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lunes, 23 de marzo de 2026

Muerte en 14 de abril


Muerte en 14 de abril



 A Anastasio de los Reyes lo conocían pocos, y los que lo conocían tampoco tenían mucho que contar. Era un hombre seco, de esos que han pasado media vida obedeciendo órdenes y la otra media esperando que alguien se las dé. Había nacido en un pueblo de Toledo, de familia pobre y sin historia, y entró en la Guardia Civil siendo casi un muchacho, cuando todavía creía que el mundo era una cosa más o menos ordenada. Con los años se le fue quitando esa idea.

No era un hombre brillante ni ambicioso. Ascendió despacio, como ascienden los que no empujan a nadie: por antigüedad, por paciencia, por estar siempre donde se le mandaba. Cuando en 1936 le dieron el grado de alférez, ya tenía más de cincuenta años. Era un ascenso tardío, casi una broma administrativa, fruto de esos cambios que hacen los gobiernos sin pensar demasiado en las personas. A él le daba igual. Había aprendido a no esperar gran cosa.
Vivía en Madrid y trabajaba en el Parque de Automóviles de la Guardia Civil. Llevaba una vida tranquila, sin sobresaltos, o eso parecía. Pero en aquel Madrid de 1936 la tranquilidad era una apariencia frágil, como el cristal fino.

El 14 de abril, aniversario de la República, decidió ir a ver el desfile. No iba de uniforme. Quería mirar, simplemente, como un espectador más. Quizá por curiosidad, quizá por costumbre, quizá porque no tenía nada mejor que hacer. La ciudad estaba inquieta. Había gente en las aceras, grupos que hablaban alto, otros que callaban. Se notaba una tensión sorda, difícil de explicar pero fácil de sentir. Cuando pasaron las unidades de la Guardia Civil, empezaron los gritos. Unos aplaudían, otros insultaban. Era como si cada cual llevara dentro una pequeña guerra.

Anastasio no era hombre de quedarse quieto si veía un desorden. Se acercó, discutió con unos jóvenes, gritó también. Dicen que gritó «España». Puede ser. En aquellos días todo el mundo gritaba algo. Luego vinieron los disparos. Fueron rápidos, secos. Nadie supo bien de dónde salieron. Anastasio sintió el golpe antes de entender lo que pasaba. Cayó al suelo. No tuvo tiempo de pensar gran cosa. Quizá en su casa, quizá en su hijo, quizá en nada. Murió como había vivido: sin ruido.

Lo llevaron a un hospital, pero ya no había nada que hacer. Allí, revisando sus papeles, supieron quién era. Un alférez de la Guardia Civil muerto en plena calle, en el centro de Madrid. Aquello no era un incidente más. Era otra cosa. Las autoridades se inquietaron. No por él, que ya estaba muerto, sino por lo que podía venir después. Intentaron que todo fuera rápido, discreto. Un entierro sin gente, sin palabras, sin problemas. Como si la muerte pudiera esconderse. Pero las cosas no son tan fáciles.

El hijo, David, quiso el cuerpo de su padre. Se lo negaron. Entonces fue a ver a los compañeros del muerto. Y los compañeros, que tenían un sentido más simple de la justicia, decidieron actuar. Fueron al depósito y se llevaron el cadáver. No hubo grandes discursos ni planes complicados: entraron, lo cogieron y salieron. A veces las cosas más graves se hacen así, con una naturalidad que asusta. 
El féretro fue llevado al cuartel. Allí empezaron a llegar hombres: guardias civiles, militares, curiosos, gente que no sabía bien por qué estaba allí pero sentía que debía estar. El ambiente se fue cargando poco a poco.

El entierro se fijó para la tarde, en contra de lo que quería el Gobierno. Ya no era sólo un entierro. Era una especie de desafío. Cuando salió la comitiva, Madrid estaba tenso como una cuerda. Al principio todo fue más o menos ordenado. Luego empezaron los insultos. Después, los disparos. Desde una esquina, desde una ventana, desde un edificio en obras. Nadie sabía bien quién disparaba. O tal vez sí, pero daba igual. 
La gente corría, se agachaba, respondía al fuego. El cortejo avanzaba entre tiros, como si aquello fuera lo más natural del mundo. Algunos llevaban armas. Otros no. Todos llevaban miedo.

Hubo peleas, persecuciones, confusión.

En un punto, un grupo asaltó un edificio desde donde habían disparado. En otro, se discutió cambiar el recorrido y llevar el cadáver al Congreso. La idea tenía algo de locura y algo de lógica. Al final no se hizo. Pero la violencia siguió.  En la plaza de Manuel Becerra, todo estalló. La Guardia de Asalto intervino. Al mando iba un teniente, Castillo, hombre de ideas firmes y carácter nervioso. Dio la orden de disparar.
Y dispararon.
Cuando terminó todo, había muertos en el suelo. Seis. Y muchos heridos. Demasiados para un entierro.

El féretro, mientras tanto, siguió su camino hacia el cementerio, casi en silencio, como si ya no importara. Lo que pasó después fue una cadena de hechos que parecían inevitables. Mataron a Castillo. Luego mataron a José Calvo Sotelo. Y después vino lo demás, que ya no tuvo remedio. La muerte de Anastasio de los Reyes fue una más en un país donde empezaban a sobrar muertos. Pero tuvo algo especial: ocurrió en el momento justo, en el lugar preciso, cuando todo estaba a punto de romperse.
Y se rompió.

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