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sábado, 25 de abril de 2026

Anécdotas del servicio diario: El marido de Ramona



Anécdotas del servicio diario:
El marido de Ramona


«El marido de Ramona», así le llamaban, según la costumbre asturiana al uso, a aquellos de fuera que se casaban con una mujer de aquí. De nada le valía a don Camilo Alonso Vega haber sido veterano de la guerra de Marruecos; de nada haber defendido Villarreal (Álava) del asedio de la columna de Carrillo, participado exitosamente en la campaña del Norte al mando de una brigada y vuelto a defender Navarra de la invasión del Valle de Arán, que desde Francia, otra vez, comandaba Carrillo, en el año 44; de nada ser en la actualidad director general de la Guardia Civil, con grado de teniente general; de nada tener trato de excelentísimo señor; de nada ser caballero de la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén con el grado de Gran Cruz; tampoco el hecho de que fuese amigo de infancia, paisano y compañero de armas del mismísimo Caudillo.
Nada, no había manera: era llegar de Madrid a su casa de Noreña, de donde era natural su señora, y pasaba a ser simplemente el «marido de la Ramona». El ferrolano, que ya sabía que iba a ser en breve ministro de la Gobernación (Interior), encajaba todas estas cosas del lugar con filosofía y chanza gallegas, sin darles mayor importancia. «Los asturianos son asina», decía, imitando el acento en las tertulias del café donde iba a echar por las tardes la partida.

Como antiguo cadete del arma de Infantería y exjefe legionario que fue, gustaba de mantenerse en forma y, para ello, solía ir a trotar por senderos apartados, seguido a distancia por su chófer, quien, para no estar importunándole ni gastar combustible, y siguiendo sus indicaciones, paraba el vehículo, esperaba y, cada cierto tiempo, emprendía la marcha hasta hacer contacto visual, para volver a apagarlo. Así, sucesivamente.

Sucedió un día de verano, en un camino solitario de las afueras de la villa, estando en esas de lo que ahora llamaríamos footing (o más recientemente, running), años antes de inventarse. Ataviado con un chándal, resoplando y cubierto de sudor, don Camilo se topó con una pareja de la Guardia Civil: uno a cada lado del camino, tricornio, capa y mosquetón al hombro. Al verlo de aquella guisa, le dieron el consabido:
—¡Alto a la Guardia Civil!
Don Camilo se detuvo, extrañado de que no le reconociesen.
—¡Buenas, identifíquese!
El general había estado en tantas campañas, en tantos frentes, y había mandado a tantos hombres distintos, de toda condición y laya (moros, legionarios, vascos, navarros…), que creía saber hacer ver quién era sin necesidad de sacar ningún documento. Así que lo que sacó fue una voz gutural y profunda, y dijo:
—Soy el director general de la Guardia Civil.
Acompañaba el tono con un gesto muy serio, grave y circunspecto, de legionario, pero ya en el momento de decirlo supo que había metido la pata. Repasó mentalmente:
«No llevo documentación, menuda facha que tengo, desde luego nada viril. Este ha hecho la guerra y seguro que hasta se las ha visto con el maquis a tiros, y el chófer aún va a tardar. Estamos en la España del año 57, donde se actúa primero y se pregunta después... ¡La que me van a liar!».

El guardia observó detenidamente aquellas prendas de algodón ajustadas y llenas de sudor, sus zapatillas deportivas de goma, como las que llevaban algunos veraneantes; le miró finalmente la cara de seriedad y su jadeo. Frunció el ceño, movió el bigote y resopló.
—¿Con que sí, eh? ¿Y puede saberse por qué ye que corres?
El otro guardia, desde lejos, preguntó a su compañero:
—¿Qué ye lo que diz esi, ho?
—Na, oh, diz que ye el director general de la Guardia Civil.
—¡Day dos hosties! —ordenó.

Ya el rudo brazo picoleto había girado para coger impulso y dar un sonoro bofetón al hombre que era, o parecía, un maquis disfrazado, cuando de pronto apareció el vehículo oficial. El retrato de su director general les era desconocido, pero reconocieron enseguida las tres estrellas del banderín. Esas eran inconfundibles.
—A las órdenes de vuecencia, mi general. Perdone vuecencia el «atrevimientu».
—Perdonados, prosigan.

© Humberto 2010.

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