Anécdotas del servicio diario:
La fiesta de espuma
Según me la contaron.Hace unos quince años —que ya son años—, en las afueras de uno de esos pueblos perdidos de Asturias donde la niebla parece formar parte del catastro y los perros ladran con resignación, dos policías del Cuerpo Nacional acudieron de madrugada a un incendio en una casa destartalada.
El humo salía a borbotones por la puerta principal, que permanecía entreabierta como la boca de un borracho dormido. Era una vivienda antigua, de las de antes: pasillo largo, habitaciones pequeñas, humedad en las paredes y la cocina al fondo, allá donde siempre terminan las tragedias domésticas.Entraron pasillo adelante hasta la cocina, nunca mejor dicho.El incendio resultó ser una simple sartén olvidada al fuego. El aceite se había achicharrado y soltaba una humareda negra, espesa y venenosa, como una locomotora vieja o como ciertos discursos oficiales, pero de llamas, por fortuna, nada.El humo era tan denso que no se veía un palmo delante de la nariz, y tan tóxico que cada bocanada parecía una puñalada en los pulmones. Retiraron la sartén de los fogones a toda prisa; pensaron en abrir las ventanas, pero los ojos les lloraban como a viudas de guerra, así que optaron por la táctica más sensata: salir de allí cagando leches, previa localización de la inquilina, una anciana diminuta y testaruda que parecía más preocupada por la sartén que por su propia vida.Encararon con ella el pasillo de regreso, que ahora se les antojaba más largo que una posguerra.Y fue entonces cuando apareció el tercer actor de la comedia.En el otro extremo, ajeno a todo aquello, entraba un policía local con un extintor en la mano y expresión de héroe de cine americano de tercera regional. La cantidad de humo lo había convencido de que aquello era el infierno de Dante con licencia municipal. Iba pensando en Llamaradas, en esas películas donde los bomberos mueren con nobleza mientras una viuda guapa llora al fondo, y se preparaba mentalmente para su momento de gloria.Mientras tanto, los otros dos, que seguían sin ver absolutamente nada, encendieron las linternas buscando el final de aquel maldito pasillo, más largo que un día sin pan y más traicionero que una promesa electoral.Y entonces ocurrió.El municipal vio la luz al fondo y pensó, con esa lógica aplastante que sólo concede el pánico:—Ésta es la mía. A mí no me vas a quemar, cabrona.Y apretó la maneta del extintor con la fe ciega de los conversos.No oyó los gritos.No supo nunca que, en lugar de sofocar el incendio, estaba blanqueando a conciencia a sus compañeros y a la anciana, como si los preparase para una procesión de Semana Santa.Cuando salieron a la calle, la escena era digna de Goya con resaca: tres figuras completamente blancas, espectrales, irreales, cubiertas de espuma seca y dignidad arruinada, mirándose unas a otras con esa expresión de quien acaba de descubrir que Dios no existe y, además, se ríe.Allí fuera esperaba el respetable.Un grupo de gitanos, tan ociosos como atentos, seguía el espectáculo con el entusiasmo de quien presencia gratis su particular Coloso en llamas local. Cuando distinguieron en la noche las siluetas níveas de los dos maderos, estallaron en aplausos, vítores y carcajadas de una sinceridad admirable.Aquello desató un rosario de insultos contra el municipal, que bastante tenía con intentar pedir perdón sin encontrar las palabras adecuadas. Pobre hombre: la épica le había durado exactamente ocho segundos.Uno de los policías, quizá herido en su orgullo más que en su uniforme, sintió que se le subían los humos —nunca mejor dicho—. Sacó la defensa reglamentaria, blanca como la nieve y tan ridícula como una espada de merengue, e hizo ademán de lanzarse a repartir democracia entre los espectadores.Pero se vio. Se vio a sí mismo: cubierto de polvo blanco, con la porra en la mano, oliendo a extintor y haciendo el payaso bajo una farola de pueblo.Y entonces, como sucede en los grandes momentos de lucidez, le entró la risa.Una risa fea, descompuesta, inevitable. Tuvo que guardar la defensa. Y envainársela.Cuando llegaron a comisaría todavía dejaban huellas blancas por el suelo. Uno de los compañeros, al verlos entrar, levantó la vista del café, los observó en silencio unos segundos y dictó sentencia con la gravedad de un juez asturiano:—¿Qué ye, que habéis estado en una fiesta de espuma o qué, ho?
© Humberto 2008.
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