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jueves, 26 de marzo de 2026

Oviedo cercada: promesa y acero en el otoño de 1936


 Oviedo cercada: promesa y acero en el otoño de 1936





La noche del 17 de julio de 1936 cayó sobre Oviedo con una gravedad que no traían los relojes, sino los rumores. En los cafés se hablaba bajo; en los balcones, las sombras parecían escuchar. Llegaban noticias desde Marruecos, noticias de pólvora y de disciplina, de columnas que se alzaban como si el mapa de España hubiese decidido erguirse sobre sí mismo. Y, como si la ciudad hubiese oído un toque de campana invisible, el Frente Popular llamó a sus militantes, y Oviedo comenzó a llenarse de pasos apresurados y de voces tensas. 

A la mañana del día 18, aún con la bruma del amanecer apoyada en las torres, el coronel Aranda —recto como una espada en su vaina— ordenó la concentración de la Guardia Civil. Desde los caminos asturianos comenzaron a llegar, silenciosos y firmes, los guardias, mientras la ciudad, por su parte, se llenaba de obreros y mineros descendidos de las cuencas. Venían con mono y pañuelo rojo, como si el trabajo y la lucha se hubieran fundido en un mismo uniforme. Algunos traían armas guardadas desde la tormenta del 34; otros sólo traían la determinación, que a veces pesa más que el hierro. 

El gobernador civil pidió armas; Aranda pidió órdenes. La ciudad pidió certezas; nadie las tenía. Y aun así, doscientos mosquetones fueron entregados en Santa Clara, como si aquel gesto fuese una chispa arrojada sobre un campo seco. Mientras tanto, en la estación, partía la llamada expedición de mineros hacia Madrid. El tren avanzó entre vapores, y parecía que Asturias misma, hecha de carbón y de coraje, enviaba su aliento hacia la capital. 

El día 19 amaneció con la inquietud prendida en los tejados. Las armas no bastaban, y la exigencia crecía. Llegó la orden del ministro; llegó también la respuesta de Aranda, escrita con tinta que parecía acero: no cumplir, por honor y por patria. En la Sala de Banderas, los oficiales escucharon palabras que no eran sólo órdenes, sino destino. Había que dominar Oviedo, reducir los focos, evitar una lucha inútil… aunque nadie ignoraba que la lucha ya respiraba en las calles. 

Fue entonces cuando el nombre del comandante Caballero cobró relieve, como esas figuras que, al cambiar la luz, emergen con nitidez del fondo del cuadro. Nacido en Vitoria en 1890, había abrazado la milicia casi desde la adolescencia, y su vida se había ido templando, año tras año, en la disciplina del cuartel y en el cumplimiento silencioso del deber. En la revolución de 1934 defendió el Gobierno Civil, y más tarde mandó el 10.º Grupo de Asalto en Oviedo, donde su figura quedó asociada al orden firme y a la autoridad sin aspavientos. 

Los sucesos políticos de 1936 y la llegada del nuevo poder le apartaron del Cuerpo; pidió la baja y marchó a Zaragoza, como quien se retira con dignidad, sin ruido ni queja. Pero la historia —que a veces llama a los hombres por su nombre— lo trajo de nuevo a Asturias en las vísperas decisivas. Volvió para colaborar con Aranda, y en su gesto había esa serenidad grave del profesional que no improvisa y esa resolución íntima del hombre que sabe que los instantes decisivos no admiten demora, porque la historia, cuando pasa, no concede prórrogas ni segundas oportunidades

Cuando llegó al Regimiento Milán se presentó al coronel Aranda. Las palabras entre ambos fueron breves, casi ceremoniales: la guarnición estaba unida al movimiento y sólo quedaban indecisas las compañías de Asalto. Caballero respondió sin vacilar que estaba al servicio de España, y prometió dominar el cuartel de Santa Clara antes de una hora.

Se encaminó hacia allí con unos pocos hombres. Ante el retén que vigilaba el acceso, avanzó solo, con una mezcla de audacia y autoridad. Dio a escoger: obedecerle o disparar. Los guardias, conmovidos por su determinación, se pusieron a sus órdenes. El cuartel estaba lleno de milicianos armándose; subieron por escaleras estrechas, se produjeron disparos, y Caballero recibió un rasponazo en el hombro. Aun así, se asomó y proclamó que el cuartel quedaba bajo control. La confusión se adueñó del patio; los resistentes se replegaron, y en menos de una hora, como había prometido, Santa Clara quedó dominado.
Aranda dispuso entonces la defensa. Se ocuparon posiciones, se aseguró la Loma de Pando, y el 20 de julio, a las diez, una compañía salió con bandera, banda y música. Sonó el himno de Riego, y entre notas y fusiles, se declaró el estado de guerra. Era una escena casi ceremonial, como si la historia, incluso en su crudeza, no quisiera renunciar a cierta solemnidad.
 
Los meses de julio y agosto pasaron con una calma engañosa. En septiembre, la presión se hizo más dura; en octubre, el cerco se cerró. En los combates de la Loma del Canto cayó el teniente coronel Iglesias, y Caballero, al conocer la noticia, marchó a hacerse cargo de la posición. Recuperó una altura perdida y continuó alentando a los defensores hasta que una herida gravísima en la cabeza lo derribó. No murió, pero perdió un ojo, como si la guerra hubiese querido dejar en su rostro la señal permanente de aquellos días. 
Y cuando todo parecía inclinarse hacia el derrumbe, en la noche del 16 al 17 de octubre, desde El Escamplero avanzó la columna de socorro. Marchaba con urgencia, con ese paso que sólo conocen quienes saben que el tiempo es un enemigo más. Al atardecer del día 17, en la calle Independencia, se produjo el encuentro: defensores y socorristas se reconocieron entre el polvo y la emoción. El cerco se había roto. Y fue como si, de pronto, la ciudad entera hubiese recuperado el pulso, como quien, tras larga congoja, vuelve a sentir el aire limpio en los pulmones. Oviedo respiraba; respiraba con ese aliento hondo y agradecido que sólo conocen las plazas que han mirado de cerca a la muerte y han decidido seguir viviendo. 

Luego vendrían los años, con su cortejo inevitable de cargos, honores y controversias; la vida —que siempre prosigue— llevaría al comandante, ya general, por caminos más serenos, lejos del fragor de aquellos días encendidos. Pero Oviedo, celosa guardiana de su memoria, conservaría en lo más íntimo la estampa de aquel octubre: una ciudad cercada como una fortaleza antigua, unos hombres firmes como columnas, y entre ellos la figura de quien había empeñado su palabra y la había cumplido con la exactitud solemne de un juramento. 

Y la ciudad, herida pero erguida, contempló el crepúsculo con esa emoción silenciosa de quien vuelve a ver la luz después de una larga vigilia. Porque hay instantes en que la historia no se escribe con tinta ni con discursos, sino con el latido obstinado de una ciudad que, aun sangrando, decide no arrodillarse. Y entonces —como en aquella tarde— el cielo parece más alto, las campanas más hondas y la patria, aunque fatigada, vuelve a sentirse viva.

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