompañaba su lenguaje de gestos rítmicos y melodiosos, que hacían balancearse con gracia los rabos de las pieles de reno de que estaba vestido. Para la muchedumbre era, pues, incuestionable que las cosas que decía Menoch eran sabias y verdaderas. Menoch, pues, reunió un día a la muchedumbre en una pradera florida, y, con voz sonora, le preguntó que por qué razón habían de llevar a Tótem sus cabras y sus rebecos. La muchedumbre aseguró que realmente no había razón alguna para ello. Entonces Menoch dijo: ¡Aplastemos a Tótem!, y con la mano derecha se golpeó sobre la izquierda, como si realmente aplastara y triturara a Tótem entre ellas. La muchedumbre repitió con entusiasmo este gesto inspirado, y en la pradera se produjo un prolongado ruido de chocar de manos. Fue la primera ovación.

Enseguida, todos, con Menoch a la cabeza, marcharon hacia el sombrajo de Tótem. Para que anduvieran más de prisa, Menoch, que poseía la intuición de la música, empezó a tararear una tocata improvisada con compás de dos por cuatro. Al oír aquel compás fácil y pegajoso, las piernas de los paleolíticos empezaron a inquietarse, y un momento después, adaptándose a la música, la turba marchaba rápida y alegre. Desde aquel momento empezó la influencia de los pasodobles sobre la Humanidad, que ha sido muy trascendental y decisiva. Gracias a los pasodobles, la Humanidad se ha conducido dócilmente, siempre que ha hecho falta, a la muerte, a la ruina y a todos los absurdos. Coreando la voz sonora del rebelde Menoch, la turba cantaba hasta enronquecer: ¡Vamos allá! ¡Vamos! ¡Vamos, pues...! Y los que se encontraban por el camino, que no habían estado en la reunión de la pradera, se unían entusiasmados al grupo, cantando nerviosamente: ¡Vamos! ¡Vamos! Y luego, por lo bajo, preguntaban al que estaba más cerca: ¿Adónde vamos? De este modo llegaron al sombrajo de Tótem, que estaba allí con su mujer y su hacha de sílex, comiendo sus rebecos y sus cabras asadas con lechugas. Con un agudo alarido, la turba irrumpió en él violentamente. Pero, al verse dentro de la mansión real, la muchedumbre se olvidó de Tótem, y se echó ávidamente sobre la mujer, las cabras, los rebecos y las lechugas. Y como eran muchos y corto el botín, empezaron a disputárselos unos a otros, armando entre ellos una tremenda batalla, y dejando a Menoch, a pesar de los gritos que daba, completamente solo frente a Tótem. El cual, en un momento, lo agarró por el cuello y lo estranguló.

Entonces, al ver a Menoch en el suelo, tendido y con la lengua fuera, la muchedumbre comprendió que era un impostor, y mientras unos huían, otros se prosternaban en tierra, gritando: ¡Viva Tótem!

 

Pero Tótem, con un gesto grave y majestuoso, impuso silencio: En vista de lo ocurrido —dijo en secos monosílabos—, no quiero reinar contra la voluntad de mi pueblo. Entramos en tiempos nuevos. He de investigar esa voluntad. Id a la ribera del río: allí hay guijarros blancos y negros. Los blancos quieren decir que me aceptan; los negros, que me rechazan. Tome cada uno su guijarro y échelo secretamente en esta piel de toro. Luego haremos el recuento y obedeceré. La muchedumbre, dando berridos de alegría, al sentirse soberana, fue y vino rápidamente al río y depositó sus secretos guijarros en la piel de toro. En seguida Tótem vació la piel de toro. Una pila de guijarros negros, donde apenas se ahogaba alguno blanco, se desparramó sobre el suelo. Entonces Tótem se irguió ante la muchedumbre, empuñando su hacha de sílex, y con voz atronadora, exclamó: Decidme, ¿qué color domina? Y, como una sola voz, la muchedumbre, sobrecogida, gritó unánimemente: ¡El blanco, Señor, el blanco!

Entonces Tótem, sonriendo paternalmente, dio las gracias y quedó investido de la soberanía popular.

Y enseguida Tótem, como Soberano de un Gobierno popular, inició su reinado con actos liberales y progresivos. No os he de exigir—les dijo—bárbaramente, como antes, que me deis vuestras cabras y vuestros rebecos, no; comprendo que esto es feo e impropio de estos tiempos adelantados, que se han iniciado con vuestra gloriosa iniciativa. Me someto, pues, al cambio mutuo. Y diciendo esto, llamó a uno de sus súbditos y le preguntó:

—A ver, hijo mío, ¿qué quieres por tus cabras?

Y el otro, que era goloso, contestó: Cocos, señor.

—Está bien—prosiguió el Rey—; dame tus cabras y yo te daré ese saco que está lleno de cocos. Así se convino aquel mutuo cambio. En seguida, el súbdito trató el cambio de los cocos que el Rey le había de dar por unas piñas que tenía un compañero; éste, a su vez, los cambió por una cántara de miel que tenía otro, y así se hicieron, entre unos y otros, mil contratos de cambios, a base del saco de cocos que cl Rey le ofreció al primero. Pero cuando éste fue a cobrar del Rey los cocos prometidos, el Rey le abrió el saco, que resultó estar completamente vacío, y le dijo paternalmente:—Ahí tienes los cocos hijito. El súbdito y los demás que hablan contratado se quedaron perplejos ante el saco vacío, y empezaron a mirarse unos a otros, con ceño torvo. Pero, de pronto, el primero comprendió que de proclamar la verdad perdería sus piñas, y el segundo su cantara de miel, y así sucesivamente. Entonces el primero, mirando el saco vacío, exclamó: ¡Oh , mirad qué hermosos cocos! Y todos fueron repitiendo con fervor: ¡Cocos hermosos! ¡Admirables cocos! Y de este modo todo el país contrató, cambió y atendió a sus necesitados, gracias a los cocos imaginarios del buen Rey Tótem. Como veis Tótem fue el inventor del crédito.

*** 

 

En ese punto está rota la piedra milenaria que nos da tan interesantes noticias. Es una gran lástima, porque, como habréis notado, íbamos viendo avanzar ya la humanidad y entrar en la civilización. Hemos asistido al origen de la oratoria, de los Gobiernos populares, del sufragio, del crédito y de mil cosas progresivas y trascendentales; y, de seguir, hubiéramos presenciado el origen de toda la civilización. Cierto que, como veis, todo ello se resiente un poco de su origen. Pero no importa; a medida que la Humanidad se aparta de ello, todo se va olvidando y todo va bien como va. El secreto está en aceptar las cosas dócilmente y no preocuparse mucho de los orígenes y de los porqués. Y ante los sacos vacíos que se nos presentan cada día, continuar, en bien de todos, la farsa, y decir, cómo el pueblo sumiso del buen Rey Tótem: ¡Oh, hermosos cocos! ¡Cocos admirables!



José María  PEMÁN 


miércoles, 21 de abril de 2021

CANCIÓN 1. (POEMAS GANIVET)

 




«Abd-el-MalIk, si no duermes,

Escucha a tu esclava Esma,

La que vino a tu palacio

Desde los montes de Armenia.

 

Sabrás que un hermoso niño

Todas las noches se acerca

A mí cuando estoy dormida,

Y con besos me despierta.

 

Yo no sé de dónde viene,

Viene de lejanas tierras,

Mas a ti se te parece,

Como si tú mismo fueras.

 

Tiene tu mirar de fuego

Y tu obscura cabellera.

Como tú los labios rojos,

Como tú la tez morena.

 

Sus brazos, con ser tan tiernos,

Tienen del león la fuerza,

Como hechos para empuñar

Las nobles armas de guerra.

 

Redondas y torneadas

son sus infantiles piernas,

Pero se agitan nerviosas,

Cual si un corcel oprimieran.

 

Su pecho débil suspira,

Mas su corazón golpea

Con brío, como el de un héroe,

Ciego en la lucha sangrienta.

 

Debe ser un hijo tuyo

El que a mi lecho se acerca,

Y cuando me ve dormida,

Con sus besos me despierta.

 

Abd-el-Mahk, si no duermes,

Escucha á tu esclava Esma,

La que vino á tu palacio

Desde los montes de Armenia».


Ángel Ganivet. 

martes, 23 de febrero de 2021

Greguerías

Greguerías




 

«Ahí en medio está el asunto, aclarado por los libros de patología moderna, ayudado por la larga teoría de los deseos insatisfechos, iluminado con la luz lívida de la libido aclarada». 
(R. Gómez de la Serna, Automoribundia, 1948).

jueves, 18 de febrero de 2021

EL ECO DE UN RECUERDO

Historias de mujeres que fuman










Cuando Sara se aleja, taconeando con los mismos zapatos con que ayer había posado para él, camino del vestíbulo de las oficinas de la compañía situadas en el paseo de La Castellana, Martín permanece un rato de pie, inmóvil, una mano en el bolsillo, observando todas y cada una de las ventanas de la fachada del edificio, intuyendo en que detrás de alguna haya estado o aún pueda estar, espiándolo todo Tomás. El jefe que la acosa y por cuyo motivo él se encuentra en Madrid. Después se quita la chaqueta, y con ésta al hombro camina de vuelta hacia La Cibeles, pasando por Recoletos. Tiene intención de llegarse hasta las librerías de viejo que hay en el Barrio de las Letras a adquirir algún libro. Camina despacio buscando la sombra pues ya hace calor. Al desembocar en la plaza escucha un sirenazo, se detiene, gira la cabeza y mira. Hay un vehículo policial parado en el bordillo, enmarcada en la ventanilla ve una joven y bonita mujer policía que le sonríe y, medio oculto detrás de ella, asomando y señalándolo con el dedo a Mariano. Su viejo compañero Mariano.
—¿Pero qué haces tú por los «madriles»?
—Ya ves. Dando un paseo —responde acercándose a la ventanilla.
La joven lo mira, curiosa, de arriba abajo, parece estar estudiándolo.
—Pero qué viejo y qué feo te has vuelto, Mariano.
—Hace un siglo que no te veía, puto nuevo. Anda, vamos aquí al lado a tomar un café.
Se acodaron tras de la barra de una cafetería cercana de la calle Alcalá, abarrotada de clientes solicitando el primero de los chutes de cafeína del día. Era la hora del café para medio Madrid. Y hablaron largo y tendido de los viejos tiempos.
—Él fue uno de mis primeros veteranos recién llegado a Madrid —le explica a la joven, Martín— ¿Sigue siendo tan gruñón?
—No, ahora lo soy más aún (ríen). Aquí, el asturiano este, era el tío más culto que he conocido. Cuando algún estirado venía dándoselas de culto le azuzábamos a Martín, que tenía estudios. Qué bien escribía. Cada poco lo llamaban para la oficina de denuncias.
—Yo también soy universitaria —dice la joven policía—. Económicas. ¿Nunca preparaste la ejecutiva?
—Pues no. Nunca me dio por ahí.
Afuera, en ese momento, dos mendigos salen de la boca de metro de Sevilla: una mujer y un hombre, y Martín los sigue con la vista, distraído, mientras pasan a escasa distancia del ventanal. Tienen aspecto de abandonados; de los que piden por la calle y duermen al raso entre cartones y al calor de un cartón de vino barato, con el que también se desayunan. Hay algo en la segunda mujer que incita a seguirla con la vista. Tal vez cómo se conduce: despacio, insegura, la mano derecha metida con indolencia en un bolsillo de la chaqueta raída; con esa manera de moverse de quienes están a un paso de la muerte, tal que si anduvieran de prestado en este mundo, en el tiempo añadido. O quizá lo que llama la atención de Martín es el modo en que inclina el rostro hacia su acompañante para reír de lo que hablan entre ellos, o para pronunciar palabras cuyo sonido enmudece el cristal silencioso de la vidriera. Lo cierto es que por un momento, con la rapidez de quien evoca el fragmento inconexo de un sueño olvidado, Martín se enfrenta al eco de un recuerdo. A la imagen pasada, remota, de un gesto, una voz y una risa. Eso lo asombra tanto que es necesario que la joven policía repita lo que estaba diciendo alzando la voz, para que Martín vuelva a prestarles atención sin dejar de observar al dúo, que ha llegado al otro lado de la calle de enfrente y toma asiento al sol, extendiendo unos cartones en el suelo al pie del Vips. Asiente a todo lo que dice la joven policía acerca de sus intenciones de entrar en Información, está a punto de decirle que conoce a quien podría ayudarla si hablara en su favor, cuando la sensación familiar acude otra vez a su memoria; pero se trata ahora de un recuerdo concreto: un rostro y una voz. Una escena, o varias de ellas. De pronto el asombro se torna estupefacción, y Martín detiene la frase a la mitad que le vale un segundo toque de atención, secundado por las risas de Mariano que le aclara, que él siempre ha sido así. Cuando los policías se despiden de Martín y se montan en el vehículo, detenido junto al bordillo de la acera, saludándolos con la mano, reflexiona mientras permanece inmóvil, rascándose la nuca.
Al fin cruza por el paso de peatones en dirección a la terraza del Vips. Va desasosegado. Temeroso, quizá, de confirmar lo que le ronda la cabeza. El dúo sigue allí, en animada conversación, con un cartelito, también de cartón, que dice: UNA AYUDITA, POR FAVOR. Procurando pasar inadvertido, Martín se detiene a unos metros de ellos mezclado con las oleadas de viandantes. La mujer se encuentra sentada de perfil, charlando con el otro, ajena al escrutinio riguroso del que es objeto: flaca, desgarbada, el pelo canoso y descuidado. Es probable, confirma, que en otro tiempo haya sido muy atractiva, pues su rostro demacrado y envejecido prematuramente conserva la evidencia de una antigua belleza. Podría ser la mujer que sospecha, concluye inseguro; aunque resulta difícil afirmarlo. Han pasado muchos años y hay demasiados rostros femeninos interpuestos, después. Continúa detenido entre la gente, mientras graba cuantos detalles puedan encajar en su memoria durante unos minutos observando el perfil de la mujer, analizando cada uno de sus gestos y ademanes para compararlos con los que recuerda. Hasta reconocerla, por fin. El hombre es muy delgado, barbudo y de cara cetrina. Ella debe de tenerle afecto, pues en una ocasión le acaricia la cara. Después él dice algo y la mujer ríe fuerte, con sonido que llega nítido hasta Martín: una risa franca, que muestra dientes negros y ausencias de otros, como de alguien en otro tiempo acostumbrada a reír despertando morbo entre los hombres, pero que la rejuvenece algo y sacude a Martín con recuerdos puntuales del pasado. Es ella, concluye. Han pasado dieciséis años desde la última vez que la vio. Lloviznaba entonces sobre la callejuela próxima a Azca, de forma otoñal: un chulo salía corriendo sobre la acera húmeda al grito de alto policía; se había largado con el dinero y la droga prometidos a una prostituta yonqui. La mujer lloraba y gritaba ¿no te acordás de mí, Martín?, y lo hacía con acento argentino y voz grave, y la ciudad, más allá de las fachadas de los edificios, se difuminaba en el paisaje brumoso y gris, como antes lo había hecho su belleza languidecida. Todo aquel tiempo transcurrido, interpuesto entre una y otra escena, podría equivocar los recuerdos.


Sin embargo, al veterano policía ya no le cabe duda. Se trata de la misma mujer. Idéntica forma de reír, el modo en que inclina la cabeza a un lado, los ademanes serenos. La forma natural de mantener una mano en el bolsillo de la chaqueta. Lo que confirma, estremeciéndose, cuando ya de cerca, ve reflejos de color de miel en el apagado marrón de sus pupilas. Entonces, cuando el hombre se levanta y se introduce en el bar, probablemente para comprar alcohol o ir al baño, se encamina de nuevo y va hacia ella. Hace siglos que su corazón no latía tan rápido.
—¿Tenés un euro, guapo?
Acento argentino, voz grave, sigue confirmando. Introduce su mano en el bolsillo y deposita en la bandeja junto al cartel, un billete de veinte. Al hacerlo la ha mirado muy próximo. Le ha puesto la misma mirada que le puso en las dos ocasiones últimas en que la vio. Cuando ella le dejó, un día gris de noviembre, al poco de haber pronunciado: es lo mejor para ti, soy un caso perdido, y cuando aquello del callejón.
—Millón de gracias, pibe, sos muy generoso.
La mira un segundo más y sus ojos se cruzan, pero los de la mujer siguen idos, apagados. No se detienen en él: siguen perdidos, sin reconocerlo. Martín siente una punzada melancólica que lastima su vanidad. Es cierto que él ha cambiado; pero ella también, decide. Mucho, sin duda, desde la última vez que se vieron no muy lejos de aquí, en un callejón de Azca, hace dieciséis años, otoño de 1998. A dos desde que lo dejasen en 1996 y ella pusiera fin a una relación que nunca debió ocurrir. También ha pasado mucho tiempo desde que se vieran en Recoletos y de la conversación que mantuvieron sentados en la terraza, cuatro días después de que ella pasara por comisaría para poner una denuncia y le diera su número de teléfono.

En el recuerdo había un joven policía de 28 años, alto y delgado, sentado por vez primera en la Oficina de Denuncias, supliendo una ausencia. A Pedro, el veterano oficial, hacerle un gesto con el rostro para que mirara a la puerta, girarse sin mucha curiosidad y allí estar ella. Una mujer hermosa entrando por la puerta, como un relámpago en una noche de verano, y quedarse ambos mirándola sin poderlo evitar. Buscar asiento vacío entre las mesas hasta dar con la suya, y sentarse cruzando una pierna sobre la otra, balanceándola ligeramente, el aire resuelto y frío, y empezar a hablar desenvuelta, altiva, con aquella voz grave de marcado acento argentino. Verla de cerca, detenidamente, sin gesticular, tratando de que no se apercibiera, y llegar a la conclusión rápida de que no era una mujer cualquiera, era cualquier mujer que le hubiera apetecido ser. Llevaba su pelo negro recogido, lo que le daba a la cara un tono agresivo: el de una pantera que hubieran soltado en medio de la oficina. Tenía unas mallas negras tan pegadas a la piel, que se podían leer los misterios de la entrepierna en varios idiomas. Unos tacones de unos trece centímetros por encima del infierno, una blusa azul y una sonrisa de conocer exactamente cuánto morbo despertaba su presencia. Hablar sobre su problema mientras trataba de trascribirlo, intentando que los dedos no se le pegaran al teclado, entre las aberturas que presionaba desatinado. Encender entonces ella un cigarro, y apurar una calada profunda lanzando el humo como si fuera nostalgia. Atreverse él a abrir la boca para decir: Está prohibido fumar aquí, señora. Sonreír ella ante la advertencia, mostrando su bonita boca, que imaginaba tragando con más asco que vergüenza el desahogo de cientos hombres, dar otra calada y sin inmutarse responder, taladrándolo con aquellos ojos marrones: Y qué va a hacer, ¿ponerme las esposas?, de haber descruzado en ese momento la mujer las piernas, todo aquello podía haber sido como la escena de la Sra. Stone en Instinto Básico.
—Pedro —le había preguntado, cuando la mujer cerró la puerta tras de sí, sin que ninguno de los que estaban fuese capaz de dejar de mirarla al irse—, ¿Si una mujer que acabas de conocer te da su teléfono, qué significa?
Pedro, el madrileño cincuentón de pelo blanco como si hubiera enterrado su cabeza en harina, lo miró con sus ojos azules y dijo:
—Que nunca tendrá saldo para llamarte ella.
Había sonreído, como quien tiene la verdad absoluta de las cosas. Luego habían estado callados un rato, en el que él había terminado el atestado y el viejo oficial el suyo, recostado en la silla, como solía. Después sacó un paquete de cigarrillos y fumó uno, aprovechando que la sala estaba ya vacía y que, por otro lado, nadie se lo iba impedir.
—Prostitutas y policías: aceite y agua.

Sigue recordando el día en que la llamó deliberadamente, después de varias noches de insomnio en su apartamento del barrio del Pilar, que pasó con los ojos abiertos pensando en la argentina mientras sentía la lejana trepidación del tráfico en la Avenida de La Ilustración. Siempre había sido un tío correcto que no se había mezclado con nadie marginal, de familia tradicional, tercero de una estirpe de policías, estudios en un colegio de curas, de amigos estándar de clase media. Pero había algo en aquella mujer que le atraía, evidentemente era una mujer espectacular pero no se trataba de eso, aunque se negaba a reconocerlo ante sí mismo, latía en aquello un impulso personal, inexplicable, que nada tenía que ver con su aspecto físico. Algo inusualmente desprovisto de cálculo, hecho de sensaciones, atractivos y recelos. Desde que ingresara en la policía tenía habitualmente trato con ellas pero nunca jamás había llegado conocer a fondo a ninguna, se limitaba a conversar con ellas durante un breve tiempo, tras de una intervención, muchas veces para que se calmasen, y escuchar sus historias sin pasar la raya, pero ese día y con aquella mujer lo hizo: traspasó la línea. Se presentó tarde a la cita, como si en ella fuera habitual el hacer esperar, se movía como si el suelo le perteneciera, se sentó volviendo a cruzar las piernas como solo ella sabía, que esta vez sobresalían por entero de una minifalda ajustada, apoyando el codo en la mesa, fumando indolente y tirando después la colilla al suelo como si ignorase todos los ceniceros del mundo. Y hablaron de ellos, al principio de modo superficial. No estaban destinados el uno para el otro, eran, efectivamente, como dijera el viejo oficial, aceite y agua. Buscaba un tío rico que la mantuviera, y Martín era un funcionario con un sueldo normal que ese día hacía un esfuerzo para pagar aquellas copas que se tomaban (ya iban por la segunda ronda). Le gustaban el lujo, los regalos caros y los coches de alta gama. Y Martín vivía en un barrio obrero, era propietario de un Ibiza y sólo podía regalar literatura. Y lo hizo. En aquella conversación primera, acabó saliendo el escritor que llevaba dentro, y se sintió ridículo, aplastado, cuando descubrió en su réplica que ante sí tenía a la escritora con más talento que conociera jamás. La mujer frente a él podía sorprender por infinidad de cosas.
Resultó que había estudiado literatura en Buenos Aires y hasta había publicado algo y escrito crítica para alguna revista literaria. Era sumamente culta, lo había leído todo acerca de los autores hispanoamericanos. Habló seguido durante veinte minutos sobre el surrealismo mágico. Y, cómo no, acabó hablando sobre Borges.
—Soy hincha de Borges—declaró—. Para ser hincha de Borges, pero hincha en serio, ojo, es necesario ir todos los domingos a la cancha. No vale ser «simpatizante». Es decir, no vale comprarse los tres tomos color manzana y tenerlos a la vista en el anaquel. No vale «haber leído» a Borges. Para ser un incondicional, por lo menos la Poética Completa tiene que vivir en el baño, arriba del canasto de la ropa, junto a la revista dominical del diario y el Deportivo del lunes. Tenés que leerlo sentado en la taza. Para empezar, hay que tener claro que Borges dijo todo lo necesario que había para decir en el mundo. Si no tenés bien clarito esto, no podés ser hincha. Las demás cosas que dijo o escribieron el resto pueden estar bien o mal, pero no son tan fundamentales. 
El joven policía con estudios de letras, la miraba, sorprendido, sintiendo acrecentarse su interés por la recién descubierta escritora argentina. Peleando contra sus principios y contra las señales de alarma que se le encendían en la cabeza, adonde en violentas sacudidas acudía la sangre.
—Los hinchas de Borges no somos intelectuales —proseguía—. Nos importan un carajo las siguientes palabras: semántica, silogismo, hipertexto, entrelínea y epistemología. Los hinchas de Borges no compramos nunca libros que estudian la obra de Borges, ni libros sobre su vida privada. En Buenos Aires a menudo nos juntábamos varios hinchas en un departamento a fumar porros, o a meternos rayas y a leer a Borges en voz alta, pasándonos el libro cada tanto para que no se nos secara la garganta a ninguno.
Rió Martín, divertido, por su frase de «no somos intelectuales».
—Empezábamos con la poética y seguíamos con algún cuento. Después, hacia las tres de la madrugada, mechábamos ensayos cortos para no caer en el fanatismo barato. Las hinchas femeninas de Borges éramos, a los ojos de las señoras de los otros edificios, más putas que las gallinas de la raza ponedora. Podía invitarse a una tertulia a señoritas decentes para disimular, incluso a vírgenes, pero entre la medianoche y el alba pasaban dos cosas: o se quedaban dormidas —en tal caso había que despertarlas y pedirles un taxi— o entienden de golpe el mundo y empiezan a manotear la poronga del que está leyendo.

Martín, en ese punto, le dijo no comprender que los argentinos idolatrasen tanto a Borges, ni la veneración y el culto que éste suscitaba. No entendía tampoco por qué lo definían como el mejor escritor en castellano de todos los tiempos. Él, por entonces, era cervantino, un barroco que se había criado leyendo noventayochentistas, y la forma de narrar caótica de los hispanoamericanos en general se le atragantaba.
—La literatura de Borges la juzgo tan eterna como el agua y como el aire —el tono era de enfado—. Cómo te atrevés a criticar a los argentinos. Los argentinos adoramos la literatura y somos hinchas de nuestros autores, en el modo en que adoramos el fútbol y lo somos de nuestros jugadores.
—Bonita comparación —un punto sarcástico—. La literatura no es entretenimiento de masas, es otra cosa.
Ella respiró hondo. Prendió un cigarrillo. Lo miró de arriba abajo y dijo:
—Sos nada más un chico guapo, uno de tantos que hay, de los que aún cree que la literatura consiste en planteamiento, nudo y desenlace.
—No creo haberte dicho lo que era para mí la literatura. No me juzgues sin haber leído nada mío.
—No me hace falta leerte. Me basta simplemente con verte hablar: lineal y cronológico.
Y le echó, desafiante, el humo en la cara. Los ojos le brillaban como ascuas.
—Mi tarifa por acostarme contigo —añadió con dureza— y dejarte leer algo mío después, es de treinta mil pesetas.
Ensayó una risa artificial y burlona mostrando una dentadura tan perfecta, que parecía una yegua negra que estuviera a punto de morderlo.
Martín se levantó y dejando un billete sobre la mesa para abonar las consumiciones, le dijo adiós secamente, y se marchó sin tiempo para ver la expresión de su cara e ignorando si ella lo seguía con la mirada.

No lo ha reconocido. Se encamina, descorazonado, calle Alcalá abajo, hacia la Puerta del Sol. Apenas ha dado diez pasos cuando escucha a su espalda su nombre.
—¡Martín!
Detiene el paso. Siente un latido menos. Y se vuelve, desandando el camino.
Había pasado como aquel día de hacía dieciocho años en Recoletos. Su nombre sonó en el aire del mismo modo. Era un grito del pasado. El eco de voz de un fantasma.
—Sos vos, perdoná. Cómo diantres no te reconocí.
La mujer se había puesto en pie, podía andar pero le costaba incorporarse.
—Soy yo, Ana. Claro. ¿Cómo estás?
—La cabeza no me funciona como antes, tarda un poco en asimilar, pero estoy bien, bien, ya me ves. Sobrevivo. Me desenganché a tiempo.
La negrura de su piel hace evidente la mentira: el veneno sigue comiéndose su queratina. Parece perpleja, como tratando de poner orden las oleadas de recuerdos que se le agolpan y de unir el presente con el pasado. Probablemente recuerde, como le pasa a Martín, que después de pedirle perdón por haberse comportado como una idiota prepotente, le llevó a su apartamento y le dejó leer varios de sus cuentos, escritos a mano, que nadie había leído aún. Lo hicieron sentados sobre la cama, tomando mate. Y Martín no tuvo más remedio que confesarle, al descubrir la magia y profundidad que confería a sus personajes empleando la analepsis, técnica que Ana trufaba en el relato del modo más normal y natural posibles, que era un principiante a su lado. Ella, que lo había estado mirando todo el tiempo mientras leía, vocalizando en su mente las frases que se sabía de corrido, se ablandó de tal manera con aquella muestra de sinceridad y con la sonrisa que veía aflorar en sus labios, que era espontánea, evocadora, que se abrazó a él con tanto ímpetu y lo besó con tanta fuerza que acabaron cayéndose de la cama y rodando por el suelo, diciendo: esto no durará, esto no durará.

—Pero mirate vos. Seguís igualito. Sos lindo, tenés la misma cara de entonces. No has envejecido, sos como el retrato de Dorian Grey.
Martín se encogió de hombros, seguía sonriendo. Ella se pasó la mano por el pelo en un gesto de coquetería, que ya no es oscuro como la noche, sino de un ceniciento invernal.
—¿Sigues escribiendo, Ana?
Mueve la cabeza, negando, y la melena le baila a los lados como dos madejas de lana gris.
—No. Lo dejé ¿Y vos?
—Tampoco. La literatura me dejó a mí.
Ha mentido intuyendo que si sacan el tema de nuevo no va a ocurrir esta vez que lo lleve a ningún apartamento a leer ningún manuscrito, que le hace sentir un vértigo similar al que se tiene al haberse asomado a un abismo, reculando espantado un metro hacia atrás al sentir una ráfaga en la espalda que te empuja. Martín sonríe con su cara de buen chico, la que solía ponerle. Ella también lo hace, su mirada ahora es casi líquida, sus ojos parecen haber recobrado la lucidez como si se hubiera pulsado el interruptor que los mantenía apagados, pero le resulta horrible comprobar los estragos de la mala vida constatarse en sus encías descarnadas. Ya no es el trozo de felicidad que le falta a cada hombre en su vida. Estudiaba aquello como quien disecciona una inconveniencia o un temor.
En ese momento el hombre de la barba regresa del bar.
—Este es Rodolfo. Es músico, toca muy bien la guitarra.
Al hombre de la barba también le faltan dientes y tiene la mirada perdida en el infinito. Es un treintañero flaco y desgarbado; su camiseta poco limpia deja al descubierto un tatuaje militar, recuerdo de cuando fue legionario tal vez. Antes de hacerse un vagabundo y caminar a la vera de la argentina.
—Rodolfo, es mi nombre. Artista y músico callejero.
—Martín es un viejo amigo de mis buenos tiempos, policía —los presenta, Ana.
—Yo, aquí donde me ves, fui legionario.
Martín no dice nada. Aprieta el puño dentro del bolsillo y tensa los tendones del antebrazo, mientras se imagina que le suelta un puñetazo a aquel imbécil que le está dando mala vida a Ana. Dura solo un segundo, el justo hasta entender que no es así, que Ana ha llevado justo la vida marginal que quiso llevar y que éste nombre, Rodolfo, es nada más el último que aparece en una larga lista, que incluye un antes y un largo después de donde figura el suyo. Recapacita, pensando que cuando el legionario músico callejero Rodolfo la conoció, Ana ya no debía ser ni sombra de la mujer hermosa que fue, que no quedaba nada de la «hincha» de Borges, ni de quien escribía los mejores cuentos y los relatos más maravillosos, ni de ninguna analepsis más que las personalmente precisas esfumándose por momentos dentro del cerebro dañado, que en ese punto simplemente era una colgada más, sin futuro ni pasado, igual que Rodolfo, solos en una ciudad llena de otros como ellos, muertos que languidecían viviendo días de prestado. Que hoy, al verlo, como les ocurría a su personajes, habría tenido una improbable vuelta repentina a un tiempo remoto entre ellos dos, deshilachado como en un sueño olvidado, cuando compartían pasión y vida en momentos más agradables. En aquellos días completos pasados hablando de literatura, en que se mostraban lo que habían escrito en el tiempo en que no se habían visto, sin que nunca le diera explicaciones de los lugares dónde había estado ni con quién, ni lo que había estado haciendo, y luego hacer cada uno respectivamente la crítica del otro, y después acostarse cansados y encontrarse en silencio, buscándose con una urgencia tan extrema que parecía artificial, para encajar uno en otro de forma intensa y brutal, rápida, sin palabras. Quizá, recuerde cada vez que Martín intentaba prolongar el instante, sujetarla entre sus brazos, acorralarla contra las sábanas, tratando de controlar el cuerpo y la mente de aquella desconocida. Pero ella se debatía, escapaba, procuraba acelerar el proceso, no poner en ello más que aliento y carne, lejana la cabeza, inaccesible el pensamiento. En ocasiones Martín creía tenerla por fin, atento al ritmo de su respiración, a los besos de su boca abierta, a la presión de los muslos desnudos alrededor de su cintura. Pero ella retrocedía, debatiéndose para huir del abrazo; e incluso atrapada, prisionera, le negaba en última instancia el pensamiento que él se esforzaba en capturar. Y en uno de esos flashback, le vea mordiéndose los labios reprimiendo una angustia que le inundaba el pecho y la nariz y la boca; igual que si estuviera hundiéndose, sofocado, en un mar de tristeza densa. Ambos sabían que era una mujer de espíritu libre con una vida licenciosa y sin remedio deslizándose hacia el caos, y él un hombre ordenado y correcto, con principios marcados a fuego, que debía salir de su vida sino quería naufragar. Sin embargo, habría dado la vida por llegar hasta dentro de ella, infiltrado por los tejidos de su carne, y acercarse a su cerebro desnudo para barrerlo, limpiándolo de todo lo que cientos de gramos de polvo y millares de hombres, habían ido dejando allí como un lastre, una escoria, un tumor doloroso y maligno. O, quién sabe, tal vez haya recordado las muchas ocasiones en que le enseñó a bailar el tango entre aquellas cuatro paredes de su apartamento, o las cinco veces en que acudieron a bailarlo en una sala de fiestas con orquesta y todos los miraban, ellos y ellas, con envidia. O a lo mejor, muy al contrario, no pensase en nada ni recordara nada, ni atase ningún momento pasado vivido con el encuentro actual y Martín únicamente fuera ya un rostro, una voz y una sonrisa de tantas.

Charla algo más con ellos de forma insustancial Martín, mientras clava la viveza de sus ojos en los ojos sin brillo de ella, tratando de, como en otro tiempo, ver lo que ella ve. Brisa templada. Rumor de conversaciones con música suave de fondo cuando algún cliente del Vips abre la puerta. Un doble reflejo de miel líquida que lo mira de cerca, sin verlo; y una voz que susurra palabras viejas que suenan como si fueran nuevas y gotean en antiguas heridas de mentiras, sobre incertidumbres, con la luz opaca de infinitos amaneceres sin futuro, borrando la sombra del joven policía, el soñador que escribía, el cervantino apuesto que bailó con la borgeniana más bella. Y de ese modo, con el último vestigio de una sonrisa todavía en la boca, meciéndose en la resaca lejana de una vida pasada y de otra vida que no fue, Martín se despide del fantasma y de su acompañante. Después mira hacia la Puerta del Sol para decantarse por la dirección a la que se encaminará, y se aleja, pasos después le dirige un último vistazo y hace una breve inclinación de cabeza, despidiéndose de un personaje y de un lector invisible que desde allí hiciera sonar aplausos imaginarios. La ocasión me recuerda, piensa mientras camina, a las letras del tango: ESTA NOCHE ME EMBORRACHO BIEN. Y se aleja calle abajo, de la nada hacia una librería, tarareando: «Sola, fané descangayada, la vi esta madrugada salir de un cabaret; dos cuartas de cogote, y una percha en el escote bajo la nuez».

Apenas ha llegado al Kilómetro Cero, siente evaporarse el sentimiento de nostalgia de Ana desplazado, sustituido por un sentimiento y una necesidad feroz, agudamente física, de estar con Sara. De sus ojos vivos, mirándolo muy próximos y muy abiertos, petrificados por el placer. De la carne deliciosa perennemente tibia y húmeda en su memoria, de sus conversaciones, de lo bien que le hace sentir, y que en breve tendría de nuevo cerca. Joder, maldijo. Se daba cuenta de que la quería y aún no se lo había dicho.


©Humberto 2021



martes, 19 de enero de 2021

Se iba el pensamiento mío






 

Se iba el pensamiento mío 
por entre los juncos verdes 
de la orillita del río. 
Se iba el pensamiento mío... 

Él iba tras su quimera. 
Por cortarle su carrera, 
por torcerle su destino, 
una flor dijo a su paso: 
—Tengo pétalos de raso... 
Y un pájaro; — Yo sé un trino 
más claro que el cristalino 
manar de la torrentera...
Y el viento: — Yo sé el divino 
cantar de la primavera... 

Pero él siguió su camino 
porque iba tras su quimera.

Pemán

miércoles, 16 de diciembre de 2020

AUNQUE TÚ NO LO SEPAS




When the world falls in love
Ev'ry song you hear seems to say
Merry Christmas
May your New Year dreams come true


Clara se bajó presurosa del tren y, a grandes zancadas, cruzó el vestíbulo de la estación, sorteando a los viajeros, golpeándose con algunos de ellos, hasta que logró salir al exterior. Ya en la calle, se dirigió a la parada de taxis y cuando abrió la puerta de uno se dio cuenta de que le faltaba la cartera. La tenía, estaba segura, dentro del bolso al momento de apearse del vagón. Rebuscó inútilmente en el fondo del bolso. El dinero, su documentación, las tarjetas de crédito, todo había desaparecido. Desanduvo el camino y regresó al vestíbulo mirando el suelo por si se le hubiera caído. Tonta de mí, pensó, la cartera no tiene alas para salirse del bolso ni manos con que abrir el cierre. Entonces empezó a llorar mirando en torno con resignación desesperada. Salió afuera de nuevo. Todo estaba perdido. El lugar donde en una hora escasa debería estar para hacer el casting se encontraba lejos, en la otra punta de la ciudad, y no tenía ni un duro. No llegaría a tiempo. Entonces, recordó a su madre, que la había visto subirse al tren, sin comprender. Sus amigos, que la animaron a hacerlo. Él, su novio, tan lejano ahora, que no quería que fuera artista diciéndole que si se iba no la esperaría. Su abuelo, el incomprendido por todos pero el único capaz de comprender, soltando dinero para billete y una semana de pensión. Desesperada se sentó en el bordillo, la cabeza sobre los brazos entrelazados, y lloró de rabia maldiciendo su infortunio. Nadie allí parecía hacerle el más mínimo caso. Blasfemó despacio y con esmero, en voz baja, hasta que sintió una presencia.
—¿Le ocurre algo, señorita? —dijo una voz.
Alzó la vista. Se trataba de dos policías. Se puso de pie y les contó, atropelladamente, lo sucedido en un tono que sonaba a inculpatorio, terminando con lo de que:
—Me han robado la cartera.
—Hurto al descuido —corrigió uno de ellos, que, ligeramente retrasado, pegado al vehículo, anotaba en un libreta sin levantar la vista.
—Lo que sea. Pero es mi ruina. Debo estar a las 10:00 en Ifema para una prueba y no voy a llegar a tiempo, no tengo ni para un taxi. Vine a Madrid nada más que para eso.
—¿Es para un casting? —quiso saber el otro policía, el que en todo ese momento había permanecido situado más próximo.
La mujer asintió secándose las lágrimas con las yemas de los dedos.
—¿De qué es el casting?
—Soy cantante.
El policía sonrió afable. Parecía simpático. Más que el apuntador. 
—¿Y eres buena?
—Quiero creer que sí.
Consultó el reloj. Miró valorativo a su compañero que, en ese momento, levantaba la nariz del cuadernillo.
—Nos da tiempo, ¿verdad?
—¿A qué?
—¡A qué va a ser! ¡A llevarla hasta Ifema!
Es nuestro momento del desayuno, le había escuchado decir al de la libreta en tono de reproche. Venga, yo invito todo el turno a café, le había respondido el simpático. Estas cosas tuyas algún día nos traerán un problema, pero tú eres el jefe, continuó el otro farfullando mientras se subía al coche.

Hacía un frío del carajo, pensó ella acurrucada en el habitáculo trasero del vehículo donde, en otro orden de cosas, a juzgar por lo angosto y duro que era, irían sentados los detenidos, mientras, a toda pastilla, se dirigían al norte de la ciudad. Había abetos adornados todo a lo largo de la Castellana que se confundían con las hileras de coches que iban quedándose atrás. De vez en cuando, el simpático, que era quien conducía, se volvía para darle ánimos. Tengo la corazonada de que hoy triunfas, morena. Ya lo verás, ocurre siempre, es el espíritu de la Navidad. Una ambulancia pasaba en la distancia, demasiado lejos para que pudiera oírse la sirena. Una ambulancia muda, con destellos de tragedia urbana. Siempre pensé que las ambulancias y los coches de policía, se dijo viendo desaparecer el destello, son igual que pájaros de mal agüero. Vehículos con mala leche. Pero no. Hay excepciones.

—¿Trae alguna documentación? —preguntó el vigilante a la joven en la entrada al recinto.
El policía simpático se adelantó a toda explicación que ella pudiera dar.
—No la necesita. Viene con nosotros. Ha sido víctima de un robo. 
—Siendo así, que pase. Nave 7.
La joven sonrió dulce porque aquel policía estaba allí, con ella, en vez de haber dicho: tomamos nota, denuncie cuando pueda y adiós muy buenas. El vigilante les echó un desapasionado vistazo a ellos y a la joven antes de continuar pidiendo acreditaciones al resto de la hilera de personas.
Bueno, dijo él, parándose frente a la puerta de la nave, todo cuanto podía hacer por ti está hecho, a partir de aquí ya no puedo hacer más. Ella le dio un fuerte abrazo y repitió ‘gracias’ varias veces, y al poco, ilusionada, se situó a la cola con otros participantes. 

Seleccionada. No cesaba de repetirse que lo había conseguido, después de todo. Había cantado como nunca recordó, deteniéndose en un semáforo, junto a una madre que empujaba un cochecito de niño. El crío iba disfrazado de Papá Noel, su naricilla roja asomando y sus ojos claros y luminosos reflejando las luces de la calle. Un coche de la policía pasó despacio. Desde la ventanilla, los agentes saludaron con la mano al niño, antes de alejarse calle abajo. Estaba muy contenta, sí, pero aún estaba el asunto no menor de que no tenía dinero ni documentación, por lo que se acercó a la comisaría que el policía amable le había indicado por estar al lado del recinto. 

El policía que la atiende dentro, al oír su relato, exclama, sorprendido, que no puede ser, que ya es casualidad y abre un cajón del que extrae una cartera que planta sobre la mesa. 
Estaba todo, exceptuando el dinero. Ni un duro. Pero sí había una nota que decía: 
«El espíritu de la Navidad, como te dije, tiene estas cosas sorpresivas y sorprendentes. Un abrazo, morena».
—Uno de Radiopatrullas la trajo hace un rato —le explica—. Según parece, preguntando aquí y allá, moviendo cielo y tierra dio con la papelera donde la habían tirado y la acercó hasta aquí.

Miró la nota, atónita. Resulta que aquella mañana —contaría tiempo después a sus amigos, a modo de anécdota— un policía, ver para creer, cuyo nombre nunca supe y que no se me ocurrió preguntar, me llevó de un extremo a otro de Madrid para que llegara a tiempo al casting; después dio media vuelta y se alejó sin esperar agradecimiento alguno. No contento con eso —y como si no hubiera sido bastante—, además me recuperó la cartera sustraída, adjuntando una nota anónima que jamás tendría respuesta: «El espíritu de la Navidad tiene estas cosas sorpresivas y sorprendentes». Así, con la misma naturalidad con la que cualquiera se felicita por haberse acordado de apagar la luz antes de salir de casa, resumía un favor que equivalía a salvarme la vida.

Exhausta, al salir encarando el frío de la calle, experimentando un instante de lucidez y de paz, Clara se dijo que quizá a partir de ese momento el mundo sería mejor, distinto y que de poder, si se diera la ocasión, también ayudaría a alguien. Como en los cuentos de Navidad que leía cuando niña. 




***





Lleva diez minutos plantado, de pie, inmóvil, mirando el cartel de salidas. El vuelo en el que iba a viajar a España ha sido cancelado por el temporal. Adiós al examen, se dice. Adiós al futuro. No saldrá ningún otro en el día de hoy y no aseguran que vaya a haberlo mañana.
Sin saber qué hacer en aquel país extranjero, decide salir al exterior. Camina cabizbajo, con la mochila al hombro, resignado, cuando se topa con una mujer atractiva cuyo rostro le resulta familiar.
—Hola —le dice—, tú eres española, ¿verdad?
—Hola, sí —responde ella.
Hablan durante un rato de trivialidades y, al cabo, cuando ella se queda callada, él piensa que haberla abordado así podría haberle resultado inoportuno. Se despide con cortesía, sintiéndose algo torpe.
Cuando se ha alejado unos pasos, cae en la cuenta. La cantante, claro. Cómo he podido ser tan imbécil de no reconocerla al instante, con lo famosa que es.
Pero no se vuelve. Es entonces, cuando está a punto de cruzar el umbral de la puerta de salida a la calle, cuando nota que tiran de su brazo.
—¿Qué es eso tan importante que tenías que hacer mañana, paisano?
Es ella. Ha vuelto a por él y lo mira sonriente, con la cabeza ladeada, de modo que el pelo largo le cae sobre la mejilla.
—El MIR. El examen del MIR.
—¿Eres médico?
—Voluntario. Esperaba ser especialista si aprobaba el MIR, pero no va a poder ser.
—No se hable más. Vuelas con nosotros.
La cantante alarga la mano, que el hombre estrecha, sintiendo un tacto firme y suave, acorde con la simpatía que ahora parece derrochar.
—Pero no hay ningún vuelo disponible —dice él, desconcertado.
—Vamos, paisano, son vísperas de Navidad. ¿No crees en el espíritu navideño?
—Debí suponerlo. Se trata de un vuelo privado.
La cantante sonríe otra vez, ladea de nuevo la cabeza y el pelo vuelve a rozarle la mejilla.



***



Bosnia-Herzegovina. Es de noche. Martín es uno de los tres policías españoles integrantes de la EUPM desplegados en los Balcanes en una misión de paz. Hace rato que han cesado los disparos, pero la tensión en el ambiente aún se palpa. Por la tarde, un grupo de hombres armados tomó la aldea y medio centenar de mujeres y niños entraron, aterrorizados, al edificio en que se encuentran los tres agentes y la veintena de alumnos de la escuela de policía a los que adiestran. Luego, un hombre ha venido a parlamentar y ha hablado con Martín, que era, de los tres, el de mayor graduación así como el más veterano. Quieren al grupo de paisanos para llevárselos. El hombre que dice ser comandante y habla un inglés fluido, es alto y espigado, de mediana edad, barba de varios días y ojos siniestros que brillan bajo la visera, lleva un Kaláshnikov colgando de su cincha y un 45 metido en el ceñidor. No, dice Martín, negando con la cabeza. De aquí no se va nadie. El comandante, repite lo de que deben salir tocando la culata del AK-47, paseando su mirada, primero, por los galones del uniforme azul que no reconoce, y, después, por el rostro de Martín, como escrutándolo. Martín no parece asustado, ni inquieto, sino sólo circunspecto, algo hosco, concentrado en las consecuencias de su decisión o en lo que va a decir. 
—Qué parte del «no» no entiendes.
El hombre ahoga una sonrisa. Saca un arrugado paquete y le ofrece un cigarrillo. Martín, declina con un gesto. El comandante da una calada y soltando el humo pregunta:
—¿Español?
—Sí. 
—¿Policía?
—Sí.
—Pero no como esos —y señala a los alumnos que contemplan en silencio la escena situados en formación, hombro con hombro, una delgada línea azul entre los refugiados y el contingente bosnio que está afuera, flanqueada nada más por los dos compañeros de Martín. 
—Llegado el momento, se verá de qué pasta estamos hechos. 
Aquí hace una pausa y tocándose la cartuchera de la HK, añade:
—«Espada tengo. Lo demás, Dios lo remedie» (1). 
Ahora es el comandante el que niega con la cabeza, moviéndola a un lado y al otro.
—Vamos, español, no es vuestra gente. No es vuestra guerra. No ganáis ni perdéis nada.
La historia, recordó Martín, se repetía. El abuelo de Martín, al principio de la Guerra Civil, cuando las cosas no estaban para nada claras, se había visto envuelto en una tesitura similar cuando al puesto del que era comandante se acercó un piquete de milicianos armados exigiendo la entrega de unos detenidos para su ajusticiamiento. El líder del grupo, ante la negativa, le espetó: ¿Eres del pueblo de los trabajadores o faccioso? Soy guardia civil, respondió éste. Dando por zanjado el asunto, dejando al sindicalista con la palabra en la boca, ordenó a sus guardias abrir fuego contra el primero que intentase entrar.
—Soy policía. Y con eso te digo bastante. No he sido otra cosa en la vida. ¿Qué eras tú antes de todo esto?
El comandante bosnio frunce el ceño y disimula una sonrisa en un extremo de la boca.
—Yo antes de la guerra era profesor. 
—Vamos, bosnio. Deja a esta gente hoy, vísperas de Navidad.
El comandante lo miraba reflexivo, con la misma fijeza que todo el tiempo, sin apartar los ojos, como si tratara de catalogarlo en alguna de las especies de hombre que hubiera establecido.
—La guerra no tardando se terminará —continuó diciendo—. Si hay algo que sé es que cuando todo pasa y viene la paz empiezan los juicios. Núremberg. Tokio. Ya sabes, criminales de guerra, malos de la película y todo eso.
—¿Estarías dispuesto a morir por defender a esa gente?
—Y tú, bosnio, ¿estarías dispuesto a pasar a la historia como un criminal de guerra?
—Nadie hablará de ti cuando estés muerto.
—En cambio, tu nombre sí que figurará en los libros. Vamos, profesor, que es Navidad. Tu gente aprenderá una lección hoy —miraba por encima del hombro, al horizonte, donde se divisaba a medio centenar de hombres armados con las más variopinta gama de subfusiles de asalto y las pecheras llenas de correajes.
Y al fin se quedaron callados observándose, dicho todo cuanto era posible decir, hasta ese momento.
El comandante tiró la colilla al suelo, la pisó y se fue.
—Feliz Navidad, español.
—Feliz Navidad, bosnio.
Después se aleja en la oscuridad, y se integra entre el grupo de amenazadores milicianos. Nevaba afuera. Una nieve fina, apenas molesta, que blanqueaba de luces relucientes el aire bajo de la noche cuando empezaron los disparos, fulminantes. Las balas arrancaban esquirlas a las paredes. Eran francotiradores buscando siluetas en las ventanas, precipitadamente, con nerviosismo, todos se tiran al suelo. 
Afuera se distinguen las voces del comandante, parece estar gritando muy enfadado al autor de los disparos. Como desaprobándolo.
Al poco, se escucha el retumbar de vehículos pesados creciendo hasta ser un estruendo infernal que hace temblar los muros. Uno de los alumnos se asoma de hurtadillas a una ventana para ver y grita que se trata de BMR de los Cascos Azules, que están salvados, que los bosnios están huyendo. Lentamente se incorporan todos mirándose los unos a los otros, menos uno cuyo cuerpo permanece tendido en el suelo, inmóvil, sobre un charco de sangre que se extiende como si vertieran aceite. Es Martín, grita uno de los dos españoles. Lo han herido, grita el otro. El maldito francotirador le ha dado.




***

A unos kilómetros de allí, dos médicos, uno, español y, el otro, alemán de origen turco, hablan sobre la guerra y su cometido frente al armario que a uno de ellos le ha tocado en el pabellón de residentes varones donde dormirán cuando no estén de guardia. El primero acaba de llegar procedente de Madrid, dos años el segundo. La presencia del eminente cirujano vascular español de Médicos Sin Fronteras en aquel hospital de la zona de seguridad de la ONU, aquellas navidades, fue muy bien recibida y era motivo de alegría y de admiración. Desde el inicio de las hostilidades en 1991, la guerra de purificación étnica en la extinta federación yugoslava había provocado la mayor ola de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Sólo en Bosnia-Herzegovina, casi la mitad de sus cinco millones de habitantes estaban desplazados, y varias decenas de millares de civiles habían muerto a consecuencia de las bombas o por disparos de los francotiradores. 
—¿Cómo es que te has dejado engañar para venir en Navidad a un sitio así? —pregunta el alemán.
—Es una larga historia —sonríe de medio lado al recordarlo—. Me ayudaron en una ocasión y siempre que puedo, pido excedencia en el hospital y vengo de voluntario para tratar de devolverle a otros el favor. 
El alemán lo miró unos instantes, como considerando lo que iba a decir a continuación, se trataba de un discurso aprendido que siempre ensayaba con los nuevos.
—Si nos preguntasen que por qué lo hacemos no sabemos responder. Yo lo comparo con los alpinistas y el K2. Uno no subiría allí por gusto, ni por dinero, arriesgando el pellejo. Es porque la montaña está allí, dicen, y alguien tiene que hacerlo. Porque algunas veces, cuando estás arriba se separan los nubarrones de tormenta y te permiten ver durante unos minutos un paisaje grandioso, justo en la frontera entre el cielo y la tierra: la Morada de los Dioses… Así somos también nosotros, de alguna manera. Luchamos contra la enfermedad y la muerte, batallas perdidas de antemano muchas veces, día tras día, fatigados y con desesperanza, sin ningún premio especial, quizá tan sólo el agradecimiento de un paciente o la satisfacción personal de acertar el diagnóstico o del éxito de una cirugía. Eso es suficiente, como si al coronar la cima desaparecieran la tormentas y te dejasen ver, durante unos instantes, la Morada de los Dioses. Y no podríamos ser otra cosa, ni estar en ningún otro lugar. Porque al final esto es lo que somos y lo que queremos ser, escaladores de cumbres imposibles, hijos de la ciencia y del dolor...
En esas están, cuando el médico alemán recibe una llamada que le interrumpe.
—Se trata de un español —informa—, como tú. Le han disparado y ahora está entrando en quirófano.
—¿Puedo servir de ayuda?
—Toda ayuda es poca, pero ¿no estás agotado después del viaje?
—Quiero ir. Hablamos de un compatriota.

El médico español echa un vistazo a la radiografía que le sostiene en alto la enfermera y, a continuación, observa el interior de la hendidura que el médico alemán, certeramente, acaba de abrir con el bisturí en el plexo solar del herido, a quien acaban de traer varios soldados y un par de policías que ahora esperan con caras lánguidas, taciturnas en la sala contigua. Los dos médicos se miran valorativos. No, dice moviendo la cabeza el alemán. No lo va soportar. No me jodas, dice el español contradiciéndolo ¡Claro que lo va a conseguir! Y sus ojos marrones, fatigados pero llenos de luz, de una luz que irradia convencimiento, miran a la enfermera y al anestesista que son bosnios, y luego al médico, todos musulmanes, y con la seriedad de que es capaz, respetuosamente les dice, en un tono que es de ruego, que recen lo que puedan a Alá, que este buen hombre ha de sobrevivir, que es Navidad y que es paisano suyo. Y con eso queda todo dicho. Y se ponen manos a la obra.
El médico alemán de origen turco, sospecha que el español quiere su particular Morada de los Dioses, tanto para él como para el paciente.




***

Arañas el tiempo con las manos y con el alma; la mirada gris, el aliento escaso. Vas tras la tarde que no acaba, tras su último reflejo; miras los altares de la tierra y del cielo con la memoria en negro, creyendo haberte desvanecido, mientras avanzas hundiendo los pies en el fango…

Cuando Martín se despierta, aturdido, lo primero que ve es a su compañero, o más bien su feo careto, que lo está mirando somnoliento (se ha debido quedar traspuesto, deduce pronto, haciendo vigilia junto a un moribundo), quien parpadea varias veces y que, al cabo, se pone a brincar y a llamar a más gente al grito de ‘ha despertado’. A Martín le hubiera gustado poder bromear y decirle lo de: si esto era el cielo... que sepas que renuncio, pero no puede articular palabra. Lo segundo de lo que se da cuenta es que está entubado como un pescado al espeto. Lo tercero, echando un vistazo a la habitación, los goteros y a la cantidad de vías que lo unen a unos aparatos, es de que se encuentra en un hospital. Y lo cuarto, por lo que le dice el médico de bata blanca y ojos fatigados que acaba de entrar, en perfecto español, tan perfecto como el de un paisano de la vieja Castilla, deduce por el acento, es que ha sido operado. Aporta algunos detalles más de lo ocurrido, que hubo complicaciones, que no fue nada fácil, y añade: «Menos mal que te cogimos a tiempo. Casi no lo cuentas. Te has salvado de milagro, amigo». Y de esta manera, sin darle importancia ni esperar agradecimiento alguno, se vuelve para hablar con los dos compañeros de Martín, que siguen saltando y abrazándose entre ellos, de alegría. Luego entra una enfermera, muy bonita y sonriente, seguida de uno de los alumnos que trae consigo un televisor portátil, quien saluda visiblemente emocionado a su instructor, y que se pone a conectar el aparato asegurando que conseguirá una señal de vía satélite. Entra también un coronel picoleto, el jefe de la fuerza adscrita a la OTAN en Bosnia, agitando los brazos por encima del hombro, así como un capitán legionario, ambos con sendas botellas en una mano y copas en la otra, dando vivas a España tal que si la Selección hubiera ganado la final de la Copa del Mundo. A Martín, tan bromista de ordinario, le hubiera gustado poder decir que si se habían pensado que aquello era el camarote de los hermanos Marx, o algo así, pero, maldita sea el tubo endotraqueal, no puede, y lo que viene siendo peor, tampoco podrá tomar un trago, nada más le salen un par de lágrimas de alegría contagiado de ver a todos aquellos tan alborozados por su causa. Otra enfermera más que entra con una botella de licor y detrás de ella una policía alumna, la única de la promoción, llevando un ramo de flores recién cortadas que corre a depositar en la mesita, sin parar de mandarle besitos con la mano libre. El aparato que se prende y el alumno que hace señas a todos para que presten atención. El ministro español está felicitando las Pascuas a los militares y demás personal destinado en Bosnia, y habla de Martín:
Nuestro agradecimiento y deseo de pronta mejoría al inspector de policía que resultó herido de gravedad por disparos de un francotirador hace cinco días, cuando se encontraba en labores de asesoramiento y de formación de nuevos policías civiles. Fue trasladado rápidamente al hospital de Srebrenica para ser operado de urgencia por voluntarios de Médicos Sin Fronteras, en la zona de seguridad de la ONU...
¡Políticos!, exclama el coronel con desdén. Siempre lo mismo, bonitas palabras desde la barrera. Pero equidistantes. Demagogia, su incompetencia, su cobardía y su habrá que hacer algo un día de éstos, pero nada hacen y llevan ya dos años largos, con las manos metidas en jofaina de Pilatos. Los que estamos aquí sabemos lo que somos con la modestia, la serenidad y el entrañable fatalismo de quienes hacen de su vida un servicio al ser humano. La verdad de lo que somos. 
El coronel, que previamente ha ido repartiendo vasos, y que ya los ha llenado, celebra un brindis: ¡Por el nuevo cumpleaños de Martín! «¡Por el nuevo cumpleaños de Martín!», repiten todos, incluidos los bosnios con su acento del este. Y, de un golpe, vacían las copas.
Eran treinta años de oficio en cincuenta y tres de vida, pensó Martín, pero ahora el contador se ponía a cero.

De ésta seguro te dan la medalla, Martín. Seguro. Ya lo verás, le dice aproximándose a un lado de la cama su compañero de fatigas, ahogando la emoción que pugna por salirse y que le desborda, recordando todo lo padecido estos días desde que les dispararan, mezclado con las ruinas, los niños hambrientos y los muertos que lleva vistos. Su otro compañero, por el otro lado, a quien le gotean lágrimas por las mejillas, repite casi lo mismo y añade: estás vivo, cabronazo, estás vivo gracias a Dios. La alumna, a los pies, se pasa la mano para quitarse las lágrimas de la cara, abrazada al alumno, el coronel también parece haberse emocionado y carraspea detrás de ellos, y hasta al legionario, parado en una esquina, que siempre ha tenido fama de bravo y de rudo, se le aguan lo ojos. Solamente el médico español parece ajeno a todo aquello y está de espaldas, mirando concentrado algo en la tele que parece haber captado su atención. Pasan un concierto que una cantante española ofrece a los destinados en Bosnia. En un momento dado, el médico se gira y de soslayo dice que la que está cantando es alguien a quien conoce. Sabéis, resulta que gracias a ella yo soy cirujano, les revela. Hace algunas señas para que se vuelvan a mirar tras lo cual añade: Siempre me ha gustado el modo en que le cae el pelo sobre la cara al ladear la cabeza. Cuando todos se giran para tratar de verla, Martín puede comprobar, a través del espacio que se forma entre las siluetas, que se trata de la misma muchacha a quien hace algunos años una vez ayudó a llegar a tiempo a un casting. Y esta vez sí, de todo lo que le hubiera gustado decir maldijo no poder hacerlo con aquello que siempre solía repetir: «El espíritu de la Navidad, tiene estas cosas sorpresivas y sorprendentes».
Se hizo el silencio, la melodía y la voz se enseñorearon de la habitación, todos escuchaban atentos aquel entrañable y sentido villancico, en cuyas letras parecía brillar la esperanza de la paz sobre senderos de muerte y desolación. 



—FIN—


©Humberto 2020

(1) El Casamiento Engañoso, de Miguel de Cervantes.