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martes, 18 de octubre de 2011

La melancolía




 


De niño oía esta melodía en la radio, que sonaba de fondo en un programa donde la locutora iba leyendo, con voz grave y modulada, cartas de oyentes que escribían a la cadena contando sus miserias, cuitas, anhelos y desesperaciones. Eran historias de mujeres abandonadas por sus maridos —y viceversa—, de hijos que se marchaban de casa sin decir ni adiós, de amores que se esfumaban igual que habían venido, dejando a uno de los dos sumido en la tristeza melancólica. Todas ellas eran amargas; cada una, según su grado de melancolía, representaba una tragedia en sí misma para el autor de la misiva, y tenían como denominador común la nostalgia, la añoranza de un bien perdido. Cuán difícil es comprobar lo que significa «nunca más», y esas cosas. Gente dolida, sin esperanza alguna, lamentándose inútilmente.

Estos días, que estoy bien jodido, me he acordado de la canción, que es más triste que cuando el viento del otoño desnuda los árboles y tiñe de oro los campos, y también de que, por entonces, me preguntaba: ¿por qué razón tiene nadie que contar en público sus problemas? Y se me vienen a la memoria los consejos que, al término de la lectura, daba la locutora —que lo mismo era Elena Francis, no lo sé—, porque, como todos aquellos, hoy yo también me siento como una mierda, y sin solución de continuidad.

La razón, supongo, era y sigue siendo la catarsis. Esto es, mitigar el dolor hablando de ello, escribiendo sobre ello. O hacer el gilipollas sobre serlo.

Bendita catarsis.


Vulnerant omnes, ultima necat




Vulnerant omnes, ultima necat



Mi abuelo toda la vida se la pasó ambicionando un reloj de oro, de esos con leontina. No quería otra cosa que poder extraer del chaleco la maquinita y consultar la hora. Su primo, que sí que tenía reloj de chaleco, quería en cambio la medalla al valor que nunca tuvo por su paso en la guerra de Marruecos contra los rifeños, y de la que siempre se consideró merecedor, y que mi abuelo, qué cosas, tenía guardada y olvidada en un baúl, porque nunca le gustó recordar ni el suceso por el cual se le otorgó, ni nada del dichoso día de la concesión, ni de la guerra en sí, a la que consideraba algo horrible. El único «valor» para él era el de haber conservado el pellejo sin agujerear entre tanta bala perdida. Al poco de llegar licenciado, quemó todo lo que se trajo de su destierro por la terrible estepa rifeña. El tiempo se ocupó de quemar los restos que perduraban en su memoria. Nunca hablaba de aquello, hasta el punto de que constituye un misterio. Sin embargo, aquel primo avivaba todos los días la llama de sus recuerdos marciales con un poco de queroseno prestado, batallitas ajenas que hacía propias, hasta el punto de que llegó a creer que aquella guerra no se habría ganado sin él, y que esa medalla se la merecía mucho más. Así que un día, cuando ambos habían entrado con paso firme en el invierno de sus vidas, se la pidió.
—Vale —dijo mi abuelo—, pero a cambio de tu Leónidas.
Y así fue como aquellos dos llegaron a un acuerdo: uno tendría su medalla con la que rememorar una guerra, y el otro un reloj con que mirar las horas futuras y olvidar las pasadas.

En el reloj venía grabado: Vulnerant omnes, ultima necat («Todas hieren, la última mata»). Yo ya no heredaré ese reloj, pues fue la heredad de otro, ni tampoco la medalla que perdió un primo segundo en una mudanza. Esa leyenda, que da qué pensar acerca de la fugacidad de la vida cuando se lee, no le iba a mi abuelo, santa gloria haya, al que se le hubiera ajustado mejor la de: Tempus edax rerum («El tiempo devora las cosas»). Al compañero —pienso— le vendría bien esa de Cela cuando recibió el Cervantes, muy viejito ya: «…que aquí, en España, el que resiste gana». Vamos, que nunca es tarde para según qué cosas, que solo es cuestión de tiempo y de durar y tener aguante el que los premios, como las medallas y los trenes con retraso, lleguen finalmente a su destino.

Pues así es la vida de puñetera, eso que pasa mientras piensas y anhelas otras cosas, como las medallas o los relojes. Qué tendrán las medallas que unos las quieren, mientras que otros las aborrecen.

A mi manera


Esta canción de Sinatra (quizá no la mejor aunque sea su buque insignia) de apenas tres minutos, hace pensar pues, en clave retrospectiva, habla de tomar decisiones, de nuestra actitud frente a los éxitos y dificultades, así como del valor de seguir un camino propio.

«EL FINAL YA ESTÁ AQUÍ», espeta al principio. Algo así como que «Lo que es capaz de matarte también puede hacerte renacer». ¿Quién no ha sentido que se le abre un abismo bajo los pies cuando le comunican el final de algo (Un despido, una relación, una enfermedad). ¡Glups! ¡Todo está consumado! ¡Tierra trágame!
Después de un drama, el que sea, partimos de cero. Es así. Y toca levantar. Aunque en el  momento no se vea, los finales (no todos) llevan a nuevos principios:
• La ruptura con una pareja posibilita encontrar una nueva.
• Un accidente o una larga enfermedad permite analizar nuestra vida, corregir errores y renacer con un nuevo proyecto.

He amado, he reído y llorado.
Tuve malas experiencias, me tocó perder.
Y ahora, que las lágrimas ceden,
Encuentro tan divertido
Pensar que hice todo eso.

En My way está presente la encrucijada de caminos que es la vida de todo persona. Hay desvíos, largos rodeos y senderos divergentes que nos obligan a tomar decisiones. Cada decisión en nuestra vida nos obliga a definirnos, por lo que incluso si el resultado no es el esperado, el haber elegido nos hace evolucionar personalmente.
«No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas» dejó escrito Séneca —que aunque era de Sevilla no era «andaluz» como popularmente se dice—. Nos pasamos la vida aferrándonos a lo que tenemos y hasta sufrimos ante la idea de su pérdida, es jodido embarcarse en proyectos aparentemente imposibles. ¿Me opero, no me opero? ¿Emigro, no emigro? ¿La dejo o no la dejo? ¿Me dejará él o no me dejará? Nos mantenemos alejados lo más posible del riesgo y de las variantes. No es fácil elegir, es cansado, sobre todo cuando nos enfrentamos a decisiones radicales. Sin embargo, el inmovilismo acaba siendo más agotador incluso, ya que nos sume en la frustración, cuando no la depresión, de ver cómo se nos escapan trenes que podrían conducirnos a otros destinos. ¡Ay, los trenes a los que nunca nos subimos y que se fueron!

«AMIGO, LO DIRÉ SIN VUELTAS». La canción nos habla de la importancia de expresarnos, de manifestar abiertamente lo que pensamos, de decírselo a la cara, lo que origina fricciones, sí, pero a la larga evita muchos conflictos.
Tratar de agradar siempre y callar si no se está de acuerdo, va a dar luego, cuando toque disentir, porque tocará (los humanos somos así y de eso no nos libramos), problemones mayúsculos. Y esto es así porque se acaba uno acostumbrando  a un determinado nivel de sumisión, a una tolerancia y a un «siempre ceder». Y se quiere más. Y, llegados a un punto, no hay más. Por consiguiente, viviremos mucho más tranquilos si somos capaces de decir sin vueltas ni rodeos lo que pensamos y sentimos, lo que escuece. Lo que duele.

«ME TOCÓ GANAR, TAMBIÉN PERDER» Hay que asumirlo. Porque la vida nos tiene deparadas, de una y otra, cucharadas a partes iguales. Estamos expuestos a los vaivenes de la fortuna. Y del infortunio hay que extraer la lección. Siempre hay una lectura: Si se teme perder lo que crees que es tuyo (la salud, el trabajo, el amor) y te aferras a ello como un tesoro no vivirás tranquilo, vivirás siempre temeroso de «perder el anillo».
Resumiendo: «La victoria y el fracaso hay que recibirlos con idéntica serenidad y con un saludable punto de desdén»

«SER FIEL A SÍ MISMO». Mira que nos es difícil cambiar y saber escribir nuestra historia por los miedos o barreras que nos ponemos. Nos falta esa capacidad de seguir los sueños, los ideales, los planes trazados cuando la cabeza se hunde en la almohada y hablamos con nosotros mismos en el solitario rincón del cuarto. Nos falta el valor para convertirnos en lo que realmente somos. O en lo que soñamos con ser. Anclados en la inacción nos resignamos a ser espectadores de la vida. La vida pasa y el futuro viene solo. Y cuidado, porque la inseguridad se retroalimenta, y limita cada vez más nuestra capacidad de actuar originando: Ansiedad, falta de confianza, temor a equivocarse y esa pueril ‘necesidad de agradar’.

«LO HICE TODO A MI MANERA». Sabemos gozar de los días soleados pero no de seguir siendo uno mismo cuando son grises. Quien sabe vivir «a su manera» encontrará su propia vía para salir de cualquier crisis. Solo así, cuando caiga «el último telón» del que habla la canción, cuando llegue el invierno y la nieve venga a vernos—que diría el poeta que no soy—,  estaremos satisfechos con la obra de nuestra vida.

No cejen. Ánimo. «Caer está permitido. Levantarse es obligatorio»

martes, 27 de septiembre de 2011

LA BÚSQUEDA

La búsqueda.



«Cuando mi mal sea viejo, el tuyo va a ser nuevo. »

E
sta es la historia de un hombre al que el destino castigó fieramente, en lo hondo del corazón, allí donde más duele, alguien que en un día perdió todo aquello por lo que vivía y que más quería. Un accidente se llevó a su mujer y a su hijo. El dolor por su ausencia le embargaba y no conseguía rehacer su vida, se hundía con el mal, le trastornaba de tal modo aquella pesadilla recurrente que deseaba morirse; así que una mañana decidió dejar la casa que tanto le recordaba a ambos y salió huyendo hacia ninguna parte, en busca de algo, no sabía muy bien el qué, que si no curase su dolor insondable, al menos lo mitigase. Esa tarde dejó todo y partió. Se convirtió en alguien que buscaba sin saber qué estaba buscando ni qué iba a encontrarse. Su interior le decía que hiciera caso a esas sensaciones que venían de un lugar inexplorado de sí mismo. Caminó y caminó. Perdió la cuenta de la distancia. Después de dos días de marcha por polvorientos caminos, llorando en silencio su pena, llegó a un paraje en el que nunca antes había estado desde donde divisó un pueblo de casas blancas y tejados cobrizos, apacible, a lo lejos. Se detuvo para tomar aire y secarse el sudor mientras decidía si quedarse unos días allí a ver si se le pasaba su mal. Entonces, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verdor florido maravilloso y había un montón de árboles rotundos, pájaros y flores encantadoras. Ascendió por el sendero y una vez allí pudo ver que además había un lago de aguas cristalinas,  donde se asomaba el sol para teñirlas con sus oros. También había patos que nadaban, y que batían sus alas salpicando.
Era paz lo que allí se respiraba. Una paz rotunda, inconsútil. Sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en el lugar deleitándose con tanta maravilla. Ya casi se estaba durmiendo cuando sus ojos recayeron en una valla pequeña de madera lustrada que circundaba un prado esmeralda que había a su izquierda. Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. El hombre traspasó el umbral y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, a la sombra de los chopos y las encinas. Se fijó mejor y descubrió, sobre una de las piedras, una  inscripción que decía: «Manuel, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días». Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba allí  enterrado. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla. «Mariano, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas». Más allá: «Pedro, vivió 3 años, 7 meses y 4 semanas». El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquello era en realidad un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto; pero lo que lo espantó, fue comprobar que el que más tiempo había vivido apenas sobrepasaba los 11 años.  Era una tragedia mayor aún y más cruel que la que el fiero destino le había deparado de un zarpazo.
Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar por todas aquellas criaturas que no habían vivido apenas. Un vecino del pueblo pasaba por allí y se acercó, lo vio llorar un rato, en silencio, y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
— No, ningún familiar — dijo secándose las lágrimas— ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en él? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este sitio? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de niños?
El anciano sonrió y dijo:
—Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una álbum en blanco, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda qué fue lo disfrutado, y, a la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo. Que conoció a su novia y se enamoró de ella, bien ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media? Se anota. Y después, la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana?; ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo?;  ¿Y el casamiento de los amigos?; ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? Así vamos anotando en la libreta cada momento feliz. Cuando alguien se muere es nuestra costumbre abrir su álbum y sumar el tiempo de lo disfrutado y luego escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido. ¿Comprende?
Al cabo de un mes, el hombre volvió a su casa curado. Había aprendido a convivir con las dos ausencias recordando todos los buenos, aunque breves, momentos vividos con ellos. Los pequeños momentos, los que de ordinario nos suelen pasar inadvertidos, sumados son los que nos hacen felices y en lo que radica la felicidad.
 Fin


Cada cual tiene sus propios mecanismos para curarse de un mal que le aqueja y el mal del vecino, por ser mayor, suele alejar el propio.

martes, 20 de septiembre de 2011

El placer de lo sencillo

El placer de lo sencillo
BORJA VILASECA 18/09/2011



El dinero puede proporcionarnos un estilo de vida muy cómodo y placentero, así como una falsa sensación de seguridad. Pero no puede comprar nuestra felicidad, porque nuestro bienestar emocional no depende de lo que hacemos ni de lo que tenemos, sino de quiénes somos y de cómo nos sentimos.

«¿De qué nos vale lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo?
¿De qué vale el dinero si no somos felices?»

Llevamos una existencia materialista para terminar dándonos cuenta de que las cosas verdaderamente importantes no pueden verse ni tocarse; solo intuirse y sentirse. Para apreciar los aspectos intangibles, cualitativos e inmateriales de la realidad, es imprescindible que exista cierto contraste entre nuestro estado de ánimo interno y nuestras circunstancias externas.

Quienes padecen pobreza emocional creen que esta se debe a su pobreza material. Sin embargo, lo que nos hace ricos o pobres emocionalmente no es nuestra economía, sino la percepción que tenemos de ella.

El clic evolutivo se produce en la medida en que gozamos de cierta riqueza material y, aun así, seguimos experimentando la misma pobreza emocional. De pronto tenemos más dinero, pero seguimos sintiéndonos tensos e irritados. Tenemos éxito y respetabilidad, pero continuamos sintiéndonos solos y tristes. Disfrutamos de confort y seguridad, pero seguimos siendo esclavos de nuestros miedos.

Gracias a este contraste entre nuestras riquezas materiales y emocionales, cuestionamos las motivaciones que nos han llevado a adoptar un estilo de vida materialista. Frente a ello, surgen corrientes sociales que anteponen la felicidad al dinero: el decrecimiento, la simplicidad voluntaria, el movimiento slow —«lento», en inglés— y el downshifting —«reducir la marcha»—. Todas ellas promueven disminuir el nivel cuantitativo de nuestra vida y aumentar el cualitativo.


LA PARADOJA DEL ÉXITO

«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?»
(Jesús de Nazaret)

Cada vez más personas apuestan por llevar una existencia más tranquila, simple y sencilla. Porque, al fin y al cabo, ¿de qué nos sirve lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo? ¿De qué nos sirve pasar el día estresados y agotados? En definitiva, ¿de qué nos sirve ganar mucho dinero si no somos felices?

La necesidad de experimentar una riqueza emocional abundante y sostenible constituye la base del nuevo paradigma emergente, uno de cuyos pilares es la filosofía del posmaterialismo. Esta parte de la premisa de que la realidad está compuesta tanto por lo material, tangible y cuantitativo, como por lo inmaterial, que solo podemos experimentar a través del corazón. Se trata de integrar ambas dimensiones, construyendo un estilo de vida equilibrado entre lo que somos, lo que hacemos y lo que tenemos.


EL SINSENTIDO COMÚN

«Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan».
(Emile Henri Gauvreay)

Una vez garantizada la supervivencia física y económica, y cubiertas las necesidades básicas, expertos en economía del comportamiento afirman que lo que sostiene el bienestar emocional no es lo que conseguimos ni lo que poseemos, sino lo que ofrecemos y entregamos a los demás.

Entre otros estudios, destacan los realizados entre 2005 y 2010 por el economista norteamericano George F. Loewenstein. Sus investigaciones se centraron en los efectos emocionales antagónicos de la codicia y la generosidad. Para ello, llevó a cabo un experimento sociológico con un grupo muy heterogéneo de participantes.

El equipo liderado por Loewenstein seleccionó a 60 personas de diferentes edades, sexos, razas y profesiones, con marcadas divergencias sociales, culturales, económicas, políticas y religiosas. El primer día, los participantes fueron divididos en dos grupos de 30 personas. Todos recibieron 6.000 dólares (unos 4.520 euros).

A los miembros del primer grupo se les pidió que, en el plazo de dos meses, gastaran el dinero en regalos para sí mismos. A los integrantes del segundo grupo se les indicó que utilizaran los 6.000 dólares en regalos para otras personas.

Dos meses más tarde, los resultados fueron opuestos. La satisfacción de los miembros del primer grupo había durado relativamente poco. Según las conclusiones, tras el placer y la euforia inicial que proporcionaba comprar, utilizar y poseer bienes de consumo, los participantes regresaban rápidamente a su estado de ánimo habitual. Con el paso de los días, algunos incluso empezaban a sentirse más tristes, vacíos y decaídos al no poder mantener la excitación generada por el consumo.

Por el contrario, los miembros del segundo grupo se sintieron mucho más satisfechos y plenos. El simple hecho de pensar de qué manera podían utilizar el dinero para beneficiar a los demás ya era suficiente para que experimentaran un profundo bienestar interno.


DECADENCIA DEL EGOCENTRISMO

«Las personas más egocéntricas son también las más infelices».
(Henry David Thoreau)

La mayoría utilizó los 6.000 dólares de manera posmaterialista, creando experiencias y oportunidades. Regalaron viajes, pagaron matrículas universitarias, donaron dinero a entidades sin ánimo de lucro —repartiéndolo incluso entre mendigos—, y algunos saldaron parte de las deudas de familiares cercanos.

Una vez entregados los regalos, sentir la alegría y el agradecimiento de otras personas provocó en los participantes una intensa sensación de plenitud que se prolongó durante horas e incluso días.

La conclusión fue clara: el egocentrismo, la codicia y la orientación al interés propio generan vacío, sinsentido, escasez e infelicidad, mientras que el altruismo, la generosidad y la orientación al bien común son fuente de plenitud, sentido, abundancia y felicidad. Loewenstein corroboró así, de forma científica y empírica, que a nivel emocional recibimos lo que damos.


LA PSICOLOGÍA DEL ALTRUISMO

«No hay mayor felicidad que ser cómplice de la felicidad de los demás».
(Carmina Martorell)

La auténtica felicidad reside en nuestro interior. Cuando comprendemos e interiorizamos esta verdad, dejamos de exigir que la realidad se adapte a nuestras ambiciones, necesidades y sueños. Como consecuencia, desaparecen la lucha, el conflicto y el sufrimiento.

Poco a poco recuperamos la conexión con el bienestar duradero que habita en nuestro corazón. Con el tiempo, experimentamos abundancia y plenitud y, desde este nuevo estado de ánimo, entramos de manera natural e irremediable en la vida de los demás con vocación de servicio.


ABUNDANCIA Y PROSPERIDAD

Quienes nos hemos comprometido con resolvernos emocionalmente no sentimos la necesidad de saciar constantemente nuestros deseos. Así comenzamos a orientar nuestra existencia hacia el bien común, sin perder de vista la importancia de mantener un estilo de vida equilibrado, aprendiendo a descansar y a recuperar la energía que invertimos al servicio de los demás.

Para dar, primero hemos de tener. Y no debemos olvidar que el altruismo es la forma más eficiente y sostenible de vivir. Aportar algo significativo a otros seres humanos nos genera una profunda sensación de satisfacción y gratitud. Dar es recompensa suficiente cuando damos desde nuestra verdadera esencia. La paradoja es que, al obrar con sabiduría, recibimos mucho más de lo que jamás hubiéramos podido imaginar.

domingo, 26 de junio de 2011

EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA


EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA






     Venir a Madrid, de cuando en cuando, es un modo de encontrar los problemas socio-políticos ya planteados ; ya en su período emocional y confuso. Es como llegar a una comedia en el segundo acto : cuando el desenlace se vislumbra cercano, y las fuerzas dramáticas presionan para que ese desenlace sea de este modo o del contrario.
En esta ocasión me encuentro - ¡otra vez !- el problema del idioma catalán revivido con ocasión de la enseñanza en las escuelas. Pienso que el primer problema del catalán como idioma es este de calificarlo como "problema". En este caso, como en otros muchos, el problema es el modo de manipular una cosa que en sí misma no lo es. El catalán, en sí, no es un problema : es una evidencia. Lo que ocurre es que las evidencias cobran fisonomía contorsionada de problema cuando son manejadas por los políticos, ¡que ésos sí son problema !.
Ahora el tema hecha chispas, porque en las Cortes, con ocasión de discutirse la Ley de Enseñanza se ha dicho que se tuviera cuidado con el catalán, que podía ser portador de virus políticos. Es otra vez la suspicacia renacida. Desde el día siguiente de la liberación de Cataluña se vio el camino que iban a emprender algunos, reincidiendo en pasados errores. Estuve en Barcelona en los primeros días. Aparecieron calles y esquinas empapeladas de tiras o rótulos inoficiales con este texto : "No hables catalán, habla la lengua del Imperio". Se iniciaba esa fórmula que había de emplearse en muchas cosas : contestar a los hechos con los vocabularios. A mí me invitaron poco después para ser mantenedor de los «Jocs Florals», que iban a reanudar la vieja tradición provenzal. La invitación iba acompañada de unas notas en las que se me adelantaba que no admitirían poemas escritos en catalán. También confidencialmente se me rogaba que no hiciera la exaltación de Joan Boscán, el primer poeta catalán que , a finales del siglo XV, escribió versos en castellano. Contesté excusándome, porque vi claramente que se organizaba un acto «separatista»" : que de una raya o frontera tanto puede uno separarse de un lado como de otro; y por una ley dinámica social el tirón hacia dentro es correlativo e inseparable del empujón hacia fuera.
Estaba claro que algunos estaban dispuestos a reincidir en la viciosa distribución arbitraria de buenos y malos. Por aquellos días en el orden cultural se armó revuelo cuando D’Ors publicó una «lista de las cosas que los griegos no tenían», en la que enumeraba, al lado de las gafas o la bufanda, la confesión vocal. Ahora se redactaba la nueva lista de cosas malas con igual convencionalismo : los partidos, el parlamento, la Prensa... el idioma catalán. Clasificadas así las cosas se les aplicaban soluciones absolutistas : enmendándole la plana a Dios ; que , por ejemplo, prohíbe el adulterio, pero no prohíbe, curándose en salud, que salgan las mujeres a la calle, que las puertas tengan llavines, que los hombres se suban el cuello del abrigo, y otra porción de cosas que indudablemente facilitan la consumación del pecado. Guillotinando el enfermo se cura evidentemente su dolor de cabeza. Prohibiendo aprender a hablar el catalán, es seguro que en catalán no se dirá ninguna cosa desagradable o contraria al pensamiento del que hace la prohibición.
Para darse cuenta de que el catalán es una realidad evidente y biológica, basta observar el actual episodio. Plantean el tema restrictivamente los políticos, y le replican a coro la cultura, la antropología, el romanticismo. Se cita la Pacem in Terris, de Juan XIII, donde dice que hay que "promover el desarrollo humano de las minorías, con medidas eficaces en favor de su lengua, su cultura o sus costumbres". Se citan también parecidas consignas de la UNESCO. Está bien claro que el tema tiene raíces trascendentales muy por encima de la pura política. Es bien claro que si se anuncia un proyecto de ley económico, mercantil, financiero, acuden a opinar ; convocados o espontáneamente, las cámaras profesionales, las empresas, los sindicatos. Pero cuando lo que se plantea, como ahora, es el tema de la lengua catalana, acuden con una ensordecedora espontaneidad los ateneos, los clubs de fútbol, los catedráticos, los teatros de aficionados, las parroquias, los grandes almacenes... Está bien claro : es la "vida" en su totalidad espiritual y física la que se ha sentido convocada.
Todas estas realidades vivas se sienten dolidas al ver que como se propone cachear a los viajeros de las líneas de aviación, previendo la piratería aérea, se propongan algunos cachear al catalán por si lleva por si lleva virus escondidos. No se comprende que estamos ante hechos biológicos que se escapan de las manos. El día en que Menéndez Pelayo fue mantenedor de unos Jocs Florals, pronunciando en catalán parte de su discurso ; y en que el poeta premiado con la «englatina de oro» era Jacinto Verdaguer, que declamó parte de su "Atlántida" ; desde ese día había un hecho irreversible, que la política no podía desconocer : porque no era de la familia de las leyes o los decretos, sino de la familia de la biología y la física como la montaña de Montserrat, el Llobregat o el Mediterráneo.
Todavía son muchos los que escriben preguntando si el catalán o el gallego son lenguas o dialectos. Creen que ésta es una jerarquía administrativa que se dictamina desde fuera. Se es lengua cuando se tiene alojada en sus palabras una gran literatura. Nadie puede votar a Curros Enríquez, Rosalía de Castro, Verdaguer, Maragall o Sagarra. Hay pueblos bilingües, eso es todo. Son muchos los catalanes que aunque hablen perfectamente el castellano piensan en catalán. No vale dar distinto valor al hecho de pensar en una lengua cuando hay dos, según el enfoque polémico del tema. En Puerto Rico, cada día más, se habla el inglés por personas que piensan en español. Le puede salir el tiro por la culata y herir la Hispanidad al que no valora en el pleito del catalán lo que es la lengua del pensamiento.
Hay que superar esa tendencia muy española a enfocar las cosas en un sentido positivo y resignado, en vez de creador y activo. Es el caso de los beatos y escrupulosos que cuando el Papa decretó el permiso de beber agua, sin límite de tiempo, antes de la Comunión, encaraban el hecho como una condescendencia melancólica a la que había llegado el Papa porque no tenía más remedio. Sin entender que el episodio tenía un valor positivo; y lo que el Papa hacía era ensanchar las posibilidades de los comulgantes contra las dificultades y limitaciones de la antigua regla del ayuno : que es a lo que el Papa quería poner remedio. Lo que nos asombra no es que lo hiciera así, sino que durante tantos años y siglos se mantuviera esa suspicacia de impureza, frente a una criatura tan limpia y transparente como el agua.
Del mismo modo, el catalán no es un hecho que se «conlleva» o al que se resigna uno. Es un hecho, no pasivo, sino activo, que significa enriquecimiento y aumento para España. Transparente el contenido y el cristalino continente, nada hay en este tema que sea resignación o componenda. Hablar o leer o aprender el catalán es un hecho simplicísimo. Se trata de beber un vaso de agua clara.

Por José María Pemán

lunes, 20 de junio de 2011

MARTÍN (Lo perdido sigue ardiendo dentro de la memoria)






MARTÍN (Lo perdido sigue ardiendo dentro de la memoria)



LIBRO PRIMERO
 —I—


En la periferia de la ciudad,
asomado a la ventana de un viejo edificio, Martín mira las afueras. A lo lejos se divisa la Ciudad Universitaria, con las carreteras que llevan y traen vehículos a sus pies, y, al fondo, recortándose bajo un cielo gris y azul plata, los montes nevados. Tiene treinta y siete años y una taza de café en la mano. Observa cómo el sol de invierno resbala, macilento, por las fachadas de las facultades y relampaguea al aparecer en los cristales, mientras las manadas de estudiantes entran por las puertas de forma rutinaria, a centenares, como engullidos por un gigante. Da un sorbo y se le vienen a la cabeza sus tiempos de estudiante, lejanos ya. «No era bueno, algo vago, pero era brillante».

Entra. Por todo el salón hay recuerdos de ella. Aquella misma habitación en la que había vivido horas felices ahora le parece hostil. Se sienta después en el escritorio, remata de un trago el café, respira y, repentinamente, como si en el último sorbo hubiera estado la decisión, empieza a retirar los libros de ascenso sobre los que llevaba meses apretando los codos, preparándose para subir de categoría. Los mete en un cajón, dejándolos caer. Ayer mismo tuvo noticia por su jefe de que no aprobará la entrevista. «No va a ser porque —le dijo secamente— toca a otros este año, quizá el siguiente, Martín».

Encima de la mesa pone un manuscrito que lleva interrumpido dos años, desde el mismo instante en que, como ahora lo del ascenso, decidió dejarlo: desde el día en que el terrón de azúcar del amor se disolvió en el café del hastío y ella desapareció de su vida para siempre, y con ella la ilusión. La ilusión, como los motores, marcha bien al principio; empieza luego a tener achaques y, por fin, queda inservible. Y aquel motor se paró, exhausto, hace ahora dos años. Lo intenta, pero no puede seguir; se da cuenta de que le falta el aceite.

De pronto, como movido por un resorte, Martín sale a la calle y dirige sus pasos a la Ciudad Universitaria. Necesita engrasarse, que el aire fresco de febrero le dé en la cara y conseguir librarse de la mujer de cabellos negros, con brillo de antracita, que tanto le observa, dejando encerrado en las paredes de casa su fantasma. Buscando encontrarse consigo mismo, Martín se halla frente a las puertas de la Facultad de Ciencias de la Información. Corre un viento frío. Buenos recuerdos le asoman justo un segundo antes de decidir entrar, al comprender que en el suelo de aquellas aulas, como en un espejo, flota el paisaje de la orilla en la que sueña atracar y que le proporcionará la identidad de esa verdad perdida que busca.

Son las diez y suena un timbre. Martín entra con otros alumnos en una clase y se sienta en uno de los muchos pupitres vacíos. El aula es grande, amplia y moderna, tipo anfiteatro, muy diferente de los arcaicos y planos cuartos que tenía la facultad de su ciudad, donde cursó estudios de filología y donde se arracimaban para oír al profesor. Aquí la acústica es buena por la forma curvada y al profesor se le oye por megafonía, aunque muchos no escuchan. Se oye un rumor de fondo de alumnos que, en susurros, hablan entre sí.
La mañana pasa pronto. Martín disfruta oyendo disertar a aquel profesor acerca de la escritura como modo de vida, y al que viene después, sobre la narración periodística, y al último de todos, que se alegra de que los nuevos periodistas no recurran ya a ninguno de los formatos canónicos del periodismo: la pirámide invertida ni ningún derivado de esa otra fórmula, la estructura focal. Después, por la tarde, se va a trabajar. Al día siguiente vuelve, y al otro. Y así permanece durante un buen tiempo, acudiendo por las mañanas a clases, sobre todo a las de Lengua Española, Redacción Periodística y Análisis de Textos.


Las explicaciones de los catedráticos sobre los mecanismos del lenguaje iluminaban de nuevo lo contenido en las celdas apagadas de su cabeza y hacían resucitar su creatividad dormida, y para evitar que las ideas que le nacían se le escapasen empezó a tomar notas en un cuaderno. Otra vieja costumbre que, asimismo, recuperaba. Luego, en casa, esas notas, breves párrafos, a veces pequeñas frases, las desarrollaba en un texto más o menos largo o las dejaba en barbecho, para otra ocasión.
Por un lado estaba maravillado con aquello de aprender por el puro placer de aprender, por el otro, se sentía como un polizón que navegaba de forma furtiva a bordo de las aulas de aquella universidad, con temor a ser sorprendido. A cuyo sostenimiento, pensaba sin embargo, contribuía de manera infinitesimal.

 

—II—



En el ecuador de una noche, cuando ya la sala de espera se encontraba vacía de público y, por la hora que era, no se esperaban más visitas y el papeleo de los detenidos estaba terminado, entra en la oficina de denuncias en la que trabaja Martín una muchacha que pide hablar con un responsable en privado, no sin cierto aire de misterio. Martín la invita a pasar a su despacho y a sentarse, cerrando la puerta. La muchacha es rubia, muy atractiva, representa veinte años, lleva puesta una gabardina muy elegante. Antes de que pueda preguntarle el motivo de su visita le hace la confidencia de que debajo de la gabardina no llevaba nada, y dicho esto se levanta y, con una mirada fiera y torva, como de deseo, empieza a desabrochársela. Martín se incorpora haciendo aspavientos con las manos en señal de que pare, de que no haga eso, de que respete el lugar en el que se encuentra. Parpadeó volviendo a la realidad. Aún tenía extendidas las manos, con las palmas hacia fuera, que movía. No había nadie frente a él. Se había quedado traspuesto. Afuera se oía el ronco gemido del tráfico circulando por la rotonda y la brisa que movía blandamente las hojas de los árboles del patio de la comisaría.
Acabado el turno de noche, ya por la mañana, al salir de la boca de metro Martín tomó para la facultad en lugar de a su casa, a descansar. Los árboles del campus se alienaban a su paso y las ramas, trenzadas por su copa, parecían marcarle el camino. Se encontraba a gusto en aquella onírica dimensión a la que le trasportaba la clase. Era una pequeña droga que le proporcionaba sumo placer.


A tercera hora hubo un cambio de alumnado, marcharon unos y entraron nuevos provenientes de otras clases. La compañera que le toca al lado es rubia, comprueba, turbado, que lleva puesta una gabardina idéntica a la de la chica del sueño. Hasta la muchacha se parecía. No, corrigió, era igual. Era ella. De repente se gira y le mira con sus ojos azules. Parecía querer decirle algo. Entonces sonríe y acercándose a su oído le dice en voz baja que no llevaba ropa interior puesta.
Martín abrió los ojos. Un sudor frío le recorría el cuerpo. Se había vuelto a quedar dormido. «Es hora de irse a casa», piensa.
***
Un mes después, tumbado en la cama, junto a un reproductor de música, Martín pensaba. Por la ventana se veían el cielo azul, los arboles desnudos y las calles desiertas.
Relee la carta un antiguo compañero de facultad que está de director en un colegio privado de su ciudad natal, en la que le propone dar clases de Lengua y literatura. «El sueldo no es muy allá pero yo sé que tú vales para esto, y que aunque lo niegues es lo que mejor sabes hacer. No te lo pienses mucho pues tengo la junta esperando y ellos apuestan por otros candidatos. Un abrazo».
Encima de la mesa, alumbrada por la mortecina luz de un flexo, está la petición de excedencia, que le dirige al director general, mecanografiada a doble espacio y sin firmar.
Martín es filólogo, o lo era, porque en vez de ejercer vocación se hizo de oficio policía. Todo un cambio. Siempre pensó que su vida era una continua sucesión de interrupciones: Abandonó un trabajo como profesor para hacer la tesis doctoral, y el doctorando para escribir un libro que dejaría, a los años, para ingresar en la policía y poder tener algo fijo con lo que vivir, y con ello, al cambiar de ciudad y de latitudes, a un amor de toda la vida por otro que era para el «resto de la vida», y a la literatura que tanto amaba por éste nuevo amor de cabello de antracita, amor que finalmente lo acabaría abandonando una fría mañana, largándose con otro que no tenía más que dinero y un descapotable. Y la lista seguía: Un ascenso que se le negaba, un destino que no se producía, una medalla que no se le concede…
—III—




A Martín, los del grupo del taller literario le han parecido unos farsantes, que nada más están allí para ligar y para alabarse mutuamente. Hablan como notarios, muy engolados. Decepcionante cuanto le han leído: vanos ejercicios escolares, superficiales y frívolos.
Lo ha invitado esta mañana Marisa, una chica rubia, compañera de clase, que ahora está sentada a su lado. Al llegar a la vieja cervecería del casco antiguo, los ha visto sentados al fondo, en una mesa redonda sobre la que hay, depositados en desorden, varios libros, ninguno de cuyos autores es español, predominando los americanos, un par de ceniceros y más cafés y más cañas que personas: señal de que los de la tertulia llevan allí bastante tiempo. Cuenta siete chicas de un total de doce. De pie, uno de ellos, que a tenor de cómo lo miran, parece el más admirado por todos, estaba leyendo un poema suyo. Marisa le hace una señal a Martín y éste se sienta junto a ella en la silla que le ofrece, y presta atención. El poeta se lo toma en serio, pone intención, pero así y todo no evitaba con ello que Martín piense que el verso es rematadamente malo, además de libre e insulso. Todos aplauden entusiasmados al orate cuando termina. Uno le dice: ¡viva! Otra, una pelirroja con boina que le confiere un aire como francés, le da un abrazo. Martín guarda un prudente silencio.
Martín se había preparado una respuesta por si, más adelante, se entablaba una conversación y alguien le preguntaba a qué se dedicaba. Les diría que corrector. Lo cual, en parte, era cierto. A tiempo parcial trabajaba para un editorial corrigendo textos. «Lo de este tío sí que necesita de una corrección ¡urgente!».


Ahora se levanta una de las chicas, una morena de mirada lánguida y gruesa cadera, que se empeña en leer un capítulo de su novela. «Esto es aún peor. ¡En primera persona y en femenino!», piensa Martín, con sorna, al inicio de la lectura. Y al final: «¡Qué tostón! Tendría que usar los elementos novelísticos puros: descripciones, personajes, diálogos, monólogos interiores… No estas digresiones pseudoensayísticas. Suena todo pedante y confuso». Sin embargo, el auditorio se entusiasma hasta el delirio extático, lo que el líder del grupo, que se llama Luis, califica de «proeza literaria». —Vosotros, al escribir, ¿con qué soñáis? —pregunta Martín, dejando la cuestión en el aire.
—Yo con poder definir lo inefable, como descubrir el alba dentro de las sombras —dice Luis, que se queda tan ancho.
—Yo con escribir un best seller que me haga millonaria —dice la pelirroja de aire parisino, muy ocurrente y riéndose, con un estilo impresionista, eso sí.
—Lo importante es el nudo, la historia —repuso un tercero que había estado callado—, con tal de que el lector entre en feroz y cordial contacto con la realidad que se le cuenta...



Martín no siguió escuchando más. Le habría gustado decirles que novelar consiste en hacer presente la realidad del segundo mundo en que consiste la novela, el que se sueña, delante del lector, y hacerlo con consistencia y expresividad. Novelar es presentar, no referir ni contar. Pero su atención se desviaba ahora sobre Marisa. De repente, la mujer que había estado a su lado se volvía radiante como un amanecer. ¿Cuál era el color de sus ojos en aquella penumbra de la cervecería? ¿Azul o gris cobalto?
—¿Nos vamos? —preguntó ella en tono que sonaba afirmativo.
—Si tú quieres —respondió él en tono igualmente afirmativo.
—¿Me puedes acompañar a casa?
—Vale.

Salen afuera; el macilento sol de marzo estaba cayendo, sus últimos rayos se iban a clavar sobre las fachadas del viejo barrio que miran a poniente y a esconderse entre los cabellos de oro de Marisa, que a ojos de Martín cobraba apariencia seductora por momentos. Pasean por las calles empedradas entre el gentío. Ella habla poco y sonríe todo el tiempo, clava en él sus ojos como inquiriendo unas respuestas que no se producen. El bullicio callejero suple el silencio. «Azul cobalto», sentencia Martín cuando se paran frente al portal y reciben la luz que viene de dentro. «¡Son azul cobalto!».

Martín cada vez está más convencido de que Marisa, la chica rubia que ahora está allí parada de pie junto a él, cuyos pechos suben y bajan al respirar, es la misma chica rubia con la que ha soñado. Teme despertarse de nuevo y que todo aquello no sea más que una ilusión y desaparezca.

—¿Se trata de la chica rubia, la que se me aparece cuando sueño? ¡No, no es ella! Esta no tiene gabardina… Luego ¡es real! Debería serlo —musita en voz baja.

Los labios de ella no dicen nada, pero son una invitación. Se besan compulsivamente y entran dentro.

Por la mañana temprano, aún es de noche aunque ya se adivina el alba, cuando Martín sale del portal. Camina calle abajo y al rato se detiene frente a un escaparate para ver su imagen reflejada. Trata de comprobar si todo ha pasado realmente. Trata de cerciorarse de si no seguirá soñando. «Ha sucedido. Ocurrió. Marisa existe. Y eso me recuerda que se me ha concedido la excedencia y que he aceptado el trabajo; por la tarde, cuando coja el tren, empezará para mí un nuevo día».

Martín, el soñador, ha despertado firmemente anclado en un trozo de lo real y no entre fantasmas, como se temía, y eso será la fuente de un nuevo ímpetu creador que le impulsará por fin hacia la expresión lírica, la ilusión perdida por escribir. El motor de la ilusión, lubricado con el aceite de la vocación, suena rotundo de nuevo, sin achaques.

Todas las notas que ha ido tomando cobran ahora sentido al encajar, como las piezas de un puzle, en una idea general.
—IV—




Han pasado ocho años, en una televisión entrevistan a Martín.
—En su primeras novelas aparece una mujer joven y rubia, ¿en ésta segunda también?
—Pues sí.
— ¿A que es debido? ¿Tiene usted algún tipo de fijación por las rubias?
—No especialmente. Supongo que es debido a que estamos en España, si estuviéramos en Suecia probablemente entonces hablaría en mis novelas de una mujer morena.
(Risas)
Toda realidad —continúa—nace de un ensueño. Y toda obra literaria nace de una mujer. ¡Si ellas se dieran cuenta de lo capacitadas que están para poner al hombre en condiciones de producir!...
— ¿Las mujeres?
—Las mujeres llegan inesperadamente, nos hacen sufrir y nos obligan a pensar.
—Tengo entendido que usted escribió estas dos novelas, del tirón, en apenas un par de años.
—En efecto, cuando llegue de Madrid y me instalé de nuevo en mi tierra, me puse a escribir y a escribir, y no podía parar, me sobraba material para novelar, así que decidí no ponerle fin. Vamos, lo que se dice continuar viaje sin fecha hasta la estación término. Las ideas estaban ahí almacenadas, como el agua en un embalse, y me salían a borbotones por la esclusa. El resultado fueron tres «ladrillos».
— ¿Tres?
—Sí, en realidad es una trilogía. Le digo en primicia que el último se publicará a su tiempo, pero que también está escrito.
— ¿Y cómo fue?
—Cuando hube terminado corregí el primero y lo mandé a varias editoriales hasta que, al tiempo, una me contestó interesada en él. Cuando mi editor, a la vista del relativo éxito de ventas obtenido, me pidió al año que me comprometiera y escribiese otro, le solté encima de la mesa el segundo. ¿Ya lo tienes escrito? me preguntó extrañado, pues sí le respondí, no sólo eso sino que también tengo el tercero.
—En su primera novela habla de la realidad de los sueños, de la memoria de lo soñado, de la otra cara de lo que percibimos, del reverso de los pensamientos ¿De qué hablan las otras dos?
—En esta hablo del amor interrumpido, de aquellos amores que lo son aunque no hubieran cuajado, aunque sólo hubieran estado en una única ocasión, en una noche, o hablando a propósito por qué no podían serlo, de esa clase de amores que ninguno de los dos pueda ya olvidar su cara el resto de su vida. Y en la tercera… Bueno de esa sólo hablaré en presencia de mi abogado.
(Risas)

***
Un ayer de tus labios en mi oído,
una huella sonora, una cadencia,
hizo flor de latidos tu presencia
en el último borde del olvido.

 

***

 

Ese mismo día, por la tarde, se acercó a la comisaría, subió los escalones y en la segunda planta, la del archivo, visitó a un antiguo compañero y amigo. Se saludaron efusivamente y tras regalarle el nuevo libro, debidamente firmado, Martín le pidió un favor por los viejos tiempos.
—Necesito que me encuentres a una amiga, anda, búscame en los archivos a una chica de la que solo sé que se llama Marisa, madrileña, periodista, de unos veintiocho años.
— ¿Sólo tienes eso?
— ¡Bah! Una dirección donde pudo haber vivido hace ocho años.
— ¡Pues estamos aviados! No sé, no sé, es mucho favor. Me llevara diez minutos por lo menos— espeta riéndose—. Anda. Cuando salga el tercero me lo tendrás que regalar también.
—Dalo por hecho.
—Te llamaré mañana con lo que tenga y ahora ¡largo de aquí! ¡A escribir!
Cuando ya en la puerta se despiden.
— ¿Merece la pena?
—Qué, ¿el libro?
—No, coño, la chica ésta, ¡Marisa…!
Martín ha hecho como que se va, ha bajado un escalón y tras meditar un instante se ha girado. Sonriendo, responde:
—Tanto como la vida que soñamos frente a la que tenemos.
-FIN-


© Humberto 2011.