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martes, 5 de octubre de 2021
Melancolías de otoño
domingo, 19 de septiembre de 2021
LA CAPA
Cuenta Pemán una anécdota que recuerdo haber leído, pero que no consigo encontrar en la red (todo lo de este hombre parece desaparecido), sobre el golpe de Pavía, y que osaré versionar. Parece ser que, justamente diez minutos después de que los diputados hubieran jurado morir allí dentro antes que el deshonor de salir, uniéndose a la proclama de Salmerón —quien, en un enardecido discurso, lo había dicho primero («Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré» )—, ante el anuncio de un oficial de que al término del plazo impuesto serían pasados por las armas si no desalojaban el hemiciclo, y al oírse algunos disparos en la galería inmediata al salón de sesiones, se produjo una desbandada: todos, marica el último, corrieron a la calle a ponerse a salvo; algunos incluso saltaron por las ventanas, presas del pánico.
El caos y la premura fueron tales que muchos diputados no pudieron recoger el gabán del guardarropía y se vieron en la calle, en las primeras horas de la glacial mañana madrileña, vestidos nada más que con levita. Ese fue el caso de un taquígrafo de escasa figura, flaco y bajito, que cuando ya, jadeante, de tarde, llegaba a su domicilio se encontró con un diputado y vecino, al que contó lo sucedido:
—Ya ve, ni honor ni capa me han quedado.
—¿Y no podría acercarse al Congreso ahora que la cosa se habrá calmado y recuperar la capa? Quien encuentra la albarda y no el burro, ni todo lo pierde ni todo lo halla.El vecino, que era un gigantón, le prestó su propia capa y le animó, dándole fuertes golpes en la espalda, a que desanduviera el camino, se diera a valer ante los guardias que hubiera de custodia y recuperase la suya. Y el hombrecillo, con aquella prenda que le sobraba por todas partes y que arrastraba por el suelo como cola de penitente, así lo hizo: volvió sobre sus pasos y, de aquella guisa, se encaró con el primer guardia que estaba de centinela en las Cortes.
—Mire usted —le espetó—, le exijo encarecidamente que me deje pasar.
El guardia lo miró un instante de arriba abajo, movió el mostacho y dijo:
—¿Pero cuántos venís ahí dentro?
martes, 22 de junio de 2021
El paraíso perdido
Parecía valiente con su vaso de bourbon y su pestañeo más lento de lo habitual. Los codos en la barra y la mirada en la puerta. Esperando que no pasara lo que al final iba a pasar. Que reapareciera ella en el último garito de la última ciudad. Parecía un héroe en el exilio. Un francotirador emocional. Y sin embargo Rick no era más que un cobarde. Uno que acaba en Casablanca intentando huir de sí mismo. Tan valiente que no es ni capaz de escuchar una canción. Buscaba, como buscan los débiles, la distancia para pulverizar esa determinación ciega del amor. Esa que convierte a todo hombre en un héroe, como decía Platón. Platón, que por algo supo ver la metadona del mundo ideal, creía en el miedo. Y sabía que es un sentimiento extraño que no se puede domar.«Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (…) Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos».Borges.El paraíso perdido es el único que les queda a los cobardes. El que se atisba desde el infierno de la fobia, más allá de las llamas donde arde lo que nunca fue. El paraíso imposible de una abuela con la mirada siempre en el pasado. El de Hamlet sepultado en vida por la inacción. El de Spencer Tracy que nunca tuvo la altura necesaria para querer. El de los verbos en condicional que quieren ser conjugados en presente de verdad perfecto. El del libro como un escudo en las manos de un mayordomo. El paraíso parisino que recordaba ese falso valiente que se perdió en Casablanca cuando todo lo perdió. Nunca te enamores de cobardes, debería estar escrito en los manuales. Nunca te permitas temblar si no es por la pasión. Nunca te dejes arrastrar a ese lugar donde el peaje para no sufrir es negar la felicidad.
jueves, 3 de junio de 2021
HISTORIA DEL BUEN REY TÓTEM
Os voy a contar algo de la historia del buen Rey Tótem, tal como he podido descifrarla en una piedra de la edad paleolítica. Está llena de provechosas enseñanzas sobre los orígenes de muchas cosas.Tótem, hombre membrudo, de luenga y áspera barba, había clavado en el suelo cuatro estacas, y, dentro, a la sombra de una piel de mamut, había metido un cántaro y una mujer. Como Tótem poseía una enorme hacha de sílex, nadie se atrevía a acercarse al sombrajo que había formado con la piel y las estacas. Tótem era, pues, propietario.El título de su propiedad era el hacha de sílex. Sólo un día, un atrevido osó asomar las narices al sombrajo de Tótem; pero éste, empuñando su hacha, con un gesto solemne, le partió en dos la cabeza. De este modo Tótem asentó su dominio con perjuicio de tercero; puede considerarse, pues, este gesto histórico como el origen de los Registros de la Propiedad. Desde que los demás hombres paleolíticos, que eran muy brutos, pero no tanto como Tótem, vieron la facilidad con que el hacha de éste abría las cabezas, sintieron gran admiración y respeto por aquel hacha, y la consideraron como un cetro; de este modo Tótem fue proclamado Rey. El reinado de Tótem fue próspero. Antes había sido un salteador y forajido, que, abusando de su superioridad física, robaba los rebecos y las cabras que los otros hombres tenían para su sustento. Ahora, no; ahora era el Rey, padre de todo, querido y venerado de sus súbditos, que le llevaban, como tributo, sus cabras y sus rebecos. Pero sucedió que, entre sus súbditos, había uno que no estaba contento con él. Era Menoch, el hombre de más fuerza y el mejor esgrimidor del hacha después de Tótem. La lengua era entonces monosilábica, y Menoch tenía un precioso don: sabía decir sus monosílabos con más rapidez y gracia que nadie; además, su voz era sonora, y acompañaba su lenguaje de gestos rítmicos y melodiosos, que hacían balancearse con gracia los rabos de las pieles de reno de que estaba vestido. Para la muchedumbre era, pues, incuestionable que las cosas que decía Menoch eran sabias y verdaderas. Menoch, pues, reunió un día a la muchedumbre en una pradera florida, y, con voz sonora, le preguntó que por qué razón habían de llevar a Tótem sus cabras y sus rebecos. La muchedumbre aseguró que realmente no había razón alguna para ello. Entonces Menoch dijo: ¡Aplastemos a Tótem!, y con la mano derecha se golpeó sobre la izquierda, como si realmente aplastara y triturara a Tótem entre ellas. La muchedumbre repitió con entusiasmo este gesto inspirado, y en la pradera se produjo un prolongado ruido de chocar de manos. Fue la primera ovación.Enseguida, todos, con Menoch a la cabeza, marcharon hacia el sombrajo de Tótem. Para que anduvieran más de prisa, Menoch, que poseía la intuición de la música, empezó a tararear una tocata improvisada con compás de dos por cuatro. Al oír aquel compás fácil y pegajoso, las piernas de los paleolíticos empezaron a inquietarse, y un momento después, adaptándose a la música, la turba marchaba rápida y alegre. Desde aquel momento empezó la influencia de los pasodobles sobre la Humanidad, que ha sido muy trascendental y decisiva. Gracias a los pasodobles, la Humanidad se ha conducido dócilmente, siempre que ha hecho falta, a la muerte, a la ruina y a todos los absurdos. Coreando la voz sonora del rebelde Menoch, la turba cantaba hasta enronquecer: ¡Vamos allá! ¡Vamos! ¡Vamos, pues...! Y los que se encontraban por el camino, que no habían estado en la reunión de la pradera, se unían entusiasmados al grupo, cantando nerviosamente: ¡Vamos! ¡Vamos! Y luego, por lo bajo, preguntaban al que estaba más cerca: ¿Adónde vamos? De este modo llegaron al sombrajo de Tótem, que estaba allí con su mujer y su hacha de sílex, comiendo sus rebecos y sus cabras asadas con lechugas. Con un agudo alarido, la turba irrumpió en él violentamente. Pero, al verse dentro de la mansión real, la muchedumbre se olvidó de Tótem, y se echó ávidamente sobre la mujer, las cabras, los rebecos y las lechugas. Y como eran muchos y corto el botín, empezaron a disputárselos unos a otros, armando entre ellos una tremenda batalla, y dejando a Menoch, a pesar de los gritos que daba, completamente solo frente a Tótem. El cual, en un momento, lo agarró por el cuello y lo estranguló.Entonces, al ver a Menoch en el suelo, tendido y con la lengua fuera, la muchedumbre comprendió que era un impostor, y mientras unos huían, otros se prosternaban en tierra, gritando: ¡Viva Tótem!
Pero Tótem, con un gesto grave y majestuoso, impuso silencio: En vista de lo ocurrido —dijo en secos monosílabos—, no quiero reinar contra la voluntad de mi pueblo. Entramos en tiempos nuevos. He de investigar esa voluntad. Id a la ribera del río: allí hay guijarros blancos y negros. Los blancos quieren decir que me aceptan; los negros, que me rechazan. Tome cada uno su guijarro y échelo secretamente en esta piel de toro. Luego haremos el recuento y obedeceré. La muchedumbre, dando berridos de alegría, al sentirse soberana, fue y vino rápidamente al río y depositó sus secretos guijarros en la piel de toro. En seguida Tótem vació la piel de toro. Una pila de guijarros negros, donde apenas se ahogaba alguno blanco, se desparramó sobre el suelo. Entonces Tótem se irguió ante la muchedumbre, empuñando su hacha de sílex, y con voz atronadora, exclamó: Decidme, ¿qué color domina? Y, como una sola voz, la muchedumbre, sobrecogida, gritó unánimemente: ¡El blanco, Señor, el blanco!Entonces Tótem, sonriendo paternalmente, dio las gracias y quedó investido de la soberanía popular.Y enseguida Tótem, como Soberano de un Gobierno popular, inició su reinado con actos liberales y progresivos. No os he de exigir—les dijo—bárbaramente, como antes, que me deis vuestras cabras y vuestros rebecos, no; comprendo que esto es feo e impropio de estos tiempos adelantados, que se han iniciado con vuestra gloriosa iniciativa. Me someto, pues, al cambio mutuo. Y diciendo esto, llamó a uno de sus súbditos y le preguntó:—A ver, hijo mío, ¿qué quieres por tus cabras?Y el otro, que era goloso, contestó: Cocos, señor.—Está bien—prosiguió el Rey—; dame tus cabras y yo te daré ese saco que está lleno de cocos. Así se convino aquel mutuo cambio. En seguida, el súbdito trató el cambio de los cocos que el Rey le había de dar por unas piñas que tenía un compañero; éste, a su vez, los cambió por una cántara de miel que tenía otro, y así se hicieron, entre unos y otros, mil contratos de cambios, a base del saco de cocos que cl Rey le ofreció al primero. Pero cuando éste fue a cobrar del Rey los cocos prometidos, el Rey le abrió el saco, que resultó estar completamente vacío, y le dijo paternalmente:—Ahí tienes los cocos hijito. El súbdito y los demás que hablan contratado se quedaron perplejos ante el saco vacío, y empezaron a mirarse unos a otros, con ceño torvo. Pero, de pronto, el primero comprendió que de proclamar la verdad perdería sus piñas, y el segundo su cantara de miel, y así sucesivamente. Entonces el primero, mirando el saco vacío, exclamó: ¡Oh , mirad qué hermosos cocos! Y todos fueron repitiendo con fervor: ¡Cocos hermosos! ¡Admirables cocos! Y de este modo todo el país contrató, cambió y atendió a sus necesitados, gracias a los cocos imaginarios del buen Rey Tótem. Como veis Tótem fue el inventor del crédito.
***
En ese punto está rota la piedra milenaria que nos da tan interesantes noticias. Es una gran lástima, porque, como habréis notado, íbamos viendo avanzar ya la humanidad y entrar en la civilización. Hemos asistido al origen de la oratoria, de los Gobiernos populares, del sufragio, del crédito y de mil cosas progresivas y trascendentales; y, de seguir, hubiéramos presenciado el origen de toda la civilización. Cierto que, como veis, todo ello se resiente un poco de su origen. Pero no importa; a medida que la Humanidad se aparta de ello, todo se va olvidando y todo va bien como va. El secreto está en aceptar las cosas dócilmente y no preocuparse mucho de los orígenes y de los porqués. Y ante los sacos vacíos que se nos presentan cada día, continuar, en bien de todos, la farsa, y decir, cómo el pueblo sumiso del buen Rey Tótem: ¡Oh, hermosos cocos! ¡Cocos admirables!
José María PEMÁN
miércoles, 21 de abril de 2021
CANCIÓN 1. (POEMAS GANIVET)
«Abd-el-MalIk, si no duermes,
Escucha a tu esclava Esma,
La que vino a tu palacio
Desde los montes de Armenia.
Sabrás que un hermoso niño
Todas las noches se acerca
A mí cuando estoy dormida,
Y con besos me despierta.
Yo no sé de dónde viene,
Viene de lejanas tierras,
Mas a ti se te parece,
Como si tú mismo fueras.
Tiene tu mirar de fuego
Y tu obscura cabellera.
Como tú los labios rojos,
Como tú la tez morena.
Sus brazos, con ser tan tiernos,
Tienen del león la fuerza,
Como hechos para empuñar
Las nobles armas de guerra.
Redondas y torneadas
son sus infantiles piernas,
Pero se agitan nerviosas,
Cual si un corcel oprimieran.
Su pecho débil suspira,
Mas su corazón golpea
Con brío, como el de un héroe,
Ciego en la lucha sangrienta.
Debe ser un hijo tuyo
El que a mi lecho se acerca,
Y cuando me ve dormida,
Con sus besos me despierta.
Abd-el-Mahk, si no duermes,
Escucha á tu esclava Esma,
La que vino á tu palacio
Desde los montes de Armenia».
Ángel Ganivet.
martes, 23 de febrero de 2021
Greguerías
«Ahí en medio está el asunto, aclarado por los libros de patología moderna, ayudado por la larga teoría de los deseos insatisfechos, iluminado con la luz lívida de la libido aclarada».(R. Gómez de la Serna, Automoribundia, 1948).
jueves, 18 de febrero de 2021
EL ECO DE UN RECUERDO
En el recuerdo había un joven policía de 28 años, alto y delgado, sentado por vez primera en la Oficina de Denuncias, supliendo una ausencia. A Pedro, el veterano oficial, hacerle un gesto con el rostro para que mirara a la puerta, girarse sin mucha curiosidad y allí estar ella. Una mujer hermosa entrando por la puerta, como un relámpago en una noche de verano, y quedarse ambos mirándola sin poderlo evitar. Buscar asiento vacío entre las mesas hasta dar con la suya, y sentarse cruzando una pierna sobre la otra, balanceándola ligeramente, el aire resuelto y frío, y empezar a hablar desenvuelta, altiva, con aquella voz grave de marcado acento argentino. Verla de cerca, detenidamente, sin gesticular, tratando de que no se apercibiera, y llegar a la conclusión rápida de que no era una mujer cualquiera, era cualquier mujer que le hubiera apetecido ser. Llevaba su pelo negro recogido, lo que le daba a la cara un tono agresivo: el de una pantera que hubieran soltado en medio de la oficina. Tenía unas mallas negras tan pegadas a la piel, que se podían leer los misterios de la entrepierna en varios idiomas. Unos tacones de unos trece centímetros por encima del infierno, una blusa azul y una sonrisa de conocer exactamente cuánto morbo despertaba su presencia. Hablar sobre su problema mientras trataba de trascribirlo, intentando que los dedos no se le pegaran al teclado, entre las aberturas que presionaba desatinado. Encender entonces ella un cigarro, y apurar una calada profunda lanzando el humo como si fuera nostalgia. Atreverse él a abrir la boca para decir: Está prohibido fumar aquí, señora. Sonreír ella ante la advertencia, mostrando su bonita boca, que imaginaba tragando con más asco que vergüenza el desahogo de cientos hombres, dar otra calada y sin inmutarse responder, taladrándolo con aquellos ojos marrones: Y qué va a hacer, ¿ponerme las esposas?, de haber descruzado en ese momento la mujer las piernas, todo aquello podía haber sido como la escena de la Sra. Stone en Instinto Básico.—Pedro —le había preguntado, cuando la mujer cerró la puerta tras de sí, sin que ninguno de los que estaban fuese capaz de dejar de mirarla al irse—, ¿Si una mujer que acabas de conocer te da su teléfono, qué significa?Pedro, el madrileño cincuentón de pelo blanco como si hubiera enterrado su cabeza en harina, lo miró con sus ojos azules y dijo:—Que nunca tendrá saldo para llamarte ella.Había sonreído, como quien tiene la verdad absoluta de las cosas. Luego habían estado callados un rato, en el que él había terminado el atestado y el viejo oficial el suyo, recostado en la silla, como solía. Después sacó un paquete de cigarrillos y fumó uno, aprovechando que la sala estaba ya vacía y que, por otro lado, nadie se lo iba impedir.—Prostitutas y policías: aceite y agua.Sigue recordando el día en que la llamó deliberadamente, después de varias noches de insomnio en su apartamento del barrio del Pilar, que pasó con los ojos abiertos pensando en la argentina mientras sentía la lejana trepidación del tráfico en la Avenida de La Ilustración. Siempre había sido un tío correcto que no se había mezclado con nadie marginal, de familia tradicional, tercero de una estirpe de policías, estudios en un colegio de curas, de amigos estándar de clase media. Pero había algo en aquella mujer que le atraía, evidentemente era una mujer espectacular pero no se trataba de eso, aunque se negaba a reconocerlo ante sí mismo, latía en aquello un impulso personal, inexplicable, que nada tenía que ver con su aspecto físico. Algo inusualmente desprovisto de cálculo, hecho de sensaciones, atractivos y recelos. Desde que ingresara en la policía tenía habitualmente trato con ellas pero nunca jamás había llegado conocer a fondo a ninguna, se limitaba a conversar con ellas durante un breve tiempo, tras de una intervención, muchas veces para que se calmasen, y escuchar sus historias sin pasar la raya, pero ese día y con aquella mujer lo hizo: traspasó la línea. Se presentó tarde a la cita, como si en ella fuera habitual el hacer esperar, se movía como si el suelo le perteneciera, se sentó volviendo a cruzar las piernas como solo ella sabía, que esta vez sobresalían por entero de una minifalda ajustada, apoyando el codo en la mesa, fumando indolente y tirando después la colilla al suelo como si ignorase todos los ceniceros del mundo. Y hablaron de ellos, al principio de modo superficial. No estaban destinados el uno para el otro, eran, efectivamente, como dijera el viejo oficial, aceite y agua. Buscaba un tío rico que la mantuviera, y Martín era un funcionario con un sueldo normal que ese día hacía un esfuerzo para pagar aquellas copas que se tomaban (ya iban por la segunda ronda). Le gustaban el lujo, los regalos caros y los coches de alta gama. Y Martín vivía en un barrio obrero, era propietario de un Ibiza y sólo podía regalar literatura. Y lo hizo. En aquella conversación primera, acabó saliendo el escritor que llevaba dentro, y se sintió ridículo, aplastado, cuando descubrió en su réplica que ante sí tenía a la escritora con más talento que conociera jamás. La mujer frente a él podía sorprender por infinidad de cosas.Resultó que había estudiado literatura en Buenos Aires y hasta había publicado algo y escrito crítica para alguna revista literaria. Era sumamente culta, lo había leído todo acerca de los autores hispanoamericanos. Habló seguido durante veinte minutos sobre el surrealismo mágico. Y, cómo no, acabó hablando sobre Borges.—Soy hincha de Borges—declaró—. Para ser hincha de Borges, pero hincha en serio, ojo, es necesario ir todos los domingos a la cancha. No vale ser «simpatizante». Es decir, no vale comprarse los tres tomos color manzana y tenerlos a la vista en el anaquel. No vale «haber leído» a Borges. Para ser un incondicional, por lo menos la Poética Completa tiene que vivir en el baño, arriba del canasto de la ropa, junto a la revista dominical del diario y el Deportivo del lunes. Tenés que leerlo sentado en la taza. Para empezar, hay que tener claro que Borges dijo todo lo necesario que había para decir en el mundo. Si no tenés bien clarito esto, no podés ser hincha. Las demás cosas que dijo o escribieron el resto pueden estar bien o mal, pero no son tan fundamentales.
El joven policía con estudios de letras, la miraba, sorprendido, sintiendo acrecentarse su interés por la recién descubierta escritora argentina. Peleando contra sus principios y contra las señales de alarma que se le encendían en la cabeza, adonde en violentas sacudidas acudía la sangre.
—Los hinchas de Borges no somos intelectuales —proseguía—. Nos importan un carajo las siguientes palabras: semántica, silogismo, hipertexto, entrelínea y epistemología. Los hinchas de Borges no compramos nunca libros que estudian la obra de Borges, ni libros sobre su vida privada. En Buenos Aires a menudo nos juntábamos varios hinchas en un departamento a fumar porros, o a meternos rayas y a leer a Borges en voz alta, pasándonos el libro cada tanto para que no se nos secara la garganta a ninguno.Rió Martín, divertido, por su frase de «no somos intelectuales».—Empezábamos con la poética y seguíamos con algún cuento. Después, hacia las tres de la madrugada, mechábamos ensayos cortos para no caer en el fanatismo barato. Las hinchas femeninas de Borges éramos, a los ojos de las señoras de los otros edificios, más putas que las gallinas de la raza ponedora. Podía invitarse a una tertulia a señoritas decentes para disimular, incluso a vírgenes, pero entre la medianoche y el alba pasaban dos cosas: o se quedaban dormidas —en tal caso había que despertarlas y pedirles un taxi— o entienden de golpe el mundo y empiezan a manotear la poronga del que está leyendo.Martín, en ese punto, le dijo no comprender que los argentinos idolatrasen tanto a Borges, ni la veneración y el culto que éste suscitaba. No entendía tampoco por qué lo definían como el mejor escritor en castellano de todos los tiempos. Él, por entonces, era cervantino, un barroco que se había criado leyendo noventayochentistas, y la forma de narrar caótica de los hispanoamericanos en general se le atragantaba.—La literatura de Borges la juzgo tan eterna como el agua y como el aire —el tono era de enfado—. Cómo te atrevés a criticar a los argentinos. Los argentinos adoramos la literatura y somos hinchas de nuestros autores, en el modo en que adoramos el fútbol y lo somos de nuestros jugadores.—Bonita comparación —un punto sarcástico—. La literatura no es entretenimiento de masas, es otra cosa.Ella respiró hondo. Prendió un cigarrillo. Lo miró de arriba abajo y dijo:—Sos nada más un chico guapo, uno de tantos que hay, de los que aún cree que la literatura consiste en planteamiento, nudo y desenlace.—No creo haberte dicho lo que era para mí la literatura. No me juzgues sin haber leído nada mío.—No me hace falta leerte. Me basta simplemente con verte hablar: lineal y cronológico.Y le echó, desafiante, el humo en la cara. Los ojos le brillaban como ascuas.—Mi tarifa por acostarme contigo —añadió con dureza— y dejarte leer algo mío después, es de treinta mil pesetas.Ensayó una risa artificial y burlona mostrando una dentadura tan perfecta, que parecía una yegua negra que estuviera a punto de morderlo.Martín se levantó y dejando un billete sobre la mesa para abonar las consumiciones, le dijo adiós secamente, y se marchó sin tiempo para ver la expresión de su cara e ignorando si ella lo seguía con la mirada.