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lunes, 23 de marzo de 2026

El entierro a tiros

El entierro a tiros

 



La Segunda República española fue cosa rara, tirando a esperpento, como esas comidas recalentadas que uno no sabe si le van a sentar mal o a matarlo directamente. Y lo peor no fue lo que pasó —que ya tuvo tela—, sino lo que algunos han contado después, con más fantasía que vergüenza. Porque hay que tener cuajo para convertir aquel lodazal en una función de teatro mal ensayada, con héroes de cartón y villanos de opereta. No hacía falta. La realidad ya venía lo bastante torcida.
El 14 de abril de 1936, aniversario de la criatura, Madrid se puso de tiros largos, o eso pretendía. Desfile por la Castellana, banderas, música, autoridades en tribuna. Arriba, Manuel Azaña, serio como una mala noticia, bajo la bandera tricolor. Abajo, milicianos socialistas vestidos con camisa azul, corbata roja y pañuelo al cuello, como si no acabaran de decidir si iban a una romería o a partirle la cara a alguien. España, ese país donde lo grotesco se toma en serio.

El desfile empezó sin novedad, que ya era novedad en sí misma. Pero a los veinte minutos apareció un tal Isidro Ojeda, falangista, con ganas de dejar su firma. Se acercó a la tribuna y lanzó un artefacto que hizo ruido y humo. Una traca, poca cosa. Pero bastó para que el personal se pusiera a correr como gallinas sin cabeza. Durante unos segundos, el miedo se hizo dueño del aire, espeso y caliente. Azaña no se movió. Otros sí. Cada cual se retrata como puede.
La cosa se calmó, pero sólo lo justo. Porque cuando pasó la Guardia Civil, empezaron los gritos: unos aplaudiendo, otros berreando vivas a Rusia y mueras al Cuerpo. Y entonces, como quien no quiere la cosa, sonaron tiros. El alférez Anastasio de los Reyes estaba por allí, de paisano, mirando el desfile como quien mira llover. No tenía obligación de meterse en líos. Pero se metió. Quizá por oficio, quizá por carácter, quizá porque en aquel tiempo uno acababa haciendo lo que no quería. Intentó poner orden. Y acabó en el suelo, con un tiro por la espalda.

Murió allí mismo, en mitad de la calle, sin épica y sin música. Después vino el resto, que es donde la historia se vuelve más sucia. El Gobierno quiso enterrar el asunto deprisa y sin ruido, como quien barre debajo de la alfombra. Funeral discreto, sin alboroto. Pero la familia y algunos mandos dijeron que no, que aquello no se tapaba así. Y entonces pasó lo que pasa cuando la autoridad se queda en palabras: que otros hacen lo que les da la gana.
Fueron al depósito, se llevaron el cadáver y santas pascuas. Sin permiso, sin papeles y sin pedir perdón. A plena luz del día. Nadie los paró. Nadie pudo. O nadie quiso.

El féretro salió a la calle y empezó a rodar Madrid arriba, acompañado por uniformes, por caras tensas, por gente que olía la tormenta. Aquello ya no era un traslado. Era un desafío.

El entierro, fijado para una hora incómoda, se cambió sobre la marcha. Decisión de los presentes. Desobediencia clara. Y el día señalado, la ciudad entera parecía saberlo. A pesar de órdenes y maniobras, la comitiva fue grande. Y fea.

Porque pronto empezaron los tiros. Otra vez. Disparos desde esquinas, desde ventanas, desde donde se pudiera. La gente respondía. Militares y civiles avanzaban armados, escoltando al muerto como si fuera un tesoro o una excusa. Un entierro con fusiles. Un entierro con miedo. Un entierro con ganas de bronca.

Hubo peleas, carreras, insultos. En un punto, asaltaron un edificio desde donde les disparaban. En otro, alguien propuso llevar el cadáver al Congreso, como si aquello pudiera acabar bien. Por suerte —o por cansancio— no se hizo.

Pero la sangre ya corría. En Manuel Becerra, la cosa se desbordó del todo. Allí estaba el teniente Castillo, con sus hombres, intentando poner orden en un lugar donde el orden ya no existía. Y disparó. Contra la gente. Con bala de verdad. Tal vez por miedo, tal vez por rabia, tal vez porque ya daba igual.

El resultado fue el de siempre cuando se pierde la cabeza: muertos y heridos. Seis muertos. Treinta y dos heridos. En un entierro. Conviene repetirlo, por si alguien no lo ha entendido: en un entierro.
Aquello no fue un accidente. Fue una señal. De que el país estaba roto. De que las dos mitades ya no se hablaban, ni se soportaban, ni se reconocían. De que cualquier chispa podía prender fuego a todo.
Y el Gobierno, mientras tanto, hizo lo que peor podía hacer: mirar a un lado. Castigar a unos, perdonar a otros, y dejar que el resentimiento creciera como mala hierba. Ni siquiera cuando un policía disparó contra la multitud se tomaron medidas serias. Nada. Silencio. Y a otra cosa.
Pero las cosas no se olvidan. Se guardan. Poco después, el propio Castillo caería abatido. Y luego vendría lo demás, que ya se sabe: venganzas, represalias, nombres que hoy suenan en los libros y entonces sonaban a muerte.
El entierro del alférez De los Reyes no empezó la guerra. Pero ayudó. Como ayudan las gotas que colman el vaso, o los empujones que terminan tirando al que ya estaba al borde.
En aquella España, la gente empezó a pensar —y no sin motivo— que era más seguro jugársela contra el Gobierno que quedarse quieto esperando. Y cuando un país llega a eso, lo demás viene solo. Sin prisa, pero sin remedio.

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