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miércoles, 21 de diciembre de 2011
OCURRIÓ EN NAVIDAD
martes, 13 de diciembre de 2011
CORRIENDO AL ATARDECER, EN RIBADESELLA
Hace unos minutos que ha parado de llover. Aún flota la humedad en el ambiente y se propagan, amplificados, los olores invernales. El aire limpio huele a una mezcla de castaño, eucalipto y pastizales de hierba verde empapada; huele a barro y a charcos, a las entrañas de la tierra misma. Huele a la esencia de la campiña que solo aparece cuando las nubes, despertando de su letargo, descargan, ahora sí, ahora no, su llanto sobre los tejados, los prados y los bosques. La tarde es fría y gris, y un sol perezoso y macilento se duerme tras una espesa cortina de niebla.El viento helado burla la ventana cerrada de mi casa y se cuela, traicionero, por sus resquicios, silbando a su paso por toda ella y anunciándome que ha llegado la hora. Como tantas otras veces, me ato las zapatillas y me enfundo el chubasquero. Me estiro; siento cómo se destensan las articulaciones y los tendones. Caliento. Tras cruzar el jardín, salgo a la calle, cerrando la puerta enrejada tras de mí. Conecto el MP4. La música empieza a sonar, inundándolo todo. A partir de ahora, y hasta que termine de correr, no oiré otra cosa que lo que vomiten los auriculares. Permaneceré concentrado, envuelto en ella; sus notas traspasarán mi alma y acompasarán el ritmo de los latidos de mi corazón. Me animarán cuando desfallezca y conseguirán que, pese al tráfico o al frío, permanezca abstraído, desconectado de la realidad, sumido en su armonía.Respiro una vez, profundamente, y comienzo a correr.—Suena Shout to the Top—.Recorro una carretera de unos dos kilómetros que discurre sinuosa a la vera del río Sella. A lo lejos, al otro lado de la orilla, se alzan las montañas; las primeras nieves han coronado ya sus cimas. Las aguas diáfanas se deslizan pausadamente hacia el mar para entregarse en él. No puedo evitar pensar que los siglos resbalaron por tu cauce y se perdieron, olvidados, en la mar océana. En las orillas de los ríos nacieron todas las grandes civilizaciones de la humanidad. El agua es la fuente de la vida.Dos ancianas que salen a pasear me saludan sonrientes, girándose a mi paso. Seguro que han pensado:—«¿Adónde irá ese… con el frío que hace?»—Sin caer en la cuenta de que ellas hacen exactamente lo mismo, aunque a otro ritmo.
En las tranquilas aguas del Sella se refleja, como en un espejo, la imagen invertida de las montañas, que baila temblorosa sobre su corriente mansa. Es el río del tiempo, que muere en el mar de la eternidad. Mientras troto, veo cómo el sol se va ocultando lentamente detrás de las cimas. Cae la tarde y el día se despide, moribundo, con su claridad difusa.
Cambio de dirección y me alejo del río. Tomo una empinada cuesta. El río queda ahora a mi espalda y, a medida que asciendo, lo veo cada vez más lejano, más pequeño, hasta que llega un punto en que apenas logro distinguirlo. He ganado altura. El paisaje adquiere una amplitud infinita, tan vasta como alcanza mi vista y, si cabe, aún más hermosa que la anterior. Veo toda la cadena montañosa de los Picos de Europa y sus cientos de cumbres. Veo el pueblo, con sus casas arracimadas a ambas orillas del río, el puente que las une y los coches que llegan y se marchan.
Extasiado por la contemplación de cuanto me rodea, se me olvida que corro. Hace rato que lo hago de manera mecánica, inconsciente, como si el cuerpo se hubiera separado de mí y siguiera adelante por su cuenta; como si yo viajara sentado sobre los hombros de otro corredor. Hace rato, también, que he dejado de sentir frío.Las notas de la música se acompasan con mi respiración. Me siento bien, en armonía con el entorno, con la mente y con el espíritu. Me siento fuerte, capaz. Sin querer, inicio una conversación conmigo mismo: una más, una de tantas.—Suena Realms of Gold—.
Alcanzada la cima, el esfuerzo disminuye. Respiro pausadamente. La senda de tierra mojada, en la que aún se percibe el olor de los frutos recién caídos, discurre entre un bosque. Al fondo, a mi izquierda, un acantilado parece querer abrir sus entrañas para dejarme entrar. A mi derecha custodian el camino, como centinelas, hileras de abetos, encinas y pinos. Los árboles sacuden sus ramas como si advirtieran mi presencia. Paso también por un hayedo y por una granja.
Un perro sale a mi encuentro y me recibe con sus ladridos. Corre un trecho a mi lado y, finalmente, se detiene para contemplar cómo me alejo. Cuando ya es apenas un punto en la distancia, lanza un último ladrido: el de la despedida.Salgo por fin a la costa y, mientras corro por la carretera que desciende hacia la playa, contemplo absorto el mar, teñido de un azul profundo. Abajo se alzan los acantilados. Empiezo a percibir el olor a salitre e incluso el quejumbroso retumbar de las olas, que golpean una y otra vez las rocas. Llego a la playa. Frente a la inmensidad del Cantábrico, observo una bandada de gaviotas que revolotea sobre las olas, describiendo círculos y rompiendo el silencio con sus gritos. El ocaso va tiñéndolo todo de un tono cobrizo.La playa está desierta. Las luces del paseo marítimo se encienden justo cuando lo atravieso. Los primeros paseantes han salido ya a recorrerlo y, atraídos como luciérnagas por la hilera de faroles, contemplan mientras conversan el reflejo tembloroso de las luces sobre el agua. La oscuridad se ha ido adueñando de todo, y también el frío. Es hora de regresar. La noche ha caído con su negro telón.—Suena Me & Mrs. Jones—.El pueblo se ilumina bajo la luz de los faroles. En las sombrías hoces de sus calles, las brisas de los valles, el aire de la montaña y el viento del norte forjan su carácter. El mío es volver. Las sombras se han adueñado de los recodos del camino.
Llego a casa. Aún en el jardín, mientras estiro y destenso los músculos, repaso las maravillas que he contemplado durante el recorrido. Desconecto el MP4, interrumpiendo Sara. Ha vuelto el sonido de la realidad. A lo lejos se oye el murmullo del río, que cuenta a la noche su eterna y monótona queja. Ha regresado el silencio, roto únicamente por el rumor constante de la lluvia.Vuelve a llover.Por mi frente, bajo el ceño fruncido, discurren hilos de sudor que me ciegan, mientras de mis brazos se elevan pequeñas volutas de vapor. Cuando por fin entro en la ducha y el agua caliente cae sobre mí, pienso que, si el cielo existe, debe de parecerse mucho a esta sensación.He terminado.Mañana volveré a empezar.Será una más. Otra más...
© Humberto 2008
martes, 18 de octubre de 2011
La melancolía
De niño oía esta melodía en la radio, que sonaba de fondo en un programa donde la locutora iba leyendo, con voz grave y modulada, cartas de oyentes que escribían a la cadena contando sus miserias, cuitas, anhelos y desesperaciones. Eran historias de mujeres abandonadas por sus maridos —y viceversa—, de hijos que se marchaban de casa sin decir ni adiós, de amores que se esfumaban igual que habían venido, dejando a uno de los dos sumido en la tristeza melancólica. Todas ellas eran amargas; cada una, según su grado de melancolía, representaba una tragedia en sí misma para el autor de la misiva, y tenían como denominador común la nostalgia, la añoranza de un bien perdido. Cuán difícil es comprobar lo que significa «nunca más», y esas cosas. Gente dolida, sin esperanza alguna, lamentándose inútilmente.Estos días, que estoy bien jodido, me he acordado de la canción, que es más triste que cuando el viento del otoño desnuda los árboles y tiñe de oro los campos, y también de que, por entonces, me preguntaba: ¿por qué razón tiene nadie que contar en público sus problemas? Y se me vienen a la memoria los consejos que, al término de la lectura, daba la locutora —que lo mismo era Elena Francis, no lo sé—, porque, como todos aquellos, hoy yo también me siento como una mierda, y sin solución de continuidad.La razón, supongo, era y sigue siendo la catarsis. Esto es, mitigar el dolor hablando de ello, escribiendo sobre ello. O hacer el gilipollas sobre serlo.Bendita catarsis.
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Vulnerant omnes, ultima necat
Mi abuelo toda la vida se la pasó ambicionando un reloj de oro, de esos con leontina. No quería otra cosa que poder extraer del chaleco la maquinita y consultar la hora. Su primo, que sí que tenía reloj de chaleco, quería en cambio la medalla al valor que nunca tuvo por su paso en la guerra de Marruecos contra los rifeños, y de la que siempre se consideró merecedor, y que mi abuelo, qué cosas, tenía guardada y olvidada en un baúl, porque nunca le gustó recordar ni el suceso por el cual se le otorgó, ni nada del dichoso día de la concesión, ni de la guerra en sí, a la que consideraba algo horrible. El único «valor» para él era el de haber conservado el pellejo sin agujerear entre tanta bala perdida. Al poco de llegar licenciado, quemó todo lo que se trajo de su destierro por la terrible estepa rifeña. El tiempo se ocupó de quemar los restos que perduraban en su memoria. Nunca hablaba de aquello, hasta el punto de que constituye un misterio. Sin embargo, aquel primo avivaba todos los días la llama de sus recuerdos marciales con un poco de queroseno prestado, batallitas ajenas que hacía propias, hasta el punto de que llegó a creer que aquella guerra no se habría ganado sin él, y que esa medalla se la merecía mucho más. Así que un día, cuando ambos habían entrado con paso firme en el invierno de sus vidas, se la pidió.
—Vale —dijo mi abuelo—, pero a cambio de tu Leónidas.
Y así fue como aquellos dos llegaron a un acuerdo: uno tendría su medalla con la que rememorar una guerra, y el otro un reloj con que mirar las horas futuras y olvidar las pasadas.En el reloj venía grabado: Vulnerant omnes, ultima necat («Todas hieren, la última mata»). Yo ya no heredaré ese reloj, pues fue la heredad de otro, ni tampoco la medalla que perdió un primo segundo en una mudanza. Esa leyenda, que da qué pensar acerca de la fugacidad de la vida cuando se lee, no le iba a mi abuelo, santa gloria haya, al que se le hubiera ajustado mejor la de: Tempus edax rerum («El tiempo devora las cosas»). Al compañero —pienso— le vendría bien esa de Cela cuando recibió el Cervantes, muy viejito ya: «…que aquí, en España, el que resiste gana». Vamos, que nunca es tarde para según qué cosas, que solo es cuestión de tiempo y de durar y tener aguante el que los premios, como las medallas y los trenes con retraso, lleguen finalmente a su destino.
Pues así es la vida de puñetera, eso que pasa mientras piensas y anhelas otras cosas, como las medallas o los relojes. Qué tendrán las medallas que unos las quieren, mientras que otros las aborrecen.
A mi manera
martes, 27 de septiembre de 2011
LA BÚSQUEDA
La búsqueda.
sta es la historia de un hombre al que el destino castigó fieramente, en lo hondo del corazón, allí donde más duele, alguien que en un día perdió todo aquello por lo que vivía y que más quería. Un accidente se llevó a su mujer y a su hijo. El dolor por su ausencia le embargaba y no conseguía rehacer su vida, se hundía con el mal, le trastornaba de tal modo aquella pesadilla recurrente que deseaba morirse; así que una mañana decidió dejar la casa que tanto le recordaba a ambos y salió huyendo hacia ninguna parte, en busca de algo, no sabía muy bien el qué, que si no curase su dolor insondable, al menos lo mitigase. Esa tarde dejó todo y partió. Se convirtió en alguien que buscaba sin saber qué estaba buscando ni qué iba a encontrarse. Su interior le decía que hiciera caso a esas sensaciones que venían de un lugar inexplorado de sí mismo. Caminó y caminó. Perdió la cuenta de la distancia. Después de dos días de marcha por polvorientos caminos, llorando en silencio su pena, llegó a un paraje en el que nunca antes había estado desde donde divisó un pueblo de casas blancas y tejados cobrizos, apacible, a lo lejos. Se detuvo para tomar aire y secarse el sudor mientras decidía si quedarse unos días allí a ver si se le pasaba su mal. Entonces, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verdor florido maravilloso y había un montón de árboles rotundos, pájaros y flores encantadoras. Ascendió por el sendero y una vez allí pudo ver que además había un lago de aguas cristalinas, donde se asomaba el sol para teñirlas con sus oros. También había patos que nadaban, y que batían sus alas salpicando. Era paz lo que allí se respiraba. Una paz rotunda, inconsútil. Sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en el lugar deleitándose con tanta maravilla. Ya casi se estaba durmiendo cuando sus ojos recayeron en una valla pequeña de madera lustrada que circundaba un prado esmeralda que había a su izquierda. Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. El hombre traspasó el umbral y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, a la sombra de los chopos y las encinas. Se fijó mejor y descubrió, sobre una de las piedras, una inscripción que decía: «Manuel, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días». Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba allí enterrado. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla. «Mariano, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas». Más allá: «Pedro, vivió 3 años, 7 meses y 4 semanas». El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquello era en realidad un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto; pero lo que lo espantó, fue comprobar que el que más tiempo había vivido apenas sobrepasaba los 11 años. Era una tragedia mayor aún y más cruel que la que el fiero destino le había deparado de un zarpazo. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar por todas aquellas criaturas que no habían vivido apenas. Un vecino del pueblo pasaba por allí y se acercó, lo vio llorar un rato, en silencio, y luego le preguntó si lloraba por algún familiar. — No, ningún familiar — dijo secándose las lágrimas— ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en él? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este sitio? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de niños? El anciano sonrió y dijo: —Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una álbum en blanco, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda qué fue lo disfrutado, y, a la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo. Que conoció a su novia y se enamoró de ella, bien ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media? Se anota. Y después, la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana?; ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo?; ¿Y el casamiento de los amigos?; ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? Así vamos anotando en la libreta cada momento feliz. Cuando alguien se muere es nuestra costumbre abrir su álbum y sumar el tiempo de lo disfrutado y luego escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido. ¿Comprende? Al cabo de un mes, el hombre volvió a su casa curado. Había aprendido a convivir con las dos ausencias recordando todos los buenos, aunque breves, momentos vividos con ellos. Los pequeños momentos, los que de ordinario nos suelen pasar inadvertidos, sumados son los que nos hacen felices y en lo que radica la felicidad. Fin Cada cual tiene sus propios mecanismos para curarse de un mal que le aqueja y el mal del vecino, por ser mayor, suele alejar el propio. |
martes, 20 de septiembre de 2011
El placer de lo sencillo
El dinero puede proporcionarnos un estilo de vida muy cómodo y placentero, así como una falsa sensación de seguridad. Pero no puede comprar nuestra felicidad, porque nuestro bienestar emocional no depende de lo que hacemos ni de lo que tenemos, sino de quiénes somos y de cómo nos sentimos.
«¿De qué nos vale lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo?
¿De qué vale el dinero si no somos felices?»Llevamos una existencia materialista para terminar dándonos cuenta de que las cosas verdaderamente importantes no pueden verse ni tocarse; solo intuirse y sentirse. Para apreciar los aspectos intangibles, cualitativos e inmateriales de la realidad, es imprescindible que exista cierto contraste entre nuestro estado de ánimo interno y nuestras circunstancias externas.
Quienes padecen pobreza emocional creen que esta se debe a su pobreza material. Sin embargo, lo que nos hace ricos o pobres emocionalmente no es nuestra economía, sino la percepción que tenemos de ella.
El clic evolutivo se produce en la medida en que gozamos de cierta riqueza material y, aun así, seguimos experimentando la misma pobreza emocional. De pronto tenemos más dinero, pero seguimos sintiéndonos tensos e irritados. Tenemos éxito y respetabilidad, pero continuamos sintiéndonos solos y tristes. Disfrutamos de confort y seguridad, pero seguimos siendo esclavos de nuestros miedos.
Gracias a este contraste entre nuestras riquezas materiales y emocionales, cuestionamos las motivaciones que nos han llevado a adoptar un estilo de vida materialista. Frente a ello, surgen corrientes sociales que anteponen la felicidad al dinero: el decrecimiento, la simplicidad voluntaria, el movimiento slow —«lento», en inglés— y el downshifting —«reducir la marcha»—. Todas ellas promueven disminuir el nivel cuantitativo de nuestra vida y aumentar el cualitativo.
LA PARADOJA DEL ÉXITO
«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?»
(Jesús de Nazaret)Cada vez más personas apuestan por llevar una existencia más tranquila, simple y sencilla. Porque, al fin y al cabo, ¿de qué nos sirve lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo? ¿De qué nos sirve pasar el día estresados y agotados? En definitiva, ¿de qué nos sirve ganar mucho dinero si no somos felices?
La necesidad de experimentar una riqueza emocional abundante y sostenible constituye la base del nuevo paradigma emergente, uno de cuyos pilares es la filosofía del posmaterialismo. Esta parte de la premisa de que la realidad está compuesta tanto por lo material, tangible y cuantitativo, como por lo inmaterial, que solo podemos experimentar a través del corazón. Se trata de integrar ambas dimensiones, construyendo un estilo de vida equilibrado entre lo que somos, lo que hacemos y lo que tenemos.
EL SINSENTIDO COMÚN
«Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan».
(Emile Henri Gauvreay)Una vez garantizada la supervivencia física y económica, y cubiertas las necesidades básicas, expertos en economía del comportamiento afirman que lo que sostiene el bienestar emocional no es lo que conseguimos ni lo que poseemos, sino lo que ofrecemos y entregamos a los demás.
Entre otros estudios, destacan los realizados entre 2005 y 2010 por el economista norteamericano George F. Loewenstein. Sus investigaciones se centraron en los efectos emocionales antagónicos de la codicia y la generosidad. Para ello, llevó a cabo un experimento sociológico con un grupo muy heterogéneo de participantes.
El equipo liderado por Loewenstein seleccionó a 60 personas de diferentes edades, sexos, razas y profesiones, con marcadas divergencias sociales, culturales, económicas, políticas y religiosas. El primer día, los participantes fueron divididos en dos grupos de 30 personas. Todos recibieron 6.000 dólares (unos 4.520 euros).
A los miembros del primer grupo se les pidió que, en el plazo de dos meses, gastaran el dinero en regalos para sí mismos. A los integrantes del segundo grupo se les indicó que utilizaran los 6.000 dólares en regalos para otras personas.
Dos meses más tarde, los resultados fueron opuestos. La satisfacción de los miembros del primer grupo había durado relativamente poco. Según las conclusiones, tras el placer y la euforia inicial que proporcionaba comprar, utilizar y poseer bienes de consumo, los participantes regresaban rápidamente a su estado de ánimo habitual. Con el paso de los días, algunos incluso empezaban a sentirse más tristes, vacíos y decaídos al no poder mantener la excitación generada por el consumo.
Por el contrario, los miembros del segundo grupo se sintieron mucho más satisfechos y plenos. El simple hecho de pensar de qué manera podían utilizar el dinero para beneficiar a los demás ya era suficiente para que experimentaran un profundo bienestar interno.
DECADENCIA DEL EGOCENTRISMO
«Las personas más egocéntricas son también las más infelices».
(Henry David Thoreau)La mayoría utilizó los 6.000 dólares de manera posmaterialista, creando experiencias y oportunidades. Regalaron viajes, pagaron matrículas universitarias, donaron dinero a entidades sin ánimo de lucro —repartiéndolo incluso entre mendigos—, y algunos saldaron parte de las deudas de familiares cercanos.
Una vez entregados los regalos, sentir la alegría y el agradecimiento de otras personas provocó en los participantes una intensa sensación de plenitud que se prolongó durante horas e incluso días.
La conclusión fue clara: el egocentrismo, la codicia y la orientación al interés propio generan vacío, sinsentido, escasez e infelicidad, mientras que el altruismo, la generosidad y la orientación al bien común son fuente de plenitud, sentido, abundancia y felicidad. Loewenstein corroboró así, de forma científica y empírica, que a nivel emocional recibimos lo que damos.
LA PSICOLOGÍA DEL ALTRUISMO
«No hay mayor felicidad que ser cómplice de la felicidad de los demás».
(Carmina Martorell)La auténtica felicidad reside en nuestro interior. Cuando comprendemos e interiorizamos esta verdad, dejamos de exigir que la realidad se adapte a nuestras ambiciones, necesidades y sueños. Como consecuencia, desaparecen la lucha, el conflicto y el sufrimiento.
Poco a poco recuperamos la conexión con el bienestar duradero que habita en nuestro corazón. Con el tiempo, experimentamos abundancia y plenitud y, desde este nuevo estado de ánimo, entramos de manera natural e irremediable en la vida de los demás con vocación de servicio.
ABUNDANCIA Y PROSPERIDAD
Quienes nos hemos comprometido con resolvernos emocionalmente no sentimos la necesidad de saciar constantemente nuestros deseos. Así comenzamos a orientar nuestra existencia hacia el bien común, sin perder de vista la importancia de mantener un estilo de vida equilibrado, aprendiendo a descansar y a recuperar la energía que invertimos al servicio de los demás.
Para dar, primero hemos de tener. Y no debemos olvidar que el altruismo es la forma más eficiente y sostenible de vivir. Aportar algo significativo a otros seres humanos nos genera una profunda sensación de satisfacción y gratitud. Dar es recompensa suficiente cuando damos desde nuestra verdadera esencia. La paradoja es que, al obrar con sabiduría, recibimos mucho más de lo que jamás hubiéramos podido imaginar.

