Vistas de página en total

domingo, 26 de enero de 2025

El condicional del rumor.



 «Habría», «sería». El condicional del rumor. Uno de los peores fallos de lenguaje que puede cometer un periodista se produce con el mal uso del condicional, para hacerlo pasar por una posibilidad o probabilidad informativa. A veces se dan ahí muchos errores a la vez en una sola palabra. Por ejemplo:

 Es más: la directora general habría detectado que tras ciertas filtraciones que la consideraban dimisionaria estaba alguna larga mano con residencia en un despacho monclovita. Ello habría provocado en la joven directora general un fugaz deseo de retirar la dimisión. (Tribuna, 10 de febrero de 1997. Fernando Ónega).

 Según el entorno de Navarro, Grunfeld habría desestimado las ofertas de hasta diez clubes. (As, 1 de agosto de 2007. Sin firma).

 Se trataría de monedas pertenecientes a la época de Poncio Pilato, que, al parecer, habrían pasado inadvertidas hasta ahora por los sucesivos investigadores. (El País, 17 de abril de 1998. Lola Galán).

 De ser ciertas estas imputaciones, reforzarían la hipótesis según la cual los GAL habrían sido una laxa organización criminal. (El País, 12 de mayo de 1996. Javier Pradera).

 Los arqueólogos de Túcume manejan la hipótesis de que la momia hallada hace más de una semana en la pirámide La Muralla habría sido una adolescente de unos quince años. (El Comercio, de Lima, 1 de mayo de 1998).

(Doblemente innecesarios estos tres últimos «habrían», puesto que ya se está hablando de hipótesis y de «al parecer»).

 Los inciertos resultados electorales del 17 de noviembre y las numerosas acusaciones de fraude que habrían propiciado Milosevic y los comunistas son la cobertura de una indignación creciente. (ABC, 9 de diciembre de 1996. Editorial).

 José María Aznar negó ayer en Roma que su política respecto a Cuba esté dictada por EE UU o responda a la devolución de un favor al exilio cubano por la ayuda financiera que éste le habría prestado en su última campaña. (El País, 17 de noviembre de 1996. José Miguel Larraya).

 López Arriortúa se habría llevado documentos estratégicamente relevantes sobre avances tecnológicos e industriales de General Motors. (El País, 16 de diciembre de 1996. Editorial).

 Pero Amedo fue más lejos. Puso al juez sobre la pista de unos empresarios que habrían donado ese dinero. (El País, 23 de marzo de 1996. Francisco Mercado).

 Lo que se está diciendo con esas frases difiere mucho de lo que se quiso decir. Porque realmente se asegura que Amedo habla de unos empresarios que se plantearon donar un dinero pero finalmente no lo hicieron: «Habrían donado ese dinero»... si hubiesen podido. Es decir, implica la seguridad de que no ocurrió así. Y lo que se quiere decir consiste en que tal vez unos empresarios donaron dinero. Por tanto, una probabilidad. En otro de los ejemplos se cae en el absurdo, porque plantea que Aznar agradece un favor que en realidad no se le hizo. «Ayuda que le habrían prestado».

Otros casos:

Hallan el poema épico más antiguo del mundo. Habría inspirado la leyenda de Noé. (El Comercio, de Lima, 17 de noviembre de 1998. Título y antetítulo de primera página).

 La justicia federal ya comenzó a investigar si algún funcionario público u organismo oficial es el autor del rastreo de llamados y la intervención ilegal que se habrían hecho sobre los teléfonos del fiscal Carlos Stornelli. (Clarín, de Buenos Aires, 17 de noviembre de 1998. Gerardo Young).

 Marco Polo habría descubierto América antes que Colón. (Clarín, de Buenos Aires, 10 de agosto de 2007).

 La pareja habría discutido por la supuesta infidelidad de Tiger con alguna de estas mujeres. (El País, 6 de diciembre de 2009. Yolanda Monge).

 El PP, en algunas de sus organizaciones territoriales, habría pagado al menos 12 millones de euros en dinero negro por sus actos electorales. (El País, 4 de abril de 2010. José M. Romero, José A. Hernández).

Michael Jackson habría pagado millones para silenciar el abuso a 24 niños. (Abc, 1 de julio de 2013. Titular).

El Movimiento al Socialismo (MAS), la formación liderada por el presidente boliviano, Evo Morales, se habría hecho con la victoria [...]. La oposición derechista habría conseguido mantener el control en los distritos de Santa Cruz, Beni y Tarija [...]. Aunque habrían conseguido peores resultados en los comicios municipales [...]. Los candidatos del MAS sólo habrían conseguido la victoria en tres de las cuatro ciudades más pobladas. (El País, 5 de abril de 2010. Reuters).

Según el comisario, la policía inglesa habría establecido un filtro semejante en la escala de varios vuelos procedentes de Inglaterra en Dubái, donde un número mayor de hoolingans [...] habrían sido retenidos y enviados de vuelta a Inglaterra. (El Mundo, 13 de junio de 2010. David Gistau).

 Las primeras hipótesis apuntan a una sobredosis de medicamentos que el actor habría estado tomando por prescripción médica. (El País, 15 de julio de 2012. Carolina García).

 El autor de los disparos se habría dado a la fuga. [...] El presunto asesino habría huido a pie del edificio. (El Nacional, de la República Dominicana, 3 de junio de 2010. Agencia Efe).

 El deportista mejor pagado del mundo podría tener que abandonar a causa del Parkinson. (El Mundo, 5 de enero de 2013. Subtítulo en la sección Deportes).

 A veces estos errores emergen con toda la contradicción de sus palabras vecinas, como cuando se dice: «Según fuentes seguras, el ministro habría llegado a presentar su dimisión». Primero se dan garantías sobre las fuentes y luego se desconfía de ellas. En otras ocasiones, alguien asegura algo... pero no tanto:

 La denuncia de Stornelli se apoyó en un artículo del diario La Nación, donde se aseguró que algunos funcionarios públicos habrían tenido acceso a un estudio del sistema Excalibur —un procesador de datos de alto poder— que habrían puesto a trabajar para que analice [analizase] los llamados salientes y entrantes de la casa de Stornelli. (Clarín, de Buenos Aires, 17 de noviembre de 1998. Gerardo Young).

 El siguiente titular establece como cierto lo que luego condiciona el subtítulo:

Trágico final para McRae (título). El piloto escocés habría muerto en un accidente de helicóptero a 600 metros de su casa / También habría fallecido su hijo de cinco años. (El Mundo, 16 de septiembre de 2007).

 El titular da por cierto que McRae ha sufrido un trágico final. Pero eso luego no parece tan seguro, a tenor de los subtítulos.

Para hacernos mejor idea de estos errores, tomemos esta frase: «Me habría gustado ir». No queremos decir en ella que es probable que nos gustara ir, sino que no fuimos. 

El error se repite muchas veces también en el tiempo simple: 

«El Ministerio de Agricultura estaría estudiando, según fuentes seguras, una nueva política ganadera».

 ... Este segundo grupo también estaría guiado por los temibles interahamwes. (El País, 25 de noviembre de 1996. Ramón Lobo).

 En 2 o 3 años, Argentina volvería a ser importadora de petróleo. (Clarín, de Buenos Aires, 27 de agosto de 2006. Titular a cuatro columnas).

 Determinados sectores estarían presionando para la designación del obispo de Palencia. (El País, 24 de agosto de 1995. Aitor Guenaga).

 San Gil hizo público el pasado 18 de abril que padecía un carcinoma, del que ahora estaría restablecida. (El País, 2 de agosto de 2007. Aitor Guenaga).

A menudo, el uso de este verbo —y de otras expresiones que pueden sustituirlo, como «al parecer», «tal vez», «probablemente», «posiblemente»...— no hace sino demostrar ante el lector que el periodista no está seguro de lo que dice, que traslada un rumor y no una información comprobada. Lo cual resta crédito al redactor y al periódico.

La Real Academia Española censuraba esta expresión desde el punto de vista gramatical; y también lo hizo su director Fernando Lázaro Carreter (El dardo en la palabra). La nueva gramática académica parece más tolerante al respecto; pero en cualquier caso, insistimos, se debe rechazar la expresión desde un punto de vista profesional, pues encubre el uso de un rumor —tal vez un bulo—, de algo no comprobado.

¿Cómo resolver estos problemas? Muy sencillo: si algo nos parece a nosotros de una determinada manera, traslademos la información que nos hace interpretarlo así, y no la interpretación misma. Si un subsecretario nos cuenta que tiene indicios de que el ministro prepara una nueva política, no demos un paso más allá: «El ministerio estaría preparando...». Quedémonos en lo que sabemos: «Fuentes de Agricultura sospechan que el ministro está preparando...». Así trasladaremos información veraz y no suposiciones. Nunca hay que ir más allá de lo que se sabe con certeza.

En el caso del ejemplo anterior referido a los titulares de El Mundo sobre el piloto de coches Colin McRae —se estrelló su helicóptero, pero no se había comprobado aún la identidad de los cuerpos carbonizados—, la solución estaba en la fórmula empleada por El País:

Temor por la vida de McRae al estrellarse su helicóptero (titular). El agente del excampeón del mundo asegura que éste iba a los mandos del aparato. (El País, 16 de septiembre de 2007).

Confusión total. Poco a poco, el mal uso de los verbos lleva hacia una gran confusión a los periodistas, hasta el punto de mezclar el significado de «sería» con el de «habría sido». Cada uno de ellos tiene su misión en el idioma. Vemos un ejemplo en este titular del suplemento Tentaciones, de El País, en 1996:

Especial 20.º aniversario de El País: ¿Cómo sería el Tentaciones de 1976?

Leído así, parece que se refiere a un año futuro. Por eso debió escribirse: «¿Cómo habría sido el Tentaciones de 1976?». Lamentablemente, los usos erróneos de estas dos formulaciones verbales —habría y sería— nos llevan a desatinos como ése, porque algunos periodistas ya no saben qué significa cada tiempo.

Buena prueba de las dudas a que se ven abocados por enredarse con estos tiempos inadecuadamente la ofrece el hecho de que a menudo no se pueden mantener en un desarrollo largo. Y por ello se escribe un «habría» al principio, tal vez alguno más a continuación y finalmente se vuelve a la querencia natural del castellano, porque su genio interno no puede soportar tamaña adulteración continuada:

Según la prensa holandesa, el jugador habría coincidido con Cheryl hace unas semanas cuando disfrutaba de unas vacaciones en Surinam, encuentro que habría sido observado por una amiga de la chica, quien avisó por teléfono al novio de Cheryl. Éste, Benito Revales, que trabajaba como guardia de seguridad en el aeropuerto de Shiphol, en Amsterdam, mantuvo una fuerte discusión al regreso de la joven. (El Mundo, 3 de agosto de 1996. Amadeu Altafaj).

Al principio, el periodista intenta dar como inseguros determinados hechos. Pero enseguida utiliza verbos que cambian el tono de la información. El futbolista al que se refiere (Clarence Seedorf) «habría» coincidido con una mujer y «habría» sido observado por otra persona, y ésta «avisó» enseguida de lo ocurrido, por lo cual lo que se cuenta pasa de probable a cierto sin miramiento alguno. Si al menos se hubiera escrito que la amiga cotilla «dio esa versión», o «contó los supuestos hechos»...

La confusión que acaba generando el mal uso de los potenciales la vemos en el siguiente ejemplo, donde un periodista huye del «habría» seguramente por no dar a entender una duda. Cuando debió emplearlo sin complejos:

 ... Puede observarse que sólo un 61,5% de quienes afirman haber votado a esta formación en marzo de 1996 lo *harían [lo habrían hecho] de nuevo a esta formación si se hubiesen celebrado elecciones en el mes de octubre pasado. Un 1,4% cambiaría su voto al PP y un 8,9% asegura que lo cambiarían a favor del PSOE. (El País, 6 de enero de 1997. Javier Casqueiro).

El grupo «lo harían de nuevo si se hubiesen celebrado elecciones en octubre pasado» carece de concordancia. La lógica dictaba «lo habrían hecho de nuevo si se hubiesen celebrado elecciones en octubre pasado». Porque «lo harían» nos remite a una eventualidad futura, no a una posibilidad incumplida en el pasado. Y lo mismo en las últimas oraciones, donde se debió escribir: «Un 1,4 % habría cambiado su voto al PP y un 8,9 % asegura que lo habría cambiado a favor del PSOE».

Los periodistas terminan como víctimas, pues, del propio dialecto que ha ido imponiendo la profesión en su conjunto (afortunadamente, aún se puede arreglar).

***

«Si hubiera», «habría». Entramos ahora en las concordancias entre verbos. Y vemos las diferencias: si hubiera, hubiera; si hubiera, hubiese; si hubiera, habría. O con palabras de por medio: «Si hubiera venido, hubiera hablado con él»; «si hubiera venido, hubiese hablado con él»; «si hubiera venido, habría hablado con él». ¿Qué fórmula es mejor? La Academia da por buenas las tres. La estilística nos debe recomendar solamente la última.

La primera fórmula (hubiera-hubiera) provoca por fuerza una reiteración, pues nos obliga a escribir dos palabras iguales en un corto margen:

Otra cosa hubiera sido que Marcelino García hubiera afrontado la etapa de hoy con el jersey de líder... (El País, 26 de mayo de 1996. Eduardo Rodrigálvarez).

 Por eso los que acuden a esta concordancia suelen variar el segundo verbo auxiliar subjuntivo:

Que Cristo hubiese resucitado para volver a predicar y a hacer parábolas hubiera sido imperdonable. (El País, 19 de julio de 1996. Eduardo Haro Tecglen).

 Pero este segundo binomio no tiene tampoco la eficacia de la fórmula hubiera-habría. Si dedicamos la misma forma para la primera parte de la oración que para la segunda (incluso combinando hubiera o hubiese), no estamos distinguiendo morfológicamente entre una y otra. Y perderemos eficacia y claridad.

Porque el primer hubiera y el segundo cumplen misiones sintácticas distintas, y han de estar preparados con su formulación correcta para cada una de ellas. El primer verbo nos expone la posibilidad de un hecho que pudo haberse producido, y el segundo da paso a explicar las consecuencias que se pudieron haber derivado de él y que —atención— no se derivaron. Porque podríamos haber terminado la frase así: «Si hubiera venido, estaría en esta comarca» (es decir, no sé con seguridad si está en esta comarca o no y, por tanto, tampoco sé si ha venido).

Esa lógica en las terminaciones ra-ría (y no ra-se) se aprecia con claridad en el tiempo simple: si estuviera, estaría. En el castellano actual no cabe «si estuviera, estuviese». O dicho con más palabras en el ejemplo: «Si estuviera aquí, estuviese hablando con él»; habrá de escribirse: «Si estuviera aquí, estaría hablando con él». Por tanto, y analógicamente, si hubiera, habría. Si hubiera estado aquí, habría hablado con él (repetimos: se trata en este último caso de una cuestión de estilo).

Veamos más ejemplos (pero ya con errores gramaticales):

 Aunque fuera en el infierno, siempre es mejor que la nada. (El País, 19 de julio de 1996. Eduardo Haro Tecglen).

 (Las posibilidades correctas eran dos: «Aunque fuera en el infierno, siempre sería mejor que la nada»; y «aunque sea en el infierno, siempre es mejor que la nada»).

 Esta petición aumentaría si, como solicita en su escrito, se incorporan al sumario los documentos sobre la trama. (El País, 22 de mayo de 1996. Editorial).

 (Las fórmulas correctas eran: «Esta petición aumentaría si se incorporasen al sumario…», o «esta petición aumentará si se incorporan al sumario…»).

 El Estado pujaría por La condesa de Chinchón si sale al mercado. (El País 13 de abril de 1996. Titular de la sección Cultura).

 (Lo correcto habría sido «el Estado pujaría por La condesa de Chinchón si saliese al mercado», o bien «el Estado pujará por La condesa de Chinchón si sale al mercado»).

Más ejemplos:

 Harían bien el PP y el PSOE si en los días que quedan de campaña se dedican [se dedicasen] a exponer más claramente sus propuestas. (El País, 27 de febrero de 1996. Editorial).

 Tyson, que ya pasó tres años en la cárcel por un delito de violación, podría volver a prisión si se demuestra [si se demostrase] su culpabilidad. (El Mundo, 18 de abril de 1996. Efe).

 Lo sustancial es que el juez opina que algunas de las diligencias previstas podrían abocar a éste al fracaso si el exjefe de Intxaurrondo permanece [permaneciese] en libertad. (El País, 8 de agosto de 1996. Editorial).

 Otros magistrados estiman que el proceso se cerraría en falso si las acusaciones del exsocialista vasco quedan [quedasen] en el aire. (Abc, 26 de agosto de 1996. Primera página de tipografía).

 Este cuadro, que a muchos nos parecerá [parecería] familiar si no fuera por la violencia y el encono político desbordados, fue sustancialmente empeorado por la dictadura militar. (El Nacional, de Caracas, 1 de febrero de 1998).

 Si el Guagua Pichincha llega [llegase] a erupcionar, los cultivos de las zonas aledañas se verían afectados. (Hoy, de Quito, 5 de octubre de 1999).

 Preguntado si Clinton detendría los bombardeos en Vieques si no logra [lograse] convencer a este Congreso de que devuelva las tierras... (El Nuevo Día, de Puerto Rico, 12 de noviembre de 2000. Leonor Mulero).

 Para que esta previsión se cumpla, convendría que se den [se dieran] desde el Ejecutivo algunas orientaciones. (Presencia, de Bolivia, 18 de julio de 2000).

 El Promesas firmaría la permanencia si gana [si ganase] hoy. (Diario de Navarra, 19 de abril de 2008. Subtítulo en las páginas de Deportes).


jueves, 23 de enero de 2025

Missio Causaria y Missio Honesta

 





Los retiros en las legiones romanas se clasificaban en missio causaria (retiro por razones de salud) y missio honesta (retiro honorable). Aquellos que sufrían heridas graves durante el servicio podían retirarse antes de tiempo, mientras que los que completaban su servicio recibían un retiro honorable. Estos retiros no solo garantizaban la seguridad de los veteranos, sino que también mantenían la moral alta dentro de las legiones, sabiendo que su dedicación sería recompensada.

El ærarium militare era la tesorería militar de la Roma imperial, creada en el año 6 d. C. por Augusto, el primer emperador, como «una renta fija y perpetua» para financiar las pensiones de los veteranos del ejército romano imperial (praemia militiae), desaparecería probablemente durante el segundo o tercer cuarto del siglo III.

sábado, 18 de enero de 2025

Perfiles de la nueva barbarie

 


Perfiles de la nueva barbarie
Proyecciones de la literatura romántica sobre la política liberal



Vengo dedicando, hace tiempo, mi atención y mi curiosidad al estudio de cuanto debe el repertorio vulgar de las ideas políticas liberales, del que, hasta hace poco, se ha venido nutriendo el hombre medio, a la abusiva generalización de los tópicos, los desplantes y las excentricidades de la literatura individualista y romántica del siglo XIX…

Y me viene pasando como a aquel infante del viejo romance que «andando de tierra en tierra–hallose do no pensaba». Porque, hallándome voy, lector, casi en las riberas, de una gran ley general, las peripecias de cuyo hallazgo son ya, en mi espíritu, tentación y promesa de libro futuro. Me he encontrado con el hallazgo gozoso de que tirando de cualquier hilo de los que forman la vasta trama del ideario liberalesco de principio de siglo, se acaba por encontrar algún tópico romántico, del siglo anterior, al que, como cable o boya, dicho hilo está amarrado. Hemos creído durante estos últimos años en la libertad individual, en el progreso indefinido, en la irresponsabilidad de las ideas y en mil cosas más, a causa de tal o cual frase ingeniosa que dijo años antes un poeta o un novelista, con pura intención individualista de señalarse y asombrar un poco: o sea con intención, totalmente antípoda, a todo propósito político, o de dirección colectiva. Mis hallazgos son múltiples y divertidos. Siento ya en mí la tentación pedante de revestirlos de letra bastardilla –que es como la voz ahuecada y solemne de la tipografía– y compendiarlos en una ley: La mitad de la política del primer cuarto del siglo XX se ha elaborado con proyecciones de la literatura del siglo anterior.

* * *

Resumiré, antes de entrar en el tema propio y concreto de estas líneas, algunos de los hallazgos, ya dados por mí a la publicidad en otros trabajos anteriores.

El primero es el que se puede cifrar en estas palabras: la mitad de nuestra política y de nuestra sociología ha venido viviendo de una generalización abusiva y tardía, de los trucos que el individualismo del siglo pasado inventó «pour épater les bourgeois»… La esencia de estos trucos consistía invariablemente en invertir totalmente los valores de la moral y de la vida. La novela, la comedia o la poesía se construía con un premeditado propósito de que las cosas fueran en ellas lo contrario de lo que debían ser. Era indudablemente un modo simplista y directo de asegurarse la originalidad. Con que la prostituta fuera inmaculada de alma, y el canalla sublime de fondo, y el mar amarillo y el cielo violeta, se tenía indudablemente ganado mucho para conseguir el asombro del lector. He aquí el precedente literario. No hay más que violentarlo con una elástica generalización y ya tenemos hecha una política: la política, romántica y liberal, que construye sus leyes un poco al modo de las comedias y las novelas del siglo XIX; la política que legisla sobre la base de que las pecadoras son inmaculadas y los canallas son sublimes; la política que convierte en cuerpo central de la ley lo que sólo debe ser el apéndice misericordioso para el error o la excepción. Las tres cuartas partes de la legislación liberal están inspiradas en la obsesión de asegurar sus fueros y garantías al error o al pecado. Se ve que al legislador, como al comediógrafo o al novelista, el pecador le es irresistiblemente simpático, y sin poderlo remediar, hace de él el protagonista de su ley, como el otro de su novela o su comedia.

Todo esto podría profundizarse un poco y sistematizarse, llegando a puntualizar las dos columnas de frágil cristal de literatura sobre que se apoya la mitad de la política liberal. De una parte, la columna de la simpatía invencible para la mujer caída (la «Dama de las Camelias»), para el judío (literatura del «Affaire Dreyfus»), para el bandido generoso (romanticismo popular andaluz), para el pícaro aventurero (Crispín) y, al fin, ahora, rezagadamente, para el pistolero sublime (pero ¡«todavía», señor Oliver!). Y de otra parte, como contrapartida, la columna del recelo invencible contra la señora austera («Doña Perfecta») o la dama caritativa («Los malhechores del bien») o el simple abogado (el doctor de «Los intereses creados») o el simple agente, de la autoridad (el eterno «guindilla» ridículo, de nuestro género chico). Media política se construyó sobre generalizaciones de estos tipos escogidos por la literatura, precisamente a causa de sus caracteres excepcionales, para producir la risa o el asombro. Media política se basó en una literatura cómica, romántica o psicológica que era, por esencia, colección de piezas raras para un museo de pasiones secretas o de tipos extraños.

* * *

Mi segundo hallazgo sorprendente y divertido puede resumirse así: otra generalización abusiva sobre la que se cimentó también buena parte de nuestra política, ha sido aquella que convertía en verdades generales y normas directivas comunes aquellas pequeñas verdades parciales y ocasionales que los autores lanzaban como simples desahogos íntimos, individuales y líricos. Para el siglo XIX, la verdad artística y literaria, no tenía que ser verdad en sentido filosófico, bastaba que fuera verdad parcial y pasajera del poeta o del autor. No se trataba, en arte, de decir verdades, sino de exhibir estados de alma y de conciencia. La antología romántica no es una antología de principios o ideas, sino la antología de los desahogos, malhumores, indigestiones o alegrías personales y momentáneas de unos cuantos seres privilegiados. Hasta aquí no hay peligro. Nada es peligroso mientras no se saca de quicio y no se le pretende dar uso distinto del suyo propio. El ácido nítrico no es peligroso mientras no se pretende usar indebidamente como aperitivo. Tampoco son peligrosos los gritos monárquicos de Baudelaire o los chistes irreverentes de Anatole France mientras no se les pretende usar, con indebida generalización, como principios políticos, sacándolos del plano íntimo e individual en que nacieron.

Pero esta tentación generalizadora, llega inevitablemente. La frase brillante y famosa, la paradoja emitida por el poeta o el ensayista en tal momento y ocasión determinada, es lo que se queda con más facilidad grabado en la memoria del lector, precisamente por el atractivo de su vistoso contraste con las ideas, principios y usos generales. Así, poco a poco, conservada en la memoria la frase o la paradoja, y olvidado el resto, del pasaje en donde galleaba o lucía, la paradoja o la frase, se despersonaliza, se abstrae de las circunstancias de tiempo y ocasión en que fue dicha y llega a convertirse en máxima colectiva y general. La mitad del ideario del hombre medio se ha formado así, por ese proceso de abstracción y generalización. De este modo, por ejemplo, fueron elevados a la categoría de máximas filosóficas y de normas de buen sentido, muchas de las sentencias que D. Ramón de Campoamor introduce en sus obras, y que no son más que arabescos de ingenio con los que un hombre bueno y tranquilo –que le llevaba la silla a su señora los domingos cuando iban a misa– se entretenía en asombrar un poco. Nuestros padres se ahorraban, en muchas ocasiones, el trabajo de pensar y discurrir por cuenta propia, saliendo del paso con un dístico campoamoriano, que, por la mielecilla de la rima, se les había pegado, desde la juventud, a la memoria. Llegado el caso, nuestros padres levantaban solemnemente la voz, y como final de tal discusión fallaban:

En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira.

O bien:

Cada quisque celebra, y es muy justo
lo que es más de su gusto.

Y se quedaban tan tranquilos, sin comprender que habían dicho dos solemnes enormidades y habían promulgado todo un escepticismo y un relativismo filosófico y estético. Es curioso pensar en los muchos varones píos, austeros y creyentes que han repetido mil veces, como si fueran versículos del Evangelio, esas frases, sin que el frívolo sonsonete de la rima les permitiese darse cuenta de que, por convertir en filosofía las humoradas de un poeta, estaban afirmando cosas que no creían y que, en prosa, jamás se atreverían a firmar. Sin embargo, por esta trayectoria que va de la humorada de un poeta a la generalización mecánica en la mente del vulgo y de aquí a la formación de una conciencia colectiva, es por donde se llegó a la instauración de toda una política, organizada sobre la base de que «nada es verdad ni mentira», y de que es justo que cada uno celebre lo que le dé la gana.

Dos casos típicos de esta segunda clase de generalizaciones abusivas son los casos característicos de Benavente o Unamuno. A Benavente, el día del estreno de «La Ciudad alegre y confiada», lo llevaron en hombros hasta su casa los grupos mauristas y el día del estreno de «Pepa Doncel», en plena Dictadura, los grupos liberales hicieron lo mismo. Y él, que está dispuesto a decir en cada momento su pequeña y parcial verdad de aquel minuto, él que está dispuesto a contradecirse cuantas veces haga falta para el efecto artístico de una obra, se reiría olímpicamente al ver con qué cándida docilidad iban, unos tras otros, doblando la cerviz bajo sus piernas, todos los sectores ideológicos de España. Castigo de dar enfáticas dimensiones políticas a los arabescos de un ingenio burlón.

Pues ¿y Unamuno?… Unamuno es un lírico, un solitario que exhibe, en sus sonetos angulosos o en sus broncos ensayos, su alma torturada de dudas e inquietudes. Sus obras tienen por ello innegables bellezas literarias; pero lo que no tienen precisamente es lo que en ellas se ha querido poner, un propósito directivo y formador. No cabe mayor absurdo que esta generalización y nacionalización de los gritos y suspiros del hombre más rabiosamente individualista y antisocial de nuestra patria. Al gran lírico, al gran desorientado, al gran perplejo, se le ha querido hacer guía y lazarillo de España, director de una generación. Se quiso que nos indicase el camino a todos, el que no ha encontrado su propio camino. Se quiso que todos fuéramos a interrogar, a quien tiene en perpetua interrogación el alma…

No se ha estudiado bien todavía los hondos e insospechados efectos de estas proyecciones de la literatura sobre la política. Nos quedaremos un poco asustados el día en que siguiendo la trayectoria de una frase literaria, nos demos cuenta de sus efectos últimos. Ese Dios bonachón y misericordioso, que empezó siendo el Dios de Don Juan Tenorio, en la última escena del famoso drama de Zorrilla, pasó luego a ser el Dios castelarino del Calvario, absurdamente opuesto al Dios del Sinaí, y acabó por ser el Dios convencional de todos los ingenuos liberales españoles. Así se intentó organizar la política y la sociedad como si efectivamente estuviese regida por un Dios de ancha manga, algo chocho y desmemoriado, olvidado ya de los preceptos rigurosos del bien y del mal.

Pero yo quería hoy ocuparme brevemente de otra generalización literaria, proyectada sobre la política, y causante de mil estragos en ella. Me refiero a la proyección que políticamente ha tenido esa involucración romántica, muy siglo pasado, que exalta la inspiración y menosprecia la técnica.

El poeta romántico se supone, por esencia, un ser inspirado y esto parece que le autoriza a cruzar la vida, como un meteoro, fuera de todas las órbitas retóricas o sociales. Se sitúa por encima del bien y del mal, de lo bello y de lo feo. Y este es el tipo genérico de poeta, que posee la mente de nuestra burguesía media, en su raquítico fichero de tipos y cosas. Al decir de una persona: ¡es un poeta!, quiere decir que es un exaltado, un bohemio, un desordenado. El concepto del poeta sigue siendo, para el vulgo, concretamente el del poeta romántico. Que no tiene nada que ver con el tipo del poeta del Renacimiento, con su equilibrio, con su cultura, con sus ideales precisos, con su «falta absoluta –dijo Valery– de profetismo y patetismo». En la corte de Alfonso V de Aragón, calificaba así Güero de Ribera, enumerando las prendas del galán perfecto:

Capelo, galoche y guantes
el galán ha de traer,
bien cantar y componer
en coplas de consonantes…

¡Qué dirían los inclasificables y semidivinos vates del XIX, si vieran así enumera a su Arte, como una gala o adorno más, al lado de los guantes y del capelo!

Pero ocurre que, en toda sociedad, el tipo del poeta y del artista es el que manda en cierto sentido y el que impone la meta a que han de aspirar todos los ejemplares humanos. La moda literaria del poeta romántico genial, inspirado e irresponsable, influyó un poco en todos los campos: hubo el médico romántico, con poca ciencia pero milagroso e inspirado ojo clínico; y el abogado, despreciador de las leyes, pero con gran sentido jurídico, y hasta el financiero sin números, que acertaba por inspiración súbita. Y hubo también la política de la inspiración, de la improvisación genial, por encima de toda técnica laboriosa. Se hizo un culto de la más inferior de las facultades humanas. «Fulano tiene sensibilidad de poeta», se decía; o de abogado, o de político. ¡Sensibilidad!… ¡Poca cosa esta facultad indecisa que tiembla como una última fogata de la razón, ya casi apagada, en las fronteras de la animalidad!

Y así, bajo esta superstición de la sensibilidad, medraron todas las cosas mediocres y semirracionales: la improvisación oratoria, el parlamentarismo patético, la propaganda emocional. La política ha padecido, tras la literatura, de excesos de genios y de falta de técnicos.

* * *

Esta proyección de la literatura en la política empieza por manifestarse en el modo de hacer la política. Es ella la que engendra en gran parte el favor de todo ese frágil y brillante instrumental político que es el parlamentarismo, la oratoria improvisada, el mitin efectista. ¿Qué es todo esto sino el abandono de la cosa pública a la inspiración sobre la técnica, abandono motivado por las pedantes e interesadas adulaciones que los literatos prodigaron a aquélla sobre ésta, para lucir así más y trabajar menos?

Así se pudo llegar a formar en el vulgo el criterio deformado que revela la siguiente anécdota, narrada por Saldaña: Viviani, que era con Gambetta y Javirés el primer orador de la tercera República, solía preparar sus discursos, repitiéndolos previamente hasta por los pasillos de la Cámara. Un día fue sorprendido por un grupo de amigos en esta operación. ¡Cómo! –le dijeron–; pero, ¿usted prepara sus discursos?… Para aquellos hombres fue una sorpresa y casi una decepción el hallazgo inaudito de que Viviani hacía preceder el pensamiento a la palabra, y meditaba antes lo que iba a decir. Envenenados de literatura romántica, juzgaban que aquello era poco genial. Ellos hubieran querido que Viviani hablase sin preparación. La técnica, el estudio, la documentación, eran, para ellos, actividades inferiores, propias de la mediocridad. Pero en el Parlamento –donde precisamente se habían de decidir las grandes cuestiones públicas– había de procederse por chispazos, por improvisaciones, por genialidades. Quitar el riesgo y el azar de la improvisación en el juego parlamentario, es trampa, como embolar los toros en la plaza o poner la red bajo el trapecio del circo… Esto es lo que acabó pensando una generación que empezó por exigir que el poeta escribiese en pleno arrebato irracional, sin consultar nunca un diccionario, una preceptiva o un modelo clásico.

Pero no sólo influyó esta sugestión literaria que voy estudiando en el modo de hacer la política, sino, más hondamente, en la entraña de la política misma. Si la literatura tuvo buena parte en el favor de esa forma política de improvisaciones y brillanteces que es el parlamentarismo, también tuvo su parte indudable en el favor, más hondo, de la democracia, que es, al fin y al cabo, en todos los campos, el imperio de la improvisación. La exaltación literaria de la inspiración sobre la técnica y el estudio, fue una buena base para esperar optimistamente que el panadero o el herrero pudieran tener –¿por qué no?– una inspiración política más certera que el estudioso o el técnico. Sin libros, sin retórica, sin cultura, se podía gozar la inspiración poética; justo era que se pudiera gozar también el voto. Y esto fue la democracia: el imperio de la muchedumbre que se suponía inspirada, sobre los selectos de la técnica, el estudio o la preparación. Política de improvisadores, de suplentes, de esquiroles, sin título profesional. Toda democracia tiene, por eso, balbuceos y sonsonete de teatro de aficionados.

Y no sólo nos suministró la literatura una confianza irracional en las posibilidades naturales de los hombres, sobre toda preparación o técnica, sino que hasta llegó a acentuar absurdamente su preferencia y su mimo hacia los más indocumentados, creyendo que había como una cierta relación inversa entre inspiración y estudio, de tal modo que éste marchitaba la lozanía de aquélla. Hubo así un cierto ruralismo literario, que se tradujo en plebeyismo político. Hubo unos días en que estuvo de moda el poeta montaraz y rústico, que componía sus versos sin más documentación que los campos y el cielo. Esto enterneció a la democracia, y la afianzó en su rosada creencia de que puesto que cualquier pastor puede hacer versos, también puede hacer política. Mentira pura. Jamás un pastor ha acertado del todo con un buen verso, ni jamás muchos pastores reunidos acertaron con un buen gobierno. Todos esos tópicos democráticos de la sabiduría del pueblo o el instinto certero de la masa, no son más que generalizaciones abusivas de ese primer tópico literario del pastor con inspiración y genialidad. Pero repito que todo ello es pura mentira. Cuando algún poeta pastor parece triunfar, resulta siempre, al cabo, que lleva en la zamarra un libro en vez de un queso. Uno hubo –Chamizo– que conmovió a los críticos porque era tinajero, bello oficio bíblico y patriarcal. Pero luego creo que resultó que, además de tinajero era abogado del Estado.

Sólo que la democracia es sencilla y crédula, como el romanticismo. Cree en los milagros de las musas. Una escritora ilustre se enternecía todavía hace poco contándonos la visita que le hizo el poeta-pastor, rudo y genial. Se llenó su escritorio –decía con ingenua ufanía– de recio olor de hato y de majada… Y así, empezando por estas literarias exaltaciones de la peste, se acabó aplebeyando, de este modo, la política.

* * *

Estas son algunas de las proyecciones de la literatura romántica (tomando esta denominación en amplísimo sentido que abarque hasta sus últimas derivaciones), sobre la política liberal.

Afortunadamente, parece que se acentúa una reacción literaria y ello nos hace esperar que, por el mismo rodeo y camino, por el mismo mecanismo de proyecciones y generalizaciones, llegaremos a una reacción política.

Primeramente, los modernos estudios sobre el fenómeno poético (Paul Valery, Henri Bremond) empiezan a esclarecer, limpiándolo de exageraciones enfáticas, el discutido problema de la inspiración y la técnica. Ya no es cierto para nadie aquello que decía Anatole France: «los artistas crean, como las mujeres embarazadas, sin saber cómo. Praxísteles hizo sus Venus, como la madre de Aspasia hizo su Aspasia: de la manera más natural y estúpida». No; ni en poesía, ni en política, ni en ninguna otra cosa, puede hacerse nada que merezca la pena de una manera estúpida y natural. El fenómeno de la inspiración –antes embozado en la niebla de mil palabras excesivas: la Musa, el Genio, la Locura –ha quedado ya filosóficamente comprendido y estudiado, como una forma clarísima de intuición, perfectamente clasificada ya por Santo Tomás que la distingue de la inspiración sobrenatural (Sum. Teol. T. II. q. 68, art. 1 y 2). Esta inspiración humana –dice Jacques Maritain– se buscará en vano en las penumbras del sueño abandonado e inconsciente, porque se encuentra al extremo de la vigilancia y la atención. No supone, por lo tanto, abandono del mecanismo racional y discursivo, sino, al contrario, fina acentuación del mismo. No son los elementos intuitivos –explica Valery– los que dan valor a la obra, sino al contrario la obra –que es trabajo, estudio y técnica– la que da valor al elemento intuitivo, que, sin ella, que le da cuerpo y perfil, sería llamarada estéril y pasajera.

Conocido de este modo el verdadero mecanismo de toda creación (literaria o política) y jerarquizados ya debidamente y sin exageraciones esos valores de inspiración y técnica, justo es que, olvidando las frívolas opiniones de ayer, volvamos a relegar toda improvisación al humilde concepto clásico: «juego de ingenio en el cual el azar, décima musa, reemplaza a las nueve hermanas».

Limpiemos nuestra política, como nuestras letras, de esos juegos de ingenio. El improvisador literario o político deber otra vez ser emparejado, como lo emparejaba Marcial con «el bufón que cambia fósforos por pedazos de vidrio y se traga manojos de víboras». Nada de escamoteos y prestidigitaciones: estudio, rigor, precisión, en todo. En la cuartilla o en la vida hay que lamer otra vez virgilianamente, una y mil veces, nuestra obra «como la osa a sus cachorros».

Un alegre renacimiento clásico tiene que ser el vestíbulo de una nueva política, corregida de planta y de estilo. El romanticismo que endiosa al sentimiento, separa; el clasicismo que endiosa a la idea, une. Porque una efusión puede sentirse de mil modos distintos, pero una idea sólo de un modo puede pensarse. Por eso el romanticismo da frutos de anarquía, y el clasicismo de unidad. Por eso sólo sobre este último puede cimentarse una política con ambiciones de orden y de perduración.

Muchos síntomas, afortunadamente, parecen acusar un renacimiento clásico en las letras, que conforta y abre la esperanza. Volar, sí; pero –como dice Gerardo Diego– bien calculado el peso, el motor y la esencia para no perderse como una nube, a la deriva. Esa es la nueva consigna. Los poetas, a volar, pero dentro de una estrofa. Los filósofos a volar, pero dentro de una fórmula… España, a volar; pero dentro de una disciplina.

¿Será así?… Ya es bastante que, al menos los poetas y los escritores, quieran que así sea. Porque hasta ahora, por encima de todo, nuestra política estuvo, como una niña romántica, enferma de mala literatura.

José Mª Pemán

sábado, 23 de noviembre de 2024

Otoño en el Retiro

 

Otoño en el Retiro

Cuando el otoño tiñe el Retiro,
se encienden los árboles en llamaradas,
doradas hojas que bailan al giro
del viento suave entre las fachadas.

El lago guarda el cielo quebrado,
en espejos verdes y ocres pintado,
y un susurro de ramas, leve y callado,
habla de días que el tiempo ha dorado.

El sendero cruje bajo los pasos,
alfombra de cobre que invita a soñar,
y el aire lleva, en sus dulces abrazos,
el perfume a tierra y sombras de azar.

Cada rincón se torna un poema,
bajo la luz que se va apagando,
y en las hojas muertas, surge el emblema
de un ciclo eterno que sigue girando.

En Madrid, el Retiro es fuego y calma,
un lienzo vivo de nostalgia y arte,
y en su fulgor otoñal, siento en el alma
que la belleza siempre vuelve a su parte.





sábado, 6 de julio de 2024

ESTOICISMO Y ECONOMÍA

 

ESTOICISMO Y ECONOMÍA


AHORA todos hablan de economía política. No es nada fácil entender de eso. Todo grupo humano que de algún modo trata de esquivar la pública inspección lo primero que hace es crear un dialecto: un repertorio de signos convencionales. Lo crean los novios, los presidiarios, los contrabandistas, los estudiantes. Lo crean las generaciones nuevas, en general, para hablar, por teléfono delante de sus padres. Lo crean también los matemáticos para hablar con inexactitud de las cosas exactas. Y los economistas para guiñarse unos a otros.

Yo no llego al extremo de el «Seneca» que está persuadido de que en España hay quince arabistas y doce economistas, y que, por lo tanto, les ha bastado ponerse de acuerdo ellos entre sí para inventarse el árabe y la economía. Yo no creo tanto: pero sí creo que la economía que uno piensa que debía parecerse mucho a la cuenta de la plaza, se parece bastante más a la filosofía kantiana... Y yo no lo lamento. Esto está dando lugar a que luzca una de las más entrañables virtudes que posee nuestro pueblo: que es como un instinto vago, como un paladar histórico para valorar los momentos decisivos de su vida. Todo español, sabe que estamos viviendo días en los que en la economía española pasa «algo». Nadie sabe muy a derechas lo que es o va a ser. Pero entre las nieblas vaporosas de las explicaciones técnicas emerge, como una cresta de gallo, ese estoico buen sentido español que se da cuenta, de pronto, de que ese algo tiene que ponerse al margen, de la ordinaria y divertida frivolidad de la tertulia y de la crítica. El español sabe que lo que sea puede aconsejar, otra vez esa operación de sastrería social que es el «apretarse el cinturón». Pero ésta es de las operaciones que el estoicismo español, que no es el inhibido y pasivo de Epícteto; sino el activo y desafiante de Séneca, realiza más gallardamente.

No es agradable apretarse el cinturón. Pero menos agradable es que se le caigan a uno los pantalones. Porque sin entender analíticamente los detalles de ese «algo», el español siente instintivamente que es incongruente —y no puede ser más que tendencioso— el criticar las cosas por dos flancos opuestos. El español siente el pudor de no demostrar vaciedad mental poniéndose a criticar ahorros, verdades de cambios, aperturas hacia el mundo austeridades, ante la misma mesa de dominó donde criticó alegrías, gastos o encerramientos tras las fronteras. No quiere hacer la figura boba del anticlerical que ataca a la Iglesia por la púrpura del cardenal y por la estameña del anacoreta; por lo que tiene de conservadora y por lo que tiene de social. Cómo van a desarrollarse las cosas no lo sabe nadie bien. Cuando las cosas operan sobre los instintos humanos, uno puede saber lo que se propone y hace, pero no los pataleos o sutilezas por donde ese instinto se escurre y defiende. Los padres del teatro Clásico que operan sobre el amor trazan rígidos planes estabilizadores con llaves y cerraduras, pero no pueden prever las, escalas y balcones, por donde el amor se les escapa. Lo mismo ocurre con los economistas cuando operan sobre el interés y la codicia humana. Ellos perfilan su plan. Y han de estar listos para salir al paso de la comedia de intriga y enredo que la codicia tan fértil en recursos cómo el amor organizará por las puertas traseras.

El buen sentido medio está dispuesto a corear la inflexibilidad en ese camino porque en toda esa operación que en su esencia comprende a medías, percibe el perfume que mas embriaga al español: el perfume de la rectitud moral. A ese «algo» se le ve el plumero: que en esta caso es un penacho inmaculado de honestidad, humildad y buen deseo. El español es el ser más chistoso del mundo. Para que el español no haga chistes es preciso que se dé de narices con lo menos chistoso que hay en el mundo: la Moral. El chiste se ríe de todo. Pero hay una última sosera ética que se ríe de los chistes.

Pero para eso es preciso que la Moral sea también, como el chiste, ruidosa: si queréis, aparatosa y espectacular. Cuando a un pueblo se le va a decir que se «apriete el cinturón», quieren que los que se lo digan tengan cinturón de cartujo, estómago enjuto de cardenal Cisneros, talle airoso de marqués de la Ensenada, no hay guerrilla tan impresionable al valor del guerrillero como la hispánica. Ni hay comunidad tan sensible al ayuno de priores. Es un problema, quizá, incluso un poco más teatral que sustancial: simplicidad el decorado; inflación del gesto humilde y sencillo. Todo: el poder, la autoridad; todos los mecanismos de presión sobre la espontaneidad social son tristes necesidades de la naturaleza caída del hombre tendente a la dulce anarquía del Paraíso. No debe hacerse ostentoso lo que es humildad por esencia: miseria de nuestra condición. No me gustan las «odas al trabajo», porque el trabajo es un castigo de Dios. Tampoco empapelaría mi cuarto con papel de multas. Tampoco el «poder» debe hacer notar con demasiado descaro «lo que puede». El «nos que valemos tanto como vos» es una brava realidad hispánica que tiene validez también para los protocolos; para las localidades de un espectáculo; para los aparcamientos, para las ceremonias. Esa cabezota primaria de gran aldeano del español medio, enfrenta impávido la coyuntura austera, pero es porque está seguro de que la austeridad se estabilizará también, como el dólar, en una paridad franca y verdadera. El español estoico, ante ese «algo» que puede acaso tener radicalismo, de necesaria cirugía, dice: ¡venga!... Pero es porque está seguro que los cirujanos vienen con bata blanca y almidonada.


José María Pemán.

jueves, 4 de julio de 2024

ESTÁ TRISTE VENECIA: ANÓNIMO VENECIANO (ENRICO MARÍA SALERNO, 1970)

ESTÁ TRISTE VENECIA: ANÓNIMO VENECIANO (ENRICO MARÍA SALERNO, 1970).


Anónimo veneciano (Anonimo veneziano, 1970), debut en la dirección del actor Enrico Maria Salerno, es una película italiana a redescubrir y reivindicar. Como sucede con tantos filmes, pasó, casi sin solución de continuidad, de gozar de un enorme éxito en toda Europa, incluida España, a ser un título prácticamente olvidado hoy en día, desconocido por las nuevas generaciones. Algunos de los factores que la llevaron al éxito son los que la terminaron conduciendo al ostracismo, y todos permanecen unidos a determinada estética de moda entre mediados de los 60 y mediados de los 70, que no ha envejecido demasiado bien. Entre ellos, además del abuso del zoom, se encuentra la música de Stelvio Cipriani, que a la vez supone el aspecto por el que actualmente más la recuerdan los pocos que la recuerdan. Sin embargo, consideramos que se trata de una película sumamente interesante, y que, sin ser en absoluto una obra maestra, sí posee una calidad intrínseca más allá de esas convenciones coyunturales. Modas que afectaron a muchos otros títulos de esa época que, en cambio, sí continúan gozando de prestigio. Son varios los elementos que dan su valor a Anónimo veneciano, y ya los iremos analizando, pero sin duda el más destacado es el papel dramático de la propia ciudad de Venecia, en la que transcurre íntegramente el filme. En él nos centraremos principalmente en este artículo, sin olvidar los otros aspectos, ya que todos interactúan para obtener el resultado final.


 


Romanticismo, melancolía y muerte en la laguna.


Valeria (Florinda Bolkan) llega en tren a la estación veneciana de Santa Lucia una mañana, procedente de Ferrara, donde vive con su actual pareja y sus dos hijos. Enrico (Tony Musante), un profesor de oboe del Conservatorio, la está esperando, pues le ha pedido que acuda. Ambos siguen casados, pese a que hace siete años que ella lo abandonó con su hijo Giorgio, rehaciendo su vida con un rico ferrarés, Emilio, con quien luego tendría una niña. Valeria desconfía de Enrico y de la causa de su cita, aunque piensa que está relacionada con la inminente implantación en Italia de la ley del divorcio (1970).

A lo largo de paseos por Venecia rememorarán (tanto en diálogo como en forma de analepsis) su antigua vida en común, hablarán de sus nuevas vidas, discutirán, pelearán y hasta Enrico, celoso pese a su actitud cínica, abofeteará a Valeria. Tras almorzar, él le confesará el motivo de su cita: está enfermo de cáncer, y no le quedan más de seis meses de vida. La ha llamado para despedirse. A partir de entonces la actitud de Valeria cambia, aflorando sin reservas el amor que ambos se siguen profesando, y que habían estado reprimiendo. En la casa de Enrico deciden disfrutar de las horas que aún les quedan antes de que Valeria parta en el último tren a Ferrara, el de las 21:35. Harán el amor y luego él ensayará el concierto barroco para oboe Anónimo veneciano (en realidad de Alessandro Marcello), que a última hora de la tarde grabará con su orquesta. Tras dejar la casa, continuarán el paseo y se despedirán en la antigua iglesia de San Vidal, donde se graba el concierto. Valeria asistirá a los primeros compases del Adagio, pero no podrá contener el llanto, por lo que Enrico detendrá la interpretación y le dirá que puede marcharse, que la esperan en casa.

Anónimo veneciano es una de las grandes películas sobre Venecia, presentando una de las visiones más auténticas de la ciudad, empezando por la casi total ausencia de sus edificios más emblemáticos. Es decir, una imagen que rehuye del tópico, optando por mostrar la Venecia de los barrios populares, donde viven los pocos venecianos que no residen en Mestre, o incluso el puerto. Y lo consigue con total éxito, erigiéndose en una de las obras paradigmáticas sobre el espíritu veneciano.

Pero deberíamos empezar por interrogarnos sobre qué sería el espíritu veneciano. Y la respuesta es que existen varios espíritus venecianos, no hay uno solo, porque Venecia, como cualquier ciudad, no es unidimensional, sino poliédrica, multiforme, mostrando diversas caras, con frecuencia muy variadas, en ocasiones contrapuestas y hasta antitéticas. Y el cine las ha mostrado siempre. Por un lado, existe la Venecia romántica, la ciudad de los enamorados por excelencia junto a París, un lugar bello en el que se vive más intensamente que en otros el amor en pareja. Todos los sentimientos son sobredimensionados cuando el turista los vive con la persona amada, y si eso es así en cualquier sitio, e incluso el lugar más horrible del mundo queda transfigurado gracias a esa compañía, qué no será en una de las ciudades más hermosas. Muchas películas hay que muestran esta mirada romántico-turística. En cambio, cuando quien visita Venecia es una persona solitaria, como la solterona que interpreta Katharine Hepburn en Locuras de verano (Summertime, David Lean, 1955), el sentimiento que experimenta ante la imposibilidad de compartir su encanto por la ciudad se torna melancólico.

Pero también hay otra Venecia, muy diferente a la anterior, de la que viene a constituir una especie de «reverso tenebroso». Se trata de la Venecia que podría llamarse siniestra, resultado de su secular decadencia, fruto precisamente de las condiciones de emplazamiento que la hacen única. Venecia es una ciudad casi muerta, que apenas ha crecido desde el siglo XVIII, y que puede llegar a ser inquietante y peligrosa, como muchas películas han sido capaces de mostrar. Puede decirse que todo esto constituye la imagen mortuoria de Venecia, y la muerte estará presente en muchas películas ahí ambientadas. En el fondo, no son visiones totalmente antitéticas, pues las dos forman parte de la propia esencia de una ciudad polimórfica, que puede manifestarse de múltiples maneras.

Anónimo veneciano, al ser un melodrama, rehúye del aspecto siniestro de Venecia. Sin embargo, en ella se funden a la perfección la visión romántica y la fúnebre, lo que la convierte en un caso prácticamente único. En ese sentido, guarda alguna relación con El viaje (Il viaggio, 1974), la última película dirigida por Vittorio de Sica, libre adaptación del cuento homónimo de Luigi Pirandello. Aunque en Venecia solo sucede la última parte, será allí donde ocurra el fatal desenlace. Adriana (Sophia Loren) es una viuda joven que, por una enfermedad del corazón, no puede emocionarse en exceso. Su cuñado Cesare (Richard Burton) la acompaña en un viaje que comenzó siendo médico y en el que terminan declarándose el amor que desde siempre se han profesado. Será en el «Hotel Danieli» de una Venecia fotografiada con mucho flou, donde Adriana muera víctima de las emociones intensas que le producen, por un lado, el amor consumado con Cesare, y por otro, las censuras y prejuicios que sabe que les aguardan a su regreso a Sicilia. Puede decirse que Adriana muere de amor en Venecia, la que sería una de las muertes más románticas que existen.

En Anónimo Veneciano, la ciudad es una protagonista más, si no la principal, y su argumento tiene razón expresiva de ser justo en ese escenario. Al mismo tiempo, hemos dicho que elude con habilidad el tópico turístico: de los monumentos y enclaves más representativos solo veremos La Fenice, el Mercado de Rialto, San Giorgio Maggiore, el Palacio Ducal y el Campanile de San Marcos (y estos tres últimos solo desde lejos). Un protagonismo urbano que se incrementa por su levísima trama argumental. Es una película intimista –pese a ocurrir casi toda en exteriores–, más descriptiva que narrativa, repleta de toques poéticos, que pese a lo que pudiera parecer no cae en la lágrima fácil. Como sostiene Brunetta: «Salerno trova la giusta misura e il ‘pudore’ stilistico e narrativo necessari per non lasciari prendere la mano de una storia colma di elementi melodrammatici» .

Puede decirse que Venecia aparece en clave metafórica, como símbolo de un reencuentro sin futuro y, sobre todo, como alegoría de la muerte que se cierne sobre Enrico4 : es una ciudad condenada a morir, y por eso mismo es la metáfora del protagonista. Varias frases del diálogo inciden en esa idea, y son casi siempre proferidas por Enrico. En el paseo en vaporetto al principio, dirá que la urbe «es bella hasta morir». Al preguntar Valeria si es verdad que se hunde, él argumentará que también desaparecieron Menfis, Nínive o Babilonia. En la Giudecca, cuando ella diga que es una ciudad putrefacta, que «esos colores se los da la podredumbre que la va devorando a través de los siglos. Se muere. Volverá a ser el fango que era», él replicará: «En eso está precisamente su belleza. Pero no todos son capaces de entenderlo. Se necesita llevar en sí el sentimiento de la muerte». Justo entonces le confiesa su enfermedad, produciéndose el gran punto de inflexión en su mínimo argumento. Más adelante, cuando pasean en góndola, Enrico, tras comentar el caso reciente de un ahogado, afirma que le gustaría fundirse con el mar. Como puede verse, el guion firmado por Giuseppe Berto (adaptando su propia novela) y Salerno redunda continuamente en la idea de la muerte, eje central –junto a su con frecuencia indisoluble el amor– de la película.

Sin embargo, en ningún momento se trata de una Venecia nocturna y siniestra, sino de una diurna, pero extremadamente triste. Toda la película transmite una profunda melancolía, que en la imagen se ve resaltada por la fotografía crepuscular de Marcello Gatti, que plasma adecuadamente el cromatismo de la época tardoinvernal en que se rodó. Por supuesto, el tono dominante del argumento (más la música, como luego analizaremos) es lo que hace que el espectador interprete la mayoría de las imágenes en ese sentido melancólico: de haber sido una comedia, esa misma Venecia se percibiría de otra forma. No obstante, hay ejemplos en los que la imagen habla por sí misma en clave de tristeza. El más significativo es la secuencia de montaje que, tras la escena erótica, muestra planos de embarcaciones semihundidas en la laguna y de las aguas azotando los bajos de los edificios. Son imágenes que redundan en una idea expresada anteriormente por Enrico: la de que Venecia parece un barco varado. Pero continuemos averiguando cuál es la Venecia concreta que nos muestra Anónimo veneciano.




Un paseo inverosímil.


El cine siempre efectúa una recreación y reinvención de las ciudades, lo que patentiza su condición de arte fragmentario. Rodando en discontinuidad en lugares diferentes, mediante el uso del montaje ofrece al espectador un resultado que se presenta como creíble, como una continuidad espacial. Es, sencillamente, la aplicación del «efecto Kuleshov» . Sin embargo, lo que hace en la mayoría de los casos es una alteración de la imagen urbana, creando una nueva ciudad que solo existe en el imaginario fílmico, como espacio dramático. Solo cuando conoce el urbanismo real, el espectador es capaz de advertir los cambios, produciéndose entonces un fenómeno de distanciamiento, al ponerse en evidencia que lo que está viendo es una construcción virtual, que un contraplano no corresponde espacialmente con el plano anterior. Y cuando esto sucede en una película narrativa, el espacio termina llamando más la atención que el desarrollo de la historia: supone la advertencia de fallos de raccord en la configuración de ese rompecabezas urbano.

Un buen ejemplo sería Anónimo Veneciano. Tras una primera visión, precisamente por su voluntad de rehuir de los lugares tópicos de Venecia, el resultado parece muy verosímil. Si embargo, si la observamos con detalle, apreciaremos cómo, físicamente, resulta muy difícil, casi imposible, hacer todo el itinerario que la pareja recorre en menos de 12 horas, sobre todo porque se trata de un ritmo de paseo relativamente tranquilo (si bien en ocasiones se acelera, y Valeria así lo comenta), pautado con conversaciones y discusiones. Consideramos interesante profundizar en este aspecto, como sintomático de las reconstrucciones urbanas efectuadas por el cine, por lo que en este apartado intentaremos recrear el «nuevo plano» de Venecia fabricado por el filme.

La película comienza a las 9:30 en la Estación de Santa Lucia, como vemos en el reloj del andén donde Enrico recoge a Valeria. Inmediatamente, tras su gélido saludo (resaltado por un montaje sincopado de primeros planos de ambos, enfrentados en plano-contraplano), toman un vaporetto en el Gran Canal, junto al puente degli Scalzi. La embarcación se dirigirá hacia Rialto: pasarán por la Pescheria, el Palazzo dei Camerlenghi y bajo el puente más célebre de la ciudad. Ahí comienza el primera analepsis, en el que rememoran su enamoramiento en la universidad Ca’Foscari. Pero cuando se vuelve al presente diegético y vemos aparecer la Universidad, el vaporetto se encuentra en el Rio di Ca’Foscari, desde el que entrará en el Gran Canal a la altura de la Volta (su gran curva final), en cuya confluencia se sitúa el Palazzo Ca’Foscari. De hecho, ese hubiera sido el recorrido lógico si, al tomar el barco en la Fondamenta degli Scalzi, se hubiera dirigido hacia el Rio Nuovo, que enlaza con el Rio di Ca’Foscari, pero no siguiendo el camino que estaban haciendo. Por consiguiente, el resultado es un cambio completo de direccionalidad en el itinerario, un auténtico salto de eje. Tomarán tierra en el sestiere (barrio) de San Marcos, en un punto que no queda muy claro, aunque, tras deambular por varias calles, ella le pregunta si sigue viviendo por ahí, por San Samuele (él contestará que no, que ahora vive en la Giudecca). Después acudirán al Campo di Santo Stefano (cerca del palacio Pisani, sede del Conservatorio donde él es profesor), sentándose en la terraza de un café junto a la estatua a Nicolò Tommaseo. Desde allí se ve la iglesia desacralizada de San Vidal, donde (aún no lo sabemos) tendrá lugar el triste desenlace, unas horas más tarde, cuando la tensa desconfianza entre ambos ya haya desaparecido tras la revelación de Enrico.

Luego parece que caminan, con un fuerte viento, por lo que lógicamente debería ser el sestiere de San Marcos (si bien se ve la esquina de un campo con árboles que más parece de la zona de San Polo o Santa Croce). Sin embargo, poco después se les verá cruzando el Gran Canal en traghetto (las góndolas para tal fin), a la altura de la iglesia de San Stae. De ahí, se dirigirán a La Fenice, a la que pueden entrar porque Enrico es primer oboe de su orquesta. En esta sucesión de escenas volvemos a apreciar errores de continuidad, ya que, mientras parece que en la sucesión temporal solo han pasado unos pocos minutos, para hacer ese itinerario tendrían que haber seguido un largo y absurdo trayecto: de Santo Stefano (precisamente muy cerca del teatro de la ópera) al sestiere de Cannaregio (cerca de la estación) frente a San Stae, y de esta iglesia, situada en un extremo del barrio de Santa Croce, cruzar éste, el de San Polo y, de nuevo, el Gran Canal hacia La Fenice, ubicada en el centro del sestiere de San Marcos. En términos cartográficos, se trata de la parte más inverosímil de la película.

Tras abandonar el teatro, acudirán a la casa donde vivieron felices sus primeros años de casados, situada en un pequeño campo con iglesita y pozo. Aunque del templo solo se aprecia un fragmento de su fachada, su curvatura y otros detalles del campo (el brocal, las chimeneas) denotan que se trata del Campo della Maddalena, en Cannaregio. Es decir, otro largo paseo desde La Fenice. Tras acontecer en ese lugar el momento más tenso de la película, con un desagradable bofetón de Enrico a Valeria a propósito de una nueva discusión sobre Emilio (que patentiza que aún sigue celoso de que ella haya rehecho su vida), pasamos, por corte de plano que lleva implícita una elipsis, a las anchas calles de la Giudecca y al Rio del Ponte Lungo (al fondo del cual se aprecia la isla de Sacca Sessola). Obviamente, desde Cannaregio hasta la isla de la Giudecca hay un buen trecho, que recorrerlo podría llevar cerca de una hora. Tras una nueva pelea verbal, hacen las paces y Enrico dice que la va a llevar a un buen sitio9 . En ese momento, veremos por primera vez una serie de planos de transición (cuatro) totalmente liberados del punto de vista de los personajes (que es el que ha primado en todo momento), a modo de insertos objetivos de la instancia narradora: el Gran Canal con la Pescheria, los Jardines Papadópoli, un movimiento de panorámica que muestra la Riva degli Schiavoni desde San Zaccaria hasta el Palacio Ducal, y una vista del Gran Canal a la altura de la Volta (el Palazzo Mocenigo y sus adyacentes). Luego volvemos a la pareja, que acude a comer a la bella pérgola de «Locanda Montin», en Dorsoduro, donde tendrá lugar una larga secuencia10. Tras este momento de descanso, y mientras escuchamos en off la voz de Enrico, volveremos a ver un plano que no corresponde a su punto de vista: las Zattere de Dorsoduro a la altura de la iglesia de Gesuati mientras pasa un barco por el canal de la Giudecca. Luego los veremos por callejuelas y, sin solución de continuidad, regresarán a la Giudecca, al Ponte Lungo, donde él le revelará su enfermedad. Mientras ella va asimilando la noticia, caminan junto al Squèro di San Trovaso, el pintoresco astillero de góndolas situado, de nuevo, en Dorsoduro.

Posteriormente pasearán por el puerto, donde él reflexionará sobre su enfermedad y, más animado, le hablará del concierto que grabará. Justo después de abandonar el puerto, sabremos que aún no son las cuatro de la tarde, pues él le dice que a esa hora parte un tren. Posteriormente vuelven a la Giudecca, a la casa de Enrico. Y esta es la célebre «Casa dei Tre Occhi» (1912-3), una obra del arquitecto Mario de Maria que funde con fortuna el neogótico con el liberty (el modernismo italiano), y que se sitúa muy cerca de la iglesia de las Zitelle. Desde la terraza veremos este templo manierista, y al fondo San Giorgio Maggiore. También desde la casa veremos la Salute, la Aduana y San Marcos, siendo casi la única vez que aparecen los monumentos más emblemáticos de Venecia. En la terraza se nos ofrecerá nueva información para continuar anclando la temporalidad: tras rechazar el tren hacia Ferrara de las 18:10, Valeria asistirá a las 20:15 al inicio de la grabación del concierto, tomando a las 21:35 el último tren. En ese momento darán las 16 en las Zitelle, y ella dirá que aún tienen cinco horas y media; cuatro hasta el ensayo, contestará él. Luego se abrazan con pasión. Tras la escena de amor, volverán a verse planos desvinculados de la mirada de ellos, los ya comentados de embarcaciones y del agua que aluden simbólicamente a la decadencia de Venecia. Saben que disponen de pocas horas, y desean aprovecharlas intensamente saliendo a la calle, como dos enamorados. Al cerrar la puerta de la casa, la cámara volverá a ir por libre del punto de vista de ambos: la panorámica hacia el salón de Enrico, vacío, es un plano premonitorio del vacío que muy pronto habrá en la casa, una prefiguración de su próxima ausencia definitiva. A partir de entonces, la película se vuelve aún más triste si cabe, porque sabemos que en unas horas del tiempo real tendrá lugar su última despedida, y ese sentimiento impregna los veinte minutos diegéticos finales.

Pasamos a un plano del vaporetto a la altura de la isla de San Giorgio, dirigiéndose hacia San Marcos. En este sestiere, el más comercial de la ciudad, Enrico comprará un tocadiscos y un magnetofón para los hijos de Valeria. Saldrán de ahí por una de las características calles con soportales de las Mercerie, y llegarán hasta Rialto. Ya al otro lado del puente, pasearán por la Pescheria, para luego ir a la «Tessitura Luigi Bevilacqua», famoso telar y tienda de brocados en el barrio de Santa Croce, cerca de la iglesia de San Zan Degolà. Ahí Enrico le comprará brocados a Valeria, e incluso citará para sí mismo (voz over con el sonido interno de sus pensamientos) a Marcel Proust, quien escribió que las mujeres se olvidan de cualquier problema gracias a la ropa. Después de aquí los veremos dando un paseo en góndola por la laguna.

Tras dos planos generales de transición que permiten una elipsis temporal (un movimiento de panorámica tomado a media tarde desde el Campanile de San Marcos, que va de San Giorgio a la Dogana; y una vista del Campanile y de la Riva degli Schiavoni anocheciendo), los veremos de nuevo caminando por las calles en el crepúsculo, dirigiéndose a la iglesia de San Vidal. Como ya dijimos, esta se sitúa al fondo del Campo di Santo Stefano, es decir, a cien metros del café donde habían estado por la mañana. Tras el comienzo del ensayo, Valeria regresará lenta y melancólicamente hacia Santa Lucia (aunque a ese paso tiene bastantes posibilidades de perder el tren).

Todo eso en once horas y media, en las que puede decirse que les cunde el tiempo. Muchas agencias de viajes pagarían por tener esta fórmula mágica para recorrer Venecia en una jornada. Evidentemente, no hay que juzgar una película en términos de estricto realismo planimétrico, pues muy pocas lograrían salir victoriosas de un análisis al respecto. Pese a esta ironía tras haber desmenuzado el paseo de Anónimo veneciano, eso no impide ni su verosimilitud (justamente por rehuir de los tópicos urbanos) ni, mucho menos, la sensación de tristeza que va progresivamente embargando al espectador.




Tiempo melancólico.

El tratamiento del tiempo también resulta muy interesante en Anónimo veneciano, y aunque de un modo menos evidente que la puesta en escena o la música, viene a constituir otra de sus señas de identidad estilísticas. Se trata de una temporalidad extremadamente lenta: puede decirse que, a lo largo de la película, apenas «pasa nada», abundando los tiempos muertos según el cine mayoritariamente narrativo (el americano y sus imitadores). En sus 86 minutos, prácticamente solo veremos paseos por Venecia y, por momentos, casi no avanza la poca acción que hay, siendo una cinta más contemplativa que narrativa. No sigue una estricta organización de planteamiento, nudo y desenlace, y si hubiera que señalar un clímax, vendría a ser cuando Enrico confiesa la enfermedad. Evidentemente, sí que se cuentan cosas y, de hecho, se producen continuos cambios de sentimientos en los personajes, que van ritmando las conversaciones: desconfianza, cinismo, celos, odio, agresividad, ironía, humor, amor… Esos altibajos emocionales, perfectamente planteados por el guión, son los que permiten el desarrollo de la película, de su «historia», junto con el conocimiento que vamos haciendo de Enrico y de Valeria a partir de sus palabras y de las diversos analepsis. También hay interesantes recursos de puesta en escena al respecto. Por ejemplo, en el travelling lateral que los sigue en la estación, Enrico marcha delante y Valeria atrás, expresando perfectamente su tensión y distanciamiento iniciales. O los cambios de peinado de ella: si al principio lleva el pelo recogido, cuando se va ablandando con los recuerdos en la comida, decide soltarse el pelo, como lo llevaba cuando vivían juntos. Por estos motivos, puede relacionarse en cierta medida con algunas películas de autor de la época, o de décadas anteriores, sobre todo por el uso de los tiempos muertos. Sin embargo, dada la abundancia de diálogos, su temporalidad es muy distinta a la de, por ejemplo, un Antonioni. Compárese con el recorrido que Jeanne Moreau efectúa por las calles de Milán en La noche (La notte, 1961), y resultarán evidentes las diferencias. De hecho, de lo que más bien se trata es de una divulgación de ciertas tendencias del cine moderno: encontramos sus rasgos suficientes, pero a la vez recurre a mecanismos expresivos con una función de anti-distanciamiento (sobre todo la música), lo que la aleja de dicha modernidad. Como también la separa de esta la ausencia de la ambigüedad de sentido que tanto caracteriza la obra de esos cineastas: en esta película no se busca en ningún momento desorientar al espectador en el seguimiento de la (leve) historia. Así, Anónimo veneciano, para el cine de autor italiano de los 60 y 70, viene a ser muy similar a lo que supone Un hombre y una mujer (Un homme et une femme, Claude Lelouch, 1966) respecto a la divulgación de los planteamientos de la nouvelle vague. Probablemente ello sea uno de los motivos del éxito de público de ambas, al fundir perfectamente el melodrama clásico con las aportaciones lingüísticas y narrativas de la modernidad, añadiéndole una música pegadiza (la de Lelouch compuesta por Francis Lai). En el caso de nuestra película resulta también capital el uso dramático de Venecia: una charla que podría haber sido en un interior (algo muy propio de muchas películas de autor), Salerno tiene la habilidad de trasladarla a la ciudad. Por supuesto, ambas cintas no son “falsos modernos”, pero sí equilibrios afortunados entre el cine comercial y el de autor, patentizando que a veces sus límites son más imprecisos de lo que parece. Casi podríamos definirlas con el paradójico nombre de «cine de arte y ensayo comercial». Anónimo Veneciano también efectúa, en su desarrollo, una operación de cierto suspense que la distancia de las propuestas más radicales. Eso se aprecia sobre todo en el modo en que el guion va dosificando la información sobre la enfermedad de Enrico, hasta su confesión en el minuto 47. Sabemos que algo grave le sucede, pues lo insinúa en determinados comentarios (si él muriera ya no lo recordaría su hijo; habrá algo mejor que el divorcio para solucionar el fin de su matrimonio; siempre resalta el lado mortuorio de Venecia), además de que tiene un ataque (enfatizado por un cierre de zoom hacia su rostro) cuando simula dirigir la orquesta en La Fenice, saliendo entre bambalinas para ponerse una inyección en la pierna y luego tocarse dolorido la nuca. Igualmente, la película muestra cierta relación con el fluir de la conciencia tan recurrente en los cines modernos desde los años 50. Incluso tiene algunos puntos de contacto con el cine de Alain Resnais, con su continua alternancia de presente y pasado. Sin embargo, Salerno borra cualquier posible ambigüedad al respecto: las breves analepsis que puntúan la acción son siempre reconocibles para el público (mediante la actitud pensativa de los personajes, raccords visuales, flou y/o música), a diferencia de Resnais y otros autores que gustan de jugar con la confusión temporal. En total hay siete analepsis, cuya función es crear un contrapunto con el áspero y triste presente, al recordar los tiempos felices de la pareja, ayudando a incrementar la nostalgia. No obstante, mientras que en unos se aprecia que son recuerdos concretos de alguno de ellos o de los dos, otros se presentan como insertos de la instancia narradora. También hay unos más convencionales que otros. Los primeros, quizás los momentos menos satisfactorios de la película (por demasiado anclados a esa estética de época), suelen presentarse como breves secuencias de montaje con gran protagonismo de la música. El primero tiene lugar en el minuto 8: cuando pasan en el vaporetto bajo Rialto, recuerdan los días en que se conocieron en la Universidad. Tras volver al presente, él dice: «Ca’Foscari», y vemos el palazzo de la Universidad. En el segundo, en el min. 19, tras acariciar Enrico a Valeria, un raccord da paso a otra caricia, el día en que hicieron el amor por primera vez. El tercero es en el min. 49: tras confesar Enrico su tumor, la cámara mostrará el agua del canal de la Giudecca, pasando por corte al mismo lugar años antes, cuando Valeria disfrutaba un verano en un yate con Giulio, y Enrico los rodeaba en una motora. Pese a caer en cierta cursilería, resaltada por la música, su final contiene la imagen más dura del filme: del plano del niño se pasará a unas aguas sucias en las que flota un muñeco roto. En el último, el más largo (dos minutos), en el min. 68 (tras declarar Enrico su miedo y arrojar en la Peschería el oboe), vemos la típica secuencia de montaje de «días felices de una pareja»: corriendo, abrazándose y besándose en una islita de la laguna (al fondo parece verse Burano). En cuanto a los menos convencionales, hay tres tipologías. Cuando en el min. 29 recuerdan, al contemplarla, su primera visita a su antigua casa, la analepsis se resuelve mediante un plano secuencia en el que la dueña les va enseñando el piso visto en cámara subjetiva por ellos, cuyas voces escuchamos en off. Por otro lado, hay dos casos de simultaneidad temporal, de fusión de dos tiempos distintos en el mismo espacio. El primero se produce en La Fenice (min. 27), cuando Valeria se ve a sí misma unos años antes sentada en un palco, y la voz over de Enrico le cuenta sus proyectos profesionales. El segundo tiene lugar al final del analepsis de la vieja casa: la señora abrirá la ventana y abajo los veremos a ambos en el presente. Es este un recurso que han utilizado Alf Sjöberg, Ingmar Bergman, Carlos Saura o Theo Angelopoulos. Pero, de nuevo, a diferencia de esos cines «autorales», Salerno intenta un mayor acercamiento al espectador, sobre todo con la música. Por último, hay analepsis exclusivamente sonoros cuando están almorzando: mientras Valeria va mirando la pérgola, escucha interiormente las voces del día de su boda (de los invitados, del sacerdote, de Enrico).




Adagio sesentero.

No puede negarse la enorme importancia que tiene la música en Anónimo veneciano. De hecho, la banda sonora compuesta por Stelvio Cipriani fue uno de los principales motivos del triunfo en taquilla de la película, convirtiéndose su disco en un éxito de ventas. Fue, además, el primer y más destacado éxito de su compositor, quien había debutado en el cine a mediados de los 60 con música para spaghetti westerns, en la estela marcada por Ennio Morricone. La partitura de Cipriani está muy ligada, tanto en estilo como en instrumentación, a determinados gustos musicales de finales de los 60 y principios de los 70, muy recurrentes en muchas bandas sonoras compuestas entonces. Ese contexto es lo que, por ejemplo, hace que su famoso tema principal tenga bastantes puntos de contacto con el aún más célebre que Francis Lai creó para Love Story (Arthur Hiller), precisamente en ese mismo año de 1970. La música suena continuamente, si bien hay escenas en las que no está presente. La más significativa es la erótica, solo sostenida en el plano sonoro por los diálogos, que dotan de continuidad a un montaje fragmentado. Pero, en general, es bastante omnipresente, según el esquema de tema y variaciones: hay dos grandes temas que se van repitiendo variando en ritmo y orquestación (además de las cuerdas, tienen gran protagonismo piano, oboe, clarinete y clave). El principal y más célebre ya aparece desde los créditos, y se usa tanto en los instantes de mayor tensión como, con ritmo alegre, en las analepsis que muestran su antigua felicidad (consideramos que en estos últimos es cuando peor funciona, y que quizás habrían ganado sin música). El segundo, más melódico y que en una de sus partes recuerda vagamente el Adagio de Albinoni, se utiliza sobre todo para los momentos más nostálgicos. La de Cipriani es un claro ejemplo de música empática, por utilizar la terminología de Michel Chion, es decir, que apoya emocionalmente el contenido de la imagen, a la que comenta y puntúa. Pero también es un sonido que colabora en la creación de una atmósfera determinada, de un clima que no siempre marcha a remolque de la imagen: en las vistas urbanas, es la música la que crea el clima principal, haciendo que la imagen deba ser entendida en un sentido (o tono) y no en otro. Precisamente es este uso empático de una omnipresente música melódica otro de los rasgos que más la separan del cine de autor. Basta compararla con las “contemporáneas” y atonales partituras de Giovanni Fusco, Hans Werner Henze o Pierre Jansen para determinadas películas de Antonioni, Resnais o Chabrol, para advertirlo. También se recurre a música preexistente, como el primer movimiento de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Sus intensos compases sonarán cuando Enrico simule dirigir la orquesta en La Fenice, en una escena en la que se pone de manifiesto el fracaso de uno de sus sueños como músico, pues solo ha llegado a ser primer oboe. Se trata de un ejemplo de música interna, que suena en la cabeza de él: el espectador puede escuchar sus pensamientos sonoros. Junto con la partitura de Cipriani, el otro gran protagonista musical de la película, a la que da el nombre, es el segundo movimiento (Adagio) del Concierto para oboe y cuerdas en re menor de Alessandro Marcello, un buen exponente de los brillantes compositores barrocos venecianos13. Su Adagio es una de las más hermosas, y tristes, piezas de la música clásica, al sacar el máximo partido al que quizás sea, junto al violín, el instrumento que mejor sabe expresar la melancolía: el oboe. Por eso, la presencia de su cantinela, como un lamento que flota sobre la neblina de la laguna, es lo que, junto a las imágenes de la despedida de Enrico y Valeria, confiere la intensa emotividad a la secuencia final en San Vidal. En ella, además, hay un buen uso de los caracteres diegético y no diegético de la composición. En la primera escena de las dos que componen la secuencia, escuchamos el Adagio como música diegética, interpretado por la orquesta que dirige Enrico y en la que actúa también como solista. Todo en San Vidal queda impregnado por la tristeza del oboe, incluyendo la pintura de Carpaccio y las esculturas del altar mayor. Tras interrumpir Enrico la grabación ante las lágrimas de Valeria y salir esta de la iglesia, volverá a sonar el Adagio. Sin embargo, al usarse el montaje paralelo para mostrarnos alternativamente a ambos protagonistas, para expresar su separación, lo escucharemos de manera diegética en las imágenes del interior de la iglesia, y no diegética cuando veamos a Valeria en la calle. Los dos planos finales, además, son bastante ilustrativos, poniendo de manifiesto las dotes como director de Salerno: en el primero, en la iglesia, un travelling hacia atrás se irá alejando de Enrico, hasta que desaparece tras una columna; en el segundo, con el punto de vista ya centrado en Valeria, un travelling la sigue en plano medio por la calle, más serena, hasta que la cámara hace un barrido hacia unas farolas, que nos muestra desenfocadas, imagen abstracta que cierra el filme. Qué mejor que la música de Marcello para expresar la infinita tristeza de una despedida irreversible. Ante su magistral intemporalidad, la partitura de Cipriani, pese a su calidad, palidece con su ritmo a la moda, y quizás por eso Salerno sabe que tiene que acabar la película con el oboe. Por todos estos factores, Anónimo veneciano puede ser considerada la película veneciana por excelencia, a pesar de la reinvención fílmica que hace de su espacio físico: es la que mejor expresa lo que es Venecia y lo que significa «lo veneciano», como concepto y como estado de ánimo, por delante incluso de otras tan señaladas como Locuras de verano, Muerte en Venecia (Morte a Venezia, Luchino Visconti, 1971), Amenaza en la sombra (Don’t Look Now, Nicolas Roeg, 1973) o El placer de los extraños (The Comfort of Strangers, Paul Schrader, 1990), por esa perfecta fusión que en ella se produce entre sus dimensiones romántica y mortuoria. Su historia no sería igual en otra ciudad, porque no puede separarse de Venecia: seguiría emocionando, por el papel que en ello desempeñan el guion, su tratamiento del tiempo, las interpretaciones y la música; pero carecería del imprescindible elemento dramático-simbólico que le aporta el omnipresente protagonismo de esa ciudad única. Al finalizar la visión de esa elegía fílmica que es Anónimo veneciano, nos acompaña un inevitable hálito de tristeza. Una tristeza como la de las piedras de la ciudad de la muerte, que se hunde sin remedio en su laguna. Que c’est triste Venice.