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viernes, 17 de junio de 2011

El ruiseñor, el canario y el buey

El ruiseñor, el canario y el buey



Junto a un negro buey cantaban
un ruiseñor y un canario,
y en lo gracioso y lo vario
iguales los dos quedaban.
"Decide las cuestión tú",
dijo al buen el ruiseñor;
y metiéndose a censor
habló el buey, y dijo: Mu.

[Juan Bautista Arriaza (1770-1837)]

martes, 7 de junio de 2011

Pemán, anécdota acerca de la tan traída frase: La dialéctica de las pistolas









«La dialéctica de las pistolas»

A medida que la República se descaraba y presentaba toda su torva fisonomía, José Antonio Primo de Rivera iba retocando su posición política. Trató de presentarse como candidato a las Cortes, cuando el general Berenguer dijo que iba a convocar elecciones. Su programa único iba a ser la defensa de su padre: no siquiera la defensa de su política y su obra, sino la de la persona humana. Esas elecciones no llegaron a celebrarse. Ya José Antonio cuando se suspendió la convocatoria, tenía recorrida casi toda la provincia de Cádiz, en campaña electoral. Yo le acompañé en muchas de esas excursiones, en unión de Julián Pemartín. La cosa era para José Antonio bastante confusa y embrollada. En cada pueblo lo recibían los amigos de su padre: y en cuanto José Antonio insinuaba temas de revolución y justicia social, los auditores se sentían defraudados, porque ellos eran, en definitiva, los caciques del pueblo que habían formado en las filas de la Dictadura. Por el camino, José Antonio, Pemartín y yo íbamos haciendo versos. En algún pueblo nos obsequiaron con baile y cante. Al fin y al cabo ¿los americanos no hacen sus campañas electorales con banda de música, carrozas y vicetiples?


Luego esa convocatoria fue sustituida por unas elecciones municipales que son las que trajeron la República. Al fin se convocaron las elecciones a Cortes constituyentes. José Antonio no ganó el escaño que deseaba; ni el que intentó obtener, luego, en unas elecciones parciales por Madrid frente a la candidatura de don Bartolomé Cossío, santón de la Institución Libre, gran historiador del arte y autor de un exhaustivo libro sobre el Greco.
Al fin José Antonio pronunció el famoso discurso de la Comedia y dio vida a la Falange Española. Es excesivo hablar de un sistema o una doctrina joseantoniana. Él mismo dijo que la verdad política no tiene nunca un programa rígido, como el amor no tiene un planteamiento reglamentado de los besos y los abrazos con que se expresa y se comunica con la otra parte. Por eso a los pocos meses de la fundación del partido, aceptó ser candidato por Cádiz en las elecciones a las segundas Cortes: las del triunfo de Gil Robles. En aquella coyuntura declaró que era candidato sin fe y sin respeto. También dijo en otro discurso que las urnas electorales no tenían mejor destino que el de romperse de un garrotazo. A pesar de lo cual aprovecharía los votos que le dieron unas urnas gaditanas, pues eso de romperlas o no romperlas, desdeñarlas o utilizarlas, depende mucho del contenido ocasional que la urna tenga en su cristalina barriga en cada elección en curso. La campaña fue movida. En San Fernando, en el mitin en que José Antonio hablaría, mataron al presidente del círculo electoral, y dejaron ciega a Mercedes Larios, que asistía al mitin. En otro mitin en Puerto Real, Miguel, el hermano de José Antonio, inició el acto, en el vestíbulo del teatro, pegándole un gran puñetazo al alcalde de la villa. El gobernador lo detuvo y le hizo ir a la cárcel. José Antonio, conmigo y con don Ramón Carranza, visitó al gobernador, que lo puso inmediatamente en libertad. No se lo pedimos, sino que se lo exigimos. En mi juventud, en el casino de Cádiz, había una categoría de socios, que eran llamados cojinables, lo que quería decir que, por cierta condición indeterminada que se olfateaba en ellos, se les podían tirar a la cabeza los cojines de las butacas y sofás de la sala de tertulia. También encuentra uno en la vida pública alcaldes, gobernadores o políticos que pueden ser incluidos en la categoría de chillables. O sea que se les puede levantar la voz sin peligro y con eficacia.
Todo esto es preámbulo de uno o varios almuerzos que tuve con José Antonio. Una tarde José Antonio llegó con algún retraso a la sesión de Cortes y ocupó su escaño que era casi siempre el que tenía yo a mi lado. Venía ligeramente pálido: y me explicó lo ocurrido. Había informado aquella mañana en la Audiencia, defendiendo a unos muchachos falangistas. Al regreso en su coche particular, en una esquina próxima a la Audiencia de donde salía, le obsequiaron con una rociada de balas, que no habían ni rozado a José Antonio, y cuyos impactos en la carrocería del coche, nos enseñó luego a la salida. Lo contaba con visible alegría. Aquello le añadía prestigio. Además confirmaba una de sus fórmulas vistosas y punzantes: la dialéctica de las pistolas. Porque no habría dialéctica si no hubiera pistolas en uno y otro lado.
El marqués de la Eliseda, que se sentaba también en un escaño inmediato, nos convidó a cenar en el Nuevo Club.

–Lo de esta tarde– decía José Antonio, desdoblando la servilleta, aclara mucho las cosas. Me han disparado una bala y una justificación ¿no os parece?
–Yo odio la violencia, pero pienso que la mansedumbre que aconseja el Evangelio, poner la otra mejilla agota en el número dos el pacifismo del receptor de bofetadas. A mí me parece que otorga una implícita licencia para la tercera bofetada: puesto que no hay tercera mejilla que ofrecer.
–Pero también ocurre a veces, que la justificación llega tarde si la bala llegó a tiempo y dio en el blanco.
Nos interrumpió el marqués de la Eliseda, nuestro anfitrión, hoy conde de los Andes:
–Creo que debemos celebrar esto de tu salida ileso, José Antonio... ¿Qué champagne preferís?
Y José Antonio:
–El que quieras... Pero que sea francés.
Y José Antonio le gustaba mucho esmaltar su charla, con estas inesperadas posturas que tenían el valor comprimido de una divisa o un manifiesto. El cenar en el Nuevo Club y pedir champagne francés, era tanto, como expeler, de golpe, cualquier fanatismo nacionalista. La solución de España no la esperaba de ninguna demagogia ni de ninguna cursilería. El hombre portador de valores eternos niega y supera toda aceptación de la masa amorfa. La Patria como un destino en lo universal: aplasta todo nacionalismo localista y aldeano.
–Mi padre tenía que vestir con paños de Tarrasa o Sabadell, porque si no, murmuraban de él sus seguidores, afectados de cierto chauvinismo aldeano. Ésta era el área en la que podía operar la Dictadura. Ya, su hijo, puede pedir champagne francés, porque éste forma parte de esa universalidad que buscamos como la tuvimos en nuestros mejores siglos.
–Me contaba mi padre, intervino Eliseda, que hace años los políticos socialistas se disfrazaban, como los actores antes de la representación, cuando iban llegando al pueblo que los esperaban para alguna concentración o mitin.
Me hacía recordar esto, algo que vi con mis ojos siendo casi un niño, yendo en el tren a Granada, donde tenía que examinarme. Viajaba en mi mismo coche de primera, el líder no sé bien si socialista o ácrata, llamado Sol y Ortega. Poco antes de llegar a su estación de destino, donde iba a celebrarse el acto, se quitó la corbata, se pasó a un coche de tercera clase y cambió su sombrero por una boina. Divagamos:
–La boina es como un cráneo blando y de repuesto, que le viene muy bien a este pueblo celtíbero de cráneos resistentes.
Le recordé a José Antonio algunas confidencias hechas por él durante las sesiones de Cortes, muchas veces aburridísimas,
–Ahora es el momento, me dijo en una ocasión, cuando la minoría socialista gritó algunas apreciaciones injuriosas para la Dictadura de su padre. Tras esta fría puntualización del momento, José Antonio, sólo, se arrojó como un portero que se estira para llegar al balón, con un salto elástico, contra toda la minoría; a cuya orilla fue detenido por una porción de brazos amigos y enemigos. De vuelta a su escaño, me explicaba: –Me falta el tiempo y me sobra la tarea. Por eso, porque no hay tiempo para exquisiteces de diálogo, éste ha de ser sustituido siempre que se pueda, por una acción pugnaz y plástica que explique de golpe, lo que queremos dejar bien claro. Ya saben esos energúmenos que no toleraré golpes bajos en la memoria de mi padre.
Yo le recordé que en otra ocasión empleó también esta técnica del ahorro de saliva y abundancia de acción inequívoca. Una tarde la minoría vasca había lanzado alfilerazos reticentes contra la unidad de la Patria. Les contestó Indalecio Prieto con un apasionado discurso españolista. Nos perdonaba el Imperio y la creencia religiosa. El internacionalismo socialista no implica en sí una disolución de las naciones en su seno... Cuando acabó su discurso, José Antonio se levantó, atravesó un cuarto de salón que le separaba de Prieto, llegó a él y le dio un abrazo fervoroso y ostensible, que conmovió al hemiciclo.
Y a la vuelta a su escaño, la misma explicación.
–Veinte mítines y cincuenta conferencias gritando que la Falange no es de izquierdas ni de derechas, no habrán tenido, estoy seguro, la inteligibilidad clara y concreta de este abrazo público a don Indalecio.
José Antonio no era apasionado, y cuando lo parecía era porque con sus herramientas de intelectual había logrado fabricar la apariencia de una pasión.
Se comprende así perfectamente que se negara a aceptar la invitación que le hicieron para el congreso de los movimientos fascistas que iba a reunirse en Montreux, a las orillas del lago de Ginebra. El hombre como portador de valores eternos y la nación como tarea en lo universal, son apotegmas que exceden por arriba o por abajo cualquier nacionalismo de tipo totalitario: o por arriba hacia Dios, o por abajo hacia el universo.


José maría Pemán.

lunes, 6 de junio de 2011

SOMOZA DE LEIVA

SOMOZA DE LEIVA
Por Álvaro CUNQUEIRO




Ayer entré en una taberna en cuyas paredes colgaban doce estampas, impresas en 1899 en Berlín, en las que se contaba la historia de don Hernán Cortés y los amores del capitán con la lengua Marina. Y me acordé de Somoza de Leiva.
Este Somoza de Leiva —Leiva está en un alto, entre castañares, en Tierra de Miranda— sirviera al rey en el regimiento de Otumba, y desde entonces, porque a cada soldado le habían dado un pliego con la historia de la unidad y lo había leído varias veces- y además era la única historia que había leído en su vida, aparte las coplas del crimen del correo de Andalucía- le había entrado un grande amor por el señor marqués del Valle de Oajaca y sus andanzas mejicanas, y sabía todo lo de la Noche Triste. En Lugo compró esas mismas doce estampas que yo estaba viendo ahora en la taberna, y las tenía colgadas en las escaleras y en el comedor de su casa. Siendo yo mocito, fui allá a la fiesta de San Bartolomé, y Somoza, que ya entonces estaba algo cojo por la mordedura de una nutria en el vado de Siguiero, me leía el texto de cada episodio, y siendo bilingüe la literatura de a pie de estampa, me admiraba, que yo leía la parte francesa.
—¡Mira qué piernas más robustas!
Y guiñándome un ojo me mostraba las piernas de Marina, blancas y redondas. Marina se estaba mirando en un espejo que le regalara el señor capitán.
Somoza era memorialista, perito agrónomo de afición y picapleitos. De una estancia en Baños de Molgas, queriendo sacudirse allí un reuma que él atribuía al diente de la nutria, trajo a Leiva un perro raro, la capa amarilla con manchas negras, bragado en blanco, y que orinaba levantando ambas patas traseras, en raro equilibrio sobre las delanteras. Era un perro triste y callado, que comía las manzanas caídas en el prado, y si escuchaba zumbar las abejas, se ponía a pararlas, agachado, como si fueran perdices.
—¡Ese perro no vale nada!— le dijo mi primo de Trasmontes a Somoza.
—Pues es el perro propio para un letrado! respondió éste.
Y le explicó a mi primo que era el más inteligente de los perros que nunca conociera, y que para un abogado famoso, no tendría precio.
—¡Es un perro que solamente le ladra a la parte contraria!
Si Somoza andaba corriendo con los pleitos de algún vecino, y llegaba alguien de consulta y el perro ladraba, era que el visitante venía, mañoso, suasorio, a enredar en el asunto. El perro daba los testigos favorables, y los contrarios o falsos. Nunca fallaba. Cuando el perro enfermó y cegó, Somoza lo llevó a Lugo al oculista de más fama, el señor Gasalla. Lo llevó metido en una cesta, muy envuelto en una manta zamorana. Iban por la plaza de Santo Domingo, y el perro, desde el cesto, ladró. Somoza se detuvo a ver quién pasaba por allí, y pasaba hacia la calle de San Marcos el guardarríos de Crescente, quien hacía un par de semanas le había puesto una multa.
Se me olvidaba decirles que el perro había sido rebautizado por Somoza con el sonoro nombre de Moctezuma.

Álvaro Cunqueiro (La otra gente)


martes, 31 de mayo de 2011

LA REVOLUCIÓN

LA REVOLUCIÓN






Al día siguiente de la revolución el hombre despertó, abrió los ojos y vio una extraña escena: En el techo estaban la cama, la mesita y la alfombra, y a su izquierda la lámpara, colgando del revés. Se frotó los ojos, incrédulo, y descubrió que donde había dormido toda la noche no era el suelo sino el techo y que, aún más grave, seguía allí  en ese momento, sin despegarse.  Dio saltos, desesperado, tratando de volver al suelo, pero todo fue en vano. Por más que saltaba continuaba en el techo. Así, aterrorizado, gritando «¡Estos cabrones han debido invertir la polaridad del sistema!» salió de la casa por una ventana y cayó en el cielo.
Todavía está cayendo, solitario, esperando que se le atraviese algún revolucionario compasivo que revierta la polaridad. 

La amistad, la gratitud y el olvido.

La amistad, la gratitud y el olvido.





Dos amigos cruzaban el desierto cuando una disputa los enfrentó. La palabra subió de tono y uno de ellos, cegado por el arrebato, acabó propinando al otro una bofetada. El ofendido no dijo nada. Se inclinó, tomó la arena entre los dedos y escribió:
«Hoy mi mejor amigo me ha dado una bofetada».
Reanudaron el camino en silencio hasta que alcanzaron un oasis. Allí, buscando alivio del calor, decidieron bañarse. El que había recibido la bofetada, aún dolorido, resbaló en el agua y comenzó a ahogarse. Sin vacilar, el otro se lanzó a salvarlo.
Cuando el peligro pasó y el aliento volvió a su pecho, el salvado tomó un estilete y empezó a grabar unas palabras en una gran piedra. Al terminar, podía leerse:
«Hoy mi mejor amigo me ha salvado la vida».
Intrigado, el amigo le preguntó:
—¿Por qué cuando te herí escribiste en la arena y ahora escribes en la roca?
El otro sonrió con serenidad y respondió:
—Cuando un amigo nos ofende, debemos escribir la ofensa en la arena, para que el viento del perdón y del olvido la borre sin dejar rastro. Pero cuando un amigo nos salva, nos honra o nos regala algo grande, es justo grabarlo en la piedra firme de la memoria del corazón, donde ningún viento del mundo pueda jamás borrarlo.


Adaptación de texto. 

lunes, 23 de mayo de 2011

«Platonica amore»




LIBRO PRIMERO
«Platonica amore»






Marisa es rubia, de ojos azul cobalto. Tiene veinte años. No es muy alta; más bien —sin tacones— se diría que tira a baja, pero su talle proporcionado lo compensa. Cursa segundo de Periodismo y tiene el sueño, y la pretensión, de escribir.

Hace seis meses que ella y su grupo de amigos han fundado un taller literario, y todos los jueves se reúnen en una mítica cervecería del casco antiguo para leer ante los demás sus escritos, hacerse críticas y sugerencias, debatir sobre si algo es o no bueno, declamar poemas y chorradas por el estilo.

Vive de alquiler en un apartamento próximo a la Ciudad Universitaria, acompañada únicamente por un canario al que ha puesto por nombre Marcel, en honor a uno de sus escritores preferidos: Proust.

Era el mes de febrero y, hasta entonces, Marisa nunca lo había visto. Aquella mañana, a primera hora, aquel hombre se sentó junto a ella en la clase de Expresión Escrita de la Facultad de Ciencias de la Información.

Era moreno y delgado, algo alto. Tenía el rostro anguloso. Aparentaba treinta y tantos años largos; con aquella edad desentonaba del resto de alumnos que, en su mayoría, no pasaban de los veinte. Y, además, el muy capullo, allí sentado, parecía disfrutar con la ponencia del profesor.
¿Un alumno que disfrutaba?
Puede que fuera por eso por lo que se encendió la llama. O quizá el detonante ocurrió unos días después, otra mañana en que él se dirigió a ella por primera vez. Estaban comentando un texto cuyo encabezamiento contenía un latinajo de cuatro palabras que arrancó a Marisa un gruñido de frustración.
—Así para otros, no para vosotros —le dijo el hombre en voz baja.
—Perdona, ¿cómo dices?
—Es lo que significa la frase en latín del encabezamiento: «sic vos non vobis». Así para otros, no para vosotros.
—¡Ah!, gracias.
Mientras continuaba escribiendo, con la cabeza hundida entre las líneas, Marisa no hacía más que pensar:
«¿Un hombre culto? ¿O habrá sido casualidad que conociera el latinajo?».
No pudo evitar mirarlo varias veces de soslayo y comprobar que estaba realmente concentrado, entregado a la tarea de escribir.

Se le ocurrió que era uno de esos licenciados, quizá de Filología, que años después deciden matricularse en otra carrera para ampliar conocimientos o completar su formación. Pensándolo mejor, seguro que se trataba de un periodista en ejercicio con ganas de refrendar su experiencia con un título.

Puede que no fuera ese día cuando empezó todo, se decía Marisa en sus soliloquios, mucho tiempo después, al recordar el asunto. Tal vez fue otra mañana, durante un descanso, cuando lo vio sentado solo en la cafetería, con su inseparable cuadernillo sobre la mesa y un libro entre las manos.
Los intelectuales siempre me han atraído.
Marisa no pudo evitarlo y pasó cerca, disimuladamente, para ver el título.
A la busca del tiempo perdido — Marcel Proust.

No, no encontraba una explicación, porque lo cierto era que no la había. Marisa se había ido acostumbrando a observar detalles: que, a diferencia de los demás, que tomaban apuntes en folios, él utilizaba un cuadernillo de cuero; que escribía a lápiz y con una letra diminuta; o que ponía todos los acentos, algo que para ella era una auténtica obsesión.

Y también se fijaba en cosas tan banales —aunque a ella le parecieran espirituales y etéreas— como la forma en que se le caía el flequillo sobre la frente, o la seriedad que aparentaba en todo momento y que se le escapaba en forma de un extraño brillo en los ojos.

Daba igual cuándo ocurrió. Simplemente, en algún momento, la curiosidad se transformó en obsesión.

Se obsesionó hasta las trancas con verlo. Y de aquella obsesión nació algo que no sabía muy bien qué era, pero que se negaba a definir como amor.

Así, cada mañana, al comenzar las clases, lo buscaba con ansiedad para averiguar dónde se había sentado. Una vez localizado, se entregaba a la tarea de observarlo sin que él lo percibiera.

Hallaba verdadera fruición cuando lo veía abrir su cuadernillo, posarlo con cuidado sobre el pupitre y escribir en él con minuciosidad de relojero; o cuando se quitaba la chaqueta y la dejaba colgada del respaldo del asiento; o cuando guardaba el lapicero en uno de sus bolsillos.

También le encantaba la forma que tenía de fruncir el ceño.
A veces se decía:
«Tía, estás muy mal. ¡Con lo que tú eras!».

Pero después se convencía de que lo suyo no era más que una complacencia por las impresiones costumbristas; de que observaba todo aquello para tener una historia que contar algún día. En un artículo de opinión, por ejemplo. Daba igual el tema. En el periódico de tirada nacional donde trabajaría o, mejor aún, en el libro que escribiría cuando fuera mayor y que, qué leches, revolucionaría su género.
Intentó averiguar su nombre preguntando a otros alumnos, pero ninguno lo conocía. Nadie sabía quién era.
Llegó a pensar que se trataba de un ser invisible para todos menos para ella; alguien que no existía salvo en su imaginación: el espectro del amor invisible y platónico.


***


La primera semana de marzo él faltó a clase. La siguiente también; faltó entera, y para el jueves Marisa ya estaba angustiada.
«No volveré a verlo», concluyó.
Aquella noche no cenó ni durmió. La atención sobreexcitada le hacía percibir hasta los sonidos más leves. Pasó la noche en blanco pensando que aquel hombre se habría esfumado de su vida sin que ella supiera siquiera su nombre.
Pero al día siguiente, el viernes, volvió a verlo sentado junto a ella, con su flequillo y su cuadernillo.
¡El muy capullo!
Estaba serio y circunspecto como si tal cosa.
Durante unos minutos, Marisa entró en cólera. Estuvo a punto de echarle una bronca, pero, al reconsiderarlo, se contuvo. Al fin y al cabo, ¿quién era ella para pedirle cuentas a un desconocido? Todo ocurría únicamente en su cabeza.
—De ser algo, es un impulso mal digerido. Para esto del amor siempre he sido muy cerebral. ¿Qué me pasa?
Se juzgó durante un instante y dictó sentencia: se estaba comportando como una colegiala, de forma pueril. Por tanto, aquello debía dejar de ser un ensueño o convertirse en algo real; de otro modo, no sería nada.
Ella era una mujer, toda una mujer.
Tenía que hacer algo, decidirse, dar el paso. Pero no podía plantarse delante de él y simplemente soltarlo:
«Oye, mira, que me he fijado en ti y...».
No, así no. Con su edad la tomaría por una chiquilla, por una fresca o por ambas cosas. O, peor aún, por una loca.
Era mejor recurrir a las armas de mujer, a esa secular estrategia que tan buenos resultados da cuando se sabe utilizar. Y bien que la había utilizado con sus otros novios.
Así que resolvió iniciar, de una vez, una relación de amistad y dejar para más adelante lo que el destino quisiera servir.
No lo pensó mucho más. Aquel mismo día lo abordó en la cafetería. Lo saludó, le preguntó por varias cosas de clase, disimulando su nerviosismo tras una sonrisa. Y, finalmente, se lanzó:
—Oye, ¿quieres venir a una tertulia literaria?
—¿Una tertulia de escritores?
—Sí. Somos una pandilla que leemos, declamamos y esas cosas. Pienso que tú debes de saber un montón más que nosotros sobre todo eso.
—Vale.

***



Salieron de la cervecería donde, con su grupo de la tertulia, habían estado toda la tarde debatiendo sin que él apenas participara. De aquella conversación, por lo extraño de su tono, Marisa apenas recordaba que les había preguntado si soñaban y, a quienes respondieron que sí, con qué soñaban.

Recorrieron las calles del viejo Madrid bajo el cielo plomizo de la tarde hasta llegar al domicilio de ella. Marisa sonrió durante todo el trayecto. Él parecía atraído.

Ya en el portal, sin apenas haberlo insinuado, empezaron a besarse de forma compulsiva. No hubo muchos preámbulos. Fueron dejando un rastro de ropa desde la entrada hasta la cama. El apartamento era pequeño, de una sola habitación y un salón que servía a la vez de recibidor, cocina y pasillo.

Cuando todo hubo terminado y el fuego desatado sobre la cama se exilió bajo las sábanas, más para ocultar la vergüenza que para combatir el frío, la pareja permaneció un rato en silencio, como absorta en sus pensamientos. Solo se oía su respiración mezclada con el tráfico de la calle. Fue él quien rompió el silencio para preguntarle con qué soñaba.
—Sueño con ser escritora; no sé, con plasmar algo maravilloso.
Él sonrió ante su respuesta.
—Me he dado cuenta, con los años, de que nuestro mundo exterior pierde solidez si creemos que no existe por sí mismo, sino por nosotros. Pero, si miramos hacia dentro, entonces todo nos viene de fuera y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que deja de existir.
—¿Y qué hay que hacer, entonces?
—Pues, amiga mía, tejer el hilo que nos han dado, soñar nuestro sueño, vivir.
Ella se quedó algo confundida por aquella respuesta y guardó silencio, esperando una aclaración que no llegó.
—El amor de una mujer —prosiguió él, cambiando de tercio— es un regalo inesperado en un momento inesperado.
La frase sonó a despedida, a «tengo que decir algo bonito antes de irme para salvar este momento».
Y, en efecto, dicho esto empezó a vestirse. Le dio un último beso y abrió la puerta, excusándose con que al día siguiente madrugaba y tenía muchas cosas que hacer.
Marisa se había imaginado aquella escena de otra manera: los dos acurrucados, charlando toda la noche, rasgándose las entrañas y desempolvando sus confidencias más íntimas hasta que la sombría aurora entrara por la ventana. Pero la realidad era otra, y la realidad, cuando no se cocina, se sirve cruda. Romeo se marchaba; sonaba la melodía que preludia el final.
—Ni siquiera te he preguntado cómo te llamas. No sé tu nombre.
Y cerró la puerta.

Oyó el eco de sus pasos descendiendo por la escalera hasta ser engullidos por el ruido del tráfico.
No volvió a verlo jamás.
Martín nunca regresó a clase. El resto del curso, Marisa se lo pasó pensando en él. Al principio, con remordimiento:
«La culpa fue mía por romper el cascarón de la ensoñación para hacer la tortilla de la realidad».
Después, con rabia:
«Todos los hombres son iguales. Unos capullos».
Y, finalmente, con indiferencia:
«No merecía la pena».
La herida terminó de restañarse en septiembre, cuando Marisa conoció a otro chico y el fantasma de Martín se fue diluyendo, como el hielo al sol. Al fin y al cabo, la mancha de una mora con otra verde se quita.
***


Pasaron, cadenciosos, diez años.
Marisa trabaja desde hace dos como reportera para una televisión local, cubriendo todo tipo de eventos, y lo considera un mérito después de haber pasado tres como freelance. La vida no ha resultado como esperaba. En el amor tampoco: hace unos meses rompió con su último novio, que era ya el cuarto.

En todo ese tiempo, entre amores que iban y venían, el recuerdo de Martín la asaltó algunas veces como un forajido en el camino. Era un recuerdo vago, siempre el mismo, formulado en clave de hipótesis sobre lo que pudo haber sido y no fue.

Hoy se encuentra en la sala de conferencias de un hotel del norte de la ciudad, donde el último galardonado con el premio Nosecuántos —aún no se ha preparado la información; es el segundo acto de los cuatro que tendrá que cubrir esa mañana— dará una rueda de prensa y, después, firmará libros.

Hay una veintena de redactores y otro tanto de fotógrafos. Entra el conferenciante entre el relampagueo de los flashes y precedido por el anuncio:
—Fue policía, profesor y escritor, por ese orden. ¡Un gran aplauso para él!
La frase la vomita el presentador por los altavoces.
Pese a las canas, Marisa lo reconoce enseguida: se trata de Martín.
—Sorpresas te da la vida —susurra—, la vida te da sorpresas.
Martín, en su discurso sobre el libro, habla de los sueños:
—Son el motor. Más que vivirlos, hay que tratar de realizarlos para descubrir que, en ese preciso instante, dejan de serlo.
Luego le toca el turno al editor, que ensalza, cómo no, el libro y promete que será un superventas, etcétera. Finalmente anuncia:
—Ahora, para los que lo hayan comprado, Martín les firmará un ejemplar.
Marisa ha hecho cola, impaciente, preguntándose si la reconocerá. Mientras le entrega el libro, cree notar algo parecido a lo que se siente justo antes de conocer la nota de un examen.
—¿A quién se lo dedico?
—Es para mí. Me llamo Marisa.
¡No la ha reconocido!, piensa, desilusionada.
Cierra el libro, lo guarda en el bolso y sale corriendo hacia la boca del metro. Se ha retrasado y llega tarde a la siguiente cita, que, para variar, está en el otro extremo de la ciudad. No ha mirado atrás.
Ya en el metro, con más calma, abre el libro para leer la dedicatoria. Se lleva las manos a la cara, sorprendida. En la primera página, con menuda letra de lapicero, dice:

Para Marisa:

Al igual que tú, yo también soñaba con ser escritor y, por miedo al mundo exterior y al interior, no lo era. No supe, hasta conocerte, cómo tejer los hilos y vivir el sueño de la vida.

«Sic mihi, non tibi».

—Fin—

©Humberto 2011.

jueves, 19 de mayo de 2011

Bachillerato de excelencia

Bachillerato de excelencia



Por Luis María Ansón, de la Real Academia Española

«El bachillerato -decía Pedro Sainz Rodríguez- es la gimnasia imprescindible para formar la musculatura intelectual que permita elegir luego la carrera acorde con las facultades de cada alumno. Lo primero que necesita un deportista es la preparación atlética. Luego, según sus preferencias y aptitudes, escogerá el tenis, el fútbol, el baloncesto o la natación. La adecuada formación en el bachillerato permitirá al alumno acertar al elegir Derecho, Medicina, Periodismo, Arquitectura o Ciencias Exactas».
Pedro Sainz Rodríguez estableció el mejor bachillerato que ha conocido España con relación a su época. Se respetaba en él la tradición educacional española, se innovaba lo que era necesario y se abría la enseñanza a la modernidad. Desde entonces, muchos han sido los aciertos y considerables también los errores y vaivenes en los incontables planes para el estudio del bachillerato. El adanismo adolescente de Zapatero ha comprometido también nuestro entero sistema educacional. Ahora, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, por mimetismo con distintas experiencias de otros países, ha decidido establecer un Bachillerato de Excelencia al que tendrán acceso principalmente los estudiantes con Premio Extraordinario en la ESO. La decisión de Esperanza Aguirre, cuya sabiduría en materia de educación tiene generosas lagunas, ha despertado un debate de fuerte ebullición en la clase política española, de tan dilatada tradición bovina. El balido más generalizado es que se va a establecer una fórmula discriminatoria y segregadora, arbitrada además por los poderes públicos. En lugar de dejar trabajar a la iniciativa privada, la tentación totalitaria del Estado se desploma sobre una parcela especialmente delicada para modelarla a su antojo. Al antojo del gobernante de turno que en ocasiones será conservador, en ocasiones socialista, tal vez comunista. En un Gobierno de coalición PSOE-IU, la consejería de Educación recaerá indefectiblemente en un político comunista.

Al margen de esos riesgos, deberían ser los propios colegios, los que, por su exigencia y buena gestión, definan la excelencia. Recuerdo de mis tiempos pasados lo que significaban en Madrid el Instituto Ramiro de Maeztu o el colegio del Pilar, y fuera de España, Hun School o Eton. Ahora, Esperanza Aguirre quiere ser ella la que establezca la excelencia creando un bachillerato sin experiencia y con fuertes dosis de discriminación. Se trata de una aventura más del Estado voraz frente a una sociedad empequeñecida por el ansia de mandar de los políticos.
Claro es que la iniciativa anunciada por la presidenta madrileña tiene ventajas; claro que parece conveniente incentivar a los mejores. No todo resulta negativo en el Bachillerato de Excelencia como afirman sus detractores. Entre el blanco y el negro se extiende una sutil gama de grises. Tal vez lo prudente sería no imponer nada y sugerir a los centros privados que fueran ellos los que arbitraran fórmulas para que los mejores alumnos encuentren cauces adecuados para estimular y acentuar su formación.