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martes, 23 de enero de 2018

Lo contenido en los abrazos


 Lo contenido en los abrazos




Era la típica pareja de policías, personas normales sin particularidades, de los que uno puede cruzarse doblando cualquier esquina o saliendo de una cafetería sin reparar en ellos. El mayor de los dos, que es quien conduce y que roza la cincuentena, se llama Martín; el otro, más joven, de treinta y pocos y menos alto, se llama Pablo. Delgados, de los que hacen deporte, no de los de barriga. Se habían conocido el año anterior, al llegar de otros destinos. Se cayeron bien desde el principio y estaban a gusto el uno con el otro trabajando. Casi podría decirse que, sin haber llegado a intimar, congeniaban. El oficio es lo que tiene: que todos acaban encajando más tarde que temprano.

Martín, en las tres décadas que llevaba, había pasado por todas las especialidades de la policía menos por una: por el archivo, como según él mismo decía, socarrón, y después de una pausa añadía: «hasta que me archiven, claro». A Pablo le gustaba que su compañero supiera casi de todo; eso facilitaba mucho el trabajo porque él, al contrario, había estado de escolta y, en lo que era el tema «de la calle», nada de nada. Tan verde como uno de prácticas. Martín estaba puesto en derecho lo suficiente como para tipificar la mayoría de delitos; sabía instruir atestados, incoar expedientes, hablarles a los requirentes con soltura y, por si esto no fuera suficiente, empleaba maravillosamente el sentido común. Para colmo, llegado el caso, hasta sabía defenderse: cinturón negro.

Ambos soñaban con no estar mucho más tiempo allí, en los «zetas»: en el caso de Martín, por los pocos años que le quedaban; en el de Pablo, por los muchos. Los zetas: los últimos del abecedario, los primeros en todo lo demás; tal debería de ser su lema. Y es que, a decir verdad, ellos son siempre los primeros en llegar al lugar, a menudo los únicos policías que están cuando hay que estar, porque trabajan a turnos cubriendo las veinticuatro horas del día y lo hacen desde la calle, a quienes toca, por eso mismo, lidiar en primicia con lo peor de la sociedad supuestamente civilizada, ora con el verbo, ora con la espada, siendo de esta manera en todas partes, sea cual sea el lugar donde presten servicio.

A Pablo la tarde le empezaba a resultar aburrida; consultaba con insistencia el reloj del salpicadero, constatando, maldita sea, que no habían pasado sino unos minutos desde la anterior vez. Ahora había apoyado la cabeza en la ventanilla y estaba pensando en que no estaría mal un poco de acción para quitarse el tedio cuando, de repente, vio algo que llamó su atención.
—¡Ahí pasa algo! —alertó.
Martín detuvo el coche junto a un parque. Pablo le señalaba a un grupo de cinco mujeres que estaban al otro lado del césped, en torno a un banco, al pie del cual se encontraba una sillita de bebé vacía. Había una joven arrodillada y algo en el suelo, un bulto blanco. Desde donde estaban solo podían verla de espaldas: muy joven, pelo recogido en moño, vestía de oscuro con una falda larga y hacía aspavientos con los brazos y gritaba algo que no oían.
—Parecen rumanas —respondió Martín, agudizando la vista.
Al verlos, las mujeres les hacen señales para que acudan. Se apean y corren hacia ellas. Al acercarse comprueban que lo que yacía en el suelo era un bebé, de tres meses como mucho, y que la chica que estaba a su vera arrodillada, haciendo ademanes de desesperación, la cara desencajada por la impotencia, era una quinceañera con pinta de ser su hermana, a quien Martín conocía de haber estado en su casa meses atrás por una llamada de vecinos alertando de que estaban escuchando una fuerte discusión de pareja. Resultó que el padre, que había llegado borracho a casa y con ganas de armarla, le había atizado a su madre, a la sazón embarazada, todo ello delante de sus hijos y no sin antes ponerla a parir (nunca mejor dicho) por haber tratado ella de abroncarlo —lo que él consideró un ataque a su autoridad patriarcal—, por lo que terminó detenido en el calabozo. Lo triste del caso es que luego, en el juzgado, la mujer negó que la hubiera golpeado y declaró que solo se trataba de una discusión; la juez retiró la orden de alejamiento y, al final, los malos de la película fueron ellos.

Las mujeres gritan y hablan todas a la vez: «hagan algo, el bebé no respira», «llamen al 112, deprisa», «que venga una ambulancia».

Las cinco mujeres miran a Pablo. Pablo mira a las mujeres, a la chica, al bebé y a su compañero. Martín no mira nada más que al bebé; parece estar concentrado en lo que tiene ante sí, sopesando lo que debe hacer.

Con el brazo traza un círculo en el aire, en señal de que todas las presentes se aparten; luego se arrodilla junto al bebé y, con sumo cuidado, lo despoja de las mantitas que lo cubren. Hay un par de mujeres que continúan gritando, diciendo que está muerto.
—¡Guarden silencio, por favor! —les ordena.
Hecho esto, pone su oído en la boca del bebé y escucha unos segundos. Niega con la cabeza. Si hay que hacer algo, debe ser ahora, parece decir su expresión.
—Pide ambulancia, Pablo.
Pablo asiente y se retira un poco para transmitir con la sala, sin dejar de mirarlo de reojo.
Martín comprime con dos dedos el pecho del bebé; a continuación le insufla aire en la boca, tapando muellemente su naricita. Repite la acción varias veces, pero no hay reacción alguna.
—¿Cuánto tiempo lleva así, Corina?
—No sé, unos segundos. Apenas un minuto.
Corina, al oír que pronuncia su nombre, también lo reconoce como el policía que detuvo a su padre.
—¿Qué estabas haciendo cuando ocurrió?
—Le acababa de dar el biberón.
Martín coloca ahora al bebé boca abajo sobre su antebrazo, apoyando este contra el muslo, y con la palma de la mano libre le da unos golpes en la espalda, seguidos y firmes, entre los omóplatos. Uno. Dos.

Pablo se está preguntando si Martín sabe lo que hace. Corina, que si esos golpes no romperán su frágil cuerpo como un jarrón de porcelana. Y las otras mujeres, si valdrá para algo, ya que lo más probable es que esté muerto.

Tres. Cuatro. Cinco.

Se interrumpe cuando le va a dar el sexto golpe. De la boquita del bebé sale expulsado algo. Luego tose. Y finalmente regurgita un líquido blanquecino.
Las cejas de Martín, ceñudas hasta ese momento, se le arquean bajo el flequillo. Resopla, complacido, al comprobar que el bebé rompe a llorar. Está vivo.

Corina contemplaba la escena del policía con su hermanita llorando en sus brazos; su rostro traducía asombro y maravilla, como si fuera la primera vez que la oyese llorar, como si esta acabara de nacer y como si el policía que meses atrás detuviera a su padre, y al que tanto maldijo por ello, fuese ahora otro hombre distinto.
—Cógela tú en brazos. Llora porque a mí me extraña.
Seguía mirándolos sin pestañear, con la mantita en una mano y el biberón vacío en la otra.
—Vamos, cógela. Los abrazos curan tanto como las medicinas.
Reacciona al fin, abrazándola y comiéndosela a besos.
Martín, que permanecía de rodillas, cubre al bebé con la mantita.
Al grupo de mujeres se suma una última que viene gritando por la calle, temiéndose lo peor. Martín se gira:
—Es tu madre.
—Me va a matar —dice Corina, mordiéndose el labio inferior—. Pero no me importa.
—No, de ninguna manera. No en mi turno; ya está bien por hoy de reanimar —responde burlón.
De no ser por la situación, Corina hubiera respondido con una sonrisa, en lugar de este esbozo que se le traza en los labios, pero a cambio rompe con un prejuicio que albergaba sobre los policías y que, aunque no lo sabe aún, desechará para siempre.

Corina le cuenta a su madre lo sucedido; con los nervios, lo hace en rumano. A medida que la mujer escuchaba, el rictus de su cara —la frente arrugada— se iba suavizando. Al coger al bebé en brazos había dirigido, por encima del hombro de este, entre besuqueos primorosos, una mirada de desconfianza a los policías, especialmente a Martín, cual si el motivo de su presencia allí fuera el de crearle problemas, con la custodia del bebé acaso, como ya se los crearon con el marido —libre de medidas cautelares, reanudaron la convivencia y las broncas—; pero ahora, cuando su hija ha terminado de explicarle y se abraza también a ella, fundiéndose las tres en un abrazo, las miradas que les prodiga son mezcla de alivio y de agradecimiento.
—Gracias. Muchas gracias —dice finalmente.
Y trata de sonreírle. Otro esbozo. Es una sonrisa incipiente, pero sincera, comprueba Martín. Algo es algo. Llega la ambulancia y los sanitarios, tras un primer reconocimiento, deciden llevársela al hospital.

Al grupo de mujeres se le han añadido otros vecinos, que acuden alertados al escuchar la sirena de la ambulancia y ver a la policía. Todos quieren saber y preguntan a medida que llegan, siendo informados por el último en sumarse, como en las colas del súper.
—¿Pero quién reanimó al bebé? —quiere saber el último en llegar.
—Un policía —le responde un barrendero sin reparar demasiado en su interlocutor.
—¿Qué policía?
El barrendero ahoga la respuesta al girarse y comprobar, ahora, que está vacío el lugar donde hace nada estaba aparcado el vehículo policial.

*** 

En la sala de espera de Urgencias, el médico les está hablando a las dos mujeres, con aire profesoral, las gafas de diseño ligeramente caídas en la punta de la nariz. Todo parece correcto, parece decirles, cuando advierten la presencia de los policías. De nuevo el gesto de desconfianza oscurece el rostro de madre e hija, arrugándoseles la frente. El médico se vuelve en la dirección de lo que miran y, colocándose las gafas con el dedo corazón, saluda a los recién llegados:
—Buenas noches.
—Buenas noches. No teman. Venimos a interesarnos por la salud de la pequeña. Nada más. Y nos iremos lo mismo que hemos venido.
Martín sonríe al hablar. Es una sonrisa franca, sin dobleces.
—La niña está fuera de todo peligro —responde la madre, tras las dudas iniciales. Quiere creer en esa sonrisa. En la gente que sonríe así, está segura, se puede confiar.
—Él es el policía que la reanimó —explica Corina al médico.
—Vaya, pues están en deuda con este hombre. A él hay que agradecerle que no estén hoy de luto.
La madre se levanta; está desconcertada. Mira al suelo como buscando en las baldosas las palabras.
—No sé cómo agradecerles —acierta a decir tras unos segundos.
Luego rompe a llorar y se abraza a Martín.
—Pues eso, un abrazo es buena recompensa.
Corina también lo abraza, después de su madre. En silencio, sin decir nada, pero diciéndolo todo.
Están un rato más, donde todo transcurre de forma cordial y en el que el médico les habla de que la causa de la parada respiratoria fue debida a un atragantamiento y de que, lo mejor de todo, a la niña no le quedarán secuelas; al cabo del cual los policías, satisfechos, se despiden y comienzan a alejarse por el pasillo hacia la salida. A mitad de recorrido, Martín se detiene y, vuelto hacia ellas, dice:
—Un día, cuando esa pequeñaja sea una mujercita como lo es Corina ahora, contadle que su primer beso se lo dio un policía.
—Lo haré.
Madre e hija están sonriéndole. Por primera vez. Consciente de eso, suelta:
—Pero decidle que era un policía apuesto.
©Humberto 2018.

 



 



domingo, 17 de diciembre de 2017

SEGUIMOS SIENDO LO QUE SOMOS.





Mario salió del ascensor e instintivamente, al ver caer la nieve al otro lado del cristal, previendo el frío que le esperaba, se caló el gorro y se subió el cuello del abrigo. Pensó en ese momento cuántos paseos matinales le quedarían por dar, habida cuenta de los resultados del último análisis. No más de medio año de esperanza de vida le había dicho, con cara circunspecta, el doctor; a lo que él respondió, escueto, imperturbable, que se reuniría, pues, con su mujer en esa «mejor vida» que, según siempre dijeron, existía después de esta otra.

La imagen que el espejo le devolvía, comprobó, no era ya la del apuesto joven, alto y recio, calándose la gorra de plato por primera vez en la Academia de Canillas que durante un fugaz instante imaginara, en una punzada nostálgica al ajustarse ahora ésta otra, sino la de un venerable anciano, con surcos en el rostro.  

 Abrió el buzón y recogió la correspondencia. Su viejo compañero y sin embargo amigo Pablo, le enviaba, como todos los años por estas fechas, un calendario de un sindicato de la policía. «Vienen muy bien porque además de que tienen para anotar salen las fases de la luna», le había dicho hacía diez años, cuando se retiraron, «y porque así te recuerdas de lo que fuimos». Sonrió al leer la dedicatoria a mano alzada que decía:  

«Aunque ya no tengamos aquella fuerza que antaño removía cielo y tierra, seguimos siendo lo que somos: corazones heroicos de parejo temple, debilitados por el tiempo y el destino, pero con la firme voluntad de pelear, de buscar, de encontrar y de nunca rendirse.» 
 


Qué equivocado estaba Pablo, se dijo para sus adentros. Pablo era del tipo de policías a los que les iba la acción, tíos animosos, bregados, cuya consigna era «al peligro o desgracia raudos acudir», de los que entraba siempre el primero encarando lo que hubiera sin importarle nada, lealtad, honor y todo eso; a  él, en cambio, lo que de verdad le gustaba era ayudar, los servicios humanitarios, el salvar vidas, el recuperar niños perdidos, ese tipo de cosas. No, negó con la cabeza, él no había sido un guerrero heroico como Pablo, sino un policía a quien le agradaba volver a casa con la satisfacción de haber servido al prójimo: el cumplimiento del deber más absoluto.  

Había también correspondencia: postales navideñas y cartas de felicitación de los pocos familiares que aún le quedaban, que guardó en el bolsillo interior del chaquetón con la intención de leérselas luego, al término del paseo, en el café de Paula, junto con el periódico, como hacía desde que se jubilara, y aun cuando todavía patrullaba. Le gustaba aquel discreto rincón del barrio, donde encontrarse con policías que le contaban que las cosas invariablemente seguían igual: precariedad de medios, enchufismo, mala gestión y abandono de los dirigentes. Aunque éste año, dijo uno de ellos, bastante joven, había razones para la esperanza, ya que una asociación había conseguido, primero, el milagro de volverlos a unir mediante el simple y genial uso de las redes sociales y organizar la mayor de las manifestaciones, en Madrid, que se recordaban (más que la del 76), y, segundo, llamar mucho la atención de los medios en sus reivindicaciones de justicia salarial y, por consiguiente, la de los políticos. Y que ahí estaba la clave: unión, compañerismo y que el gobierno de turno no tuviera otra que reconocer y mojarse. Mario los escuchaba con atención, al término les daba consejos y hasta contaba alguna anécdota de sus tiempos. Aquello alejaba sus fantasmas interiores.

 Justo en ese momento se disponía a entrar al portal la joven del tercero cargada de bolsas y con sus dos hijos, dos terremotos mellizos de apenas diez años para quienes siempre tenía alguna broma. Les abrió la puerta y los chicos salieron disparados en frenética carrera hacia el ascensor, pugnando para ver quién de los dos tocaba antes el pulsador.
—¡Hola, don Mario! —gritaron ambos en su carrera.
—¡Salida nula, salida nula! Los dos corredores quedan descalificados —acertó a decir Mario, bromeando.
Le maravillaba la educación de estos chicos, criados únicamente por su madre, una atenta mujer abandonada por un canalla: un tipo que se fue un día a por tabaco y no volvió, del que el vecindario apenas si recordaba otra cosa que su voz alcoholizada profiriendo insultos que resonaban por el patio de luces. Sabía de sus dificultades para llegar a fin de mes por algún aviso certificado de apremio por impago que, erróneamente, le había llegado, pero jamás en todos esos años ella le había negado una sonrisa, una ayuda o un gesto amable.
—Feliz Navidad, don Mario.
Mario seguía sosteniendo la puerta, cortésmente:
—Felices fiestas, Clara, ¿qué tal todo?
—Gracias. Bien, bien, ¿se ha enterado de que ha tocado un cuarto premio en el café de Paula?
—No, no tenía ni idea. Luego iba a pasarme para leer el periódico.
—Pues lo que es hoy de tranquilidad, nada. Está medio barrio allí celebrándolo, brindando, y hasta parece que van a venir los de la televisión. Cómo me alegro, qué bien le va a venir a los que hayan comprado décimos o participaciones.
Mario se quedó pensativo. Instintivamente se llevó la mano a la cartera, donde, bien dobladitas, guardaba las participaciones del sorteo. Tres. Era uno de los agraciados, estaba seguro, pero en su rostro no se reflejaba emoción alguna.
—Bueno, le dejo, que tengo mucho que preparar. Que pase una feliz noche —añadió Clara entrando en el ascensor con los niños.
—Igualmente, Clara, hija, igualmente.
Mario dejó que la puerta se cerrase. Continuaba de pie, parado, dudando qué hacer. Aquella noticia trastocaba sus planes. Por encima del dinero —que caía del cielo, sí, pero que tampoco iba  a ser una fortuna—, lo que valoraba realmente era el sosiego de su mesa junto al ventanal, en el extremo opuesto del televisor y de la barra, del que hoy no iba a poder disfrutar. Además, el premio ya no le servía, concluyó sacando las participaciones de la cartera que desdobló con cuidado. Hizo un cálculo del importe y, sin más preámbulos, las  introdujo en el buzón de Clara López, tercero izquierda.
Optó por dar el paseo únicamente y salió a la calle. Hacía frío. Los delicados copos flotaban en el delicado gris del cielo. Metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar rumboso, resuelto, y ahora sí, en el rostro de Mario se dibujaba la satisfacción, una última satisfacción por el deber cumplido. Sí, Pablo, en algo sí tenías razón: seguimos siendo lo que somos, se iba diciendo. 


 

©Humberto 2017.
 






 


 


 

martes, 12 de diciembre de 2017

En las primeras horas de la madrugada








Frank Sinatra detuvo el coche en un semáforo. Los peatones pasaban presurosos  delante de su parabrisas, pero, como siempre ocurría, hubo alguien que no lo hizo. Se trataba de una muchacha de unos veinte años que se había quedado en la acera mirándolo fijamente. Él la veía de soslayo y sabía, porque sucedía casi a diario, que estaría pensando: «Se le parece, pero ¿será él?».

Cuando el disco iba a cambiar, Sinatra se volvió hacia ella y la miró directamente a los ojos, esperando la reacción de asombro que no tardaría en manifestarse. Así fue, y él le sonrió. Ella contestó con otra sonrisa, y Sinatra salió disparado.


viernes, 23 de junio de 2017

Sobre lo sabido y lo ignorado




 

«Hay cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que desconocemos cosas, es decir, sabemos que hay ciertas cosas que no sabemos. Pero también hay cosas que desconocemos que desconocemos, aquellas que no sabemos que no sabemos».

 Donald Rumsfeld


Sobre lo sabido y lo ignorado

Hay cosas que sabemos que sabemos, esas certezas que, por sencillas o por arduas, descansan en la conciencia como piedras firmes en un río. Son los conocimientos que nos pertenecen y nos acompañan, como compañeros silenciosos en el caminar de la vida.

Sabemos, asimismo, que ignoramos ciertas cosas; que existen conocimientos que, aunque intuyamos su presencia, nos son vedados. Esta conciencia del vacío nos hace cautelosos, nos impide errar con ligereza y nos enseña a estimar el valor del aprendizaje.

Pero existen otras cosas, más misteriosas y sutiles, que desconocemos incluso en nuestra ignorancia: aquellas que no sabemos que no sabemos. Son los secretos del mundo y de nosotros mismos, los horizontes ocultos tras la bruma de la experiencia. Quien los intuye, descubre que la verdadera sabiduría no consiste en acumular certezas, sino en medir con respeto la vastedad de lo desconocido.

En la vida, la prudencia nace de esta triple contemplación: de lo que sabemos, de lo que sabemos que ignoramos, y de aquello que ni siquiera sospechamos. Y quien aprende a convivir con estas tres capas de conciencia, camina con humildad, sin arrogancia, y con la dignidad serena de quien entiende que el saber humano siempre es apenas un farolillo ante la noche infinita del mundo.

martes, 20 de junio de 2017

Etimología de matrimonio y patrimonio




Alguna vez he oído la tontería «el patrimonio debe ir con el matrimonio». Desde luego que más de uno procurará que vayan unidos (y bien unidos), pero la única proximidad real que presentan es la etimológica.

Nuestra voz «matrimonio» procede directamente de la latina MATRIMONIUM, que significaba lo mismo que en español. Hemos heredado, por tanto, forma y valor semántico. Sin embargo, en un primer momento, cuando esta palabra compuesta apareció en Roma, tenía un significado levemente distinto: «ceremonia que hace recordar a la madre legítima». Expliquemos esto con más detalle: los dos elementos que integran esta palabra compuesta son MATER («madre») y el verbo MONEO, MONES, MONERE, MONUI, MONITUM («hacer recordar»). Por tanto, el MATRIMONIUM era el acto o la ceremonia que hacía recordar a una mujer como madre legítima de la prole futura. Esto era necesario tanto para legitimar a la esposa como a su descendencia, especialmente en una sociedad tan legalista como la romana.

Pero podemos ir algo más allá: la palabra latina MATER hereda la forma indoeuropea MATER. La lengua indoeuropea es la lengua madre del latín y de muchas otras (entre ellas el griego clásico) y se habló aproximadamente entre 3500 a.C. y 1500 a. C. en un territorio vasto entre Europa y la India. Lo que a mí me interesa reseñar aquí es la etimología de esta bellísima palabra: MATER. En aquella remota lengua de las estepas centroeuropeas, «mamá» se decía «ma», y está demostrado que el sufijo indoeuropeo que indicaba parentesco era «-ter», por lo que la construcción del término MATER fue temprana. Este es, pues, el origen de las hermosas palabras (mère, mâe, madre, mother, mutter, etc.) con las que desde tiempo inmemorial designamos a nuestras madres.

La otra palabra, «patrimonio», presenta un origen y una evolución paralelos. El término latino PATRIMONIUM significaba lo mismo que en español («conjunto de bienes poseídos»), pero, al igual que la palabra anterior, también compuesta, tuvo en sus orígenes un valor semántico levemente distinto: «bienes que se poseen de los padres» o lo que es lo mismo: «bienes heredados de los padres». Los dos términos de esta forma compuesta son PATRES («los padres»), y MONEO («hacer recordar», como se indica más arriba), por lo que en su origen la voz PATRIMONIUM no era sino «bienes que perpetúan el recuerdo de los padres», algo de especial relieve en una sociedad como la romana en la que revestía una particular importancia el culto a mayores y antepasados.




martes, 28 de marzo de 2017

LOS POLICÍAS CANOROS







La Policía Especial de Tánger la formaban, a partes iguales, 103 policías franceses, de la Gendarmería, y 103 policías españoles, de la Policía Armada, cuyo mando corría a cargo del teniente coronel don Matías Sagardoy. Su misión era el mantenimiento del orden público, la seguridad y el control, así como la vigilancia de las entradas y salidas de la ciudad marroquí del entonces protectorado francés.

Corrían los años cincuenta y, entre uno y otro escuadrón, había en general muy buena camaradería y una excelente relación. Así, cuando los gendarmes celebraban su patrón o su fiesta nacional, los españoles lo celebraban con ellos, y viceversa. Un año, los franceses, tras la comida, improvisaron un coro, y gustó tanto que, en lo sucesivo, se estableció por costumbre celebrar un duelo polifónico entre ambos escuadrones. Dos coros se enfrentaban cantando canciones propias de cada país.

El coro de los franceses, para desesperación del orgullo del capitán español, daba sopas con hondas al suyo. Una vergüenza. Un desastre. Porque la formación de los policías armados no sabía cantar más que aquello de La rana debajo del agua. Y regular. Eso sí: formaban un corro muy apañado, en círculo, echándose el uno la mano sobre el hombro del otro, lo cual al menos hacía gracia. Los gendarmes, en cambio, deleitaban con un variado repertorio de canciones folclóricas, sin repetir, y contaban además con un divo: un hombre que cantaba realmente bien y que sabía de música lo suficiente como para organizar un coro como Dios manda, con sus respectivos ensayos.

Hasta que un buen día ocurrió algo inesperado. Coincidiendo con la festividad del Santo Ángel, patrono de la Policía Armada, el barítono español Pedro Terol estaba pasando unos días de visita turística en Tánger, y el capitán Sánchez, que era muy amigo suyo —paisanos de Orihuela—, fue a visitarlo al hotel en el que se hospedaba. Entre copas, le expuso su drama y allí, en ese momento, urdieron el plan de desquite: Terol se vestiría de uniforme y se haría pasar por policía para arrancarse a cantar en la comida lo que él quisiera, pero sin darse a conocer.

Y así fue. Pedro Terol se calzó el uniforme de la Policía Armada y aguantó, fusil en ristre, la revista que pasaron el embajador español y el francés al contingente, y todo el tiempo que duró la celebración, sin levantar la más mínima sospecha. Ya en los comedores, estando en los postres, el capitán pidió, como era costumbre, la venia de los embajadores para que uno del escuadrón español cantase algo. Para amenizar, concretó. El embajador de España, cansado de lo de la rana, le miró con benevolencia y dijo:

—Bueno, que cante.

Y Pedro Terol se levantó. Contrajo el diafragma y, mirando a todos, se arrancó con divina voz:

Si vas a Calatayud
pregunta por la Dolores;
que una copla la mató
de vergüenza y sinsabores…

Se hizo el silencio más absoluto en toda la sala. Aquella voz prodigiosa, aquella canción que hablaba de una mujer deshonrada, cayó sobre las cabezas como un espíritu y se adueñó por completo de la estancia y de los ánimos de los presentes. Se coló a través de puertas y ventanas y llegó hasta las cocinas y los patios, atrayendo la atención de los empleados del acuartelamiento, que se apresuraron a asomarse, arracimándose como podían en los umbrales.

El capitán francés se iba quedando cada vez más atónito ante cada nuevo registro de la voz de aquel policía español, más y más perplejo a medida que la canción subía de tono. Los embajadores, extrañados, se miraban y clavaban la vista en el capitán Sánchez, que disimulaba su regocijo, como diciendo: «aquí hay tongo».

Cuando Terol hubo acabado la que probablemente fue la mejor Jota de la Dolores que había interpretado en su vida profesional, se quedó de pie, sonriente, la frente alta, y todos, sin excepción, le aplaudieron a rabiar, entusiasmados. A los vítores enardecidos de la parte española se sumó el silencio derrotado del capitán francés, que hasta entonces no había conocido la derrota en lo canoro y se quedó literalmente hecho polvo, negando con la cabeza. ¿Quién demonios era aquel policía y de dónde había salido?

Finalmente, el capitán Sánchez reveló el engaño, así como la identidad del barítono disfrazado. Rieron con cierto alivio. El teniente coronel Sagardoy, que encajaba muy bien ese tipo de humoradas, ladeó la cabeza y le dijo al oído:

—Ya era hora de que aprendieran.





Humberto 2017