Historias matritenses
Besos robados sobre fondo gris
Madrid, en 1968, tenía una tristeza polvorienta. Las fachadas ennegrecidas, los cafés con humo espeso y los tranvías chirriantes componían un decorado de resignación. Bajo aquella grisura había, sin embargo, una vida menuda, irónica, casi desafiante. La ciudad no prometía nada, pero siempre ofrecía algo. Antonio Duval llegó con una maleta pequeña y la expresión de quien ha aprendido demasiado pronto que el mundo suele ser más áspero de lo que uno imagina.Lo habían expulsado del ejército, pese a haberse alistado como voluntario, quizá por huir de sí mismo. Pasó más tiempo en la enfermería que haciendo instrucción o servicios, y cuando no estaba allí acababa en el calabozo por faltas menores: llegar tarde, contestar con ironía o simplemente distraerse. El día de su salida tuvo algo de escena absurda: un oficial cansado, papeles firmados con desgana, y el joven saliendo al sol con una libertad que le pesaba. Caminó por la ciudad con la sensación de que la vida era una partida en la que siempre jugaba con cartas mediocres.Antes de ir a ver a su amiga Cristina Farpón, habló con dos prostitutas en una calle lateral de la Gran Vía. No hubo pasión, ni siquiera deseo; solo un intercambio torpe e incómodo que lo dejó más solo que antes. Luego subió al piso de Cristina. Ella no estaba. Sus padres lo recibieron con educación prudente. El señor Farpón, hombre práctico, le consiguió trabajo como portero de noche en un hotel cercano a la plaza de Santo Domingo.El trabajo le duró poco. Antonio abría y cerraba la puerta con seriedad mecánica, pero su ingenuidad lo perdió. Un detective privado le pidió que avisara discretamente cuando una mujer subiera con un hombre. Antonio, sin comprender del todo, accedió. El escándalo posterior, con marido incluido, terminó con su despido inmediato. Sin embargo, el detective, divertido por la torpeza del muchacho, trabó amistad con él y le ofreció trabajar en su agencia.Antonio empezó a trabajar allí. Tenía intuición para leer a la gente, pero ninguna habilidad para seguirla. Perdía a los sospechosos, se distraía, anotaba detalles inútiles. Investigó a un prestidigitador casado cuya amante pagaba los servicios; vigiló a una niñera que se desnudaba durante la jornada; escuchó historias ajenas que le confirmaban que la vida de los otros tampoco era gran cosa.Mientras tanto, intentaba retomar su relación con Cristina. La visitaba con insistencia incómoda. En alguna ocasión, la joven, con la complicidad de su madre, salía por la puerta trasera para evitarlo. Él, herido y confuso, buscaba consuelo en relaciones pasajeras o, cuando la soledad se hacía más pesada, acudía a prostitutas de la calle Ballesta, con una tristeza que lo dejaba aún más vacío. A veces ella lo escuchaba con paciencia; otras lo evitaba. Antonio, sin dramatismo, buscaba consuelo donde podía. Había en él una resignación precoz, la de quien sospecha que el amor también es una trampa amable.En la agencia de detectives, Antonio recibió encargos diversos. Era torpe, pero observador. Le mandaron vigilar a un prestidigitador que actuaba en cafés modestos. Descubrió que el hombre estaba casado y que quien lo había contratado era su amante celosa. En otra ocasión siguió a una niñera que, durante las horas de trabajo, se dedicaba a hacer un discreto striptease para clientes ocasionales en un piso alquilado. Antonio contemplaba estas historias con una mezcla de curiosidad y desconcierto, como si el mundo fuese un espectáculo extraño al que asistía sin comprender del todo.El caso más singular fue el del señor Carreras, un zapatero de la calle Fuencarral. El hombre quería saber por qué nadie lo quería. Antonio se hizo pasar por empleado. La tienda olía a cuero y a resignación. Allí conoció a Lucrecia, la esposa del zapatero, mujer elegante y algo aburrida. Las dependientas, con malicia, insinuaron que Antonio estaba prendado de ella. Lucrecia, halagada, comenzó a buscar su conversación.Antonio se sintió incómodo, pero no supo retirarse a tiempo. La situación lo superaba. Decidió dejar el trabajo, pero Lucrecia lo siguió hasta su pensión. Le propuso un pacto: pasarían una mañana juntos y no volverían a verse jamás. Antonio aceptó con una especie de fatalismo. Aquella mañana tuvo un aire irreal, como si no le perteneciera.Sin embargo, otra empleada de la agencia vigilaba a Lucrecia. Antonio tuvo que confesar a su jefe que él era el hombre buscado. Perdió el empleo sin dramatismo, como quien pierde algo que nunca ha poseído del todo.Volvió a vagar por Madrid hasta conseguir trabajo reparando electrodomésticos en un pequeño taller. Un día, el señor Farpón se cruzó con él en la calle y descubrió su nuevo oficio. Se saludaron con cordialidad incómoda.Pasó el tiempo. Cristina y Antonio apenas se veían. Una tarde, ella se quedó sola en casa. Descompuso deliberadamente la radio y llamó al servicio de reparación. Antonio acudió sin saberlo. Cuando abrió la puerta y la vio, ambos quedaron en silencio.Él desmontó el aparato con manos inseguras. No estaba realmente estropeado. Cristina lo observaba desde el sofá. Hablaron primero de cosas triviales, luego del pasado. La conversación fue sencilla, sin exaltación. Madrid, al otro lado de la ventana, seguía gris.Antes de irse, Antonio, con su habitual torpeza, casi sin levantar la voz, dijo:—Podríamos casarnos.Cristina lo pensó un instante.—Sí —respondió con una sonrisa leve, como quien firma un acuerdo razonable.
Salieron a pasear por la calle de Princesa. La tarde caía lentamente. Antonio sentía, por primera vez en mucho tiempo, una calma modesta. No era felicidad, pero sí una compañía contra la soledad. Caminaban juntos sin promesas grandilocuentes. Antonio comprendió que la felicidad, si existía, era algo breve y frágil, como una tregua en mitad de la batalla cotidiana.
Y entonces entendió algo que no supo decir en voz alta: que lo único verdaderamente suyo en toda aquella vida habían sido los momentos fugaces, casi clandestinos, en los que el afecto se colaba sin permiso. Besos robados, como si la ternura tuviera que ser siempre un pequeño hurto al destino. Y le pareció suficiente.
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