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jueves, 26 de marzo de 2026

Romance en memoria del protector

 

Romance en memoria del protector


 

En la mañana gris del barrio,
cuando el cielo llora lento,
un reloj midió el destino
con metálico silencio.
Trece minutos y trece
sobre el filo del invierno,
y la suerte del más justo
se jugaba en un momento.

Dentro, el miedo era un susurro
temblando entre los reflejos,
una muchacha apretaba
contra el pecho su secreto;
y un hombre, con manos duras
de trabajo y desaliento,
miraba al suelo pensando
que el dolor llega sin precio.

Entraron sombras armadas,
con la prisa de los necios;
y el aire se hizo de plomo,
y el latido, más pequeño.
Pero afuera, en la esquina,
dos guardianes del silencio
con café aún en los labios
recibían su llamamiento.

No sabían que la historia
ya les abría su cuaderno,
ni que el barro de la calle
iba a tornarse lucero.
Uno miró hacia la vida,
otro hacia el deber más cierto,
y avanzaron entre sombras
como quien cruza un desierto.

—Deja a la niña —dijo firme—,
no te lleves su recuerdo.
Pero el odio, que es cobarde,
respondió con gesto fiero.
Entonces, como en la infancia,
cuando el valor fue primero,
guardó el arma y alzó el puño
contra el filo del acero.

Fue relámpago en la lluvia,
fue campana en el silencio,
fue justicia que, sin ruido,
rompe el miedo desde dentro.
Y al caer la tarde herida
sobre el barrio estremecido,
la sangre del hombre noble
se mezcló con el aguacero.

Dicen que el cielo callaba,
dicen que el tiempo era lento,
que la niña vio en sus ojos
un adiós casi deshecho.
Y él pensó en un niño solo
esperando el nacimiento
del Belén de cada año
bajo el calor del recuerdo.

Mas no quiso la fortuna
que se apagara su aliento;
porque hay hombres cuya vida
no se rinde al desaliento.
Y la sangre de tres manos,
como un milagro discreto,
volvió a encender la esperanza
que latía en su silencio.

Desde entonces, cuando llueve
sobre el barrio marinero,
hay quien mira a las farolas
como buscando un destello.
Dicen que es la estrella blanca
del valor y del esfuerzo,
que se posa en los que cumplen
sin pedir jamás un premio.

Y que en cada sorteo humano
donde el azar va jugando,
el mayor de los tesoros
no lo dicta ningún canto:
es el hombre que, en la sombra,
da su vida sin reclamo,
y deja, como aquel día,
la justicia entre sus manos.




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