Anécdotas del servicio diario:
La citación
Mi compadre y yo tocamos el timbre del telefonillo para entregarle una citación a una señora, en un barrio cualquiera de Madrid, en un año cualquiera del siglo pasado, una mañana cualquiera de abril.Nadie respondió al telefonillo, pero la puerta del portal sonó abriéndose.Subimos las escaleras hasta el segundo piso y nos encontramos la puerta del domicilio entreabierta, dejando ver un pasillo y, al fondo, un salón iluminado por amplios ventanales.Llamamos con los nudillos.Entonces oímos una voz de mujer que salía desde dentro:—Te estaba esperando, pasa, tontorrón.Antes de poder aclarar que no éramos «el tontorrón», sino nosotros —la policía—, ella salió al pasillo sonriente y con los brazos abiertos, como para albergar en ellos una columna.No llevaba ropa ninguna: como Dios la trajo al mundo.Dijo:—¡Opps!Y desapareció sobre sus propios pasos.Justo un segundo después volvía a salir. Ahora llevaba puesto un exiguo mantón de Manila, que apenas cubría sus carnes y que, aunque nosotros no lo veíamos, tampoco debía de proteger gran cosa de la retaguardia.—Es una citación. Firme aquí —advirtió mi compadre, carraspeando.Hubo un instante de silencio.Ella nos miró con expresión elocuente, como diciendo: «¿Y dónde coño voy a llevar yo un bolígrafo para firmar?».—¿Me dejan un boli?Y se rompió el hechizo.No puedo asegurar si se nos caía la baba, porque ninguno mirábamos al otro. Estábamos profundamente concentrados en… la diligencia.—Sí, tenga —dijo mi compadre, extendiéndole uno que, con cierta demora estratégica, sacó de la chaqueta.Ella firmó, siempre sonriente, con la mano que le quedaba libre, mientras con la otra sujetaba el mantón, no fuera a enseñar de nuevo el monte de Venus.Devolvió el bolígrafo y, muy educadamente, cerró la puerta, privándonos de la contemplación de su… iluminado salón.Nos fuimos algo alterados.Mirábamos la puerta, luego nos mirábamos entre nosotros y luego a todas partes.No dábamos crédito.¿Sería una cámara oculta?Si mi compadre hubiese sido de letras, quizá le habría dicho que era la misma Venus de Botticelli; pero era de ciencias, así que me limité a soltarle:—¿Así que hacer citaciones era algo aburrido?—¡Qué buena estaba la tía, tú! —respondió, muy de ciencias, mi compadre.—En las citaciones nadie dijo que habría excitaciones —contesté yo, muy de letras.Luego, ya dentro del vehículo, patrullando adelante sobre el negro asfalto bajo aquella mañana luminosa, y como éramos unos guardias, ambos coincidimos en que era una pena que ninguno de los dos hubiésemos sido el sustituto del tontorrón.O los dos a la vez, que también.Y otras lindezas que me van a perdonar que no les cuente.—Espera a que lo cuente en comisaría.—Tenías que escribirlo.—¡Quién sabe! Quizá algún día.
© Humberto 2011.
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