Como modesto aficionado a los estudios de la Segunda República y de la Guerra Civil, no deja de llamarme la atención el escaso relieve que, por lo común, se concede a los sucesos acaecidos en Yeste durante la segunda mitad de mayo de 1936. Se diría —y no sin fundamento— que la voluntad, entonces patente, de amortiguar su trascendencia por parte del Gobierno ha terminado por filtrarse, a través de la literatura posterior, hasta la mesa de no pocos investigadores y lectores de nuestro tiempo.
Y, sin embargo, Yeste debería ocupar un lugar propio en el imaginario republicano. No tanto por el número de víctimas —comparable, aunque no superior, al de Sucesos de Casas Viejas— como por su hondo significado: el choque frontal entre los movimientos rurales de izquierda y el poder constituido, encarnado, en el campo, por la Guardia Civil.
Conviene, para entenderlo, proceder con orden.
En la aldea albaceteña de La Graya, los jornaleros habían recurrido a una práctica nada infrecuente en aquellos años: trabajar tierras sin previo consentimiento del propietario, para reclamar después el jornal correspondiente. La comarca, ya de suyo conflictiva, arrastraba además una situación particularmente grave desde que la construcción del pantano de Fuensanta anegase extensas zonas de pinar, privando de sustento a cerca de mil familias que vivían de su explotación.
La llegada al poder del Frente Popular trajo consigo algunos intentos de encauzar el problema: se creó una Comisión Gestora y se autorizó la tala en un monte comunal, la Dehesa de Tus. Más tarde, los jornaleros roturaron también la Solana del río Segura. Pero, agotadas estas posibilidades, extendieron su acción a terrenos cuya condición comunal era, cuando menos, dudosa. Los arrendatarios de dichos montes, los hermanos Alfaro, acudieron entonces a las autoridades.
Persistiendo las talas, fue enviada a la zona una fuerza de la Guardia Civil con órdenes de impedirlas. La respuesta de los campesinos, reunidos en asamblea, fue la de proseguir con su actividad. Cuando uno de los guardias fue comisionado para solicitar refuerzos en Yeste, fue interceptado por los jornaleros, lo que elevó de inmediato la tensión.
La noticia llegó a la cabecera del término, donde el brigada Félix Velando Gómez, tras entrevistarse con el alcalde, decidió acudir a La Graya en la noche del 27 de mayo. El alcalde, en su arenga a los campesinos, recomendó formalmente acatar la legalidad; mas, en un gesto final no exento de ambigüedad, levantó el puño y concluyó con un «¡Salud, camaradas! Ya sabéis lo que tenéis que hacer», sembrando inquietud entre los agentes.
Aquella misma noche, reforzada ya la dotación de la Guardia Civil, la casa en que se alojaban los guardias fue rodeada por una multitud hostil. Una salida con disparos al aire bastó para dispersarla momentáneamente, procediéndose a la detención de seis dirigentes campesinos.
El día 28 transcurrió sin incidentes visibles, aunque no inactivo: fue jornada de preparativos. Al amanecer del 29, cerca de dos mil campesinos se habían concentrado entre La Graya y Yeste, dispuestos a impedir el traslado de los detenidos. A pesar de conocer el riesgo, la fuerza —diecisiete hombres— emprendió la marcha.
Entre tanto, en Yeste se buscaba una solución. El brigada Velando aceptó, no sin reservas, liberar a los detenidos bajo la condición de que compareciesen ante la autoridad municipal en el plazo de veinticuatro horas. Con tal propósito salió al encuentro de la fuerza.
El encuentro, sin embargo, se produjo en condiciones ya irreversibles. La Guardia Civil, ante la presencia de la multitud en posición elevada, ocupó un cerro cercano. Fue entonces cuando, pese al anuncio de la liberación de los presos, la masa campesina, excitada por consignas y gritos, se lanzó al asalto.
Lo que siguió fue menos un combate que una explosión de violencia desordenada. Un guardia, Pedro Domingo Requena, murió en la primera acometida; varios más resultaron heridos. Hubo desarme parcial, disparos cruzados, confusión absoluta. Solo la acción sostenida de unos pocos agentes logró, finalmente, dispersar a los atacantes.
El balance fue trágico: diecisiete campesinos muertos, además de las bajas en la fuerza pública. Los supervivientes regresaron a Yeste con sus heridos y su muerto, dejando atrás un episodio que, por su crudeza, difícilmente podía ser reducido a una simple nota marginal.
Pese a ello, así ocurrió. En los días siguientes, y singularmente tras la intervención parlamentaria de figuras como Antonio Mije, se impuso una interpretación que, a la vez que denunciaba el supuesto exceso represivo, exoneraba al Gobierno de toda responsabilidad, desplazando la culpa hacia factores secundarios. Era, en cierto modo, una forma de no mirar de frente.
Yeste no es Casas Viejas. Allí hubo ejecución de detenidos; aquí, en gran medida, defensa desesperada. Pero ambos episodios comparten un rasgo inquietante: la dificultad del poder para asumir, sin ambages, las consecuencias de su propia política de orden público.
Yeste revela, además, el estado del campo español en la primavera del 36: un mundo en el que la esperanza había empezado a trocarse en impaciencia, y ésta, con demasiada facilidad, en violencia. No se trataba ya de un fenómeno circunscrito al sur; alcanzaba, como vemos, a provincias como Albacete, señal de una extensión más profunda del malestar.
El Gobierno, atrapado entre la comprensión hacia sus bases sociales y la obligación de mantener el orden, osciló peligrosamente entre ambas exigencias. Y en esa oscilación, al no afirmar con claridad la legitimidad del uso de la fuerza cuando era atacada, transmitió a amplios sectores de la sociedad una impresión de debilidad que no podía sino agravar la crisis.
Tal vez por eso Yeste fue, en su momento, silenciado. No convenía a nadie: ni a quienes querían ver en la República un orden perfecto, ni a quienes preferían reducirla a un caos absoluto. Pero la historia, cuando es verdadera, no admite tales comodidades. Yeste permanece, así, como un episodio incómodo, sí, pero también revelador: un espejo, acaso, en el que se reflejan las tensiones irresueltas de toda una época.
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viernes, 20 de marzo de 2026
Yeste
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