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miércoles, 21 de diciembre de 2011

OCURRIÓ EN NAVIDAD





                And my heart couldn't hide what you knew all along







OCURRIÓ EN NAVIDAD

C
uando las luces de las calles de la ciudad se prenden anunciando la cercana víspera de las fiestas navideñas y en la acera de enfrente el zapatero adorna el escaparate con un belén, a la mente de Martín acuden los recuerdos dolorosos, atroces, precisos como un reloj, y en su corazón bulle la sangre de una herida que nunca se restañó y las ausencias de la casa en la que vive se hacen más patentes que de costumbre. Nada hay que llene el hueco, la sensación de vacío, el abismo insondable que se abre, a partir de ese momento, bajo sus pies. Nada mitiga su nostalgia. Mira alrededor buscando que en cualquier momento aparezca su mujer llamándolo para cenar, o que por la puerta entre su hijo para tener la conversación que nunca tuvo lugar. La idea de que finalmente apareciesen sus fantasmas y acabara de volverse loco le horrorizaba, y la otra idea de abandonar este mundo que le había rondado los últimos años, tras las dos desgracias, cobra más fuerza éste con su jubilación (segunda actividad, lo llaman) forzada por el deterioro mental.

«No estás bien, Martín, admítelo, es mejor que te vayas ahora y te recordemos como la leyenda que eras a que esperes… Y que lo hagamos por lo que te has convertido». Ésas fueron las palabras de Octavio, el jefe de la Brigada, aquella mañana del mes de octubre pasado. Su mirada es seria. Una seriedad que Martín conoce muy bien, como su brevedad: siempre directo y seco para decir las cosas. Han sido muchos años juntos, casi desde el principio, desde que procedente de la Escuela de policía asomase por la Jefatura un día lejano. Martín asiente despacio, inclinando la cabeza.  Sin rencores. Llegando a la misma conclusión a la que su jefe, mentor, y también su amigo, ha llegado. El jefe no habla por hablar. No lo ha querido admitir en los meses siguientes al fallecimiento de su mujer, pero su cabeza ya no rige como solía. Y si no rige no sirve para llevar un arma al cinto; mucho menos para dirigir un grupo de policías. Admite, al fin, que la desgracia lo ha dejado tocado para el servicio como un barco torpedeado en su casco, y atravesado de parte a parte.
—Tú, viejo amigo, llegaste a Comisario. Yo no llegaré.
—Todos cambiamos con el tiempo. Tú cambiaste antes de tiempo, eso es todo.
Había un tono de nostalgia entre Octavio y Martín, de viejos lobos de mar que saben, por la experiencia y el trato, exactamente lo que piensa el uno del otro.

A los pocos días, firmando el papeleo del cese en secretaría, le escuchó decir a la joven inspectora que le sucedía en el cargo: No sé cómo dinosaurios como éste, de gatillo fácil, estaban aún en la policía. Aquella joven estaba en el despacho contiguo, su —hasta hacía días— despacho. La secretaria también lo oyó, se quedó paralizada mirando como una efigie.  Martín terminó de firmar y, con gesto adusto, dice adiós a la secretaria y susurrando que qué atrevida es la ignorancia del novato, se dirige a la puerta de su antiguo despacho para decirle cuatro verdades a la «niña» recién llegada y subida a los altares, pone  la mano en el pomo, lo gira, entreabre la puerta y se detiene. Se contiene al verla. No dijo nada, se reconoció a sí mismo veintitantos años atrás. Igual de estirado y de gilipollas, con la cabeza llena de proyectos y de sueños, en el tiempo virginal en que aún creía en la justicia y no en una justicia. Dio media vuelta y se fue. No volvió. No volvieron a verlo.

Puede decirse que a Martín nunca le había gustado la Navidad, de hecho, la odiaba, a su padre, a quien apenas conoció, lo habían asesinado de un tiro en la sien los del maquis un 25 de diciembre, cuando asaltaron el puesto del que era comandante;  y a su madre se la llevó a los pocos años la tuberculosis, un día de reyes. Algo que aceptó a regañadientes como una consecuencia del sino y de la ley de la vida que se impone y doblega como el hierro colado a golpe del martillo forjador; lo de su mujer y su hijo en cambio no, nunca lo llevó. No lo aceptó. Maldecía más que nunca estas fiestas en que todos pretendían ser felices imbuidos de un sentimiento adulterado, y que a él tan ingratas le resultaban.

***

— ¡Eh, usted!, ¡acérquese aquí, por favor!
El sudamericano se vuelve y mira para el policía que ha hablado desde el coche policial situado a su espalda. Se señala con el dedo índice el corazón en señal de ¿es  a mí? y mueve los labios como si pronunciara la pregunta.
— ¡Sí, usted!, ¡venga aquí!... Por favor.
Ese «por favor» no evita que lo anterior suene a imperativo, imperativo legal. De la pareja, el más veterano es quien habla. El otro, el joven policía, observa atento.
—Permítame la documentación.
—Sí, cómo no, patrón.
El veterano sale fuera del vehículo, coge la documentación y se la pasa al joven, que permanece dentro.
—Pásalo a ver si le figura algo pendiente —parece ordenarle a su compañero.
Luego enciende un cigarro y, sosteniendo la mirada, le espeta al sudamericano que tiene delante con cara de preguntarse qué coño pasa: ¿Nos conocemos usted y yo?
—No tengo el gusto, agente.
—Pues yo sí te conozco…De referencia.
—Y... ¿Qué le han referido?, si puede saberse.
—Poca cosa, que regentas un garito en el casco viejo, donde hay mujeres que quizá no estén allí por propia voluntad, que se puede estar traficando con algo que te comprometa y que, a lo mejor, andas ajustándole por ahí las tuercas a alguien.
—No haga caso, patrón, son rumores. Uno se busca la vida, simplemente, pero no hace nada malo.
El joven policía sale del vehículo con la documentación diciendo: nada. El veterano hace una vaga señal con el dedo interpretable como que se le entregue y que se vaya. Y el sudamericano aliviado, da media vuelta y sigue su camino. A los pocos pasos se gira y dice: «Tengan ustedes un buen día de Navidad, agentes». Llevaba todo el rato apurado pensando en si le cachearían, temiendo descubriesen la pistola que oculta en el tobillo.
este chulo lleva diez kilos de oro encima, pensó el veterano. resultaba apuesto, tez morena, con buenos hombros y aspecto deportivo; es de la clase de chulos que llegado el caso matarían por la espalda, concluyó, y que prostituirían a su madre con tal de seguir llevando el mismo tren de vida.
—Una última cosa.
— ¿Qué cosa?
—El día menos pensado me planto en tu garito y te hago una inspección ¡El que avisa no es traidor!
—Venga cuando quiera, patrón, les brindaré unas copas o lo que gusten de entre lo que tengo.
Sonríe hasta darse la vuelta. ¡Coñomadres, ya los tengo detrás!, ¿quién será el hijo e´puta que les habrá ido con el cuento de que traigo mujeres del Este y de que se la tengo jurada al colombiano? Me libro por esta vez, igual a la siguiente no tengo tanta suerte, dice el sudamericano entre dientes.


***
Se extingue la última luz de la tarde, dilatándose su luz anaranjada sobre la violácea negrura que, a esta hora meridiana, se ha ido adueñando de las fachadas y el asfalto de la vieja ciudad. Un viento helado barre las calles ante la actitud indiferente de los transeúntes. Su aliento trae consigo el probable anuncio de las primeras nieves. Por el hueco de una alcantarilla humea vapor. Así, dentro de un hoyo oscuro estará también ella, piensa el viejo policía contemplando desde su ventana el ocaso de aquella tarde de Nochebuena.
El cuarto aniversario de la desgracia. No ha habido, en todo ese tiempo, una mañana que al abrir los ojos hubiera deseado no despertarse.

En el ambiente suena una canción triste —un blues— que se acompasa con el amargo sentimiento de melancolía que le invade en este momento. Es como si las notas se materializaran sobre el suelo y las paredes. Martín se aparta de la ventana y se sienta en su escritorio, sobre él están el periódico, un libro y varias cuartillas emborronadas. Hoy ha intentado escribir, en vano. Nostalgia. Esa es la palabra que le resuena en la calcárea memoria, nostalgia. Hace mucho que no escribe, piensa, años. Lo ha intentado pero no ha podido. Hubo un tiempo en que eso le resultaba tan fácil como el respirar. Y más cuando lo hacía llevado por la efervescencia de un sentimiento. Que estaba alegre por una operación que salía bien: un soneto, que era el cumpleaños de un compañero: un ripio, que ganaba el madrí, ¡Lo que fuera!
— Sin embargo a ti no te gustaban —dice con voz suave y en tono de reproche, como si desde algún lugar lejano ella pudiera oírle.
Sonríe ligeramente a la mujer del retrato mientras con las yemas de los dedos acaricia el marco de metal. Más que una sonrisa es una mueca de abatimiento. Su mirada es lánguida, errática, con el brillo contenido de unas lágrimas que no acaban de salir. Mira como un ciervo disecado mientras su cabeza pelea y se resiste contra el acto de quitarse la vida que todos estos años pugna por ganar la partida.
—Cuando improvisaba uno me mandabas callar o me cambiabas de tema. Y si te lo escribía lo guardabas y no me decías nada. Sólo sonreías.

Martín, el Martín feliz que era leyenda de la policía, el de los cinco enfrentamientos armados, el de las dos medallas al mérito, escribía sobre cualquier cosa y en cualquier sitio: una servilleta, un envoltorio, un periódico. Luego solía dárselo al interesado para que lo leyera ante el resto, que unas veces eran los amigotes y otras los compañeros de trabajo. Poemas muy celebrados por todos. A ella parecían no gustarle. No. Ella era así. Le violentaba cuando le improvisaba uno, y, turbada, le interrumpía  diciendo que lo dejase. Y si se los escribía no los leía y los guardaba con las cartas de juventud, junto con el ajuar que nunca se estrenó. O eso le daba a entender.

Ahora piensa en por qué ella era así, tan diferente a las demás. En por qué si a todo el mundo, incluida la amante que tuvo, gustaban a ella no. ¿Se trataba de un punto de indiferencia o de compleja timidez hacia lo que, de tan simple, para ella era un mundo inaccesible? No lo sabré nunca ya. Y esa duda suscita una especial congoja que trata de eludir reflotando un recuerdo bonito. Recuerda al instante el del día que la conoció. No puede decirse que fuera mucho: La magia que envolvía sus ojos negros y vivaces y su aire tímido cuando la estrechó entre sus brazos aquella tarde de invierno, en su temblor inicial antes de besarla. Pero sobre todo en que al irse se giró y descubrió que ella lo había estado observando alejarse. Eso fue lo que más le gustó y lo que tuvo presente en los siguientes treinta años. Incluidos los días en que despertó en otro lecho. Él era fiel a su modo. Y a su modo también buscaba el complemento a su felicidad.

La memoria reflota el recuerdo de la amante. Se llamaba Alba, tenía veinticinco años y era profesora de literatura en el instituto. La había conocido durante una cena. Él había acudido con los hombres de la Brigada y ella con sus compañeros profesores, en el restaurante colocaron a cada grupo en dos mesas largas, en paralelo: juntos pero no revueltos. Martín pronto recaló en la rubia platino, media melena cortada simétrica a la altura de su nuca, que tenía sentada justo detrás, juzgó su cuello fino y desnudo, su espalda y su cintura, y la calificó de prometedora. Entonces hizo de todo hasta conseguir llamar su atención y que se girara para ver la otra parte: la oculta. Excelente, calificó, cuando ésta, oyendo su voz ronca llamando al brindis, se volvió y, durante un instante, se detuvo a estudiar a aquel hombre de treinta y dos, con sus ojos azules de acero pavonado y una sonrisa que parecía contener todo el hielo de la bebida que sostenía en las manos, intuyendo una atracción en el fondo de esa voz y en los rasgos duros, marcadamente masculinos, del hombre que había tenido sentado a su espalda y que parecía estar leyendo su pensamiento.
Antes de que retirase el rostro Martín habló. Hola, dijo, lo vuestro es una despedida ¿no? Lo hizo con aquella espontánea timidez que era su modo natural de dirigirse a desconocidas, encogiendo los hombros con sencillez y acompañando sus palabras de la sonrisa que, aunque él no lo sabía, le aclaraba el rostro y atenuaba su rudeza.
—Sí, ¿y lo vuestro?, ¿Qué celebráis?
—Lo nuestro es porque hemos salido bien de una operación.
— ¿Alguna enfermedad de alguien de ustedes?
—No, una operación de narcotráfico.
Y ella rió la ocurrencia. A Martín le gustó justo en ese momento.

A los postres, uno de los profesores se levantó e improvisó un discurso para la mujer que se jubilaba. Aplausos. Entonces Octavio, el jefe, recogiendo el guante improvisó otro, hondo y emocionado, en el que les habló a todos de la vocación, débil coraza que acompaña siempre a los policías, el valor que no sabe de dónde viene ni si se mostrará en el momento preciso, y el Cerebro bien usado, útil herramienta, también de ciertos códigos por los que aún se mueven los artesanos de este antiquísimo oficio. Los aplausos fueron a rabiar. Alguien de la otra mesa decidió contraatacar y se arrancó con un poema. Más rabiosos aplausos aún.
Finalmente Martín, coreado por sus hombres, se atrevió a levantarse y recogiendo esta vez él el guante, recitó: Que yo me la llevé al río.
Al llegar a la parte de «Ni nardos ni caracolas/tienen el cutis tan fino, /ni los cristales con luna/ relumbran con ese brillo», posó sus ojos con un punto de insolencia en Alba, asaeteándola; haciéndole destinataria de lo que decía. Y cuando llegó a la otra de «Aquella noche corrí/ el mejor de los caminos, / montado en potra de nácar/ sin bridas y sin estribos», masticó cada palabra con toda la alevosía de que fue capaz mientras la miraba directamente.
Tronaron los aplausos y los vivas se oyeron en la calle. Resultado final: policías dos, profesores cero.
Lorca era el favorito de Alba. Su debilidad. Fue en ese instante cuando le gustó Martín. Y, en un arranque basado en una ley aún por formular que desde hace milenios lleva a las mujeres a hacer locuras y arrastrar consigo, de manera cómplice, a los hombres, decidió invitarlo a tomar una copa, en otro lugar. No llegaron a tomarla: la pasión se les desató en plena calle.
Aquella misma noche, una hora más tarde, mientras los profesores y los policías seguían de celebración, suponía Martín, él, empapado en sudor, sintiendo el aire fresco de la noche que entraba por una ventana abierta a la calle en su espalda, cabalgaba aquella potra de nácar y de ojos claros que lo miraban con fijeza desde la penumbra de aquel cuarto, traspasándolo como espadas, mientras su boca emitía sonoros relinchos. Sin, a ella, de momento, importarle que el hombre que tenía encima estuviera casado, como desde un principio y por si acaso, él le confesó.
La cosa duró varios meses en los cuales Martín pasó con ella cuanto tiempo libre tuvo, olvidándose muchas veces hasta de volver a casa: servicio y cama ajena.
Pero al cabo de ese tiempo, pasado el fragor inicial, Alba cambió. De repente, un día, dejó de ponerle ojos brillantes a Martín cuando éste, a horas intempestivas casi siempre, la visitaba. Y otro lo recibió mustia, como aburrida, por lo que él hubo de emplearse a fondo para no irse de vacío. Te quiero solo para mí, pronunció al amanecer del día siguiente de una noche, que sería la última, y en la que se había negado a darle lo que como una dosis él venía buscando. No, eso no era lo pactado. Casi no discutieron. Entonces él cerró la puerta y regresó a su vida de siempre. Simplemente dejó de ocurrir y el amor, o lo que fuera, resbaló estremecido por los contornos de sus geometrías y fue a parar al mismo ignoto lugar de donde había salido
No se volvieron a ver más hasta el día del funeral del hijo y la mujer de Martín. Habían pasado años. Ambos habían cambiado.
Viéndolo libre, Alba, a esas alturas, ya ni siquiera le quería. Y Martín no era el mismo. Era otro. Era un perro sin dueño, una sombra, un fantasma.

Ahora sonríe distraído, como si estuviera en otro sitio. O camino de él. El blues que suena dice, en inglés: ¿Qué voy a hacer con el resto de mi vida?
Tras reflexionar diez segundos, el veterano policía, leyenda que fue por cinco enfrentamientos armados del que únicamente en uno resultó herido, asiente ahora despacio, parece haber llegado a una conclusión mucho tiempo demorada. Será hoy. Se acabó, dice con expresión tan segura como absorta.
Escribe una carta al juez con sus últimas voluntades. Se enfunda el revólver, el mismo de toda la vida, se calza los zapatos y se coloca su abrigo oscuro. Dirige una última mirada a todo lo que rodeaba en aquel piso, como para contemplarlo por última vez, como para despedirse.
Dice adiós a su colección de películas en blanco y negro. Adiós a los libros de su biblioteca y a lo que inspiraron. Adiós a sus discos de Jazz y al viejo tocadiscos que los hacía sonar con un chisporroteo de fondo. Adiós a las dos novelas y a los cien poemas que escribió y que duermen el sueño del olvido, inéditos, en el cajón. Adiós retratos de seres queridos que ya no están. «Adiós, fantasmas, que me acompañasteis en mi soledad», musita. Al cabo, cierra con cuidado la puerta, pasando la llave, como si pasado un tiempo hubiera de volver, y sale a la calle.
Fue entonces cuando al salir comprobó que era una noche perfecta, de cielo oscuro, con todas las estrellas en su sitio, las fachadas amables, las calles iluminadas y llenas de gente y el ambiente tan festivo como era de esperar.


***
La luz de neón entra en la habitación de Irina a través de la ventana de rejas iluminando, en tonos rojizos, un cuadro sobre el suelo oscuro. A su izquierda hay un jergón y un taburete, a la derecha un bidé, frente a ella una puerta cerrada por fuera y sobre el techo una única bombilla roja que ahora se encuentra apagada. Hace unos minutos que ha conseguido liberarse de sus ataduras. Ha roído con los dientes la cuerda hasta aflojarla, aterrorizada por si volvían antes de que lo consiguiese. No quiere que la vuelvan a pegar. No quiere ceder a lo que le piden los que la trajeron a este país.
Sus ojos azules se abren cuando oye ruido de pisadas que se dirigen hacia la puerta, lanza un grito ahogado cuando suena del otro lado de la puerta la cerradura abrirse. Inconscientemente agarra el taburete y con todas sus fuerzas golpea con él a la sombra que entra. Suena un golpe seco y un gruñir sordo, ve cómo la silueta de un hombre rasgada ahora por la luz de neón, se desploma como un saco de patatas entre lo que parecen partes del taburete que, roto por el batacazo, se desparraman a su alrededor. Acto seguido salta por encima del cuerpo y, traspasando la puerta que la ha mantenido  encerrada más de dos días, huye  a todo lo que dan las piernas, cruzando por una serie de pasillos, siempre en dirección hacia la luz de la calle que, como señalando donde estaba, cada vez era más y más luminosa, y que creció hasta hacerse por entero. El corazón le palpita como si fuera a salirse de la caja. Una vez en la calle respira el viento frío y mira el cielo estrellado sintiéndose perdida, confusa, pero inmensamente libre. Está empezando a nevar.

Martín también contempla las estrellas en el trozo de cielo que asoma entre las dos líneas rectas que forman las cornisas de los edificios, desde la calle por la que deambula con el andar seguro y la mirada perdida. Son las calles del olvido y del adiós en dirección a la estación final, donde en breve, tendrá una cita que ha ido postergando. Nota frío, piensa que es debido a que el final se aproxima y se sube los cuellos del abrigo. No parece prestar atención a los copos de nieve que se le pegan en el rostro hasta que el manto blanco empieza a cubrirlo todo. De pronto cae en la cuenta. La idea de dirigirse a las afueras y de que no encuentren su cuerpo en días debido a que esté cubierto por la nieve no le hace gracia, y resuelve, entonces, buscar mejor algún callejón en la parte antigua. Los callejones más tarde que temprano siempre los visita alguien: amantes fugaces, basureros, mendigos. ¡Hum!, no sé, no sé, no me gustaría que al registrar mi cadáver alguien indebido encontrase mi revólver y lo tomara prestado, recapacita para sus adentros. La calle por la que pasea ahora está iluminada con luces y decoraciones navideñas. De vez en cuando al pasar junto a algún bar, entre tonos de villancicos, se oye el rumor de conversaciones de gente que, muy alegres, apuran las últimas copas antes de irse a cenar en familia, o donde sea.
La puerta de la cafetería está abierta, a pesar de la música llegan hasta él conversaciones. En voz alta una mujer le pregunta a su novio que si no tenía padres y por qué demoraba la hora de volver a casa. Preguntas, recordó. Y pensó en Octavio, el que fue su mentor. De él aprendió el arte de preguntar y que un buen policía lo es por su cabeza analítica y por lo que fuera capaz de deducir de las respuestas a unas, en apariencia, simples preguntas. Como en una película se le apareció, de repente, la primera conversación, aquel primer día, en aquella primera Brigada, que sería también la última, apenas salido de la Academia, con veintiún años, la cabeza llena de ilusiones, una placa en la cartera y un  revólver en el cinto.
— ¿Sabes disparar bien?
Sí, fui el mejor de mi promoción.
¿Sabes pelear?
Sí, hice boxeo un tiempo —respondió ingenuo y complacido, ignorante de lo que se le avecinaba—. Y no se me daba nada mal —remató más complacido aún.
Él sonrió, viendo su complacencia y disfrutando por lo que iba a decir.
Entonces, muchacho, te vamos a sentar una temporada a la máquina de escribir a recoger denuncias.
Todos ríen, menos Martín que se sumió en un silencio huraño.

Asimiló pronto: No era cuestión de músculos sino de cerebro. No eran guerreros temerarios lo que buscaban allí, no al menos hasta llegado el momento de matar o morir en acto de servicio, y sálvese quien pueda, sino sabuesos, gente deductiva, tipos que supieran hacer preguntas adecuadas a la gente idónea y tener la boca cerrada hasta sonsacar la respuesta, y resolver el caso.
¿Dónde hiciste el bachillerato?le preguntó Octavio otra mañana, pasado un tiempo.
Para esas alturas ya sabía que ninguna pregunta de aquellos veteranos era inocente y que al contestarle que en el Colegio de Huérfanos, aparte de desterrar otras opciones como que no fuera un hijo de papá que estudió en colegio de pago, o un ex novicio que abandonó un seminario (como era el caso de Octavio) o alguien que salió del pueblo, con muchas lagunas formativas las cuales, en su caso, habría que pulir, y confirmaba una cosa: La orfandad. Y la soledad. Y el desarraigo. Y la misantropía.
Nadie te espera para la cena de Nochebuena, ¿verdad, muchacho?
No, nadie. No tengo ni padres. Estoy solo de toda soledad.
Hazme caso, búscate una buena mujer y ten hijos. Haz familia. La soledad es mala. El soltero vive como un rey y muere como un perro: solo. El padre de familia muere como un rey, acompañado, reconfortado, aunque haya vivido  como un perro.
—Hoy cenarás con nosotros, en mi casa. A menos que tengas otro plan.
El único plan de Martín consistía en ir corriendo a hacer una parada en el bar más cercano y hablarle a la primera señorita que estuviera sentada a un extremo de la barra.
—No, Octavio, ningún plan. Acepto.
Entonces, se decía, no entendía aquellas palabras ni lo que suponía la soledad en la fase final, el vivir o morir como un perro y todo eso. Pero ahora sí.

En ese momento de sus cavilaciones sonó una sirena. Martín pestañeó como volviendo de un lugar muy distante y reconoció, sonriente, dentro del coche patrulla que tenía parado justo a su lado y que no había visto hasta el sirenazo, a Pedro: Todo un veterano del 091, al que restan un par de meses para recibir la espada de madera del gladiador liberto.
Buenas noches, jefe.
Hola, Pedro.
— ¿Cómo van las cosas?
—Bien. Suceden sin más, eso es todo. Os ha tocado de servicio esta tarde, ¿eh?
Pues sí, pero ya a mí me quedan pocas navidades de trabajar. A éste —y señala con la cabeza a su joven compañero —le quedan unas cuántas aún.
Martín mira el rostro del joven policía por encima del hombro de Pedro. Le parece despierto, con ganas de tomarle el pulso a la ciudad y conocer sus arcanos.
El calendario manda. Y a todos, incluido él, nos llega el día del fin. Trabajar hoy tampoco es tan grave, aunque tarde, al menos cenaréis en casa.
—Ya. No nos quejamos. Y tú qué, Martín, ¿tienes una cita para esta noche? ¿Vas a cenar con alguien o estás solo?
—Sí, tengo cita con alguien que me espera hace mucho.
Lo ha dicho con ironía. Con una ironía que nadie más que él es capaz de entender.
Se despiden ellos deseándole Felices fiestas, que Martín responde con un buen servicio y cuidaos, pronunciado en un tono que sonó fatalista.
Después, dentro del vehículo, mientras patrullan la ciudad el joven le pregunta a Pedro.
— ¿Quién era?
Una leyenda. O su fantasma. Alguien que ganó dos medallas al mérito y que se jugó la vida cinco veces y que ahora no es nadie. Te hablo, hijo, de otros tiempos en los que las reglas del juego entre policías y ladrones aún no habían cambiado y cada uno estaba donde debía, y asumía lo que le iba en lo mucho que arriesgaba. Ellos la cárcel, y nosotros un lugar en la lista de la losa de mármol, ya sabes: Caídos en el cumplimiento del deber. Martín acabó mal, la azotea no le funciona. Hace ahora justo cuatro años, alguien, alguno de los muchos de la lista de jodidos por Martín, en venganza, se supone, asesinó a su mujer y a su hijo. El asunto no se esclareció. Nunca se supo quién fue ni por qué. Pero él, desde ese día, no volvió a ser el mismo. Y para variar la empresa le dio la espalda y se lo quitó de en medio como un trasto viejo.


***
Irina observa recelosa a su espalda continuamente mientras camina, errática, por las callejuelas oscuras del barrio de una ciudad que le es tan extraña como el idioma, sin saber adónde dirigirse. Teme que sus captores la anden buscando. Un sentimiento de horror le invade al pensar en lo que le harían si la descubren y la cogen de nuevo. Mirando el escaparate de una tienda vieja de ultramarinos con apariencia de estar llamada a desaparecer cualquier día, muy similar a las que hay en su pueblo, se acuerda de su país, en la Europa del este, y de su familia que ahora estará celebrando la Navidad metidos, como suelen, en la cocina entre vapores que emanan del guiso de ternera, y brindando con aguardiente de ciruela o cerveza Ursus, acaso brindando por ella, la hija que se fue a España en pos de un porvenir mejor, como «artista de varietés» según rezaba el anuncio y prometió un manager previo pago de la comisión pertinente, preguntándose durante la cena dónde estará ella en este instante, felices en la creencia de que la Nochebuena se la pasará, sin duda, mucho mejor que ellos, probablemente en un hotel no muy lujoso gastándose parte del buen sueldo que, dicen y aseguran todos, se cobra aquí y que allí no existe, ni existirá.
Un golpe eléctrico le recorre la espina dorsal cuando oye: ¡Puta, ya te encontramos!
De soslayo ha visto que se trataba de tres hombres, y que uno de ellos, al que reconoce por su voz gritando: ¡hija de puta me las vas a pagar!, y hace gestos ordenando a los otros dos, como el mismo chulo que la recibió el primer día en el burdel, del que hace escasamente una hora se escapó, descubriendo con acento del otro lado del atlántico, el engaño del que había sido objeto.
— ¿A bailar? No, niña, a lo  que has venido a España es a joder. Joder mucho y cuando yo lo mande, que soy el jefe. Tienes que devolverme el dinero que te presté, ¿comprendes?  Vas a ser una puta, no una bailarina, ¿o te creías que Papá Noel existía? Y, con ello, a hacerme rico.
Al decir esto ríe a carcajadas, como un salvaje. Su dentadura es blanca y su piel oscura. Irina no dice nada, mira el suelo.
— ¡Ah!, y me vas a devolver hasta la última peseta de la inversión.
Su voz ha sonado a sentencia, mientras se guardaba el pasaporte de ella en el bolsillo de la chaqueta. Luego ha dado dos toquecitos en el bolsillo y ha repetido: Hasta la última peseta.
Eso supone acostarse muchas veces, calcula. Años. Y sintió un estremecimiento.

Si aquel día le dio miedo no era ni la décima parte del miedo que siente ahora al escuchar su voz amenazante en medio de aquella calle desierta. Corre. Huye despavorida. Pide socorro pero nadie de los que están asomados a la ventana parece querer entrometerse en lo que debe ser allí una escena cotidiana. Oye de nuevo los latidos de su corazón hasta que las pisadas de los dos chacales que la persiguen y que ya se acercan dándole caza, apagan su sonido. Al poco, siente un violento golpe en su espalda que la hace tambalear, que la calle gira a su alrededor y que se encuentra en el suelo, y que uno de los dos individuos la coge por el pelo y echa violentamente su cabeza para atrás. Que le muestra la dentadura de chacal, que le dispara a partes iguales odio y aliento.
—Esta patada por el sillazo que me diste, hija e’lagranputa.
Nota ahora un fuerte dolor en muchas partes de su cuerpo, no puede verse porque la tiran del pelo, pero presiente que tendrá el cuerpo lleno de magulladuras varias, y es sólo el  principio, sospecha. El flequillo se le viene a los ojos, como el jefe a su cara. A un metro de ella, por entre los pelos rubios,  puede ver como éste saca una navaja que, al abrirse, reluce en brillos azulados en el claroscuro de la noche. Parece regodearse en el momento como dejando entrever que no hay prisas y que la venganza, o lo que sea que haya de hacerle, se la tomará con calma. Con mucha calma.


O mejor no, medita Martín. Lo mejor sería meterme en algún lío y que algún cabrón malnacido de los que sobran en este mundo, se me quitase de en medio. Eso arrojaría un poco de gloria a mi currículo y sentido a mi muerte. Justicia poética. De la que me gusta. Entonces, alumbrado por esa nueva idea se dirige al casco viejo, lugar esquinado donde la ciudad ha relegado lo peor de sí misma, donde están las casas de juego, los bares mugrientos y los burdeles, y en cuyas calles no hay más que chulos, prostitutas y clientes, no existe más sonido que el de las broncas entre ellos y no reluce otra cosa más que las navajas en las reyertas.
Y, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo oscuro, se adentra en el suburbio. Las fachadas no son amables, las luces son rojas o azules, no suenan villancicos y sólo de vez en cuando borrachos en busca del siguiente tugurio y prostitutas de ronda en espera de dinero fresco antes de que todos se vayan a cenar, pasean por las aceras mugrientas y húmedas. Apenas faltan unos minutos para que den las diez.

***

— ¡Suéltala ahora mismo o te pego un tiro!
De los tres hombres que están de pie junto a la muchacha rubia de ojos azules, el que la tiene asida por los cabellos obedece y la suelta al instante, dando un paso atrás.
— ¡Apartaos!, ¡vamos!
El que tiene una navaja abierta la echa a un lado, sosteniéndola ligeramente en vez de empuñarla, y abre los brazos mostrando el pecho como un gato cazado. El último no hace ni dice nada, mira con gesto de no comprender, sonriendo como el estúpido que es. Todos observan fijamente, primero para el tipo que ha hablado y segundo para el cañón del revólver que empuña.
— ¡He dicho que os apartéis!, ¡vamos!—repite aún más amenazante.
Había algo de indescriptible amenaza en su voz. Los tres hombres obedecen, recelosos, y se alejan un metro de la joven que está de rodillas, parpadeando sin dar crédito a su suerte. No saben muy bien de quién se trata pero no es chulo rival queriendo apropiarse de la mercancía, ni tampoco alguien enviado para ajustar cuentas. El jefe enseguida comprende. Un policía, sólo un policía puede ser tan tonto como para aventurarse por allí y meter sus hocicos en lo que a nadie importa. Pero no es un pringado, sabe lo que se hace, no es de los que parezca que se meta sin saber cómo salir.
—Muy bien, patrón, usted manda. No pasa nada, todos amigos. Quédesela.
El hombre permanece quieto, en silencio, como estudiando la situación: El jefe y los dos sicarios, enumera. Y ella debe de ser una infeliz a la que aún no han conseguido «convencer». Los sicarios no parecen, a simple vista, duros de pelar; unos pollos sin duda acostumbrados a golpear y a meterse nada más que con prostitutas indefensas, de los que no son tan valientes cuando alguien les hace frente. Uno de ellos sonríe de manera estúpida, hoy, si todo va bien, se la borraremos. Sin embargo, el jefe parece más bregado en estas lides. Ojo con él. Parece peligroso. Apuesto a que se ha cargado a alguien en su país. Y a  que ahora está calculando de qué forma darme matarile: Si de frente o por detrás.
—Así, ¿tan fácil? ¿Por las buenas? ¿Sin ofrecer resistencia? —dice mirándolos fijamente.
Su tono es claramente una provocación, un llamamiento a atravesarlo de tres puñaladas traperas. Los tres hombres están de acuerdo en ese punto.
— ¡Tú, ven aquí detrás de mí! —señalando a la joven.
La joven acata de mil amores y se sitúa detrás, puede ver ahora con más detenimiento a su salvador: Alto, delgado y moreno. Unos cincuenta años.
Martín sintió que llegaba el momento. Y como en las otras cinco veces, sintió un hormigueo en el estómago mientras reía sorprendido para sus adentros.  A veces, se dijo, la vida resulta previsible de puro imprevisible

Los tres matones notan que se despierta en ellos un instinto asesino pero recelan ante el «hierro». Por sus cabezas pasa la pregunta de si, llegado el caso, el hombre se atreverá a disparar. El jefe les hace la señal convenida: se atusa el pelo engominado. Un pelo negro y brillante, un pelo de chulo. Es la señal de que distraigan al enemigo el tiempo suficiente para que pueda sacar el arma que lleva en el tobillo.
 Uno, el que hace un minuto agarraba por los pelos a la chica, avanza sobre Martín despacio sacándose una navaja. Martín sonríe y arquea una ceja.
—No vas a dispararme, ¿verdad?
Martín baja ligeramente el arma. Dice: no, nunca a un hombre indefenso. Este, al oírlo, convencido, seguro de que es la ocasión, y de que nada le pasará, y que el jefe estará muy orgulloso, salta sobre él echando la navaja hacia atrás y cuando ya cree estar a punto de clavársela, su cara se encuentra con un puño, nota como cruje su mandíbula y ve como se hace la oscuridad y aparecen, por millares, las estrellas.
—Buenas noches, ¡capullo!
Antes de que los otros dos acaben de asimilar qué ha pasado Martín vuelve a levantar el arma.
Un poco tarde, el segundo, el sonriente, ya ha saltado sobre él y le ha agarrado el brazo que sostiene el revólver. Hay un zarandeo. Martín se gira bruscamente y, con el brazo libre, le propina un codazo al sicario, cuyo eco suena en toda la calle, ya cuando este pierde la verticalidad y cae como un tronco, le remata con un rodillazo en la nariz que borra, de momento, quizá para siempre, la estúpida sonrisa que ha puesto todo el tiempo.
Suena un disparo y un resplandor ilumina la calle. Martín entumecido por un dolor y un frío repentinos, piensa: «Tocado. ¡Claro! Por detrás. Este es de los de disparar por detrás». Instintivamente, se gira de nuevo, recortando silueta, y abre fuego. Efectúa dos disparos, dos resplandores vuelven a iluminar la escena. Objetivo abatido, mierda. No le he dado ocasión.
Indiferente ante la contemplación del cadáver  y las dos bellas durmientes, el viejo policía se palpa la pierna y mira su mano que ha retirado ensangrentada: el líquido caliente y pegajoso le sale a borbotones. La pernera del pantalón se ha tornado de color rojo. Vaya, se dice, es peor que la otra vez en que me dieron en el hombro. Me estoy desangrando. Nota que las fuerzas se le van mientras piensa: Es curioso, ocurre así de sencillo. Y se desploma en el suelo observando como la chica que ha estado todo el tiempo expectante de pie, con su falda azul de algodón oscuro y el abrigo negro  y zapatos de tacón alto; el pelo rubio platino húmedo por la nieve, goteando sobre los hombros sus puntas simétricas; los ojos azul cobalto abiertos por todo lo que acaba de ocurrir, se le acerca y, en un idioma incompresible, musita algo parecido a unas gracias.
Mult'umesc foarte mult—solloza Irina.

El hombre permanece en silencio, apagándose, y ella estudia de nuevo sus facciones: debió ser un hombre guapo de joven; los años han surcado de arrugas su rostro y, lo que parece un sufrimiento o un pesar indefinibles, ha ido pegando la piel de la cara a los huesos de los pómulos, y apagando el brillo de unos ojos oscuros que aún traspasan cuando miran.

Este hombre se la ha jugado esta noche por mí sin conocerme de nada, piensa conmovida, mientras con las manos trata de presionar sobre el orificio donde mana la sangre para evitar el desangrado. Y ahora está aquí tirado en el suelo sin casi entender lo que me dice.

El hombre la mira, y piensa, ¡Dios santo, cómo se parece a Alba! Tiene gracia, ahora, de no ser porque es el fin, de buena gana me iría contigo a la barra del bar más próximo a curar nuestra soledad en ginebra azul y a regalarte un poema que hablara de corporales geometrías, belleza serena y ojos azules, aunque maldita sea si ibas a entender algo. Pero Martín no dijo nada, ni siquiera le advirtió a la chica de que taponase el otro orificio, el de entrada.
 la sirena policial sonaba más cerca, y un centelleo azul asomó al extremo de la callejuela. Adivinó, por cómo descendía del coche y miraba el lugar comprendiendo lo ocurrido, que se trataba de su viejo conocido, Pedro, el mismo que había visto unas horas atrás; y que después de todo iban a llegar tarde a cenar aquel día. Vuelve el rostro hacia el lugar donde aún están los tres sudamericanos. Y sonríe. Ya no te ríes ¿eh, imbécil?
Luego suspira, cuenta cinco latidos y trata de incorporarse para que la chica le oiga.
¿Dónde estudiaste el bachillerato, rubia?
Irina mira sin comprender lo que el hombre dice. De hablar el idioma tampoco lo hubiera comprendido. Maldita ironía.
Nieva cadenciosamente. Ya no se ven las estrellas. En el reloj de la vieja catedral suenan las once.


FIN



© Humberto 2011

martes, 13 de diciembre de 2011

CORRIENDO AL ATARDECER, EN RIBADESELLA

CORRIENDO AL ATARDECER, EN RIBADESELLA





Hace unos minutos que ha parado de llover. Aún flota la humedad en el ambiente y se propagan, amplificados, los olores invernales. El aire limpio huele a una mezcla de castaño, eucalipto y pastizales de hierba verde empapada; huele a barro y a charcos, a las entrañas de la tierra misma. Huele a la esencia de la campiña que solo aparece cuando las nubes, despertando de su letargo, descargan, ahora sí, ahora no, su llanto sobre los tejados, los prados y los bosques. La tarde es fría y gris, y un sol perezoso y macilento se duerme tras una espesa cortina de niebla.

El viento helado burla la ventana cerrada de mi casa y se cuela, traicionero, por sus resquicios, silbando a su paso por toda ella y anunciándome que ha llegado la hora. Como tantas otras veces, me ato las zapatillas y me enfundo el chubasquero. Me estiro; siento cómo se destensan las articulaciones y los tendones. Caliento. Tras cruzar el jardín, salgo a la calle, cerrando la puerta enrejada tras de mí. Conecto el MP4. La música empieza a sonar, inundándolo todo. A partir de ahora, y hasta que termine de correr, no oiré otra cosa que lo que vomiten los auriculares. Permaneceré concentrado, envuelto en ella; sus notas traspasarán mi alma y acompasarán el ritmo de los latidos de mi corazón. Me animarán cuando desfallezca y conseguirán que, pese al tráfico o al frío, permanezca abstraído, desconectado de la realidad, sumido en su armonía.

Respiro una vez, profundamente, y comienzo a correr.
—Suena Shout to the Top—.
Recorro una carretera de unos dos kilómetros que discurre sinuosa a la vera del río Sella. A lo lejos, al otro lado de la orilla, se alzan las montañas; las primeras nieves han coronado ya sus cimas. Las aguas diáfanas se deslizan pausadamente hacia el mar para entregarse en él. No puedo evitar pensar que los siglos resbalaron por tu cauce y se perdieron, olvidados, en la mar océana. En las orillas de los ríos nacieron todas las grandes civilizaciones de la humanidad. El agua es la fuente de la vida.
Dos ancianas que salen a pasear me saludan sonrientes, girándose a mi paso. Seguro que han pensado:
—«¿Adónde irá ese… con el frío que hace?»—
Sin caer en la cuenta de que ellas hacen exactamente lo mismo, aunque a otro ritmo.
En las tranquilas aguas del Sella se refleja, como en un espejo, la imagen invertida de las montañas, que baila temblorosa sobre su corriente mansa. Es el río del tiempo, que muere en el mar de la eternidad. Mientras troto, veo cómo el sol se va ocultando lentamente detrás de las cimas. Cae la tarde y el día se despide, moribundo, con su claridad difusa.
Cambio de dirección y me alejo del río. Tomo una empinada cuesta. El río queda ahora a mi espalda y, a medida que asciendo, lo veo cada vez más lejano, más pequeño, hasta que llega un punto en que apenas logro distinguirlo. He ganado altura. El paisaje adquiere una amplitud infinita, tan vasta como alcanza mi vista y, si cabe, aún más hermosa que la anterior. Veo toda la cadena montañosa de los Picos de Europa y sus cientos de cumbres. Veo el pueblo, con sus casas arracimadas a ambas orillas del río, el puente que las une y los coches que llegan y se marchan.
Extasiado por la contemplación de cuanto me rodea, se me olvida que corro. Hace rato que lo hago de manera mecánica, inconsciente, como si el cuerpo se hubiera separado de mí y siguiera adelante por su cuenta; como si yo viajara sentado sobre los hombros de otro corredor. Hace rato, también, que he dejado de sentir frío.
Las notas de la música se acompasan con mi respiración. Me siento bien, en armonía con el entorno, con la mente y con el espíritu. Me siento fuerte, capaz. Sin querer, inicio una conversación conmigo mismo: una más, una de tantas.
—Suena Realms of Gold—.
Alcanzada la cima, el esfuerzo disminuye. Respiro pausadamente. La senda de tierra mojada, en la que aún se percibe el olor de los frutos recién caídos, discurre entre un bosque. Al fondo, a mi izquierda, un acantilado parece querer abrir sus entrañas para dejarme entrar. A mi derecha custodian el camino, como centinelas, hileras de abetos, encinas y pinos. Los árboles sacuden sus ramas como si advirtieran mi presencia. Paso también por un hayedo y por una granja.
Un perro sale a mi encuentro y me recibe con sus ladridos. Corre un trecho a mi lado y, finalmente, se detiene para contemplar cómo me alejo. Cuando ya es apenas un punto en la distancia, lanza un último ladrido: el de la despedida.
Salgo por fin a la costa y, mientras corro por la carretera que desciende hacia la playa, contemplo absorto el mar, teñido de un azul profundo. Abajo se alzan los acantilados. Empiezo a percibir el olor a salitre e incluso el quejumbroso retumbar de las olas, que golpean una y otra vez las rocas. Llego a la playa. Frente a la inmensidad del Cantábrico, observo una bandada de gaviotas que revolotea sobre las olas, describiendo círculos y rompiendo el silencio con sus gritos. El ocaso va tiñéndolo todo de un tono cobrizo.
La playa está desierta. Las luces del paseo marítimo se encienden justo cuando lo atravieso. Los primeros paseantes han salido ya a recorrerlo y, atraídos como luciérnagas por la hilera de faroles, contemplan mientras conversan el reflejo tembloroso de las luces sobre el agua. La oscuridad se ha ido adueñando de todo, y también el frío. Es hora de regresar. La noche ha caído con su negro telón.
—Suena Me & Mrs. Jones—.

El pueblo se ilumina bajo la luz de los faroles. En las sombrías hoces de sus calles, las brisas de los valles, el aire de la montaña y el viento del norte forjan su carácter. El mío es volver. Las sombras se han adueñado de los recodos del camino.
Llego a casa. Aún en el jardín, mientras estiro y destenso los músculos, repaso las maravillas que he contemplado durante el recorrido. Desconecto el MP4, interrumpiendo Sara. Ha vuelto el sonido de la realidad. A lo lejos se oye el murmullo del río, que cuenta a la noche su eterna y monótona queja. Ha regresado el silencio, roto únicamente por el rumor constante de la lluvia.
Vuelve a llover.
Por mi frente, bajo el ceño fruncido, discurren hilos de sudor que me ciegan, mientras de mis brazos se elevan pequeñas volutas de vapor. Cuando por fin entro en la ducha y el agua caliente cae sobre mí, pienso que, si el cielo existe, debe de parecerse mucho a esta sensación.
He terminado.
Mañana volveré a empezar.
Será una más. Otra más...

 

© Humberto 2008



martes, 18 de octubre de 2011

La melancolía




 


De niño oía esta melodía en la radio, que sonaba de fondo en un programa donde la locutora iba leyendo, con voz grave y modulada, cartas de oyentes que escribían a la cadena contando sus miserias, cuitas, anhelos y desesperaciones. Eran historias de mujeres abandonadas por sus maridos —y viceversa—, de hijos que se marchaban de casa sin decir ni adiós, de amores que se esfumaban igual que habían venido, dejando a uno de los dos sumido en la tristeza melancólica. Todas ellas eran amargas; cada una, según su grado de melancolía, representaba una tragedia en sí misma para el autor de la misiva, y tenían como denominador común la nostalgia, la añoranza de un bien perdido. Cuán difícil es comprobar lo que significa «nunca más», y esas cosas. Gente dolida, sin esperanza alguna, lamentándose inútilmente.

Estos días, que estoy bien jodido, me he acordado de la canción, que es más triste que cuando el viento del otoño desnuda los árboles y tiñe de oro los campos, y también de que, por entonces, me preguntaba: ¿por qué razón tiene nadie que contar en público sus problemas? Y se me vienen a la memoria los consejos que, al término de la lectura, daba la locutora —que lo mismo era Elena Francis, no lo sé—, porque, como todos aquellos, hoy yo también me siento como una mierda, y sin solución de continuidad.

La razón, supongo, era y sigue siendo la catarsis. Esto es, mitigar el dolor hablando de ello, escribiendo sobre ello. O hacer el gilipollas sobre serlo.

Bendita catarsis.


Vulnerant omnes, ultima necat




Vulnerant omnes, ultima necat



Mi abuelo toda la vida se la pasó ambicionando un reloj de oro, de esos con leontina. No quería otra cosa que poder extraer del chaleco la maquinita y consultar la hora. Su primo, que sí que tenía reloj de chaleco, quería en cambio la medalla al valor que nunca tuvo por su paso en la guerra de Marruecos contra los rifeños, y de la que siempre se consideró merecedor, y que mi abuelo, qué cosas, tenía guardada y olvidada en un baúl, porque nunca le gustó recordar ni el suceso por el cual se le otorgó, ni nada del dichoso día de la concesión, ni de la guerra en sí, a la que consideraba algo horrible. El único «valor» para él era el de haber conservado el pellejo sin agujerear entre tanta bala perdida. Al poco de llegar licenciado, quemó todo lo que se trajo de su destierro por la terrible estepa rifeña. El tiempo se ocupó de quemar los restos que perduraban en su memoria. Nunca hablaba de aquello, hasta el punto de que constituye un misterio. Sin embargo, aquel primo avivaba todos los días la llama de sus recuerdos marciales con un poco de queroseno prestado, batallitas ajenas que hacía propias, hasta el punto de que llegó a creer que aquella guerra no se habría ganado sin él, y que esa medalla se la merecía mucho más. Así que un día, cuando ambos habían entrado con paso firme en el invierno de sus vidas, se la pidió.
—Vale —dijo mi abuelo—, pero a cambio de tu Leónidas.
Y así fue como aquellos dos llegaron a un acuerdo: uno tendría su medalla con la que rememorar una guerra, y el otro un reloj con que mirar las horas futuras y olvidar las pasadas.

En el reloj venía grabado: Vulnerant omnes, ultima necat («Todas hieren, la última mata»). Yo ya no heredaré ese reloj, pues fue la heredad de otro, ni tampoco la medalla que perdió un primo segundo en una mudanza. Esa leyenda, que da qué pensar acerca de la fugacidad de la vida cuando se lee, no le iba a mi abuelo, santa gloria haya, al que se le hubiera ajustado mejor la de: Tempus edax rerum («El tiempo devora las cosas»). Al compañero —pienso— le vendría bien esa de Cela cuando recibió el Cervantes, muy viejito ya: «…que aquí, en España, el que resiste gana». Vamos, que nunca es tarde para según qué cosas, que solo es cuestión de tiempo y de durar y tener aguante el que los premios, como las medallas y los trenes con retraso, lleguen finalmente a su destino.

Pues así es la vida de puñetera, eso que pasa mientras piensas y anhelas otras cosas, como las medallas o los relojes. Qué tendrán las medallas que unos las quieren, mientras que otros las aborrecen.

A mi manera


Esta canción de Sinatra (quizá no la mejor aunque sea su buque insignia) de apenas tres minutos, hace pensar pues, en clave retrospectiva, habla de tomar decisiones, de nuestra actitud frente a los éxitos y dificultades, así como del valor de seguir un camino propio.

«EL FINAL YA ESTÁ AQUÍ», espeta al principio. Algo así como que «Lo que es capaz de matarte también puede hacerte renacer». ¿Quién no ha sentido que se le abre un abismo bajo los pies cuando le comunican el final de algo (Un despido, una relación, una enfermedad). ¡Glups! ¡Todo está consumado! ¡Tierra trágame!
Después de un drama, el que sea, partimos de cero. Es así. Y toca levantar. Aunque en el  momento no se vea, los finales (no todos) llevan a nuevos principios:
• La ruptura con una pareja posibilita encontrar una nueva.
• Un accidente o una larga enfermedad permite analizar nuestra vida, corregir errores y renacer con un nuevo proyecto.

He amado, he reído y llorado.
Tuve malas experiencias, me tocó perder.
Y ahora, que las lágrimas ceden,
Encuentro tan divertido
Pensar que hice todo eso.

En My way está presente la encrucijada de caminos que es la vida de todo persona. Hay desvíos, largos rodeos y senderos divergentes que nos obligan a tomar decisiones. Cada decisión en nuestra vida nos obliga a definirnos, por lo que incluso si el resultado no es el esperado, el haber elegido nos hace evolucionar personalmente.
«No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas» dejó escrito Séneca —que aunque era de Sevilla no era «andaluz» como popularmente se dice—. Nos pasamos la vida aferrándonos a lo que tenemos y hasta sufrimos ante la idea de su pérdida, es jodido embarcarse en proyectos aparentemente imposibles. ¿Me opero, no me opero? ¿Emigro, no emigro? ¿La dejo o no la dejo? ¿Me dejará él o no me dejará? Nos mantenemos alejados lo más posible del riesgo y de las variantes. No es fácil elegir, es cansado, sobre todo cuando nos enfrentamos a decisiones radicales. Sin embargo, el inmovilismo acaba siendo más agotador incluso, ya que nos sume en la frustración, cuando no la depresión, de ver cómo se nos escapan trenes que podrían conducirnos a otros destinos. ¡Ay, los trenes a los que nunca nos subimos y que se fueron!

«AMIGO, LO DIRÉ SIN VUELTAS». La canción nos habla de la importancia de expresarnos, de manifestar abiertamente lo que pensamos, de decírselo a la cara, lo que origina fricciones, sí, pero a la larga evita muchos conflictos.
Tratar de agradar siempre y callar si no se está de acuerdo, va a dar luego, cuando toque disentir, porque tocará (los humanos somos así y de eso no nos libramos), problemones mayúsculos. Y esto es así porque se acaba uno acostumbrando  a un determinado nivel de sumisión, a una tolerancia y a un «siempre ceder». Y se quiere más. Y, llegados a un punto, no hay más. Por consiguiente, viviremos mucho más tranquilos si somos capaces de decir sin vueltas ni rodeos lo que pensamos y sentimos, lo que escuece. Lo que duele.

«ME TOCÓ GANAR, TAMBIÉN PERDER» Hay que asumirlo. Porque la vida nos tiene deparadas, de una y otra, cucharadas a partes iguales. Estamos expuestos a los vaivenes de la fortuna. Y del infortunio hay que extraer la lección. Siempre hay una lectura: Si se teme perder lo que crees que es tuyo (la salud, el trabajo, el amor) y te aferras a ello como un tesoro no vivirás tranquilo, vivirás siempre temeroso de «perder el anillo».
Resumiendo: «La victoria y el fracaso hay que recibirlos con idéntica serenidad y con un saludable punto de desdén»

«SER FIEL A SÍ MISMO». Mira que nos es difícil cambiar y saber escribir nuestra historia por los miedos o barreras que nos ponemos. Nos falta esa capacidad de seguir los sueños, los ideales, los planes trazados cuando la cabeza se hunde en la almohada y hablamos con nosotros mismos en el solitario rincón del cuarto. Nos falta el valor para convertirnos en lo que realmente somos. O en lo que soñamos con ser. Anclados en la inacción nos resignamos a ser espectadores de la vida. La vida pasa y el futuro viene solo. Y cuidado, porque la inseguridad se retroalimenta, y limita cada vez más nuestra capacidad de actuar originando: Ansiedad, falta de confianza, temor a equivocarse y esa pueril ‘necesidad de agradar’.

«LO HICE TODO A MI MANERA». Sabemos gozar de los días soleados pero no de seguir siendo uno mismo cuando son grises. Quien sabe vivir «a su manera» encontrará su propia vía para salir de cualquier crisis. Solo así, cuando caiga «el último telón» del que habla la canción, cuando llegue el invierno y la nieve venga a vernos—que diría el poeta que no soy—,  estaremos satisfechos con la obra de nuestra vida.

No cejen. Ánimo. «Caer está permitido. Levantarse es obligatorio»

martes, 27 de septiembre de 2011

LA BÚSQUEDA

La búsqueda.



«Cuando mi mal sea viejo, el tuyo va a ser nuevo. »

E
sta es la historia de un hombre al que el destino castigó fieramente, en lo hondo del corazón, allí donde más duele, alguien que en un día perdió todo aquello por lo que vivía y que más quería. Un accidente se llevó a su mujer y a su hijo. El dolor por su ausencia le embargaba y no conseguía rehacer su vida, se hundía con el mal, le trastornaba de tal modo aquella pesadilla recurrente que deseaba morirse; así que una mañana decidió dejar la casa que tanto le recordaba a ambos y salió huyendo hacia ninguna parte, en busca de algo, no sabía muy bien el qué, que si no curase su dolor insondable, al menos lo mitigase. Esa tarde dejó todo y partió. Se convirtió en alguien que buscaba sin saber qué estaba buscando ni qué iba a encontrarse. Su interior le decía que hiciera caso a esas sensaciones que venían de un lugar inexplorado de sí mismo. Caminó y caminó. Perdió la cuenta de la distancia. Después de dos días de marcha por polvorientos caminos, llorando en silencio su pena, llegó a un paraje en el que nunca antes había estado desde donde divisó un pueblo de casas blancas y tejados cobrizos, apacible, a lo lejos. Se detuvo para tomar aire y secarse el sudor mientras decidía si quedarse unos días allí a ver si se le pasaba su mal. Entonces, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verdor florido maravilloso y había un montón de árboles rotundos, pájaros y flores encantadoras. Ascendió por el sendero y una vez allí pudo ver que además había un lago de aguas cristalinas,  donde se asomaba el sol para teñirlas con sus oros. También había patos que nadaban, y que batían sus alas salpicando.
Era paz lo que allí se respiraba. Una paz rotunda, inconsútil. Sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en el lugar deleitándose con tanta maravilla. Ya casi se estaba durmiendo cuando sus ojos recayeron en una valla pequeña de madera lustrada que circundaba un prado esmeralda que había a su izquierda. Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. El hombre traspasó el umbral y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, a la sombra de los chopos y las encinas. Se fijó mejor y descubrió, sobre una de las piedras, una  inscripción que decía: «Manuel, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días». Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba allí  enterrado. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla. «Mariano, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas». Más allá: «Pedro, vivió 3 años, 7 meses y 4 semanas». El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquello era en realidad un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto; pero lo que lo espantó, fue comprobar que el que más tiempo había vivido apenas sobrepasaba los 11 años.  Era una tragedia mayor aún y más cruel que la que el fiero destino le había deparado de un zarpazo.
Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar por todas aquellas criaturas que no habían vivido apenas. Un vecino del pueblo pasaba por allí y se acercó, lo vio llorar un rato, en silencio, y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
— No, ningún familiar — dijo secándose las lágrimas— ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en él? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este sitio? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de niños?
El anciano sonrió y dijo:
—Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una álbum en blanco, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda qué fue lo disfrutado, y, a la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo. Que conoció a su novia y se enamoró de ella, bien ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media? Se anota. Y después, la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana?; ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo?;  ¿Y el casamiento de los amigos?; ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? Así vamos anotando en la libreta cada momento feliz. Cuando alguien se muere es nuestra costumbre abrir su álbum y sumar el tiempo de lo disfrutado y luego escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido. ¿Comprende?
Al cabo de un mes, el hombre volvió a su casa curado. Había aprendido a convivir con las dos ausencias recordando todos los buenos, aunque breves, momentos vividos con ellos. Los pequeños momentos, los que de ordinario nos suelen pasar inadvertidos, sumados son los que nos hacen felices y en lo que radica la felicidad.
 Fin


Cada cual tiene sus propios mecanismos para curarse de un mal que le aqueja y el mal del vecino, por ser mayor, suele alejar el propio.

martes, 20 de septiembre de 2011

El placer de lo sencillo

El placer de lo sencillo
BORJA VILASECA 18/09/2011



El dinero puede proporcionarnos un estilo de vida muy cómodo y placentero, así como una falsa sensación de seguridad. Pero no puede comprar nuestra felicidad, porque nuestro bienestar emocional no depende de lo que hacemos ni de lo que tenemos, sino de quiénes somos y de cómo nos sentimos.

«¿De qué nos vale lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo?
¿De qué vale el dinero si no somos felices?»

Llevamos una existencia materialista para terminar dándonos cuenta de que las cosas verdaderamente importantes no pueden verse ni tocarse; solo intuirse y sentirse. Para apreciar los aspectos intangibles, cualitativos e inmateriales de la realidad, es imprescindible que exista cierto contraste entre nuestro estado de ánimo interno y nuestras circunstancias externas.

Quienes padecen pobreza emocional creen que esta se debe a su pobreza material. Sin embargo, lo que nos hace ricos o pobres emocionalmente no es nuestra economía, sino la percepción que tenemos de ella.

El clic evolutivo se produce en la medida en que gozamos de cierta riqueza material y, aun así, seguimos experimentando la misma pobreza emocional. De pronto tenemos más dinero, pero seguimos sintiéndonos tensos e irritados. Tenemos éxito y respetabilidad, pero continuamos sintiéndonos solos y tristes. Disfrutamos de confort y seguridad, pero seguimos siendo esclavos de nuestros miedos.

Gracias a este contraste entre nuestras riquezas materiales y emocionales, cuestionamos las motivaciones que nos han llevado a adoptar un estilo de vida materialista. Frente a ello, surgen corrientes sociales que anteponen la felicidad al dinero: el decrecimiento, la simplicidad voluntaria, el movimiento slow —«lento», en inglés— y el downshifting —«reducir la marcha»—. Todas ellas promueven disminuir el nivel cuantitativo de nuestra vida y aumentar el cualitativo.


LA PARADOJA DEL ÉXITO

«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?»
(Jesús de Nazaret)

Cada vez más personas apuestan por llevar una existencia más tranquila, simple y sencilla. Porque, al fin y al cabo, ¿de qué nos sirve lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo? ¿De qué nos sirve pasar el día estresados y agotados? En definitiva, ¿de qué nos sirve ganar mucho dinero si no somos felices?

La necesidad de experimentar una riqueza emocional abundante y sostenible constituye la base del nuevo paradigma emergente, uno de cuyos pilares es la filosofía del posmaterialismo. Esta parte de la premisa de que la realidad está compuesta tanto por lo material, tangible y cuantitativo, como por lo inmaterial, que solo podemos experimentar a través del corazón. Se trata de integrar ambas dimensiones, construyendo un estilo de vida equilibrado entre lo que somos, lo que hacemos y lo que tenemos.


EL SINSENTIDO COMÚN

«Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan».
(Emile Henri Gauvreay)

Una vez garantizada la supervivencia física y económica, y cubiertas las necesidades básicas, expertos en economía del comportamiento afirman que lo que sostiene el bienestar emocional no es lo que conseguimos ni lo que poseemos, sino lo que ofrecemos y entregamos a los demás.

Entre otros estudios, destacan los realizados entre 2005 y 2010 por el economista norteamericano George F. Loewenstein. Sus investigaciones se centraron en los efectos emocionales antagónicos de la codicia y la generosidad. Para ello, llevó a cabo un experimento sociológico con un grupo muy heterogéneo de participantes.

El equipo liderado por Loewenstein seleccionó a 60 personas de diferentes edades, sexos, razas y profesiones, con marcadas divergencias sociales, culturales, económicas, políticas y religiosas. El primer día, los participantes fueron divididos en dos grupos de 30 personas. Todos recibieron 6.000 dólares (unos 4.520 euros).

A los miembros del primer grupo se les pidió que, en el plazo de dos meses, gastaran el dinero en regalos para sí mismos. A los integrantes del segundo grupo se les indicó que utilizaran los 6.000 dólares en regalos para otras personas.

Dos meses más tarde, los resultados fueron opuestos. La satisfacción de los miembros del primer grupo había durado relativamente poco. Según las conclusiones, tras el placer y la euforia inicial que proporcionaba comprar, utilizar y poseer bienes de consumo, los participantes regresaban rápidamente a su estado de ánimo habitual. Con el paso de los días, algunos incluso empezaban a sentirse más tristes, vacíos y decaídos al no poder mantener la excitación generada por el consumo.

Por el contrario, los miembros del segundo grupo se sintieron mucho más satisfechos y plenos. El simple hecho de pensar de qué manera podían utilizar el dinero para beneficiar a los demás ya era suficiente para que experimentaran un profundo bienestar interno.


DECADENCIA DEL EGOCENTRISMO

«Las personas más egocéntricas son también las más infelices».
(Henry David Thoreau)

La mayoría utilizó los 6.000 dólares de manera posmaterialista, creando experiencias y oportunidades. Regalaron viajes, pagaron matrículas universitarias, donaron dinero a entidades sin ánimo de lucro —repartiéndolo incluso entre mendigos—, y algunos saldaron parte de las deudas de familiares cercanos.

Una vez entregados los regalos, sentir la alegría y el agradecimiento de otras personas provocó en los participantes una intensa sensación de plenitud que se prolongó durante horas e incluso días.

La conclusión fue clara: el egocentrismo, la codicia y la orientación al interés propio generan vacío, sinsentido, escasez e infelicidad, mientras que el altruismo, la generosidad y la orientación al bien común son fuente de plenitud, sentido, abundancia y felicidad. Loewenstein corroboró así, de forma científica y empírica, que a nivel emocional recibimos lo que damos.


LA PSICOLOGÍA DEL ALTRUISMO

«No hay mayor felicidad que ser cómplice de la felicidad de los demás».
(Carmina Martorell)

La auténtica felicidad reside en nuestro interior. Cuando comprendemos e interiorizamos esta verdad, dejamos de exigir que la realidad se adapte a nuestras ambiciones, necesidades y sueños. Como consecuencia, desaparecen la lucha, el conflicto y el sufrimiento.

Poco a poco recuperamos la conexión con el bienestar duradero que habita en nuestro corazón. Con el tiempo, experimentamos abundancia y plenitud y, desde este nuevo estado de ánimo, entramos de manera natural e irremediable en la vida de los demás con vocación de servicio.


ABUNDANCIA Y PROSPERIDAD

Quienes nos hemos comprometido con resolvernos emocionalmente no sentimos la necesidad de saciar constantemente nuestros deseos. Así comenzamos a orientar nuestra existencia hacia el bien común, sin perder de vista la importancia de mantener un estilo de vida equilibrado, aprendiendo a descansar y a recuperar la energía que invertimos al servicio de los demás.

Para dar, primero hemos de tener. Y no debemos olvidar que el altruismo es la forma más eficiente y sostenible de vivir. Aportar algo significativo a otros seres humanos nos genera una profunda sensación de satisfacción y gratitud. Dar es recompensa suficiente cuando damos desde nuestra verdadera esencia. La paradoja es que, al obrar con sabiduría, recibimos mucho más de lo que jamás hubiéramos podido imaginar.