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viernes, 23 de junio de 2017

Sobre lo sabido y lo ignorado




 

«Hay cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que desconocemos cosas, es decir, sabemos que hay ciertas cosas que no sabemos. Pero también hay cosas que desconocemos que desconocemos, aquellas que no sabemos que no sabemos».

 Donald Rumsfeld


Sobre lo sabido y lo ignorado

Hay cosas que sabemos que sabemos, esas certezas que, por sencillas o por arduas, descansan en la conciencia como piedras firmes en un río. Son los conocimientos que nos pertenecen y nos acompañan, como compañeros silenciosos en el caminar de la vida.

Sabemos, asimismo, que ignoramos ciertas cosas; que existen conocimientos que, aunque intuyamos su presencia, nos son vedados. Esta conciencia del vacío nos hace cautelosos, nos impide errar con ligereza y nos enseña a estimar el valor del aprendizaje.

Pero existen otras cosas, más misteriosas y sutiles, que desconocemos incluso en nuestra ignorancia: aquellas que no sabemos que no sabemos. Son los secretos del mundo y de nosotros mismos, los horizontes ocultos tras la bruma de la experiencia. Quien los intuye, descubre que la verdadera sabiduría no consiste en acumular certezas, sino en medir con respeto la vastedad de lo desconocido.

En la vida, la prudencia nace de esta triple contemplación: de lo que sabemos, de lo que sabemos que ignoramos, y de aquello que ni siquiera sospechamos. Y quien aprende a convivir con estas tres capas de conciencia, camina con humildad, sin arrogancia, y con la dignidad serena de quien entiende que el saber humano siempre es apenas un farolillo ante la noche infinita del mundo.

martes, 20 de junio de 2017

Etimología de matrimonio y patrimonio




Alguna vez he oído la tontería «el patrimonio debe ir con el matrimonio». Desde luego que más de uno procurará que vayan unidos (y bien unidos), pero la única proximidad real que presentan es la etimológica.

Nuestra voz «matrimonio» procede directamente de la latina MATRIMONIUM, que significaba lo mismo que en español. Hemos heredado, por tanto, forma y valor semántico. Sin embargo, en un primer momento, cuando esta palabra compuesta apareció en Roma, tenía un significado levemente distinto: «ceremonia que hace recordar a la madre legítima». Expliquemos esto con más detalle: los dos elementos que integran esta palabra compuesta son MATER («madre») y el verbo MONEO, MONES, MONERE, MONUI, MONITUM («hacer recordar»). Por tanto, el MATRIMONIUM era el acto o la ceremonia que hacía recordar a una mujer como madre legítima de la prole futura. Esto era necesario tanto para legitimar a la esposa como a su descendencia, especialmente en una sociedad tan legalista como la romana.

Pero podemos ir algo más allá: la palabra latina MATER hereda la forma indoeuropea MATER. La lengua indoeuropea es la lengua madre del latín y de muchas otras (entre ellas el griego clásico) y se habló aproximadamente entre 3500 a.C. y 1500 a. C. en un territorio vasto entre Europa y la India. Lo que a mí me interesa reseñar aquí es la etimología de esta bellísima palabra: MATER. En aquella remota lengua de las estepas centroeuropeas, «mamá» se decía «ma», y está demostrado que el sufijo indoeuropeo que indicaba parentesco era «-ter», por lo que la construcción del término MATER fue temprana. Este es, pues, el origen de las hermosas palabras (mère, mâe, madre, mother, mutter, etc.) con las que desde tiempo inmemorial designamos a nuestras madres.

La otra palabra, «patrimonio», presenta un origen y una evolución paralelos. El término latino PATRIMONIUM significaba lo mismo que en español («conjunto de bienes poseídos»), pero, al igual que la palabra anterior, también compuesta, tuvo en sus orígenes un valor semántico levemente distinto: «bienes que se poseen de los padres» o lo que es lo mismo: «bienes heredados de los padres». Los dos términos de esta forma compuesta son PATRES («los padres»), y MONEO («hacer recordar», como se indica más arriba), por lo que en su origen la voz PATRIMONIUM no era sino «bienes que perpetúan el recuerdo de los padres», algo de especial relieve en una sociedad como la romana en la que revestía una particular importancia el culto a mayores y antepasados.




martes, 28 de marzo de 2017

LOS POLICÍAS CANOROS







La Policía Especial de Tánger la formaban, a partes iguales, 103 policías franceses, de la Gendarmería, y 103 policías españoles, de la Policía Armada, cuyo mando corría a cargo del teniente coronel don Matías Sagardoy. Su misión era el mantenimiento del orden público, la seguridad y el control, así como la vigilancia de las entradas y salidas de la ciudad marroquí del entonces protectorado francés.

Corrían los años cincuenta y, entre uno y otro escuadrón, había en general muy buena camaradería y una excelente relación. Así, cuando los gendarmes celebraban su patrón o su fiesta nacional, los españoles lo celebraban con ellos, y viceversa. Un año, los franceses, tras la comida, improvisaron un coro, y gustó tanto que, en lo sucesivo, se estableció por costumbre celebrar un duelo polifónico entre ambos escuadrones. Dos coros se enfrentaban cantando canciones propias de cada país.

El coro de los franceses, para desesperación del orgullo del capitán español, daba sopas con hondas al suyo. Una vergüenza. Un desastre. Porque la formación de los policías armados no sabía cantar más que aquello de La rana debajo del agua. Y regular. Eso sí: formaban un corro muy apañado, en círculo, echándose el uno la mano sobre el hombro del otro, lo cual al menos hacía gracia. Los gendarmes, en cambio, deleitaban con un variado repertorio de canciones folclóricas, sin repetir, y contaban además con un divo: un hombre que cantaba realmente bien y que sabía de música lo suficiente como para organizar un coro como Dios manda, con sus respectivos ensayos.

Hasta que un buen día ocurrió algo inesperado. Coincidiendo con la festividad del Santo Ángel, patrono de la Policía Armada, el barítono español Pedro Terol estaba pasando unos días de visita turística en Tánger, y el capitán Sánchez, que era muy amigo suyo —paisanos de Orihuela—, fue a visitarlo al hotel en el que se hospedaba. Entre copas, le expuso su drama y allí, en ese momento, urdieron el plan de desquite: Terol se vestiría de uniforme y se haría pasar por policía para arrancarse a cantar en la comida lo que él quisiera, pero sin darse a conocer.

Y así fue. Pedro Terol se calzó el uniforme de la Policía Armada y aguantó, fusil en ristre, la revista que pasaron el embajador español y el francés al contingente, y todo el tiempo que duró la celebración, sin levantar la más mínima sospecha. Ya en los comedores, estando en los postres, el capitán pidió, como era costumbre, la venia de los embajadores para que uno del escuadrón español cantase algo. Para amenizar, concretó. El embajador de España, cansado de lo de la rana, le miró con benevolencia y dijo:

—Bueno, que cante.

Y Pedro Terol se levantó. Contrajo el diafragma y, mirando a todos, se arrancó con divina voz:

Si vas a Calatayud
pregunta por la Dolores;
que una copla la mató
de vergüenza y sinsabores…

Se hizo el silencio más absoluto en toda la sala. Aquella voz prodigiosa, aquella canción que hablaba de una mujer deshonrada, cayó sobre las cabezas como un espíritu y se adueñó por completo de la estancia y de los ánimos de los presentes. Se coló a través de puertas y ventanas y llegó hasta las cocinas y los patios, atrayendo la atención de los empleados del acuartelamiento, que se apresuraron a asomarse, arracimándose como podían en los umbrales.

El capitán francés se iba quedando cada vez más atónito ante cada nuevo registro de la voz de aquel policía español, más y más perplejo a medida que la canción subía de tono. Los embajadores, extrañados, se miraban y clavaban la vista en el capitán Sánchez, que disimulaba su regocijo, como diciendo: «aquí hay tongo».

Cuando Terol hubo acabado la que probablemente fue la mejor Jota de la Dolores que había interpretado en su vida profesional, se quedó de pie, sonriente, la frente alta, y todos, sin excepción, le aplaudieron a rabiar, entusiasmados. A los vítores enardecidos de la parte española se sumó el silencio derrotado del capitán francés, que hasta entonces no había conocido la derrota en lo canoro y se quedó literalmente hecho polvo, negando con la cabeza. ¿Quién demonios era aquel policía y de dónde había salido?

Finalmente, el capitán Sánchez reveló el engaño, así como la identidad del barítono disfrazado. Rieron con cierto alivio. El teniente coronel Sagardoy, que encajaba muy bien ese tipo de humoradas, ladeó la cabeza y le dijo al oído:

—Ya era hora de que aprendieran.





Humberto 2017

martes, 28 de febrero de 2017

INVISIBLE



INVISIBLE




Pablo, que se ha bajado del vehículo patrulla
, cruza tranquilo la calle en dirección a una tienda para comprar agua, tal vez algo de picar. Va ensimismado en sus cosas; se ha vuelto un par de veces hacia su compañero, quien ha decidido esperarlo sentado dentro. Está en la zona sur de la ciudad. Es una noche de verano del año 2012.
Tiene treinta y seis años, una novia de toda la vida, compañeros que lo respetan, jefes que lo valoran, unos amigos que lo quieren mucho, una buena colección de vinilos y un perro.

Bárbara, a la misma hora de la misma noche, camina con paso firme hacia el hospital, que se encuentra en la zona norte. Es enfermera en prácticas —le va muy bien— y va a hacer una sustitución en Hemoterapia. Bárbara tiene veintiún años, un amigo que quizá podría ser un novio, dos padres que no están separados, etcétera. Su abuela diría que tiene toda la vida por delante.

Pablo, de treinta y seis años, y Bárbara, de veintiuno, no se conocen. No tienen edades similares ni gustos afines. Ni siquiera viven cerca. No comparten amigos en común. Y el destino nunca los ha puesto a menos de varios centenares de metros el uno del otro, pese a vivir en la misma ciudad. Ni han comido siquiera en el mismo restaurante.
Pero esa noche de 2012, mientras ella va al hospital a hacer su sustitución y él camina hacia la tienda de veinticuatro horas, pasará algo.
Para empezar, a Bárbara el jefe de planta le comunica que están muy contentos con ella y que le ofrecen un puesto en el hospital. Tras su alegría, le dice que pase por Personal. Ella sube las escaleras y va adonde le indican para dar unos datos y firmar unos papeles para ser contratada.

A esa misma hora, pero a unos dos kilómetros, en el sur, Pablo, que abría la puerta sin mirar al interior, recibe a corta distancia dos disparos de un atracador que permanecía escondido tras unos estantes, nervioso y asustado. Ni siquiera le da tiempo a reaccionar y cae desplomado al suelo. La dependienta comienza a dar gritos y el individuo huye, pistola en mano. Pablo agoniza en la calle. No puede escuchar el tiroteo que se ha organizado entre su compañero y su agresor.

Media hora más tarde, Bárbara le está contando a otra enfermera la noticia de que, finalizadas las prácticas, tal vez trabaje allí —se lo cuenta con alegría— cuando, a sus espaldas, entra en camilla Pablo. Está inconsciente y entubado. Bárbara no lo ve ni tampoco sabe que, a esa hora de la madrugada, las posibilidades de que Pablo sobreviva a los disparos son de un siete por ciento.

Sin embargo, en las siguientes dos horas, Bárbara nota un cambio en la rutina del hospital. De repente empieza a llegar muchísima gente, sobre todo gente uniformada. Ojos como platos, rostros desencajados. Todos preguntan por un tal «Pablo».

Por lo visto, piensa Bárbara, Pablo, además de policía, es alguien muy bien considerado entre sus compañeros, con muchos amigos; todos quieren donar sangre, todos le lloran, todos se prestan a hacer lo que sea. El nombre y el apellido de Pablo se convierten en el sonido más recurrente del primer día de trabajo como enfermera de Bárbara.

Al tercer día, Bárbara conoce por fin al personaje, que está en un coma inducido desde su ingreso en el hospital. Entra a verlo por curiosidad. Elige una tarde en la que no hay nadie visitándolo. Bárbara pasa a la habitación, sigilosa, porque quiere ver quién es esa persona por la que tanta gente se deja sacar sangre todo el tiempo.

Y en esa habitación, esa tarde, pasa algo que no tiene lógica: Bárbara se enamora de la persona que duerme en la cama. Se enamora sin una razón, pero al mismo tiempo sin remedio y para siempre.

Dos años después, Pablo sigue internado. Bárbara nunca jamás le ha dirigido la palabra. Él, paulatinamente, empieza a mejorar. Acaba de entrar al quirófano para someterse a la vigésima operación de médula, que también será la última. En esos dos años, a Bárbara la hicieron fija y, aunque le salieron otras ofertas, decidió quedarse en el hospital. También tomó la decisión de amar a Pablo en silencio. Incondicionalmente. Sin contraprestaciones.

Ella conoció e incluso charló varias veces con la novia de Pablo, con algunos de sus compañeros y amigos, con sus padres y con el cirujano; pero nunca jamás insinuó nada sobre sus sentimientos. Las únicas personas que conocían su secreto eran un par de enfermeras de su mismo turno y el médico, a quien Bárbara preguntaba a menudo por Pablo de un modo que evidenciaba su interés más allá de lo profesional.

En 2015 a Pablo le dieron el alta médica y dejó por fin el hospital. Volvió a su casa. Bárbara sufrió muchísimo por no verlo ya tan a diario, aunque había dos buenas noticias que la sosegaban: Pablo debía volver una vez por semana para hacerse chequeos; esa era la primera buena noticia.

La segunda era más bien una sospecha: Bárbara tenía la certeza, por algunos detalles, de que Pablo y su novia lo habían dejado. La novia, al final, ya no venía tanto y, cuando lo hacía, el trato con sus suegros era distante.

En 2016, cuatro años después del atentado, Pablo volvió una mañana al hospital para hacerse unos controles y entonces su médico, antes incluso de saludarlo, le dijo:
—Pablo, perdóname, pero tengo que hacerte una pregunta.
El médico lo miró a los ojos y se puso algo colorado, porque los médicos no están acostumbrados a convertirse en cupidos. Hizo una pausa y siguió:
—Lo dejaste con tu novia, ¿no? ¿Ahora estás soltero?
Pablo dijo que sí, pero no sabía a qué venía esa pregunta. Entonces el médico sacó un papel del bolsillo y se lo dio.
—Toma —le dijo—. Llama a esta chica, por favor, porque aquí ya no la aguantamos más.

En el papel estaban el nombre de Bárbara, su apellido y su número.

Pablo introdujo el número en la agenda de su móvil y buscó el perfil que aparecía en WhatsApp, porque no tenía ni idea de quién podría tratarse. Bárbara había sido más que extremadamente discreta durante esos cuatro años; había sido invisible. Entraba a verlo cuando él estaba en coma o dormía. Nunca le había dirigido la palabra. Asépticamente profesional en todo momento, oculta bajo su bata blanca como un ángel guardián. Por eso él no tenía la menor idea de su existencia.
El perfil era únicamente una cita de Neruda:

«De la vida no quiero mucho. Quiero apenas saber que intenté todo lo que quise, tuve todo lo que pude, amé lo que valía la pena y perdí apenas lo que nunca fue mío».


Lo intentó con Facebook. En su perfil no había más que una foto donde salía un grupo de jóvenes enfermeras sonrientes en lo que parecía una graduación. Sin nombres. Pero él supo inmediatamente cuál de todas era ella.

Antes del atentado, Pablo pensaba que había sido feliz. De esa felicidad superficial, de juguete, en la que resultaba inmoral no rebosar de alegría ante los demás: trabajo, amigos, salud y una compañera. Pero nada de eso quedaba ahora.

Reflexionó unos instantes mirando su reflejo en los cristales de las ventanas. La silla de ruedas, con el perro tumbado a su lado, era la constatación de la desgracia. Ya no había trabajo al que acudir, no podía sino soñar con caminar y estaba sin una mujer a su lado. En términos matemáticos había perdido algo así como dos tercios de lo que le hacía feliz.

¿Por qué no tratar de sumar para recuperar al menos la mitad?, se preguntó mientras acariciaba el lomo de su perro, que emitió un aullido que sonó a afirmación.

Al día siguiente, Pablo llamó por teléfono a Bárbara. Y hablaron, por primera vez en cuatro años. Del mismo modo que supo quién era viéndola en una foto, supo, oyendo su voz, que encajaban de repente todas las piezas de un puzle compuesto de breves imágenes de cuatro años, materializándose en una historia con sentido. Como si de un prefacio se tratase, al que ahora se sumarían el resto de los capítulos.

Quedaron esa misma tarde en un bar y, a los veinte minutos exactos de estar charlando, improvisadamente, Bárbara lo besó. Luego, al separar los labios, apartó la cabeza y lloró.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Pablo.
—No, nada.
Bárbara le acarició suavemente el rostro y le pidió disculpas por aquel arrebato de pasión.
—Jamás me habían pedido perdón por amarme.




FIN


 © Humberto 2017
 

martes, 10 de enero de 2017

Asomada a la ventana

Imagen relacionada


Se acercó a la ventana. La lluvia rompía en los cristales en ese momento, pero Sara estaba mucho más allá, en ese mucho más allá ilocalizable adonde ponen proa los ojos de todas las mujeres cuando miran por una ventana y la convierten en punto de embarque, en andén, en alfombra mágica desde donde se hacen invisibles para fugarse. Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos, pensaba Martín mientras estudiaba su rostro como si fuera la primera vez. O como la última.