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lunes, 20 de abril de 2026

Zanjas y culatazos: Guardia Civil contra Policía Municipal

 Zanjas y culatazos: Guardia Civil contra Policía Municipal





Madrid, 1922. Una ciudad todavía manejable, pero ya con pretensiones de capital europea y, sobre todo, llena de zanjas. No eran cicatrices de guerra, sino promesas de futuro: el Metro, con apenas tres años de vida, rápido, moderno y demasiado popular. Y donde hay éxito, la política huele dinero.

El alcalde, Álvaro Figueroa, marqués de Villabrágima —hijo del conde de Romanones y político de cuna—, decidió que aquello había que ordeñarlo. Impuso al Metro un canon desorbitado, treinta veces mayor que el de los tranvías. La compañía se negó. El alcalde, ofendido, hizo lo que hacen algunos cuando la realidad no coopera: prohibió la realidad. Suspendió las obras.

El 20 de marzo de 1922 la comedia se volvió tragedia con toques de sainete. Técnicos municipales, escoltados por un teniente de alcalde, se presentaron en la estación en obras de Puerta de Atocha para una inspección que podía implicar la paralización. No llegaron lejos. La seguridad, reforzada por la Guardia Civil, los expulsó sin contemplaciones. Media hora después apareció el propio alcalde, acompañado de concejales y de la Policía Municipal. Tampoco hubo paso.

El sub­jefe de la Guardia Municipal, Manuel Garrido, decidió entonces forzar la entrada. Mala idea. La Guardia Civil lo derribó a culatazos y amartilló las armas. Durante unos segundos, las pistolas apuntaron al grupo formado por el alcalde y sus concejales. Madrid estuvo, literalmente, a un mal gesto de que la autoridad civil y la fuerza pública se liaran a tiros por un agujero en el suelo.

La cosa no quedó ahí. Los incidentes se extendieron por toda la ciudad, porque Madrid era entonces un mapa de zanjas. Frente al Ministerio de la Guerra, el jefe de la Guardia Municipal, Eduardo Martínez Camarero, vio cómo un guardia municipal recibía sablazos de un miembro de la Benemérita. Acudió en su ayuda y un cabo de caballería cargó contra él con el caballo. Hubo detenciones de autoridades, empujones, culatazos y cargas a caballo en la calle de Alcalá. La capital parecía menos una ciudad moderna que un episodio de pronunciamiento decimonónico.

Mientras tanto, el ministro de Gobernación, el aragonés Vicente Piniés, decidió cortar por lo sano. Fue al Teatro Real, donde estaba el rey, con un decreto bajo el brazo. Alfonso XIII —accionista del Metro, para mayor ironía— lo firmó sin pestañear. Aquella misma noche, Villabrágima dejó de ser alcalde.

Madrid, que siempre ha tenido el sarcasmo afilado, remató la faena.
—¿Pasa el Metro por debajo del Ayuntamiento? —preguntaba uno.
—No —respondía otro—, le ha pasado por encima.

Y así quedó la historia: una ciudad con zanjas, un alcalde cesado y la confirmación de que, en España, el progreso a veces avanza entre culatazos, decretos de madrugada y mucho humor negro.



 

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