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sábado, 9 de julio de 2022

Muerte del conde de Villamediana






 

Ya sabéis que era Don Juan
dado al juego y los placeres;
amábanle las mujeres
por discreto y por galán.

 

Valiente como Roldán
y más mordaz que valiente…
más pulido que Medoro
y en el vestir sin segundo,
causaban asombro al mundo
sus trajes bordados de oro…

 


Muy diestro en rejonear,
muy amigo de reñir,
muy ganoso de servir,
muy desprendido en el dar.

 


Tal fama llegó a alcanzar
en toda la Corte entera,
que no hubo dentro ni fuera
grande que le contrastara,
mujer que no le adorara,
hombre que no le temiera.

 

Antonio Hurtado de Mendoza

sábado, 23 de abril de 2022

La poesía diversa de José María Pemán

 





La poesía diversa de José María Pemán

Cerramos este año celebrando el centenario del nacimiento de José María Pemán, autor polifacético y controvertido que no ha sido valorado como merece. Las líneas que siguen constituyen un pequeño homenaje a una voz poética singular. 
Por Manuel Ríos Ruiz. 29 noviembre, 1997


EL pasado ocho de mayo, se cumplieron cien años del nacimiento, en Cádiz, de José María Pemán, uno de los escritores españoles más significativos y polifacéticos del presente siglo. Pemán se licenció en Derecho en la Universidad de Sevilla y se doctoró en la de Madrid. Sin embargo, ejerció muy poco tiempo la abogacía, para dedicarse de lleno a la literatura en todos los géneros, pero yo centraré este comentario en su poesía, para rendir pleitesía a quien falleció en 1981 y estimo no ha sido realmente valorado en toda su dimensión literaria.




LA VIDA SENCILLA

Su primer libro, La vida sencilla, tuvo una acogida fervorosa; se agotó inmediatamente y la crítica, al referirse a él, consideró que se trataba de la revelación de una nueva voz poética con singulares valores. Le dedica a su madre el primer poema, compuesto en cuartetos asonantados y dividido en tres partes, bajo el título de «Elogio de la vida sencilla». He aquí la parte inicial: «Vida inquieta, frenesí/ de la ambición desmedida…/ ¡Qué mal comprende la vida/ el que la comprende así!/ La vida es soplo de hielo/ que va marchitando flores:/ no la riegues con sudores/ ni la labres con desvelo;/ la vida no lo merece:/ que esa ambición desmedida/ es planta que no florece/ en los huertos de la vida./ Necio es quien lucha y se afana/ de su porvenir en pos;/ gana hoy pan y deja a Dios/ el cuidado de mañana./ Vida serena y sencilla, / yo quiero abrazarme a ti,/ que eres la sola semilla/ que nos da flores aquí./ Conciencia tranquila y sana/ es el tesoro que quiero;/ nada pido y nada espero/ para el día de mañana./ Y si así, se me da ese día/ algo, aunque poco quizás,/ siempre me parece más/ de lo que yo le pedía./ Ni voy de la gloria en pos,/ ni torpe ambición me afana,/ y al nacer cada mañana/ tan sólo le pido a Dios/ casa limpia en que albergar,/ pan tierno para comer,/ libro para leer/ y un Cristo para rezar:/ que el que se esfuerza y se agita/ nada encuentra que le llene,/ y el que menos necesita/ tiene más que el que más tiene».

Tras este poema, que traza una poética de vida, incluyó Pemán en su primer libro, otro distinto: «El Viático», con el que ganó la Flor Natural de los Juegos Florales de Sanlúcar, en 1922. Está escrito intentando reflejar lo mejor posible la fonética andaluza. Es un poema en el que se denota una clara influencia de Gabriel y Galán. Todo un dramático monólogo, muy propio para los recitadores de la época, que finaliza así: «Y si al lado no pues sé porque en la Gloria/ no se admiten pecadores junto a santas,/ ¡aparéjame a lo menos un sitito/ a la vera de la puerta, pa mirarla». Realmente, Pemán estaba entonces buscando su camino como poeta, y en tercer lugar inserta «Serranilla», una composición que lleva una cita del Marqués de Santillana: «Desde que nací/ no vi tal serrana…». Luego, un poema en alejandrinos para homenajear al castellano viejo; «El abuelo», otro poema a lo castizo para el recitado; cantos a la sierra y al mar, a la copla en la era, un «billete» de cortejador a su reina; una serenata a Galicia; una sonata muy rubenniana; y versos para pleitesías, hacen de La vida sencilla, con los anteriormente citados, un libro de poemas colorista, muy narrativo, bucólico, romántico en su trasfondo, que en su momento era lógico que fuera elogiado por la crítica, pues en aquellos años veinte aún no habían calado suficientemente en los ámbitos literarios los giros más renovadores de las vanguardias.

Manuel Machado dejó escritas unas cuantas páginas sobre José María Pemán y su obra. En ellas apunta acerca de los principios líricos del autor gaditano: «…en la búsqueda de sí mismo que todo artista emprende de muchacho, Pemán se dice influido por cierto linaje de poetas y de poesía inmediatamente anterior a su hora: la castellanidad pegujalera de Gabriel y Galán y el dramatismo castúo de Chamizo, Medina, Sotomayor…, y aun declara deber su primer gran triunfo a una composición, titulada El Viático, y que, en efecto, recuerda mucho a El embargo, de Gabriel y Galán. También nos habla de sus coqueteos con la Musa nueva, a través, principalmente, de Rubén Darío el grande, y de los simbolismos pasados por agua de ciertos vates hispanoamericanos que inspiraban en Cádiz un notable cenáculo modernista.

Imbuido todavía en tales influencias, José María Pemán publicó, tras La vida sencilla, el volumen Nuevas poesías. Lo hace cuando ya está inmerso en otras actividades culturales, emprendiendo su brillante trayectoria como orador y practicando otros géneros, especialmente el artículo. Nuevas poesías no difiere mucho, casi nada en realidad, del libro primero. Su poesía se mantiene anclada en una tendencia que ya se diluía y que no siguen sus compañeros de generación. En este sentido, son muy claros los versos del poema en quintillas «Aquí me tienes, lector…», que abre el conjunto: «Y es que si vivir pudiera/ donde mis sueños están,/ en otro siglo viviera,/ en donde a la postre, diera/ en fraile o en capitán».

Sí, en Nuevas poesías, Pemán mantiene el tono y la temática de su primer libro. La mayoría de los poemas se prestan a un recitado grandilocuente y teatral, sobre todo los titulados «Las primeras aguas», «Lección de vida (Meditación de un amanecer en tiempo de sementera)», «La pisa del mayeto», «Salmo de pasión y de dolor» y «Ante el Cristo de la Buena Muerte». Algunos son poemas exaltativos del trabajo; otros, enaltecedores de gestos caballerescos, y oracionales o devocionales, enardecidos por un acusado sentido religioso, centrado en el cristianismo más fervoroso que imaginarse pueda. Verbigracia: «¡Cuerpo llagado de amores,/ yo te adoro y yo te sigo!/ Yo, Señor de los señores,/ quiero partir tus dolores/ subiendo a la Cruz contigo».

Insistimos: por aquel entonces, José María Pemán, estaba sumido como poeta en un mimetismo muy elocuente. Estos versos de «Ante el Cristo de la Buena Muerte» parecen estar concebidos después de conocer el poema «La Saeta» de Antonio Machado. Pero eran más acentuadas las influencias de poetas de menor entidad, las que arriba quedan apuntadas mediante el comentario de Manuel Machado. Lo que sí es un giro temático nuevo que Pemán incluye en Nuevas Poesías es el amor. Lo hace con los poemas «A embreñarme voy, zagala» y «Canción vulgar». Este último está dedicado a su mujer. Finaliza así: «Esta es, mujer, la canción/ de mis sentidos amores,/ tan escasa de primores/ como henchida de emoción./ Tú, que con el corazón/ sabes, mujer, vislumbrar/ cuanto no pude expresar/ en mis pobres versos…, ¡dime/ si no es mi canción sublime/ a fuerza de ser vulgar».

Nunca renegó José María Pemán de sus libros primeros, de sus poemas de los años veinte, poemas que son de menor calidad de cuantos seguidamente escribiera, cuando encontró su auténtico son lírico y dióle a sus composiciones un aire alado, una ondulante musicalidad. Sí, Pemán mantuvo siempre en sus antologías los poemas de su primera etapa, en la que pese a las citadas resonancias de otras voces, también hallamos aciertos poéticos. Por ejemplo: «Todo callaba,/ para que hablasen nuestras almas solas».

LAURELES Y CRÍTICAS

Pedro Saínz Rodríguez escribió en cierta ocasión las siguientes líneas: «Conocí a Pemán el año en que se publicó su obra A la rueda, rueda, editada por una editorial que yo dirigía. La fama y la popularidad de Pemán han despertado mucha envidia más o menos disimulada. Para escatimar el elogio se alaban algunos sectores de su producción en detrimento de otros. Es una manera de aplicarle aquel género de crítica que un gran satírico definía como el arte de azotar a un poeta con los laureles de otro». Cierto. A Pemán le han criticado diciendo que era mejor articulista que poeta, o que era mejor poeta que novelista, incluso que su teatro era lo único salvable de su escribanía creativa. No obstante, cuando publica A la rueda, rueda, su tercer poemario, en 1929 -ya habían aparecido sus libros en prosa Cuentos sin importancia y Romance del fantasma y Doña Juanita, así como su ensayo político El hecho y la idea de la Unión Patrióticas-, los críticos denotan el hallazgo de su primera fórmula poética auténtica. Manuel Machado lo comenta con estas palabras: «Es en su mayor parte un delicioso cancionero que podríamos concatenar a los mejores de nuestra poesía —verdaderamente nuestra: fines del XV y principios del XVI—tan sabrosa y clara, anterior al Renacimiento: A la vera del prado/ se dormía la niña/ con el son de las hojas del álamo. Pero en la segunda parte de este libro hay —prosigue Manuel Machado—, entre otras composiciones de gran envergadura, una titulada Romance del hijo, del más hondo sabor humano y la más fuerte emoción cordial. La forma es perfecta; pero el fondo —el tema, tan conocido, del primer sentimiento paternal— rara vez se ha tocado con tan profundo acierto».

Un lirismo fraterno como estampas costumbristas o románticas hallamos a lo largo de A la rueda, rueda. José María Pemán se deja llevar por temas ciados, pero los afronta como si los descubriera alguien por primera vez: «¡Barrio de los marineros/ en donde estaba mi amor!/ Al fondo de cada calle/ un mar de rosa y de sol./ Haciendo redes, cantaban/ cinco muchachas en flor,/cinco marineritos/ coreaban la canción./ A la blanca niña aquélla/ —¡ay qué dolor, qué dolor!—/ ¡un marinero genovés se la llevó…! Se iba la canción doliente/ sobre la brisa hacia los/ mástiles ensangrentados/ de poniente y de ilusión./ Y yo pasaba soñando/ —barrio de los marineros/ en donde estaba mi amor—/ soñando por esas calles,/ hacia el mar de rosa y sol».

La cuarta parte de este tercer poemario está compuesta de romances y baladas. Entre los romances, destacan los titulados «Romance del rayo del sol» o «La infanta jorobadita». En uno el poeta agradece a Dios las maravilla de los bienes de la Naturaleza, y finaliza con estos cuatro versos: «Todo el arte de vivir/ en paz y resignación,/ está en saber alegrarse/ con cada rayo de sol…». En el otro, presenta una escena tierna y fantasmagórica, propia de un autor teatral, que quizá tenga su antecedente en el poema de la cojita de Juan Ramón Jiménez, pues si alguna influencia se halla en A la rueda, rueda, sería la juanramoniana en algunos aspectos. El libro se cierra con «Romance del hijo», cuya segunda parte empieza con esta docena de octosílabos: «Un hijo es como una estrella/ a lo lejos del camino:/ una palabra muy breve/ que tiene un eco infinito./ Un hijo es una pregunta/ que le hacemos al destino./ Hijo mío, brote nuevo,/ en mi tronco florecido,/si no sé lo que será/ de ti cuando me haya ido,/ si no es mío tu mañana,/ ¿por qué te llamo hijo mío?»

Por aquellas fechas, José María Pemán también había iniciado su faceta de autor de teatro, con Isoldina y Polión, pero seguía centrado en la poesía. Escribe un segundo cancionero, en el que intenta darle sentido popular a coplas y canciones, en composiciones como «Villancico del pescador de truchas» y otras de índole amorosa y manriqueña, pero siempre prevalece una regiduría culta a la hora de la expresión. Quizá por ello esta faceta de la lírica del poeta gaditano nunca ha sido asumida por los cantaores de flamenco.

Y llegamos a los dos libros de poemas más populares de José María Pemán: Barrio de Santa Cruz y Señorita del mar, que datan de 1931. En el primero, plasma su visión de unos pasajes sevillanos urbanos de fama universal. Y realmente consigue descripciones poéticas tan bellas como la que resume en el poema inicial, «El barrio misterioso»: «Un misterio que se esconde,/ una canción que se va…/ Rumor de fuentes lejanas,/ fugas de sombra en la cal;/ enredo de calles hondas/ sin principio ni final…/ Todo el barrio es una niña,/ con un beso a flor de labio/ que no acaba de dar». La metáfora es lucida y lúcida, indiscutiblemente, en el poemario de pleitesía a una Sevilla de tarjeta postal y ecos de antaño, en donde sitúa a personajes castizos, singulares y entrañables.

Y es en algunas composiciones breves donde Pemán luce su decir lírico en su oda a Sevilla. Por ejemplo, en «Tarde»: «Nube alta. Viento frío./ La tarde dobla en el río su capote de paseo…/ ¡Flores tiene mi deseo/ para ti, cariño mío!». A los poemas de El Barrio de Santa Cruz le añadió Pemán otros posteriores, entre los que se halla «Soledad», que puede considerarse uno de sus más emblemáticos: «Soledad sabe una copla/ que tiene su mismo nombre:/ Soledad./ Tres reglones nada más: tres arroyos de agua amarga,/ que van, cantando, a la mar./ Copla tronchada, tu verso/ primero, ¿dónde estará?/ ¿Qué jardinerito loco, con sus tijeras de plata/ le cortó al ciaré la punta,/ Soledad?/ ¿Qué ventolera de polvo/ se te llevó la veleta,/ Soledad?/ ¿o es que por llegar más pronto,/ te viniste sin sombrero,/ Soledad?/ Y total: ¿qué más da?/ Tres versos: ¿para qué más?/ Si con tres sílabas basta/ para decir el vacío/ del alma que está sin alma:/ ¡Soledad!». Pero no olvidemos que en ese manojo de composiciones Pemán insertó su primer poema propiamente flamenco, el romance «Elegía a la muerte del maestro», escrito en memoria de don Antonio Chacón, el gran cantaor jerezano.

PEMÁN Y LO ANDALUZ

Existía ya en José María Pemán un tono lírico de cantor empedernido, de exaltador de virtudes humanas desde un concepto cristiano arraigadísimo, cuando escribe en los primeros años treinta estas poesías, en las que se advierte un insoslayable acento del machadianismo reinante, pero un tanto declinado al tratamiento de lo tópico para justificarlo. Así, como emulando al Manuel Machado del monumental poema «Adelfos», Pemán escribe por entonces los cuartetos que titula Soy andaluz, de menor entidad poética, pero con el mismo sentido confesional y, a la par, ególatra: «Soy andaluz: andaluz/ que es decir con ufanía/ gran señor de la armonía/ y emperador de la luz./ Soy del egregio solar/ reverberante y sonoro/ de las cigarras de oro,/ nacidas para cantar./ ¡Noble oficio de cigarra,/ y noble mano la mano/ hecha para el soberano/ gesto de herir la guitarra!/ ¡Y noble esta tierra mía,/ florida, a fuerza de afanes,/ de coplas y de refranes,/ de indolencia y de ironía!/ Esta limpia aristocracia/ de andaluz, sólo me obliga/ a que cante y a que diga,/ con claridades de gracia,/ en un verso musical,/ cuanto sueñe y cuanto sienta./ ¡Que solo me piden cuenta/ de si canté bien o mal!/ Porque yo soy andaluz,/ que es decir, con ufanía, gran señor de la armonía/ y emperador de la luz».

Indiscutiblemente, para Pemán todo en el andaluz y lo andaluz era casi glorioso y admirable, poseedor de una distinción inefable que lo individualiza hacia la perfección. En su entendimiento de lo andaluz se soslayan importantes realidades y se contemplan demasiados aspectos, sin adentrarse en lo socialmente negativo, quizá por su genuino impulso anímico a glosar lo bello de las cosas por encima de toda otra particularidad. No sabemos si esta actitud responde a la razón que dio de la literatura pemaniana José Camón Aznar: «Frente al fatalismo andaluz, Pemán ha sustituido el ceño trágico por un resignado humanismo (…). Una creencia limitada por el humanismo y por la poesía: esa es la personalidad literaria de Pemán».

Las Tres poesías andaluzas destinadas a la recitación, originales de José María Pemán, son «Feria de Abril en Jerez», «Presentación del recitador Pepe González Marín a los pueblos de América» y «Acuarela de la salida de Nuestro Padre Jesús Nazareno, el de Santa María». La primera es una de las poesías más populares de la España de los años treinta a los sesenta, cuando menos, y sigue siendo recordada en algunas funciones teatrales. Las poesías para recitar han oscurecido buena parte de la obra lírica de Pemán, muchísimo más importante. El libro Señorita del mar, un itinerario lírico de Cádiz, es menos conocido que el poema a la feria jerezana. Libro exaltativo de su ciudad natal, Pemán pone en él su fecundidad grácil. Y junto a los versos grandilocuentes de Exorcismos -donde se alza triunfante la oda a todos los valores imaginables de un lar, desde la historia hasta la sabiduría nata-, incluye composiciones que cantan al pueblo llano y sencillo, como «La casa de los siete pisos», en la que toma como espejo una casa de vecinos del barrio de Santa María, «Siesta en Puerta de Tierra» o «Elegía del niño mariscador».

Decíanos el maestro Manuel Machado que todo poeta es de su tierra y, si puede, del mundo entero, pero que mientras más hondamente de su tierra, más ampliamente universal. Y al socaire de esta razón nos preguntamos: ¿trascienden los poemas, tan puntualmente gaditanos de Pemán, más allá de la latitud que los motiva? Es un mayúsculo interrogante que nos llevaría muchísimo espacio contestar, tanto para afirmarlo como para negarlo. Preferimos por el momento recoger unas líneas de otro poeta andaluz, de Manuel Diez-Crespo: «Recuerdo un día que, dando yo un paseo por Sevilla con José María Pemán, me dijo con cierta sonrisa picara y escéptica a la vez: Yo todos los días me levanto asustado, me reí. Lo comprendí perfectamente. La luz antigua y noble se asusta de las tinieblas. Se asusta del absurdo; es decir, de lo que no tiene armonía. Y Pemán es la armonía». En 1932, José María Pemán publica un poema que en intención y resultado va más allá de su gaditana temática, y quiere armonizar con sus versos la entidad de toda la nación española. Es «Elegía a la tradición de España». Comienza así: «Me duele España en mí, como si fuera/ carne en mi carne: siento/ como el temblor de un viejo tronco al viento/ o el desasirse de una enredadera./ Ramas tronchadas de una primavera,/ siento en mí los sentires más amados/ como Cristos manchados/ de sangre y de saliva:/ ¡y me duele en el alma, en carne viva,/ la mella de los siglos arrancados!». Su estado de ánimo ante las circunstancias políticas y sociales, que no respondían ideológicamente a sus creencias conservadoras ni a su monárquico fervor, promovieron una sui generis elegía, que justificaba con las siguientes palabras: «No son estos, pues, versos de guerra. Son más bien versos de dolor y de súplica. Piden paz y tolerancia. Abogan, sin odio y sin ira, por esencias de España». A lo largo del poema evoca las excelencias de las regiones españolas y finalmente ruega entre signos de admiración: «¡Siembra rosas de olvidos y perdones/ y unge de compasión y tolerancia/ labios y corazones!/ ¡Danos la paz! ¡Acerca a los hermanos!/ ¡Abre acequias de amor en los secanos/ y pon el agua de la Vida en ellas!/ ¡Tú que tienes el viento y las estrellas,/ Señor de los Señores, en tus manos!». A mi juicio, la motivación del poema, tan turbadora para su autor, le arrastra a dar más importancia al mensaje que a la forma, por lo que en el poema no se refleja la sutileza característica de sus poemas inmediatamente anteriores, en detrimento de la calidad lírica y en beneficio de su proclama henchida de inquietud y temores, desde su óptica espiritual y humana.

De la misma época es su «Canto libre» —donde canta aspectos de la naturaleza, desde la lluvia al otoño, pasando por una «Epigrammata Erótica»— y su «Canto libre de Juventud» para ensalzar a Andalucía y rogar por ella a la Virgen, glosar el paso libre de Aníbal por el Pirineos (que es una versión libre del un fragmento del Canto VII del poema Canigó, de Mosén Jacinto Verdaguer), más tres composiciones que denomina sáficoadónicas, que se me antojan unos ejercicios poéticos demostrativos de sus cualidades para la retórica, en el mejor sentido. Unos desafíos a sí mismo, que Pemán se solía imponer, como si a la vez de poeta se quisiera sentir un gran gramático a la hora de escribir en verso clásico pero blanco, rehuyendo rimas y asonancias en la mayoría de tales obras.

En Poesía Sacra, uno de sus poemarios más amplios, Pemán vuelve al romance, a los pareados, a las formas cancioneras, junto a otras composiciones de verso mayor, medidos o libres. Está dividido en seis apartados: «Poesías del conocimiento y del amor de Dios», «Poesías del ascenso del hombre a Dios», «Meditaciones», «Oraciones», «Marianas» y «Varias». Es complejo seleccionar un poema que resulte representativo de ese contenido temáticamente religioso, porque es muy variopinto en sus enfoques y entonaciones líricas. Pero puestos en esta tesitura, me dejo llevar por el gusto personal y escojo para transcribirlo el «Romance de los siete pecados capitales», pues creo, además, que es uno de los mejores romances escritos por Pemán. Aquí lo tenemos, es todo un poema simbolista: «Tarde abajo el mayoral/ de los siete toros negros,/ va sorbiéndose en un triste/ rojo crepúsculo lento./ Zahones de hipocresía/ lleva, y por pica el Deseo;/ con azahar de inocencia/ tiene los estribos hechos./ Los toros con siete lunas/ van corneando los vientos;/ jazmines de baba espesa/ tirando van contra el cielo./ —¿A dónde vas, mayoral?/ -A tu corazón los llevo./ Prepara tu mariposa/ de seda y luz para el juego,/ sácale fdo a tu espada/ con pedernales de miedo./ ¡Fina viene de pitones/ la luna de un mal deseo!/ ¡Brava corrida, la tarde/ aquella de mi tormento!/ Yo solo con alamares/ y seda morada en medio./ Yo con la espada y la duda./ Contra mí siete deseos./ Me rozaron en las carnes/ las siete liras de hueso./ Geranios de sangre fresca/ mis alamares prendieron./ Me salpicaron de espuma./ No me llegaron al cuerpo./ Cuando la tarde sorbía/ rojo el crepúsculo lento,/ por los prados, ya sin toros,/ luz de aurora en el sombrero,/ sin espuela y sin estribos,/ llagaba el Mayoral Bueno./ Vendas de seda traía/ y aceite de olivos nuevos;/ arena fresca en las manos/ para enarenar el ruedo./ —¿A dónde vas, mayoral?/ —A tu corazón los llevo…».

La poesía religiosa de José María Pemán ha sido considerada por algunas personalidades de las letras, como equivalente a la de algunos clásicos. No considero cierta tamaña apreciación, pero sí reconozco que tiene su singularidad, sobre todo en lo que atañe a los dogmas católicos, y por ello debe estar en los lugares destacados de los poetas que han escrito poesía religiosa centrada en creencias doctrinales concretas. A la hora de ordenar sus poemarios, Pemán situó inmediatamente después de Poesía Sacra a sus poemas de Las flores del bien -estoy citando a través de Obras selectas, inéditas y vedadas (Dopesa, Barcelona, 1972)-, pero hay que advertir que con anterioridad publicó Salmo a los muertos del 10 de agosto y Poema de la Bestia y el Ángel, Por Dios, por la patria y el Rey, Las Musas y las horas y algunos que otros títulos un tanto desperdigados en variadas publiaciones. Son poemas de signo y tono epopéyicos, escritos en los tiempos de la guerra civil, en los que la politización del poeta está patente, por lo que se hallan inmersos en la efervescencia de su ideología de una forma tan marcada, que resultan proclamas de sus ideales frente a otros, con la patria por medio, en una enervación de sentimientos. Los aciertos poéticos que se puedan hallar en estos poemas, un tanto circunstanciales, aunque escritos desde convicciones ciertas, quedan en segundo plano por todo lo comentado.

A estas alturas de la trayectoria creativa de José María Pemán, también se había consolidado su obra teatral. Finalizada la guerra, su poesía vuelve a serenarse, como se demuestras en los poemarios que paulatinamente fue escribiendo y estampando, entre ellos Las flores del bien. Este libro, dividido en varias partes, puede considerarse una especie de antología de cuantos temas cultivó a lo largo de su amplia producción lírica.

De él opinó el mismísimo Manuel Machado, que era la obra cumbre de José María Pemán. Y llegó decir más, posiblemente llevado de su amistad con el poeta gaditano: «Es la obra clásica y madura de la poesía contemporánea». Considerar esta afirmación cierta o exagerada no entra en mis propósitos, porque las valoraciones personales pueden ser verdaderas o no a la hora de hacerlas públicas y nunca lo sabremos.

Queda claro que, a José María Pemán, versificar cuanta vivencia quiso dejar en el papel se le convertía en un gozo. El hecho en sí de plasmarla en versos le satisfacía por encima de la entidad artística que consiguiera. Otro aspecto de sus satisfacciones líricas eran los homenajes. Escribió muchos y tan dispares en motivaciones y personajes, como Elegía a Zenobia y Balada a las mocedades de Roldán o Soneto a Luis Cernuda y Las manos de Lola Flores. Poeta diverso en formas y temáticas, José María Pemán, que como dramaturgo también diversificó los modos y argumentos literarios, y que como articulista se puede considerar un maestro en toda la extensión de la palabra, fue en la poesía donde quizá dejó más patente sus sentimientos y creencias, donde más desnuda y patente se trasluce su personalidad espiritual y humana.


sábado, 18 de diciembre de 2021

Nomen est omen




'Nomen est omen': El nombre es destino


Los romanos pensaban que el nombre determinaba en gran medida el destino de quien lo llevaba; por ello afirmaban: nomen est omen (el nombre es destino). Descubramos cómo eran nombrados los romanos a través de los NOMINA ROMANA [1] (nombres romanos). Generalmente llevaban tres: Praenomen (prenombre), nomen (nombre) y cognomen son los llamados TRIA NOMINA [2], como en Cayo Julio César.


1. Praenomen: Equivale a nuestro nombre; el hijo lo heredaba del padre. Como sólo había una lista de 17 o 18 praenomina, solían repetirse y, como eran conocidos por todos, se ponían en forma abreviada.
Algunos de los que nos resultan más conocidos son [3]:
· Gaius (G.) / Caius (C.); Gayo / Cayo
· Gneus (Gn.) / Cneus (Cn.): Gneo / Cneo
· Lucius (L.); Lucio
· Marcus (M.); Marco
· Publius (P.); Publio
· Quintus (Q.); Quinto
· Tiberius (Ti.); Tiberio
· Titus (T.); Tito
2. Nomen: Es como nuestro apellido. Indica la gens, esto es, el linaje al que se pertenecía; se transmitía de padres a hijos como “nombre de familia”. Es un nombre colectivo y siempre se usa completo, sin abreviaturas. Perdura durante generaciones.[4] Se han documentado cientos, entre ellos: Iulius, Aemilius, Antonius, Cornelius, Tullius, Domitius, Claudius...

Ejemplifiquemos con la gens o familia Julia (que toma su nombre a partir de Iulus o Ascanio, hijo de Eneas y de Venus, de quien Virgilio hace proceder a esta gens). Sus dos miembros más reconocidos son el ya mencionado C. Julio César y Augusto. La familia Claudia sucedió a esta gens en el poder de Roma; pertenecían a ella Tiberio [5] Claudio Nerón, Tiberio Claudio Druso, Nerón Claudio César Augusto Germánico y también Cayo César Calígula, todos ellos emperadores romanos. Ambos grupos conforman la gens Julio-Claudia, paradigma que durante muchos siglos se ha propagado de la época imperial de la Roma antigua.

3. Cognomen: Representa una rama de la gens o familia. Es un nombre que se utiliza para diferenciar a los individuos dentro de una misma gens; atendiendo a alguna cualidad, profesión, característica física o mental o a algún acto de relevancia. Sí; sería como un apodo.
C. Iulius Caesar, debe su cognomen a caesura que significa «corte» porque se dice que nació a través de un corte hecho al vientre de su madre, de ahí «cesárea». También se dice que a partir de caesaris: cabellera abundante, aunque ésta no era una de las características de Julio César que más bien era calvo.
M. Tullius Cicero, su cognomen remite a cicero, garbanzo, porque tenía una notoria verruga con esa forma.
P. Ovidius Naso, este cognomen designaba a alguien de nariz grande; Nasica tenía el mismo significado.
Cn. Iulius Agricola, este cognomen alude al cuidado del campo.
Ahora revisemos algunos cognomina referidos a características físicas:
· Barbatus: de espesa barba, barbado
· Calvus / Calvinus: calvo o de escasa cabellera
· Albus / Albinus: blanco
· Niger: negro
· Caecus: ciego
· Cincinnatus: de pelo rizado
· Flavus: de cabello rubio, rojizo
· Longus: largo
· Paullus: pequeño
· Pulcher: hermoso
· Priscus: anciano / Vetus: viejo
También podían referirse a características de comportamiento o defectos:
· Balbus: tartamudo
· Bibulus: bebedor; literalmente.: el que absorbe
· Brutus: bruto
· Catus: astuto
· Catulus: cachorro, gatito
· Lentulus: un poco lento
· Lepidus: flamante
En algunos casos el cognomen estaba relacionado con la circunstancia que rodea al nacimiento de alguien: Postumus es el nacido después de la muerte del padre; Proculus, el nacido en ausencia del padre (procul en latín significa lejos).

Además de los tria nomina, con frecuencia se añadía un agnomen que tenía carácter honorífico, como en el caso de P. Cornelio Escipión al que se agregó el agnomen: (el) Africano, debido a su gran labor como general en las Guerras Púnicas (emprendidas por Roma contra Cartago).

En casos de adopción se añadía el nomen y cognomen del padre adoptivo y el nomen original pasaba a ser un tipo de cognomen con la terminación -anus: C. Octavius pasó a ser C. Iulius Caesar Octavianus, nombre al cual después se le añadió el agnomen Augustus que significa majestuoso, imperial; nos referimos a Octavio Augusto, el primer emperador romano.

¿Notan algo curioso? Hemos hablado sólo de varones. ¿Y las mujeres, cómo eran nombradas? Tenían el nomen del padre: la hija de Iulius era Iulia. Si había dos hijas, para diferenciarlas, se ponía (a modo de cognomen) un adjetivo correspondiente al orden de nacimiento: Julia Maior, Julia Minor, o, si había más de dos hijas, un ordinal: Tertia, Quarta, Quinta, Sexta… Otro ejemplo: Livia Drusilla, hija de Marcus Livius Drusus, heredó el nomen y el cognomen pero en su versión femenina. Al casarse, algunas mujeres podían llegar a tomar el nombre del esposo.

Si usted es mujer piense cómo sería nombrada a la usanza romana. Busque la forma femenina del nombre de su padre y el número de hija (remarco, mujer) que es; esto es, si su padre se llama Víctor y usted es la tercera hija, su nombre sería Victoria Tercera (Victoria Tertia, en latín).

Si usted es varón, tome el nombre de su padre y alguna característica distintiva de su familia; así, el hijo de un hombre llamado Mario cuya carrera militar sea notable podrá llamarse Mario Marcial (Marius Marcial, en latín pronunciado como /Markial/) o el de un torero llamado Manuel, sería Manuel Taurino.

Actualmente la asignación de los nombres depende de muchos factores: por herencia de padres o abuelos, por el día de nacimiento, por la «estrella» de cine, de música o de fútbol del momento.

¿Sabe usted qué significa su nombre?, ¿sabe usted la razón por la que sus padres decidieron llamarlo de esa manera? ¿Qué tan acorde es su nombre con su personalidad? O más aún: ¿Su nombre (nomen) ha determinado en algo su destino (omen)?





[1] En español conservamos la palabra nómina en el sentido de lista de nombres de los empleados de una empresa, esos nombres suelen aparecer ligados a su cargo y sueldo.
[2] En el principio de la República sólo se contaba con un praenomen y un nomen. Luego se añadía la filiación: Caius Julius Caesar C.(Caii) F (filius). C (Caii). N (nepos), esto es: Cayo Julio César, hijo de Cayo, nieto de Cayo.
[3] Aparece el nombre latino seguido de su abreviatura y su traducción.
[4] La gens no es lo mismo que la tribu, de las que había 35 en Roma, y que no se incluía en el nombre. Las tribus originalmente eran sólo tres, de ahí su nombre.
[5] Aparece remarcada la forma que ha prevalecido y con la que nosotros los conocemos.

martes, 5 de octubre de 2021

Melancolías de otoño




Otoño melancólico nos cita
a escuchar de la fuente el ritornelo.
Un rosal sobre un banco se marchita
y una nube se deshoja en el cielo.

Crujen bajo los pies las secas hojas,
y los árboles son oro que arde,
entre las llamas trémulas y rojas
de la remota hoguera de la tarde.

Mi corazón presiente la amargura
de una pena recóndita y futura,
al escuchar los tristes ritornelos
de la fuente que tiembla entre neblinas,
mientras tus sueños huyen por los cielos
en una dispersión de golondrinas.




domingo, 19 de septiembre de 2021

LA CAPA










Cuenta Pemán una anécdota que recuerdo haber leído, pero que no consigo encontrar en la red (todo lo de este hombre parece desaparecido), sobre el golpe de Pavía, y que osaré versionar. Parece ser que, justamente diez minutos después de que los diputados hubieran jurado morir allí dentro antes que el deshonor de salir, uniéndose a la proclama de Salmerón —quien, en un enardecido discurso, lo había dicho primero («Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré» )—, ante el anuncio de un oficial de que al término del plazo impuesto serían pasados por las armas si no desalojaban el hemiciclo, y al oírse algunos disparos en la galería inmediata al salón de sesiones, se produjo una desbandada: todos, marica el último, corrieron a la calle a ponerse a salvo; algunos incluso saltaron por las ventanas, presas del pánico.

El caos y la premura fueron tales que muchos diputados no pudieron recoger el gabán del guardarropía y se vieron en la calle, en las primeras horas de la glacial mañana madrileña, vestidos nada más que con levita. Ese fue el caso de un taquígrafo de escasa figura, flaco y bajito, que cuando ya, jadeante, de tarde, llegaba a su domicilio se encontró con un diputado y vecino, al que contó lo sucedido:

—Ya ve, ni honor ni capa me han quedado.
—¿Y no podría acercarse al Congreso ahora que la cosa se habrá calmado y recuperar la capa? Quien encuentra la albarda y no el burro, ni todo lo pierde ni todo lo halla.

El vecino, que era un gigantón, le prestó su propia capa y le animó, dándole fuertes golpes en la espalda, a que desanduviera el camino, se diera a valer ante los guardias que hubiera de custodia y recuperase la suya. Y el hombrecillo, con aquella prenda que le sobraba por todas partes y que arrastraba por el suelo como cola de penitente, así lo hizo: volvió sobre sus pasos y, de aquella guisa, se encaró con el primer guardia que estaba de centinela en las Cortes.

—Mire usted —le espetó—, le exijo encarecidamente que me deje pasar.
El guardia lo miró un instante de arriba abajo, movió el mostacho y dijo:
—¿Pero cuántos venís ahí dentro?



©Humberto 2021

martes, 22 de junio de 2021

El paraíso perdido

El paraíso perdido






Parecía valiente con su vaso de bourbon y su pestañeo más lento de lo habitual. Los codos en la barra y la mirada en la puerta. Esperando que no pasara lo que al final iba a pasar. Que reapareciera ella en el último garito de la última ciudad. Parecía un héroe en el exilio. Un francotirador emocional. Y sin embargo Rick no era más que un cobarde. Uno que acaba en Casablanca intentando huir de sí mismo. Tan valiente que no es ni capaz de escuchar una canción. Buscaba, como buscan los débiles, la distancia para pulverizar esa determinación ciega del amor. Esa que convierte a todo hombre en un héroe, como decía Platón. Platón, que por algo supo ver la metadona del mundo ideal, creía en el miedo. Y sabía que es un sentimiento extraño que no se puede domar.

«Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (…) Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos».
Borges.

El paraíso perdido es el único que les queda a los cobardes. El que se atisba desde el infierno de la fobia, más allá de las llamas donde arde lo que nunca fue. El paraíso imposible de una abuela con la mirada siempre en el pasado. El de Hamlet sepultado en vida por la inacción. El de Spencer Tracy que nunca tuvo la altura necesaria para querer. El de los verbos en condicional que quieren ser conjugados en presente de verdad perfecto. El del libro como un escudo en las manos de un mayordomo. El paraíso parisino que recordaba ese falso valiente que se perdió en Casablanca cuando todo lo perdió. Nunca te enamores de cobardes, debería estar escrito en los manuales. Nunca te permitas temblar si no es por la pasión. Nunca te dejes arrastrar a ese lugar donde el peaje para no sufrir es negar la felicidad.



jueves, 3 de junio de 2021

HISTORIA DEL BUEN REY TÓTEM




 

Os voy a contar algo de la historia del buen Rey Tótem, tal como he podido descifrarla en una piedra de la edad paleolítica. Está llena de provechosas enseñanzas sobre los orígenes de muchas cosas.

Tótem, hombre membrudo, de luenga y áspera barba, había clavado en el suelo cuatro estacas, y, dentro, a la sombra de una piel de mamut, había metido un cántaro y una mujer. Como Tótem poseía una enorme hacha de sílex, nadie se atrevía a acercarse al sombrajo que había formado con la piel y las estacas. Tótem era, pues, propietario.

El título de su propiedad era el hacha de sílex. Sólo un día, un atrevido osó asomar las narices al sombrajo de Tótem; pero éste, empuñando su hacha, con un gesto solemne, le partió en dos la cabeza. De este modo Tótem asentó su dominio con perjuicio de tercero; puede considerarse, pues, este gesto histórico como el origen de los Registros de la Propiedad. Desde que los demás hombres paleolíticos, que eran muy brutos, pero no tanto como Tótem, vieron la facilidad con que el hacha de éste abría las cabezas, sintieron gran admiración y respeto por aquel hacha, y la consideraron como un cetro; de este modo Tótem fue proclamado Rey. El reinado de Tótem fue próspero. Antes había sido un salteador y forajido, que, abusando de su superioridad física, robaba los rebecos y las cabras que los otros hombres tenían para su sustento. Ahora, no; ahora era el Rey, padre de todo, querido y venerado de sus súbditos, que le llevaban, como tributo, sus cabras y sus rebecos. Pero sucedió que, entre sus súbditos, había uno que no estaba contento con él. Era Menoch, el hombre de más fuerza y el mejor esgrimidor del hacha después de Tótem. La lengua era entonces monosilábica, y Menoch tenía un precioso don: sabía decir sus monosílabos con más rapidez y gracia que nadie; además, su voz era sonora, y acompañaba su lenguaje de gestos rítmicos y melodiosos, que hacían balancearse con gracia los rabos de las pieles de reno de que estaba vestido. Para la muchedumbre era, pues, incuestionable que las cosas que decía Menoch eran sabias y verdaderas. Menoch, pues, reunió un día a la muchedumbre en una pradera florida, y, con voz sonora, le preguntó que por qué razón habían de llevar a Tótem sus cabras y sus rebecos. La muchedumbre aseguró que realmente no había razón alguna para ello. Entonces Menoch dijo: ¡Aplastemos a Tótem!, y con la mano derecha se golpeó sobre la izquierda, como si realmente aplastara y triturara a Tótem entre ellas. La muchedumbre repitió con entusiasmo este gesto inspirado, y en la pradera se produjo un prolongado ruido de chocar de manos. Fue la primera ovación.

Enseguida, todos, con Menoch a la cabeza, marcharon hacia el sombrajo de Tótem. Para que anduvieran más de prisa, Menoch, que poseía la intuición de la música, empezó a tararear una tocata improvisada con compás de dos por cuatro. Al oír aquel compás fácil y pegajoso, las piernas de los paleolíticos empezaron a inquietarse, y un momento después, adaptándose a la música, la turba marchaba rápida y alegre. Desde aquel momento empezó la influencia de los pasodobles sobre la Humanidad, que ha sido muy trascendental y decisiva. Gracias a los pasodobles, la Humanidad se ha conducido dócilmente, siempre que ha hecho falta, a la muerte, a la ruina y a todos los absurdos. Coreando la voz sonora del rebelde Menoch, la turba cantaba hasta enronquecer: ¡Vamos allá! ¡Vamos! ¡Vamos, pues...! Y los que se encontraban por el camino, que no habían estado en la reunión de la pradera, se unían entusiasmados al grupo, cantando nerviosamente: ¡Vamos! ¡Vamos! Y luego, por lo bajo, preguntaban al que estaba más cerca: ¿Adónde vamos? De este modo llegaron al sombrajo de Tótem, que estaba allí con su mujer y su hacha de sílex, comiendo sus rebecos y sus cabras asadas con lechugas. Con un agudo alarido, la turba irrumpió en él violentamente. Pero, al verse dentro de la mansión real, la muchedumbre se olvidó de Tótem, y se echó ávidamente sobre la mujer, las cabras, los rebecos y las lechugas. Y como eran muchos y corto el botín, empezaron a disputárselos unos a otros, armando entre ellos una tremenda batalla, y dejando a Menoch, a pesar de los gritos que daba, completamente solo frente a Tótem. El cual, en un momento, lo agarró por el cuello y lo estranguló.

Entonces, al ver a Menoch en el suelo, tendido y con la lengua fuera, la muchedumbre comprendió que era un impostor, y mientras unos huían, otros se prosternaban en tierra, gritando: ¡Viva Tótem!

 

Pero Tótem, con un gesto grave y majestuoso, impuso silencio: En vista de lo ocurrido —dijo en secos monosílabos—, no quiero reinar contra la voluntad de mi pueblo. Entramos en tiempos nuevos. He de investigar esa voluntad. Id a la ribera del río: allí hay guijarros blancos y negros. Los blancos quieren decir que me aceptan; los negros, que me rechazan. Tome cada uno su guijarro y échelo secretamente en esta piel de toro. Luego haremos el recuento y obedeceré. La muchedumbre, dando berridos de alegría, al sentirse soberana, fue y vino rápidamente al río y depositó sus secretos guijarros en la piel de toro. En seguida Tótem vació la piel de toro. Una pila de guijarros negros, donde apenas se ahogaba alguno blanco, se desparramó sobre el suelo. Entonces Tótem se irguió ante la muchedumbre, empuñando su hacha de sílex, y con voz atronadora, exclamó: Decidme, ¿qué color domina? Y, como una sola voz, la muchedumbre, sobrecogida, gritó unánimemente: ¡El blanco, Señor, el blanco!

Entonces Tótem, sonriendo paternalmente, dio las gracias y quedó investido de la soberanía popular.

Y enseguida Tótem, como Soberano de un Gobierno popular, inició su reinado con actos liberales y progresivos. No os he de exigir—les dijo—bárbaramente, como antes, que me deis vuestras cabras y vuestros rebecos, no; comprendo que esto es feo e impropio de estos tiempos adelantados, que se han iniciado con vuestra gloriosa iniciativa. Me someto, pues, al cambio mutuo. Y diciendo esto, llamó a uno de sus súbditos y le preguntó:

—A ver, hijo mío, ¿qué quieres por tus cabras?

Y el otro, que era goloso, contestó: Cocos, señor.

—Está bien—prosiguió el Rey—; dame tus cabras y yo te daré ese saco que está lleno de cocos. Así se convino aquel mutuo cambio. En seguida, el súbdito trató el cambio de los cocos que el Rey le había de dar por unas piñas que tenía un compañero; éste, a su vez, los cambió por una cántara de miel que tenía otro, y así se hicieron, entre unos y otros, mil contratos de cambios, a base del saco de cocos que cl Rey le ofreció al primero. Pero cuando éste fue a cobrar del Rey los cocos prometidos, el Rey le abrió el saco, que resultó estar completamente vacío, y le dijo paternalmente:—Ahí tienes los cocos hijito. El súbdito y los demás que hablan contratado se quedaron perplejos ante el saco vacío, y empezaron a mirarse unos a otros, con ceño torvo. Pero, de pronto, el primero comprendió que de proclamar la verdad perdería sus piñas, y el segundo su cantara de miel, y así sucesivamente. Entonces el primero, mirando el saco vacío, exclamó: ¡Oh , mirad qué hermosos cocos! Y todos fueron repitiendo con fervor: ¡Cocos hermosos! ¡Admirables cocos! Y de este modo todo el país contrató, cambió y atendió a sus necesitados, gracias a los cocos imaginarios del buen Rey Tótem. Como veis Tótem fue el inventor del crédito.

*** 

 

En ese punto está rota la piedra milenaria que nos da tan interesantes noticias. Es una gran lástima, porque, como habréis notado, íbamos viendo avanzar ya la humanidad y entrar en la civilización. Hemos asistido al origen de la oratoria, de los Gobiernos populares, del sufragio, del crédito y de mil cosas progresivas y trascendentales; y, de seguir, hubiéramos presenciado el origen de toda la civilización. Cierto que, como veis, todo ello se resiente un poco de su origen. Pero no importa; a medida que la Humanidad se aparta de ello, todo se va olvidando y todo va bien como va. El secreto está en aceptar las cosas dócilmente y no preocuparse mucho de los orígenes y de los porqués. Y ante los sacos vacíos que se nos presentan cada día, continuar, en bien de todos, la farsa, y decir, cómo el pueblo sumiso del buen Rey Tótem: ¡Oh, hermosos cocos! ¡Cocos admirables!



José María  PEMÁN