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miércoles, 22 de abril de 2026

LUZ DORMIDA

LUZ DORMIDA

 


La noche se asomaba a la ventana con una gravedad serena, como si trajera en sus manos invisibles el silencio de los campos y el perfume dormido de los jardines. La luz, vencida, había inclinado la frente, y en la estancia flotaba esa paz honda que sólo conocen las horas en que el mundo parece recogerse para escuchar su propio latido.

El joven, apoyado en el alféizar, miraba sin ver. Había en su ánimo una esperanza tímida, casi delicada, como quien aguarda la llegada de una aurora prometida. Entre las hojas del árbol cercano, la brisa levantaba un murmullo leve, y él pensaba que acaso en ese susurro venía ya anunciada la claridad futura, esa luz que no hiere, sino que consuela.
—No me dejes —parecía decirle a la noche—, pero tampoco me encierres.
Y sin embargo, el deseo, siempre fugitivo, se escapaba por la ventana entreabierta, perdiéndose en la calle callada. Todo reposaba con una limpieza tranquila: el cuerpo, el pensamiento, la respiración. Era como si el alma, despojada de urgencias, se contemplara a sí misma en un espejo de serenidad.

La noche, complacida, extendía su manto. Las sombras se hacían más profundas, pero no amenazantes; más bien parecían brazos que arropaban. Él recordó entonces que toda rosa, por muy cerrada que esté, guarda la certeza de la mañana. Y esa idea le dio una dulce resignación, una confianza sin prisa.

Se recostó. Una promesa vaga, como una canción lejana, mecía su cansancio. El deseo, todavía inquieto, buscaba en vano alguna dicha inmediata, pero el corazón, más sabio, se dejaba llevar por la calma.

Porque sabía que la noche no es sino el preludio de la luz, y que toda esperanza, cuando es verdadera, amanece… aunque tarde.


©Humberto 2026. 

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