Anécdotas del servicio diario:
El brindis
Aquella mañana no había venido nadie a comisaría. Lo más normal otros días era que, a las doce del mediodía, no parase de entrar y salir tanta gente por la puerta principal como sale del vomitorio de un estadio de fútbol. Era una de las de Distrito, y en cualquier otra jornada la sala de espera habría estado abarrotada, pero aquella mañana no: no había venido ni un alma ni se habían producido llamadas.Puede que se debiese a que era domingo y el pulso de la ciudad latía lento y perezoso, como el de un enfermo, sin apenas dejarse sentir; puede que porque fuese primer día de mes o porque fueran los primeros días del año; quizá porque la noche anterior había sido Nochevieja y los ciudadanos dormían todavía la cogorza y la «vigilia»; o quizá, quién sabe, porque era el jodido día de Año Nuevo, arrancaba todo de nuevo y nadie tenía nada que denunciar.Lo cierto es que, a esas alturas, no se había vendido ni una triste escoba.Sin nada mejor que hacer en un día tan inusual como aquel, el grupo de agentes que componíamos el servicio (pringábamos, mejor dicho) charlábamos amigablemente en la sala de seguridad, junto a los teletipos y la emisora, contando anécdotas, chistes, chascarrillos y demás tonterías típicas de esas fechas y tópicas entre policías.Sobre la mesa había unas veinte botellas de cava, comida variada y un sinfín de dulces procedentes de distintos regalos de comerciantes que, por costumbre, enviaban a la comisaría por Navidad.Alguien dijo que era el momento oportuno de hacer un brindis y propuso abrir una de aquellas botellas. Otro eligió la que, según él, era la mejor por ser la más cara: un cava catalán, por supuesto. Tiró del corcho, pero se quedó con la cabeza en la mano y el cuerpo dentro, obturando la salida del ansiado y espumoso vino.—¡Ya la cagaste, Burt Lancaster! ¡Anda, abre otra!—No. Yo sé cómo abrirla. En Asturias lo hacemos así cuando se queda el corcho de la sidra —dijo un asturiano resueltamente.Y acto seguido cogió la botella seleccionada y un cojín, salió del cuarto y se fue al fondo del pasillo. Puso el cojín contra la pared con una mano y, con la otra, sin dudarlo, con fuerza y ganas, golpeó resueltamente el culo de la botella contra la pared, amortiguando y protegiendo el casco con el cojín.No pasó nada, aparte del ruido del golpe.Nos miró y le miramos sin pestañear, como los lagartos.(Risas generales y generalizadas).—Te habrás cagado del esfuerzo, ja, ja, ja…—¡Pues esto siempre funcionaba! —dijo con gesto de incredulidad.—Anda, déjalo. Vamos a abrir otra. Si es que estás muy mayor, asturiano, y eso sería cuando eras crío; ahora ya no va.El asturiano miraba con sus ojos verdes la verde botella y las burbujas que se batían con furia en su interior, sin comprender qué había fallado.«No le di con suficiente fuerza», debió pensar.Y decidió, como Moisés a la roca, darle otro golpe aún más duro, más contundente.Volvió a repetir la operación, esta vez soltando un «¡ah!».Sonó una explosión.Para los que estábamos dentro del cuarto se hizo la noche. Una nube vino perpendicular al suelo, regándonos: un tsunami de burbujas.Luego volvió la luz.La pared de detrás de nosotros estaba completamente manchada, a excepción de unos huecos: nuestras siluetas.Pegado sobre el cuadro del Rey estaba, algo aplastado, lo que debía ser el corcho.Todo olía a cava avinagrado y los damnificados por la catástrofe nos limpiábamos los ojos sin dar crédito, profiriendo los insultos acostumbrados en acontecimientos similares.El asturiano, un poco sordo por la explosión, con ojos de pasmo miraba unas veces la botella, que ya no tenía nada en su interior, y otras a nosotros, que debíamos de tener la misma cara de susto que quien recibe un rayo y no lo mata.Quería pedir perdón y disculparse, pero no le acertaban a salir las palabras.«¡Menudo papelón!»También quería dar una explicación científica de lo sucedido, pero no encontraba los términos. Solo acertaba a decir:—Yo… yo, es que… si no era mi… coño, perdonad, pero es que…Alguno ya estaba pensando en tirarse a su chepa cuando, en eso, entró una señora mayor: era la primera clienta de la mañana.Una de «las de antes», que debía venir de misa.Al principio, al ver al policía que la recibía con una botella en la mano, sonrió picaronamente diciendo:—¿Qué, de brindis por el Año Nuevo, no?Luego se puso algo seria cuando acertó a mirar dentro del cuarto y nos descubrió de aquella guisa: empapados, oliendo a cava y tratando inútilmente de aparentar normalidad.Al punto, su gesto fue de extrañeza al fijarse en nuestras siluetas dibujadas a gotelé en la pared; y, al final, de espanto al ver el insólito punto que tenía el retrato del Rey en la frente.¿Qué peregrino juego de puntería, qué macabro procedimiento de vudú o qué irreverencia de lesa majestad era aquello, por Dios bendito?
© Humberto 2009.
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