«Ahí en medio está el asunto, aclarado por los libros de patología moderna, ayudado por la larga teoría de los deseos insatisfechos, iluminado con la luz lívida de la libido aclarada».(R. Gómez de la Serna, Automoribundia, 1948).
«Ahí en medio está el asunto, aclarado por los libros de patología moderna, ayudado por la larga teoría de los deseos insatisfechos, iluminado con la luz lívida de la libido aclarada».(R. Gómez de la Serna, Automoribundia, 1948).
En el recuerdo había un joven policía de 28 años, alto y delgado, sentado por vez primera en la Oficina de Denuncias, supliendo una ausencia. A Pedro, el veterano oficial, hacerle un gesto con el rostro para que mirara a la puerta, girarse sin mucha curiosidad y allí estar ella. Una mujer hermosa entrando por la puerta, como un relámpago en una noche de verano, y quedarse ambos mirándola sin poderlo evitar. Buscar asiento vacío entre las mesas hasta dar con la suya, y sentarse cruzando una pierna sobre la otra, balanceándola ligeramente, el aire resuelto y frío, y empezar a hablar desenvuelta, altiva, con aquella voz grave de marcado acento argentino. Verla de cerca, detenidamente, sin gesticular, tratando de que no se apercibiera, y llegar a la conclusión rápida de que no era una mujer cualquiera, era cualquier mujer que le hubiera apetecido ser. Llevaba su pelo negro recogido, lo que le daba a la cara un tono agresivo: el de una pantera que hubieran soltado en medio de la oficina. Tenía unas mallas negras tan pegadas a la piel, que se podían leer los misterios de la entrepierna en varios idiomas. Unos tacones de unos trece centímetros por encima del infierno, una blusa azul y una sonrisa de conocer exactamente cuánto morbo despertaba su presencia. Hablar sobre su problema mientras trataba de trascribirlo, intentando que los dedos no se le pegaran al teclado, entre las aberturas que presionaba desatinado. Encender entonces ella un cigarro, y apurar una calada profunda lanzando el humo como si fuera nostalgia. Atreverse él a abrir la boca para decir: Está prohibido fumar aquí, señora. Sonreír ella ante la advertencia, mostrando su bonita boca, que imaginaba tragando con más asco que vergüenza el desahogo de cientos hombres, dar otra calada y sin inmutarse responder, taladrándolo con aquellos ojos marrones: Y qué va a hacer, ¿ponerme las esposas?, de haber descruzado en ese momento la mujer las piernas, todo aquello podía haber sido como la escena de la Sra. Stone en Instinto Básico.—Pedro —le había preguntado, cuando la mujer cerró la puerta tras de sí, sin que ninguno de los que estaban fuese capaz de dejar de mirarla al irse—, ¿Si una mujer que acabas de conocer te da su teléfono, qué significa?Pedro, el madrileño cincuentón de pelo blanco como si hubiera enterrado su cabeza en harina, lo miró con sus ojos azules y dijo:—Que nunca tendrá saldo para llamarte ella.Había sonreído, como quien tiene la verdad absoluta de las cosas. Luego habían estado callados un rato, en el que él había terminado el atestado y el viejo oficial el suyo, recostado en la silla, como solía. Después sacó un paquete de cigarrillos y fumó uno, aprovechando que la sala estaba ya vacía y que, por otro lado, nadie se lo iba impedir.—Prostitutas y policías: aceite y agua.Sigue recordando el día en que la llamó deliberadamente, después de varias noches de insomnio en su apartamento del barrio del Pilar, que pasó con los ojos abiertos pensando en la argentina mientras sentía la lejana trepidación del tráfico en la Avenida de La Ilustración. Siempre había sido un tío correcto que no se había mezclado con nadie marginal, de familia tradicional, tercero de una estirpe de policías, estudios en un colegio de curas, de amigos estándar de clase media. Pero había algo en aquella mujer que le atraía, evidentemente era una mujer espectacular pero no se trataba de eso, aunque se negaba a reconocerlo ante sí mismo, latía en aquello un impulso personal, inexplicable, que nada tenía que ver con su aspecto físico. Algo inusualmente desprovisto de cálculo, hecho de sensaciones, atractivos y recelos. Desde que ingresara en la policía tenía habitualmente trato con ellas pero nunca jamás había llegado conocer a fondo a ninguna, se limitaba a conversar con ellas durante un breve tiempo, tras de una intervención, muchas veces para que se calmasen, y escuchar sus historias sin pasar la raya, pero ese día y con aquella mujer lo hizo: traspasó la línea. Se presentó tarde a la cita, como si en ella fuera habitual el hacer esperar, se movía como si el suelo le perteneciera, se sentó volviendo a cruzar las piernas como solo ella sabía, que esta vez sobresalían por entero de una minifalda ajustada, apoyando el codo en la mesa, fumando indolente y tirando después la colilla al suelo como si ignorase todos los ceniceros del mundo. Y hablaron de ellos, al principio de modo superficial. No estaban destinados el uno para el otro, eran, efectivamente, como dijera el viejo oficial, aceite y agua. Buscaba un tío rico que la mantuviera, y Martín era un funcionario con un sueldo normal que ese día hacía un esfuerzo para pagar aquellas copas que se tomaban (ya iban por la segunda ronda). Le gustaban el lujo, los regalos caros y los coches de alta gama. Y Martín vivía en un barrio obrero, era propietario de un Ibiza y sólo podía regalar literatura. Y lo hizo. En aquella conversación primera, acabó saliendo el escritor que llevaba dentro, y se sintió ridículo, aplastado, cuando descubrió en su réplica que ante sí tenía a la escritora con más talento que conociera jamás. La mujer frente a él podía sorprender por infinidad de cosas.Resultó que había estudiado literatura en Buenos Aires y hasta había publicado algo y escrito crítica para alguna revista literaria. Era sumamente culta, lo había leído todo acerca de los autores hispanoamericanos. Habló seguido durante veinte minutos sobre el surrealismo mágico. Y, cómo no, acabó hablando sobre Borges.—Soy hincha de Borges—declaró—. Para ser hincha de Borges, pero hincha en serio, ojo, es necesario ir todos los domingos a la cancha. No vale ser «simpatizante». Es decir, no vale comprarse los tres tomos color manzana y tenerlos a la vista en el anaquel. No vale «haber leído» a Borges. Para ser un incondicional, por lo menos la Poética Completa tiene que vivir en el baño, arriba del canasto de la ropa, junto a la revista dominical del diario y el Deportivo del lunes. Tenés que leerlo sentado en la taza. Para empezar, hay que tener claro que Borges dijo todo lo necesario que había para decir en el mundo. Si no tenés bien clarito esto, no podés ser hincha. Las demás cosas que dijo o escribieron el resto pueden estar bien o mal, pero no son tan fundamentales.
El joven policía con estudios de letras, la miraba, sorprendido, sintiendo acrecentarse su interés por la recién descubierta escritora argentina. Peleando contra sus principios y contra las señales de alarma que se le encendían en la cabeza, adonde en violentas sacudidas acudía la sangre.
—Los hinchas de Borges no somos intelectuales —proseguía—. Nos importan un carajo las siguientes palabras: semántica, silogismo, hipertexto, entrelínea y epistemología. Los hinchas de Borges no compramos nunca libros que estudian la obra de Borges, ni libros sobre su vida privada. En Buenos Aires a menudo nos juntábamos varios hinchas en un departamento a fumar porros, o a meternos rayas y a leer a Borges en voz alta, pasándonos el libro cada tanto para que no se nos secara la garganta a ninguno.Rió Martín, divertido, por su frase de «no somos intelectuales».—Empezábamos con la poética y seguíamos con algún cuento. Después, hacia las tres de la madrugada, mechábamos ensayos cortos para no caer en el fanatismo barato. Las hinchas femeninas de Borges éramos, a los ojos de las señoras de los otros edificios, más putas que las gallinas de la raza ponedora. Podía invitarse a una tertulia a señoritas decentes para disimular, incluso a vírgenes, pero entre la medianoche y el alba pasaban dos cosas: o se quedaban dormidas —en tal caso había que despertarlas y pedirles un taxi— o entienden de golpe el mundo y empiezan a manotear la poronga del que está leyendo.Martín, en ese punto, le dijo no comprender que los argentinos idolatrasen tanto a Borges, ni la veneración y el culto que éste suscitaba. No entendía tampoco por qué lo definían como el mejor escritor en castellano de todos los tiempos. Él, por entonces, era cervantino, un barroco que se había criado leyendo noventayochentistas, y la forma de narrar caótica de los hispanoamericanos en general se le atragantaba.—La literatura de Borges la juzgo tan eterna como el agua y como el aire —el tono era de enfado—. Cómo te atrevés a criticar a los argentinos. Los argentinos adoramos la literatura y somos hinchas de nuestros autores, en el modo en que adoramos el fútbol y lo somos de nuestros jugadores.—Bonita comparación —un punto sarcástico—. La literatura no es entretenimiento de masas, es otra cosa.Ella respiró hondo. Prendió un cigarrillo. Lo miró de arriba abajo y dijo:—Sos nada más un chico guapo, uno de tantos que hay, de los que aún cree que la literatura consiste en planteamiento, nudo y desenlace.—No creo haberte dicho lo que era para mí la literatura. No me juzgues sin haber leído nada mío.—No me hace falta leerte. Me basta simplemente con verte hablar: lineal y cronológico.Y le echó, desafiante, el humo en la cara. Los ojos le brillaban como ascuas.—Mi tarifa por acostarme contigo —añadió con dureza— y dejarte leer algo mío después, es de treinta mil pesetas.Ensayó una risa artificial y burlona mostrando una dentadura tan perfecta, que parecía una yegua negra que estuviera a punto de morderlo.Martín se levantó y dejando un billete sobre la mesa para abonar las consumiciones, le dijo adiós secamente, y se marchó sin tiempo para ver la expresión de su cara e ignorando si ella lo seguía con la mirada.
Se iba el pensamiento míopor entre los juncos verdesde la orillita del río.Se iba el pensamiento mío...Él iba tras su quimera.Por cortarle su carrera,por torcerle su destino,una flor dijo a su paso:—Tengo pétalos de raso...Y un pájaro; — Yo sé un trinomás claro que el cristalinomanar de la torrentera...Y el viento: — Yo sé el divinocantar de la primavera...Pero él siguió su caminoporque iba tras su quimera.
When the world falls in loveEv'ry song you hear seems to sayMerry ChristmasMay your New Year dreams come true
Arañas el tiempo con las manos y con el alma; la mirada gris, el aliento escaso. Vas tras la tarde que no acaba, tras su último reflejo; miras los altares de la tierra y del cielo con la memoria en negro, creyendo haberte desvanecido, mientras avanzas hundiendo los pies en el fango…
Nuestro agradecimiento y deseo de pronta mejoría al inspector de policía que resultó herido de gravedad por disparos de un francotirador hace cinco días, cuando se encontraba en labores de asesoramiento y de formación de nuevos policías civiles. Fue trasladado rápidamente al hospital de Srebrenica para ser operado de urgencia por voluntarios de Médicos Sin Fronteras, en la zona de seguridad de la ONU...
Mucho se ha escrito. Han corrido ríos de tinta en la inmensa bibliografía que cualquier lector puede consultar acerca de la Guerra de Liberación Española de 1936-39. En la inmensa mayoría se puede leer que el asesinato de aquel oficial —teniente, para ser exactos, del Cuerpo de Seguridad y Asalto—, acaecido en la calle de Augusto Figueroa de Madrid en la tarde-noche del 12 de julio de 1936, fue, sin duda, el motivo para cometer el brutal magnicidio en la persona del líder del Bloque Nacional, opositor al gobierno del Frente Popular, José Calvo Sotelo, en la madrugada del 13 de julio de 1936..
Tras asistir a una corrida de toros en la plaza de Las Ventas y dar un paseo con su esposa, Consuelo —con la que había contraído matrimonio el 20 del pasado mes de mayo—, el teniente José del Castillo y Sáenz de Tejada camina decidido hacia el cuartel de Pontejos, situado en la plaza del Marqués de Pontejos, junto a la Puerta del Sol, donde está ubicada su unidad, la 2.ª Compañía de Especialidades, para incorporarse al servicio nocturno.
Los relojes marcan las diez de la noche cuando Castillo, desde la calle de Augusto Figueroa, dobla la esquina hacia la de Fuencarral. En ese instante, cuatro jóvenes, al grito de «¡ese es!», disparan sobre él, quedando tendido en el suelo, herido por dos balazos que le alcanzan el brazo izquierdo y la región precordial. La bala que entró por el quinto espacio intercostal fue la que le causó la muerte casi instantánea. José Castillo fue evacuado a la clínica de la calle de la Ternera, donde nada se pudo hacer por salvar su vida.Castillo era conocido por su manifiesta filiación socialista. Con motivo de la revolución de Asturias de 1934 —un sangriento intento de insurrección contra el gobierno de la República—, José Castillo sería sometido a consejo de guerra al negarse, con la sección de morteros que mandaba, a tomar Villaviciosa y expulsar de ella a los revolucionarios. Castillo argumentó que no disparaba contra el pueblo, negándose a imponer el orden, por lo que fue detenido. Condenado y expulsado del ejército, tan solo cumpliría un año de cárcel, pues con el triunfo del Frente Popular fue amnistiado y se reincorporó al servicio.
Solicitó una plaza en el Cuerpo de Seguridad y Asalto, adonde fue destinado el 12 de marzo, concretamente a la 2.ª Compañía de Especialidades, acuartelada en la plaza del Marqués de Pontejos, en Madrid. Desde ese momento, y ya afiliado a la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA), se comprometió, junto a otros compañeros de armas, a instruir a las milicias de las Juventudes Socialistas Unificadas.El día 14 de abril de 1936, con motivo de la fiesta del quinto aniversario de la llegada de la II república, un magno desfile militar inundó las principales calles de Madrid. Al paso de las unidades de la Guardia Civil, un grupo de marxistas abucheó e insultó al Benemérito Instituto. El alférez del Cuerpo, Anastasio de los Reyes, que se hallaba entre el público, se revolvió contra aquellos insultos y se enfrentó a los matones marxistas, que lo asesinaron de un disparo por la espalda.En su multitudinario entierro, que el gobierno intentó por todos los medios prohibir, se daría a conocer, debido a su comportamiento malvado, el teniente de asalto José Castillo. Miles de personas, donde destacaban jóvenes falangistas, requetés, Renovación Española, CEDA y una ingente cantidad de policías, militares y guardiaciviles, acompañaron el féretro del infortunado alférez, en un recorrido por las calles de Madrid, desde los altos del Hipódromo al Cementerio del Este, donde sería cristianamente sepultado. La comitiva fúnebre fue atacada en numerosas ocasiones por pistoleros marxistas, sin que el gobierno enviase a las Fuerzas de Asalto para darle protección.Sin embargo, cuando el cortejo llegó a la plaza de Manuel Becerra, allí se encontraba una sección de Asalto al mando del teniente Castillo, que le cortó el paso. En ese instante, y sin ningún tipo de aviso, Castillo ordenó a sus guardias abrir fuego contra quienes iban en la primera línea del cortejo, resultando muertos, a consecuencia de los disparos, el primo hermano del Jefe Nacional de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, Andrés Sáenz de Heredia, de 24 años; Manuel Rodríguez Gimeno, de 30; y Luis Rodríguez Verges, de 23 años. Quedó malherido el miembro de la Comunión Tradicionalista, el estudiante Luis Llaguno.
Castillo, a duras penas, pudo abandonar el lugar de los hechos, protegido por sus propios hombres, ante la ira de centenares de manifestantes que quisieron lincharlo allí mismo. Tras prestar declaración en la Dirección General de Seguridad, Castillo fue puesto en libertad sin cargos y regresó al servicio.
En aquella ocasión, Castillo sí disparó contra el pueblo, sin ningún problema, como se había negado a hacer durante la revolución de octubre de 1934. El «pequeño matiz» fue que, en esta ocasión, los españoles no eran de izquierdas ni marxistas. El gobierno, de manera cómplice e indigna, protegió al sanguinario teniente, que, abusando de su cargo, había dejado tres cadáveres en las calles madrileñas, sin siquiera abrir una investigación oficial de los hechos.
Tras aquellos indignantes sucesos, José Castillo, por derecho propio, pasó a encabezar las listas de la «media España que no se resignaba a morir», Se convirtió en el centro de amenazas e incluso llegó a sufrir dos intentos de atentado.Durante años se dio por buena la teoría de que el asesinato del teniente Castillo fue el que encendió la chispa de la venganza y que, en un ajuste de cuentas, movidos por la irritación del momento y cegados por la ira, compañeros del propio Castillo decidieron, por su cuenta y de forma precipitada, llevar a cabo un escarmiento de gran magnitud, acudiendo a los domicilios de los líderes derechistas José Calvo Sotelo y José María Gil Robles para asesinarlos.
Sin embargo, el paso del tiempo ha generado numerosas dudas sobre si aquel comportamiento asesino de Fernando Condés, Cuenca, Máximo Moreno y compañía fue producto del momento o estaba premeditado con anterioridad, ya que a la comisión de tan grave delito le faltaba un móvil, que ahora, con el asesinato del teniente Castillo, se presentaba claramente..
Con motivo del asesinato, el 7 de mayo de 1936, del capitán Carlos Faraudo —destacado socialista, inspector de las milicias de las JSU y afiliado a la UMRA—, ocurrido cuando se dirigía, acompañado de su esposa, hacia su domicilio en la madrileña calle de Alcántara, por un hombre que le disparó a corta distancia, las tenidas masónicas y los miembros más reaccionarios e izquierdistas de las Fuerzas de Asalto y de la Guardia Civil prepararon una acción destinada a eliminar a las voces discordantes de la oposición.
En 1978, el antiguo miembro de las Fuerzas de Asalto, Teniente Urbano Orad de la Torre, el mismo que mandó una pieza artillera que cañoneó el 20 de julio de 1936 a los patriotas encerrados en el cuartel de la Montaña de Madrid, con su consiguiente asesinato en masa, tras su rendición, declaró en las páginas del diario El Imparcial (24 de septiembre de 1978) lo que sigue: «La decisión de asesinar a Calvo Sotelo la tomó la masonería el 9 de mayo del 36». El motivo del crimen, según Orad, era que Calvo Sotelo denunciaba el papel preponderante que tenía la masonería en el Frente Popular. No podemos obviar que el presidente de la república, Manuel Azaña era masón, al igual que el presidente del gobierno, el coruñés Santiago Casares Quiroga. Masones eran también el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio; el ministro de Estado, Augusto Barcia; ministro de Marina, el boticario José Giral; el director general de Seguridad, José Alonso Mallol; el jefe del acuartelamiento de Pontejos de la Guardia de Asalto, Teniente Coronel Sánchez Plaza. Posteriormente, Orad de la Torre desmentiría -presionado por sus familiares más cercanos, que acusaron al Imparcial de abusar de su precario estado de salud-, esas manifestaciones, en carta enviada al diario El País, unos días después. Urbano Orad fallecería en Sevilla, en 1982, seis años después de dicho reportaje.A eso se añadiría que el 10 de julio de 1936, según refirió en 1977, a través de las páginas del diario madrileño Ya, Julián Cortés Cavanillas, vicesecretario general de Renovación Española, se conocían rumores de que se proyectaba asesinar a Calvo Sotelo. El propio Cavanillas se entrevistaría, aquella mañana, con Don José, informándole de asuntos muy graves que tenían que ver con su seguridad. Uno de ellos atañía a su chófer, que según los informantes, se había «ido de lengua», al señalar algunas reuniones tenidas por Calvo Sotelo en su propio coche, con diferentes personas, en apartados lugares, fuera de Madrid. El segundo atañía a rumores dentro de la Casa del Pueblo, recogidos por un confidente que teníamos en el Partido Socialista, de que se proyectaba asesinarle, juntamente con Antonio Goicoechea y José María Gil Robles. La tercera cuestión se refería a su seguridad personal, al cambiar, como así había hecho la Dirección General de Seguridad, sin motivo aparente, la escolta que tenía asignada el líder del bloque Nacional, de plena confianza de Calvo Sotelo, por otra compuesta por funcionarios de conocidas ideas izquierdistas. Y continua Julián Cortes:«Con el tono severo y el gesto preocupado de quien se sabía protagonista de dramáticos acontecimientos, me respondió, sorprendiéndose mucho de las noticias suministradas por su chófer, diciéndome que extremaría la prudencia, aunque ya eran escasas las entrevistas que aún debía de celebrar, dado que lo que se esperaba, para que el movimiento militar se llevara a cabo, era un respuesta afirmativa de fuera de la Península. En cuanto a los rumores de un atentado contra él por elementos .Socialistas no lo creía, y sí, en cambio, que un golpe criminal podría partir de los propios aledaños del Gobierno, si eran ciertas otras noticias qué él poseía y que había transmitido tanto a Goicoechea como a Gil Robles”. Al despedirme, me añadió qué aquellos días eran difíciles y preocupantes, parque el Gobierno de Casares Quiroga sabía qué sé (preparaba una insurrección militar y civil, pero sin acertar a conocer exactamente las claves, y los personajes de la conjura».
Al día siguiente de aquella entrevista, Cavanillas recibió en su despacho de Renovación Española al confidente que la organización derechista, tenía dentro del partido socialista, comunicándole de que era inminente el asesinato de Calvo Sotelo, Goicoechea y Gil Robles. A las preguntas de Cortés Cavanillas, a fin de conocer detalles de la operación, el confidente dijo que no era fácil obtenerlos, pues en los ámbitos socialistas se comenzaba a desconfiar de él. Eso sí, señaló que en su creencia aquellos que planeaban asesinar a Calvo Sotelo, Gil Robles y Goicoechea, estaban en busca de un pretexto, alguna acción, que justificara ante la opinión nacional e internacional el asesinato de los tres jefes políticos de la derecha.A las 10 de la noche de aquel 12 de julio, a los que maquinaban el siniestro plan, se le presentó la justificación en bandeja de plata. El asesinato del Teniente Castillo. Es más, tras minuciosas pesquisas, el gobierno del Frente popular, nunca averiguó quien o quienes habían asesinado al Teniente Castillo. Sin aportar ningún tipo de pruebas, se lo atribuyó a jóvenes, en unos casos de filiación falangista, -se dio el nombre de Alfonso Gómez Cobían- en otros requetés o incluso a miembros militares, pertenecientes a la Unión Militar Española.Seguimos leyendo a Julián Cortés Cavanillas, en aquella colaboración con el diario que pertenecía entonces a la Editorial Católica. “Sin pérdida de tiempo hablé con Goicoechea, y me contestó que también había recibido noticias semejantes por otros conductos, pero que se estaban tomando las oportunas precauciones, bien para que los amenazados no durmieran en sus domicilios o para no abrir las puertas ante cualquier intento de asalto nocturno. No. obstante, el jefe de Renovación se negaba a creer que cualquier atentado contra ellos sé asumiera por él Gobierno la responsabilidad de organizarlo y ordenarlo a través de elementos secundarios del poder. Entendía, en cambio, que era necesario precaverse contra los pistoleros y asesinos de las organizaciones de Izquierda y advertir al presidente del Consejo y al ministro de la Gobernación del deber que tenían de defenderles y ampararles”.«Un periodista —continua Cavanillas— llamado Benjamín Bentura, con b, que fue más tarde redactor jefe de Logos, y que hacía información de sucesos en la Dirección General de Seguridad, contó que a las cuatro y diez de la madrugada del 13 de julio vio, desde el propio despacho donde trabajaba, un numeroso grupo de guardias de Asalto que salía de la Dirección por la puerta de la calle de Víctor Hugo. A poco llegaba una carroza fúnebre, seguida por buen número de coches oficiales. El féretro que contenía los restos del teniente Castillo fue colocado en la carroza. Un hombre joven, que había salido de la Dirección y del cual unos dijeron que era hermano de Castillo y otros primo carnal, que ejercía el cango de abogado del Socorro Rojo, se dirigió al grupo que formaban el director general de Seguridad, Alonso Mallol, y los comisarios Aparicio, Luna y Rivas, gritando: "¡Cobardes! Sacáis el cadáver a estas horas porque tenéis miedo. Le habéis matado vosotros"».«Añade Bentura que metieron a aquel hombre en un automóvil y partió la carroza fúnebre a toda velocidad y tras ella los coches oficiales. Pero lo más importante de esta revelación es lo que textualmente cuenta a continuación el mismo testigo: "Tenía yo una Información interesantísima, que hubiera sido locura publicar en "El Debate" o en cualquier otro periódico. Me la había facilitado un amigo mío, inspector de Policía. El tampoco se hubiera atrevido en aquellos momentos, la confiaría a persona en la que no hubiera tenido absoluta confianza. Poco más o menos, lo que me dijo fue lo siguiente: "Recordará usted que cuando me contó´ que Alonso Mallol, (el director general de Seguridad) había dicho que el teniente Castillo fue asesinado por los fascistas, como venganza por suponerle autor de la agresión contra un grupo de falangistas en la calle de Torrijos, le dije que ni usted ni yo podíamos creer tal patraña».«Habrá observado usted, como he observado yo, que en el asunto del asesinato de Castillo no ha actuado el juez. Esto hizo que mis sospechas aumentaran y decidí enterarme de cómo había sido muerto el teniente Castillo. Si he de decir la verdad, no he sido el único que había tenido interés en averiguar esto. Hemos puesto buen cuidado en que no se tuviera noticia de nuestras actividades, y puedo asegurarle lo siguiente: el teniente Castillo fue asesinado por las mismas personas que horas después secuestraron y asesinaron al señor Calvo Sotelo. Esto es absolutamente cierto. El teniente Castillo era amigo íntimo del teniente Moreno. Ellos, con el capitán Condes, eran los hombres de confianza de Casares Quiroga. Hace ya muchos días que se decretó el asesinato de Calvo Sotelo a fecha fija. Se llamó al capitán y a los dos tenientes y se les confió la criminal tarea. Faltaba por designar cuál de ellos había de ser el que con la gente que había ya preparada diera cima a la empresa de asesinar al ex ministro, de la Dictadura”. Pocos días después, Castillo comunicó a. sus amigos qué lo había pensado bien y que no estaba dispuesto a tomar parte en el asesinato de Calvo Sotelo. Condes y Moreno le tildaron de cobarde y de traidor”. Castillo afirmaba que podían contar con él para planear cuantos asuntos hicieran falta, pero que ni en lo de Calvo Sotelo ni en cualquier otro asesinato quería intervenir. Moreno y Condes prescindieron de Castillo y pencaron un nuevo plan. Aquel desgraciado podía ayudarles aun en contra de su voluntad».«Claro que su negativa le iba a costar cara, pero para los afanes que perseguían resultaría provechosa. Y como se pensó, se hizo. Unos guardias vestidos de paisano esperaron el paso, del teniente Castillo. Dispararon contra él y fueron a refugiarse en la Casa del Pueblo. Muerto Castillo, se dice que los asesinos han sido los fascistas, y horas después los asesinos del teniente Castillo acuerdan con el teniente Moreno y el capitán Condes, en el cuartelillo de Pontejos, la forma en que se han de llevar a cabo los secuestros y asesinatos de Calvo Sotelo, Goicochea y Gil Robles. Ha querido el Altísimo que únicamente Calvo Sotelo, el elegido, cayera asesinado. Se dice que la muerte de don José Calvo Sotelo ha sido una represalia por la del teniente Castillo, y lo cierto es que este último fue asesinado porque se negó a matar al .señor Calvo Sotelo. Todo, como usted ve, muy bien planeado».
Camioneta Hispano-Suiza rotulada con el número 17 Dirección General de Seguridad. Compañías de Asalto. En ella se asesinó a José Calvo Sotelo en la madrugada del 13 de julio de º1936.
Carlos Fernández Barallobre.Lo que no admite ninguna duda es la filiación de los miembros que integraron aquellos siniestros convoyes, que recorrieron las calles de Madrid en busca de José Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea y José María Gil Robles con la intención de asesinarlos, siendo la mayoría de ellos muy cercanos al socialista Indalecio Prieto.Al mando de la camioneta rotulada con el número 17 de la Dirección General de Seguridad, que fue en busca de Calvo Sotelo, iba, vestido de paisano, el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés, instructor de las milicias socialistas, quien se había reincorporado al citado cuerpo gracias al triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, por el cual fue amnistiado tras haber sido condenado y expulsado del ejército por su intentona de tomar el Parque de Automóviles de la Guardia Civil de Madrid durante la revolución de octubre de 1934.
Junto a él viajaron en la famosa camioneta: José del Rey Hernández, guardia de Asalto, socialista, adscrito a la escolta personal de la diputada socialista Margarita Nelken; el estudiante del último curso de Medicina Federico Coello García, afiliado al Partido Socialista y persona muy cercana a Indalecio Prieto; Luis «Victoriano» Cuenca, autor material del asesinato de Calvo Sotelo, pistolero socialista perteneciente a la «Motorizada», guardaespaldas y persona de absoluta confianza de Indalecio Prieto; y los miembros de las Juventudes Socialistas y de la «Motorizada», Santiago Garcés y Francisco Ordóñez.
Formaron también parte del convoy los guardias de Asalto Orencio Bayo Cambronero, que conducía el vehículo, y los guardias Amalio Martínez Cano, Enrique Robles Rechina, Sergio García, Bienvenido Pérez Rojo, Ismael Bueso Vela, Ricardo Cruz Cousillos y Aniceto Castro Piñeira.
Tras aquella camioneta —toda la operación coordinada por el comandante de la Guardia de Asalto Ricardo Burillo y dirigida por el teniente del mismo cuerpo Andrés León—, salió del acuartelamiento de Pontejos otro vehículo ocupado por los oficiales del Cuerpo de Asalto: los capitanes Antonio Moreno Navarro e Isidro Avalos Cañada, y los tenientes Andrés León Lupión, Alfonso Barbeta y Máximo Moreno. Ellos serían los encargados de ir en busca de Gil Robles y Goicoechea, a quienes, afortunadamente, no encontraron en sus domicilios.
Fernando Condés, una vez cometido el alevoso asesinato, informó de la «acción» a Indalecio Prieto, quien lo escondió y protegió, e incluso, según algunos testimonios, lo disuadió del suicidio. Gracias a otro conspicuo socialista, Juan Simeón Vidarte, Condés fue ocultado en la casa de la diputada socialista Margarita Nelken. Posteriormente, miembros cercanos a Prieto serían quienes robaron, a punta de pistola, el sumario del asesinato de Calvo Sotelo.
Elegía, a la tradición de España
Me duele España en mí, como si fuera carne en mi carne: siento como el temblor de un viejo tronco al viento o el desasirse de una enredadera.Ramas tronchadas de una primavera, siento en mí los sentires más amados como Cristos manchados de sangre y de saliva: ¡y me duele en el alma, en carne viva, la mella de los siglos arrancados!Yo no soy luz que brilla pasajera entre nubes, ni lamento perdido en soledad, ni hoja amarilla danzarina de otoño sobre el viento: no es una pluma en el azar mi vida ni soy un punto, solo, sin medida ni dimensión, que encierra en sí mismo su ser todo agotado. Todo en mí, carne y luz, lo han amasado los muertos y la tierra: las dos manos fecundas del pasado.Yo soy un alma amiga de otras almas que fueron mis iguales: rojo coral en banco de corales, gota de un mar y grano de una espiga. Mis ansias y sentires terrenales no son silvestres rosas nacidas, sin semillas, en mi pecho...¡Yo soy lo que me han hecho los siglos y las cosas!* * *Venimos de otras horas. Somos ecos lejanos en los vientres azules de los montes del Tiempo. Era ya nuestra vida como chispa nacida de la llama primera de un primer pensamiento, cuando todo era masa sin formar en las manos del Señor, y lamento sin palabra ni nombre la futura querella: cuando no era la rosa, ni la luz, ni la estrella, y la caña era virgen del abrazo del viento.Y después, cuando el dedo, todo luz y armonía, del Señor de las cosas, como rayo del día tembloroso entre brumas, con cantiles de rocas y guirnaldas de espumas, demarcaba un pedazo del planeta, y decía:«Esta huerta de flores que yo torno por mía, será España, señora de la tarde y la aurora, de la paz y la guerra; hija buena y fecunda, que tendrá desde ahora una estrella en los cielos y un camino en la tierra»: desde entonces, lejana, silenciosa, escondida, al compás y medida que iba España naciendo, como un tallo de flores, en aquel hervidero de promesa y ardores, con sus mismas esencias, se iba haciendo mi vida.Yo no soy flor nacida para todos los vientos ni camino perdido para todos los pasos: yo no soy pluma suelta de destinos y acasos arrojada a los aires, cual despojo maldito.Yo he nacido a la sombra de un mandato infinito, de un misterio fecundo donde, en letras de estrellas, mi sendero está escrito...¡Yo he venido a la vida con un nombre bendito! ¡Yo no soy hospiciano de las patrias del mundo! Tengo nombre, y recuerdo, y linaje, y pasado; tengo un eco de siglos conocido y amado que acompaña mis pasos y responde a mi voz...¡Yo soy flor en las flores de un jardín bien nombrado y mi tierra era tierra bendecida de Dios! Cuando España nacía, yo era ya una indecisa claridad en su día, y un. reflejo perdido de la luz de su fiesta, y una gota en la fuente de su arroyo primero, y una letra futura de su verso y su gesta, y una estrella lejana de su noche de enero.Cuando España nacía, yo era ya, con mi vida, como un ramo de flores para España segado del jardín del Eterno: yo era ya blanca nieve que esperaba su invierno y era grano en la espera de los nuevos calores.Cuando España nada, yo era ya un alarido confundido en el cuerno que llamaba a sus hijos, por la Cruz, a la lid; y era soplo en el viento que agitaba su enseña, y era luz en el alba que pintaba, en Cardeña, con suspiros violetas, la armadura del Cid.* * *¡España, España, España! ¡Y quieren arrancarme la memoria y vendarme los ojos! ¡y ennegrecer, sobre el azul, los rojos y sangrantes ponientes de tu historia!¡Y quieren separarme de la esencia de ti, como la carne de la uña!¡Rosa de Cataluña!¡Encina de Castilla: verde plumero heroico sobre el casco de Gredos! ¡Pinares y robledos: sonoros escuadrones frente a los vientos largos de la tarde! ¡Rojos muros preclaros, regados en la tierra donde ardela cosecha entre risas de cigarra!¡Picachos de Navarra!¡Prados de Balsaín, verdes y claros!¡Y vosotras, las frías crestas del Pirineo, y la calzada de Galicia, regada de fervores, y las blancas aldeas, y las rías: puñaladas de azul entre las flores!¡Y Valencia! ¡Y las dos Andalucías: la griega y la moruna!¡Todas, todas a una las Españas en pie: todas, al viento, con la mano en la espada y el aliento contenido y la voz ancha y sonora, todas puestas en cruz, en esta horade un solo amor y un solo juramento!¡España, España!... Aguza los oídos: que con un dulce dejo y dolor blando, sombras con luna van por los egidos de Salamanca y de Alcalá, llorando...Lloran la copla de la mal casada que a la orilla del golfo verde y oro, sueña el mal sueño de su amor doliente; lloran por su rosal y su tesoro, perla ayer la mejor de su corona: hija de las sirenas del oriente, novia del mar azul, luna naciente...¡clara, limpia y perfecta Barcelona!¿Y llegará el momento en que retumbe toda España al viento, con los secos hachazos de la tala del bosque ayer tan prieto y tan tupido?¿Y arrojará algún brazo descreído, como un puñado de simiente mala, las arras de Isabel, en el olvido? Se ha cubierto la tarde de Castilla con esa luz opaca y amarilla que presagia tormentas...Y yo he visto, bajo la luz agónica y rosada con que una lamparilla velaba junto a un Cristo,yo he visto, en la capilla de Reyes de Granada, donde duerme la Reina enamorada de las altas querellas, brotar, soñando yo, de sus pupilas, lágrimas que enjoyaban, corno estrellas, la mustia flor de sus ojeras lilas.* * *Me siento solo. Triste y amarilla, la puesta del sol arde sobre los montes. Brilla la hoguera al lejos; la corneja chilla...¡Tengo miedo, Señor, en esta tarde nublada sobre el campo de Castilla! Señor, Señor:¡por todas esas cruces que disparan al cielo los campos españoles!¡Por los tibios resoles y las luces azules y violetas del sol del pueblo sobre el campanario!¡por la ermita, entre chopos, junto al río!¡por el ave-maría del rosario del alba, rosa blanca, entre el rocío!¡por la luz y las flores y los siete puñales de la Virgen que llora, entre cristales, con lágrimas de cera, sus dolores!¡por el Pilar y Atocha y la Almudena y Regla y Setefilla: por la Esperanza y por la Macarena!¡por la luz misteriosa de la noche santa y amarga de la maravilla!¡por la seda y el oro y el derroche gitano de los pasas de Sevilla!¡por todas esas flores de la casa paterna!¡por toda aquella tierna fe de nuestros mayores:¡en esta hora de angustias y dolores, piedad, Señor, para la España eterna!¡Piedad, Señor, para los malhechores que riegan sal y ortigas por los suelos!¡Pon los siete colores de tu arco de perdón sobre los cielos!¡Hunde en el polvo el odio y la arrogancia Siembra rosas de olvidos y perdones y unge de compasión y tolerancia labios y corazones!¡Danos la paz! ¡Acerca a los hermanos! Abre acequias de amor en los secanos y pon el agua de la Vida en ellas! ¡Tú, que tienes el viento y las estrellas, Señor de los Señores, en tus manos!