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sábado, 18 de diciembre de 2021

Nomen est omen




'Nomen est omen': El nombre es destino


Los romanos pensaban que el nombre determinaba en gran medida el destino de quien lo llevaba; por ello afirmaban: nomen est omen (el nombre es destino). Descubramos cómo eran nombrados los romanos a través de los NOMINA ROMANA [1] (nombres romanos). Generalmente llevaban tres: Praenomen (prenombre), nomen (nombre) y cognomen son los llamados TRIA NOMINA [2], como en Cayo Julio César.


1. Praenomen: Equivale a nuestro nombre; el hijo lo heredaba del padre. Como sólo había una lista de 17 o 18 praenomina, solían repetirse y, como eran conocidos por todos, se ponían en forma abreviada.
Algunos de los que nos resultan más conocidos son [3]:
· Gaius (G.) / Caius (C.); Gayo / Cayo
· Gneus (Gn.) / Cneus (Cn.): Gneo / Cneo
· Lucius (L.); Lucio
· Marcus (M.); Marco
· Publius (P.); Publio
· Quintus (Q.); Quinto
· Tiberius (Ti.); Tiberio
· Titus (T.); Tito
2. Nomen: Es como nuestro apellido. Indica la gens, esto es, el linaje al que se pertenecía; se transmitía de padres a hijos como “nombre de familia”. Es un nombre colectivo y siempre se usa completo, sin abreviaturas. Perdura durante generaciones.[4] Se han documentado cientos, entre ellos: Iulius, Aemilius, Antonius, Cornelius, Tullius, Domitius, Claudius...

Ejemplifiquemos con la gens o familia Julia (que toma su nombre a partir de Iulus o Ascanio, hijo de Eneas y de Venus, de quien Virgilio hace proceder a esta gens). Sus dos miembros más reconocidos son el ya mencionado C. Julio César y Augusto. La familia Claudia sucedió a esta gens en el poder de Roma; pertenecían a ella Tiberio [5] Claudio Nerón, Tiberio Claudio Druso, Nerón Claudio César Augusto Germánico y también Cayo César Calígula, todos ellos emperadores romanos. Ambos grupos conforman la gens Julio-Claudia, paradigma que durante muchos siglos se ha propagado de la época imperial de la Roma antigua.

3. Cognomen: Representa una rama de la gens o familia. Es un nombre que se utiliza para diferenciar a los individuos dentro de una misma gens; atendiendo a alguna cualidad, profesión, característica física o mental o a algún acto de relevancia. Sí; sería como un apodo.
C. Iulius Caesar, debe su cognomen a caesura que significa «corte» porque se dice que nació a través de un corte hecho al vientre de su madre, de ahí «cesárea». También se dice que a partir de caesaris: cabellera abundante, aunque ésta no era una de las características de Julio César que más bien era calvo.
M. Tullius Cicero, su cognomen remite a cicero, garbanzo, porque tenía una notoria verruga con esa forma.
P. Ovidius Naso, este cognomen designaba a alguien de nariz grande; Nasica tenía el mismo significado.
Cn. Iulius Agricola, este cognomen alude al cuidado del campo.
Ahora revisemos algunos cognomina referidos a características físicas:
· Barbatus: de espesa barba, barbado
· Calvus / Calvinus: calvo o de escasa cabellera
· Albus / Albinus: blanco
· Niger: negro
· Caecus: ciego
· Cincinnatus: de pelo rizado
· Flavus: de cabello rubio, rojizo
· Longus: largo
· Paullus: pequeño
· Pulcher: hermoso
· Priscus: anciano / Vetus: viejo
También podían referirse a características de comportamiento o defectos:
· Balbus: tartamudo
· Bibulus: bebedor; literalmente.: el que absorbe
· Brutus: bruto
· Catus: astuto
· Catulus: cachorro, gatito
· Lentulus: un poco lento
· Lepidus: flamante
En algunos casos el cognomen estaba relacionado con la circunstancia que rodea al nacimiento de alguien: Postumus es el nacido después de la muerte del padre; Proculus, el nacido en ausencia del padre (procul en latín significa lejos).

Además de los tria nomina, con frecuencia se añadía un agnomen que tenía carácter honorífico, como en el caso de P. Cornelio Escipión al que se agregó el agnomen: (el) Africano, debido a su gran labor como general en las Guerras Púnicas (emprendidas por Roma contra Cartago).

En casos de adopción se añadía el nomen y cognomen del padre adoptivo y el nomen original pasaba a ser un tipo de cognomen con la terminación -anus: C. Octavius pasó a ser C. Iulius Caesar Octavianus, nombre al cual después se le añadió el agnomen Augustus que significa majestuoso, imperial; nos referimos a Octavio Augusto, el primer emperador romano.

¿Notan algo curioso? Hemos hablado sólo de varones. ¿Y las mujeres, cómo eran nombradas? Tenían el nomen del padre: la hija de Iulius era Iulia. Si había dos hijas, para diferenciarlas, se ponía (a modo de cognomen) un adjetivo correspondiente al orden de nacimiento: Julia Maior, Julia Minor, o, si había más de dos hijas, un ordinal: Tertia, Quarta, Quinta, Sexta… Otro ejemplo: Livia Drusilla, hija de Marcus Livius Drusus, heredó el nomen y el cognomen pero en su versión femenina. Al casarse, algunas mujeres podían llegar a tomar el nombre del esposo.

Si usted es mujer piense cómo sería nombrada a la usanza romana. Busque la forma femenina del nombre de su padre y el número de hija (remarco, mujer) que es; esto es, si su padre se llama Víctor y usted es la tercera hija, su nombre sería Victoria Tercera (Victoria Tertia, en latín).

Si usted es varón, tome el nombre de su padre y alguna característica distintiva de su familia; así, el hijo de un hombre llamado Mario cuya carrera militar sea notable podrá llamarse Mario Marcial (Marius Marcial, en latín pronunciado como /Markial/) o el de un torero llamado Manuel, sería Manuel Taurino.

Actualmente la asignación de los nombres depende de muchos factores: por herencia de padres o abuelos, por el día de nacimiento, por la «estrella» de cine, de música o de fútbol del momento.

¿Sabe usted qué significa su nombre?, ¿sabe usted la razón por la que sus padres decidieron llamarlo de esa manera? ¿Qué tan acorde es su nombre con su personalidad? O más aún: ¿Su nombre (nomen) ha determinado en algo su destino (omen)?





[1] En español conservamos la palabra nómina en el sentido de lista de nombres de los empleados de una empresa, esos nombres suelen aparecer ligados a su cargo y sueldo.
[2] En el principio de la República sólo se contaba con un praenomen y un nomen. Luego se añadía la filiación: Caius Julius Caesar C.(Caii) F (filius). C (Caii). N (nepos), esto es: Cayo Julio César, hijo de Cayo, nieto de Cayo.
[3] Aparece el nombre latino seguido de su abreviatura y su traducción.
[4] La gens no es lo mismo que la tribu, de las que había 35 en Roma, y que no se incluía en el nombre. Las tribus originalmente eran sólo tres, de ahí su nombre.
[5] Aparece remarcada la forma que ha prevalecido y con la que nosotros los conocemos.

martes, 5 de octubre de 2021

Melancolías de otoño




Otoño melancólico nos cita
a escuchar de la fuente el ritornelo.
Un rosal sobre un banco se marchita
y una nube se deshoja en el cielo.

Crujen bajo los pies las secas hojas,
y los árboles son oro que arde,
entre las llamas trémulas y rojas
de la remota hoguera de la tarde.

Mi corazón presiente la amargura
de una pena recóndita y futura,
al escuchar los tristes ritornelos
de la fuente que tiembla entre neblinas,
mientras tus sueños huyen por los cielos
en una dispersión de golondrinas.




domingo, 19 de septiembre de 2021

LA CAPA










Cuenta Pemán una anécdota que recuerdo haber leído, pero que no consigo encontrar en la red (todo lo de este hombre parece desaparecido), sobre el golpe de Pavía, y que osaré versionar. Parece ser que, justamente diez minutos después de que los diputados hubieran jurado morir allí dentro antes que el deshonor de salir, uniéndose a la proclama de Salmerón —quien, en un enardecido discurso, lo había dicho primero («Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré» )—, ante el anuncio de un oficial de que al término del plazo impuesto serían pasados por las armas si no desalojaban el hemiciclo, y al oírse algunos disparos en la galería inmediata al salón de sesiones, se produjo una desbandada: todos, marica el último, corrieron a la calle a ponerse a salvo; algunos incluso saltaron por las ventanas, presas del pánico.

El caos y la premura fueron tales que muchos diputados no pudieron recoger el gabán del guardarropía y se vieron en la calle, en las primeras horas de la glacial mañana madrileña, vestidos nada más que con levita. Ese fue el caso de un taquígrafo de escasa figura, flaco y bajito, que cuando ya, jadeante, de tarde, llegaba a su domicilio se encontró con un diputado y vecino, al que contó lo sucedido:

—Ya ve, ni honor ni capa me han quedado.
—¿Y no podría acercarse al Congreso ahora que la cosa se habrá calmado y recuperar la capa? Quien encuentra la albarda y no el burro, ni todo lo pierde ni todo lo halla.

El vecino, que era un gigantón, le prestó su propia capa y le animó, dándole fuertes golpes en la espalda, a que desanduviera el camino, se diera a valer ante los guardias que hubiera de custodia y recuperase la suya. Y el hombrecillo, con aquella prenda que le sobraba por todas partes y que arrastraba por el suelo como cola de penitente, así lo hizo: volvió sobre sus pasos y, de aquella guisa, se encaró con el primer guardia que estaba de centinela en las Cortes.

—Mire usted —le espetó—, le exijo encarecidamente que me deje pasar.
El guardia lo miró un instante de arriba abajo, movió el mostacho y dijo:
—¿Pero cuántos venís ahí dentro?



©Humberto 2021

martes, 22 de junio de 2021

El paraíso perdido

El paraíso perdido






Parecía valiente con su vaso de bourbon y su pestañeo más lento de lo habitual. Los codos en la barra y la mirada en la puerta. Esperando que no pasara lo que al final iba a pasar. Que reapareciera ella en el último garito de la última ciudad. Parecía un héroe en el exilio. Un francotirador emocional. Y sin embargo Rick no era más que un cobarde. Uno que acaba en Casablanca intentando huir de sí mismo. Tan valiente que no es ni capaz de escuchar una canción. Buscaba, como buscan los débiles, la distancia para pulverizar esa determinación ciega del amor. Esa que convierte a todo hombre en un héroe, como decía Platón. Platón, que por algo supo ver la metadona del mundo ideal, creía en el miedo. Y sabía que es un sentimiento extraño que no se puede domar.

«Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (…) Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos».
Borges.

El paraíso perdido es el único que les queda a los cobardes. El que se atisba desde el infierno de la fobia, más allá de las llamas donde arde lo que nunca fue. El paraíso imposible de una abuela con la mirada siempre en el pasado. El de Hamlet sepultado en vida por la inacción. El de Spencer Tracy que nunca tuvo la altura necesaria para querer. El de los verbos en condicional que quieren ser conjugados en presente de verdad perfecto. El del libro como un escudo en las manos de un mayordomo. El paraíso parisino que recordaba ese falso valiente que se perdió en Casablanca cuando todo lo perdió. Nunca te enamores de cobardes, debería estar escrito en los manuales. Nunca te permitas temblar si no es por la pasión. Nunca te dejes arrastrar a ese lugar donde el peaje para no sufrir es negar la felicidad.



jueves, 3 de junio de 2021

HISTORIA DEL BUEN REY TÓTEM




 

Os voy a contar algo de la historia del buen Rey Tótem, tal como he podido descifrarla en una piedra de la edad paleolítica. Está llena de provechosas enseñanzas sobre los orígenes de muchas cosas.

Tótem, hombre membrudo, de luenga y áspera barba, había clavado en el suelo cuatro estacas, y, dentro, a la sombra de una piel de mamut, había metido un cántaro y una mujer. Como Tótem poseía una enorme hacha de sílex, nadie se atrevía a acercarse al sombrajo que había formado con la piel y las estacas. Tótem era, pues, propietario.

El título de su propiedad era el hacha de sílex. Sólo un día, un atrevido osó asomar las narices al sombrajo de Tótem; pero éste, empuñando su hacha, con un gesto solemne, le partió en dos la cabeza. De este modo Tótem asentó su dominio con perjuicio de tercero; puede considerarse, pues, este gesto histórico como el origen de los Registros de la Propiedad. Desde que los demás hombres paleolíticos, que eran muy brutos, pero no tanto como Tótem, vieron la facilidad con que el hacha de éste abría las cabezas, sintieron gran admiración y respeto por aquel hacha, y la consideraron como un cetro; de este modo Tótem fue proclamado Rey. El reinado de Tótem fue próspero. Antes había sido un salteador y forajido, que, abusando de su superioridad física, robaba los rebecos y las cabras que los otros hombres tenían para su sustento. Ahora, no; ahora era el Rey, padre de todo, querido y venerado de sus súbditos, que le llevaban, como tributo, sus cabras y sus rebecos. Pero sucedió que, entre sus súbditos, había uno que no estaba contento con él. Era Menoch, el hombre de más fuerza y el mejor esgrimidor del hacha después de Tótem. La lengua era entonces monosilábica, y Menoch tenía un precioso don: sabía decir sus monosílabos con más rapidez y gracia que nadie; además, su voz era sonora, y acompañaba su lenguaje de gestos rítmicos y melodiosos, que hacían balancearse con gracia los rabos de las pieles de reno de que estaba vestido. Para la muchedumbre era, pues, incuestionable que las cosas que decía Menoch eran sabias y verdaderas. Menoch, pues, reunió un día a la muchedumbre en una pradera florida, y, con voz sonora, le preguntó que por qué razón habían de llevar a Tótem sus cabras y sus rebecos. La muchedumbre aseguró que realmente no había razón alguna para ello. Entonces Menoch dijo: ¡Aplastemos a Tótem!, y con la mano derecha se golpeó sobre la izquierda, como si realmente aplastara y triturara a Tótem entre ellas. La muchedumbre repitió con entusiasmo este gesto inspirado, y en la pradera se produjo un prolongado ruido de chocar de manos. Fue la primera ovación.

Enseguida, todos, con Menoch a la cabeza, marcharon hacia el sombrajo de Tótem. Para que anduvieran más de prisa, Menoch, que poseía la intuición de la música, empezó a tararear una tocata improvisada con compás de dos por cuatro. Al oír aquel compás fácil y pegajoso, las piernas de los paleolíticos empezaron a inquietarse, y un momento después, adaptándose a la música, la turba marchaba rápida y alegre. Desde aquel momento empezó la influencia de los pasodobles sobre la Humanidad, que ha sido muy trascendental y decisiva. Gracias a los pasodobles, la Humanidad se ha conducido dócilmente, siempre que ha hecho falta, a la muerte, a la ruina y a todos los absurdos. Coreando la voz sonora del rebelde Menoch, la turba cantaba hasta enronquecer: ¡Vamos allá! ¡Vamos! ¡Vamos, pues...! Y los que se encontraban por el camino, que no habían estado en la reunión de la pradera, se unían entusiasmados al grupo, cantando nerviosamente: ¡Vamos! ¡Vamos! Y luego, por lo bajo, preguntaban al que estaba más cerca: ¿Adónde vamos? De este modo llegaron al sombrajo de Tótem, que estaba allí con su mujer y su hacha de sílex, comiendo sus rebecos y sus cabras asadas con lechugas. Con un agudo alarido, la turba irrumpió en él violentamente. Pero, al verse dentro de la mansión real, la muchedumbre se olvidó de Tótem, y se echó ávidamente sobre la mujer, las cabras, los rebecos y las lechugas. Y como eran muchos y corto el botín, empezaron a disputárselos unos a otros, armando entre ellos una tremenda batalla, y dejando a Menoch, a pesar de los gritos que daba, completamente solo frente a Tótem. El cual, en un momento, lo agarró por el cuello y lo estranguló.

Entonces, al ver a Menoch en el suelo, tendido y con la lengua fuera, la muchedumbre comprendió que era un impostor, y mientras unos huían, otros se prosternaban en tierra, gritando: ¡Viva Tótem!

 

Pero Tótem, con un gesto grave y majestuoso, impuso silencio: En vista de lo ocurrido —dijo en secos monosílabos—, no quiero reinar contra la voluntad de mi pueblo. Entramos en tiempos nuevos. He de investigar esa voluntad. Id a la ribera del río: allí hay guijarros blancos y negros. Los blancos quieren decir que me aceptan; los negros, que me rechazan. Tome cada uno su guijarro y échelo secretamente en esta piel de toro. Luego haremos el recuento y obedeceré. La muchedumbre, dando berridos de alegría, al sentirse soberana, fue y vino rápidamente al río y depositó sus secretos guijarros en la piel de toro. En seguida Tótem vació la piel de toro. Una pila de guijarros negros, donde apenas se ahogaba alguno blanco, se desparramó sobre el suelo. Entonces Tótem se irguió ante la muchedumbre, empuñando su hacha de sílex, y con voz atronadora, exclamó: Decidme, ¿qué color domina? Y, como una sola voz, la muchedumbre, sobrecogida, gritó unánimemente: ¡El blanco, Señor, el blanco!

Entonces Tótem, sonriendo paternalmente, dio las gracias y quedó investido de la soberanía popular.

Y enseguida Tótem, como Soberano de un Gobierno popular, inició su reinado con actos liberales y progresivos. No os he de exigir—les dijo—bárbaramente, como antes, que me deis vuestras cabras y vuestros rebecos, no; comprendo que esto es feo e impropio de estos tiempos adelantados, que se han iniciado con vuestra gloriosa iniciativa. Me someto, pues, al cambio mutuo. Y diciendo esto, llamó a uno de sus súbditos y le preguntó:

—A ver, hijo mío, ¿qué quieres por tus cabras?

Y el otro, que era goloso, contestó: Cocos, señor.

—Está bien—prosiguió el Rey—; dame tus cabras y yo te daré ese saco que está lleno de cocos. Así se convino aquel mutuo cambio. En seguida, el súbdito trató el cambio de los cocos que el Rey le había de dar por unas piñas que tenía un compañero; éste, a su vez, los cambió por una cántara de miel que tenía otro, y así se hicieron, entre unos y otros, mil contratos de cambios, a base del saco de cocos que cl Rey le ofreció al primero. Pero cuando éste fue a cobrar del Rey los cocos prometidos, el Rey le abrió el saco, que resultó estar completamente vacío, y le dijo paternalmente:—Ahí tienes los cocos hijito. El súbdito y los demás que hablan contratado se quedaron perplejos ante el saco vacío, y empezaron a mirarse unos a otros, con ceño torvo. Pero, de pronto, el primero comprendió que de proclamar la verdad perdería sus piñas, y el segundo su cantara de miel, y así sucesivamente. Entonces el primero, mirando el saco vacío, exclamó: ¡Oh , mirad qué hermosos cocos! Y todos fueron repitiendo con fervor: ¡Cocos hermosos! ¡Admirables cocos! Y de este modo todo el país contrató, cambió y atendió a sus necesitados, gracias a los cocos imaginarios del buen Rey Tótem. Como veis Tótem fue el inventor del crédito.

*** 

 

En ese punto está rota la piedra milenaria que nos da tan interesantes noticias. Es una gran lástima, porque, como habréis notado, íbamos viendo avanzar ya la humanidad y entrar en la civilización. Hemos asistido al origen de la oratoria, de los Gobiernos populares, del sufragio, del crédito y de mil cosas progresivas y trascendentales; y, de seguir, hubiéramos presenciado el origen de toda la civilización. Cierto que, como veis, todo ello se resiente un poco de su origen. Pero no importa; a medida que la Humanidad se aparta de ello, todo se va olvidando y todo va bien como va. El secreto está en aceptar las cosas dócilmente y no preocuparse mucho de los orígenes y de los porqués. Y ante los sacos vacíos que se nos presentan cada día, continuar, en bien de todos, la farsa, y decir, cómo el pueblo sumiso del buen Rey Tótem: ¡Oh, hermosos cocos! ¡Cocos admirables!



José María  PEMÁN 


miércoles, 21 de abril de 2021

CANCIÓN 1. (POEMAS GANIVET)

 




«Abd-el-MalIk, si no duermes,

Escucha a tu esclava Esma,

La que vino a tu palacio

Desde los montes de Armenia.

 

Sabrás que un hermoso niño

Todas las noches se acerca

A mí cuando estoy dormida,

Y con besos me despierta.

 

Yo no sé de dónde viene,

Viene de lejanas tierras,

Mas a ti se te parece,

Como si tú mismo fueras.

 

Tiene tu mirar de fuego

Y tu obscura cabellera.

Como tú los labios rojos,

Como tú la tez morena.

 

Sus brazos, con ser tan tiernos,

Tienen del león la fuerza,

Como hechos para empuñar

Las nobles armas de guerra.

 

Redondas y torneadas

son sus infantiles piernas,

Pero se agitan nerviosas,

Cual si un corcel oprimieran.

 

Su pecho débil suspira,

Mas su corazón golpea

Con brío, como el de un héroe,

Ciego en la lucha sangrienta.

 

Debe ser un hijo tuyo

El que a mi lecho se acerca,

Y cuando me ve dormida,

Con sus besos me despierta.

 

Abd-el-Mahk, si no duermes,

Escucha á tu esclava Esma,

La que vino á tu palacio

Desde los montes de Armenia».


Ángel Ganivet. 

martes, 23 de febrero de 2021

Greguerías

Greguerías




 

«Ahí en medio está el asunto, aclarado por los libros de patología moderna, ayudado por la larga teoría de los deseos insatisfechos, iluminado con la luz lívida de la libido aclarada». 
(R. Gómez de la Serna, Automoribundia, 1948).