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lunes, 6 de febrero de 2012

QUEJAS DE HOY, QUEJAS DE SIEMPRE


QUEJAS DE HOY, QUEJAS DE SIEMPRE




Pamplona (Navarra). Año 1961. Un joven policía, en su turno de descanso en la Cárcel Provincial, se acerca al fuego que arde en un bidón. Entre garita y garita, el frío se le ha metido en los huesos. El mosquetón Mauser con el que anda pesa mucho. «Ojalá fuese un subfusil», musita. Los veteranos que lo contemplan claman al cielo:
—¡Vaya lo que nos ha venido! Estos jóvenes no valen para nada, ¡blandengues! ¡Estáis como para ir al frente! —dice uno, mientras añade un tronco a la lumbre.
—Si hubierais vivido una batalla como la del Ebro o un frente como el de Teruel… ¡Allí sí que hacía frío! —refuta otro, liándose un cigarrillo.
Afuera hiela; dentro, se congela una réplica: «no hay nada malo en estar arrecido de frío». Luego, animados por el crepitar del fuego, aquellos supervivientes de cara cetrina y arrugas prematuras cuentan historias de guardias de asalto batiéndose el cobre con los mineros, de camaradas caídos por cartuchos de dinamita, de heladas que congelaban los mocos de la nariz.
El joven no sabe nada de la guerra, solo que nació en medio. Tampoco entiende por qué razón se chupa una hora más de garita que un veterano, y siempre los turnos a horas más intempestivas. Lo comprenderá años después, cuando tenga canas: la veteranía es un grado. Recuerda, eso sí, las palabras de su padre, veterano de guerra:
—Si te vas a la Policía Armada, vete, pero luego no te quejes. No te quejes nunca.
Razón tenía, porque una vez, recién llegado de Sevilla, fue a quejarse al capitán y le metió tres días por réplicas desatentas.

Año 1981, sede de la Circunscripción de Asturias, León y Santander. En la cantina, un joven policía nacional se queja ante los veteranos de los militares, del Código Militar, de la medicina de la Seguridad Social… y de las dos horas de puertas con subfusil al hombro que acaba de cumplir.
—Afortunado tú, que no conociste la sanidad militar ni a los militares «de verdad». Ahora se puede hablar, pero entonces… ¡solo por esto te hubiesen arrestado! —le contesta un viejo policía de ojos grises, mirada lánguida que da fe, como los surcos de sus arrugas en la frente, de años amargos y duros.
Los veteranos se ríen: lo de quejarse siendo joven está mal visto. Alguien le dice que si hubiera conocido «lo de antes», las Banderas Móviles y los desplazamientos sin previo aviso a las huelgas; los viajes en Land Rover: calor en verano, frío en invierno; los militares que venían del ejército; aquellos coroneles rígidos, taciturnos, marciales que exigían obediencia ciega; los veteranos que habían sido guardias de asalto, la mala hostia que tenían, las putadas que les hacían a los nuevos…
Al poco se hace el silencio. En la tele juegan la Real Sociedad y el Madrid; parece que van a ganar los vascos. Uno suelta un improperio. Por el sueldo nadie protestará en esos años, pues el ministro Martín Villa, unos años antes, se lo acaba de subir y les puso a la altura de un ATS (o, como se decía entonces, un practicante). Tampoco por el horario: ya no se hace el 24x24, doblando con gimnasia, instrucción y orden cerrado.
El joven no entiende que, con su bachillerato terminado y sus inquietudes por el derecho y por formarse profesionalmente, esté allí chupando puerta, de seguridad, con aquellos haraganes desertores del arado. Así que, con el tiempo, echará minuta para el 091, y, obtenida la plaza, se irá allí.
El servicio de Radiopatrullas es otra cosa: no tiene nada que ver con el cuartelero de Prevención. Se patrulla en Talbot y en 131. «Se es policía de verdad», piensa. Allí coincide con el veterano de Pamplona. Como le ve tan animoso, éste le da el sabio consejo de que se presente para cabo. A la primera, el joven aprueba.

Año 1995. Madrid. En el cuarto de los zetas de una Comisaría de Distrito, un joven del CNP, recién jurado el cargo, se queja: del BX que no tiene aire acondicionado, del sueldo, del horario de los cinco turnos (americano), de lo exiguas que son las pagas extras en comparación con las de los locales, que cobran el doble, del dichoso cambio del Código Penal que tendrá que estudiar de nuevo, e incluso del jefe, que es un «ogro» y un «dictador».
Todos los veteranos lo miran como pensando: «¡Vaya!, nos ha descubierto que la tierra gira». El que lo oye, un subinspector —no otro que el joven anterior, solo que ha envejecido, añejándose, y ha tenido que hacer las maletas dos veces por sus «inquietudes», una a Basauri (Vizcaya) y otra a Madrid, más otra que se va a producir en breve— le dice que no se queje tanto, que desconoce lo que había antes. Que ha patrullado en vehículos peores, ¡mucho peores!, recalca. Que lo del sueldo es cíclico: ahora están por debajo de los municipales de Madrid, pero en otro tiempo no lejano estuvieron muy por encima, incluso de los bomberos. Que el horario fue peor, y le habla del 24x48 que padeció. Le habla, incluso, de la «Universidad de Canillas», que no gozaba de las comodidades de la Ávila.
El joven aprenderá pronto que quejarse del mal de muchos es tontería, como lamentarse del polvo en el desierto o del runrún del mar en una costa.

Año 2007. Asturias. Comisaría Local. Una «de pueblo». Un joven con apenas dos trienios se queja ante el veterano del jefe y del sueldo. El veterano lo mira y no dice nada. Piensa que este joven, que raja tanto, ha estado siempre en el País Vasco, sin pisar la calle, sin saber lo que es seguridad ciudadana ni los cinco turnos (con sus diferentes cadencias), cobrando más, librando más, y que en la mitad de tiempo ha conseguido venirse adonde a él le costó más de nueve años.
Se está quejando del jefe —de éste, que es un trozo de pan, maldice—, cuando no ha conocido a fulano, el «ogro», ni a mengano, el «dictador», ni a… e inmediatamente pasan por delante de él un álbum de fotografías. Una galería de personajes de muy diferentes tonalidades.
—«Comisario» —repasa—, esa palabra le inspiró siempre respeto, la asociaba a categoría humana y profesional, pero es lo primero que aprendió a perder, y lo peor es que no sabe muy bien por qué.
—¡Nueve años de zeta!, que son un montón de amaneceres juntos —reflexiona—. Pero unos cuantos miles.
Luego el joven le habla de la peligrosidad y de los atentados, de la zona conflictiva, de tantas cosas por las que mereció venirse primero, antes de tiempo. Toda una lista.
—No ha habido de eso en Madrid. No. Allí todo era más fácil —musita irónico.
Parece como si no hubiera oído. Y continúa con la lista de porqués. La lista es larga, al contrario que su currículo.

Año 2009. Los dos anteriores, algo más viejos, oyen impertérritos cómo un «agregado», obscenamente más joven que nadie en la plantilla, se queja de que le van a subir la retención, que va a cobrar menos por ello en enero y de que, ¡oh ingrata fortuna!, el jefe le ha asignado Nochevieja. Que esa noche debía estar pagada, que un portero de discoteca no trabaja por menos de 190 euros, que si él tiene unos estudios… Al punto, pregunta por la paga extra, que le ha parecido una «mierda».
—¿Sabes lo que eran las «bufandas», joven? —dice, al fondo de la puerta, un jubilado que ha venido de visita y lo ha estado escuchando.
—No.
—Pues no te quejes tanto.
Sonríe, saluda con la mano y se va.
El anciano no recuerda muy bien lo que hizo ayer, pero sí su primer día en Pamplona. Aún le parece estar oyendo los ecos de las alertas en la cárcel: «¡Aleeeerta el uno!», «¡Aleeerta el dos!»… «¡Alerta estáaaan!». Y viendo las sombras de sus guardias viejos, que ya habrán ido todos a formar… por última vez.
No quejarse ha sido su máxima. Las quejas, como las palabras, se las lleva el viento; lágrimas en medio de la lluvia. Son los hechos y los papeles los que permanecen.
Afuera llueve. Y dentro de la comisaría también. Cae agua, como caen lamentos y quejas, con una letanía pasmosa. Desde siempre ha sido así.



© Humberto 2010


Tears For Fears - Secret World



Secret world



En septiembre de 2004 me enteré de que Tears for Fears (traducido como Prisioneros del dolor, nombre tomado del título de una novela) volvían a sacar disco: Everybody Loves a Happy Ending. Roland Orzabal y Curt Smith habían vuelto a trabajar juntos otra vez, bajo el mismo nombre, desde su separación en 1992, cuando un buen día decidieron tomar caminos distintos. Había sido una década de silencio. La música de estos dos británicos me traía muy buenos recuerdos de cuando sus otros álbumes marcaban el compás de algunas escenas de mi vida. No eran una banda al uso: navegaban entre dos movimientos, los nuevos románticos y la new wave.

Debutaron en 1983 con The Hurting, álbum que contenía dos singles de éxito relativo (pero que a mí ya me engancharon): Pale Shelter y Mad World. Hacía años que yo era un radioyente incansable y empezaba a descubrir el mundo de la música a través de las ondas, a codiciar poseerla y a coleccionarla. El éxito masivo, sin embargo, les llegó con el siguiente disco, Songs from the Big Chair (1985), año en que comencé a formar una pequeña colección de música. Compré este álbum, considerado una auténtica obra maestra del pop. Canciones como Everybody Wants to Rule the World y Shout —¿quién no las ha escuchado?—, ambas números uno en todo el mundo, los encumbraron al estrellato.

Su último trabajo conjunto antes de la separación fue The Seeds of Love (1989), cuya producción había sido, hasta entonces, la más cara de la historia musical (1 millón de libras y cuatro años de gestación) y uno de los más premiados. Otro disco que añadí a mi colección. Todas las canciones contenidas en él capturaron retazos de mis pasiones mozas y de la introspección que siempre me acompañó. Advice for the Young at Heart y Woman in Chains son dos ejemplos de ello.

En 1992, a pesar de su éxito, tras la edición del recopilatorio Tears Roll Down: Greatest Hits 82–92 (los noventa están llenos de ellos), Curt decidió seguir su camino en solitario. Orzabal se quedó entonces con el nombre de Tears for Fears y publicó dos discos más: Elemental (1993) y Raoul & the Kings of Spain (1995), con un sonido sofisticado y dirigido a un público muy selecto, que a mí ya no me gustaron y que no tuvieron gran repercusión ni ventas destacables.

Ignoro por qué, pero, sea como fuere, estos dos amigos de la infancia limaron asperezas y volvieron. Como me traían buenos recuerdos, me apresuré a comprar su nuevo álbum. Su portada, muy barroca, es una buena presentación, muy en la línea de los ochenta y de otros de sus trabajos.

El sonido de los 14 temas recuerda mucho al de sus inicios; es casi la vuelta del dúo original, con su talento, si bien más guitarrero y orquestal, lo que me lleva a evocar al meditado y melódico Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) de los Beatles, y aquel espíritu que los impulsaba hacia la perfección mediante la búsqueda de nuevos sonidos, la orquestación y las infinitas sesiones de arreglos. Todavía parece que tengan algo que decir: hablan de nuevo del amor, del hombre y de su mundo interior.

Quizá el oído del que escucha ahora sea distinto al de hace veinte años, quizá ya no sienta como entonces; quizá tanto el oyente como el grupo hayan evolucionado. Pero cuando, sentado en mi sillón, me dispuse a oírlo por fin, no me produjo la pasión ni el fuego de mi adolescencia: solo me agradó. Destaco, eso sí, el tema Secret World, que parece como si se hubiese grabado en aquella época y que, aunque debería pertenecer a alguno de sus trabajos de entonces, figura en este por alguna extraña razón, tan enigmática como su reaparición.

Es, en todo caso, música luminosa, brillante y fresca, un grato testimonio de un grupo que demuestra tener vida propia más allá de los recuerdos, más allá de lo que fueron y de lo que pretenden ser. Un reencuentro agradable de dos épocas, de dos décadas y de dos milenios que se miran mutuamente, para ellos y también para mí. Todos recordamos viejos tiempos.








sábado, 28 de enero de 2012

A LOS TRES DE ORZÁN

A los tres de Orzán





Javier, Rodrigo y José Antonio.
¿Héroes? ¿Valerosos? ¿Temerarios? No. Ante todo y sobre todo, personas. Bajo el uniforme hay hombres que sienten y padecen, que ríen, lloran y sufren como el resto de los mortales; hombres que, por razón de oficio —no por temeridad ni por inconsciencia, no porque exista obligación alguna, que no la hay—, sino por el íntimo orgullo de pertenecer a este viejo e ingrato oficio y por el impulso sencillo de ayudar, arriesgan lo más preciado que poseen: la propia vida, para salvar la del prójimo. Y quien arriesga puede perder. Y esta vez perdieron.

Los tres acudieron no tanto por códigos gastados ni por juramentos lejanos, sino porque eran personas, y personas de bien. Arriesgaron y perdieron; les tocó perder. Y entre las aguas frías su ser se disolvió sin despedidas, sin música, de improviso, como suele suceder con los gestos verdaderamente valerosos, que nacen y mueren en silencio.

Desde ayer, por la playa de Orzán sopla un aria triste, una soledad áspera de espuma y de viento. El faro rasga con su guadaña la cortina plomiza de la tarde, y el cielo llora con mansedumbre de brisa norteña. En una capilla, un uniforme azul reposa envuelto en una bandera, velado por otros muchos uniformes que, con gesto sombrío, aguardan a que el mar silencioso devuelva a los dos compañeros que faltan, los que aún no han vuelto de la ronda.

Hay en la capilla una red de silencios dolientes, quebrada únicamente por el lamento desgarrado de tres mujeres, compañeras de vida —no de oficio—, y por el murmullo contenido de hermanos, padres, familiares que formulan preguntas sin respuesta:

«¿Por qué?»

Y repiten, como quien suplica a la eternidad:

«Devuélvelos, mar; ángeles son, y no naves. Devuélvelos. Que los tres han de dormir juntos en el último hueco».

No hay reproches. Solo dolor. Solo silencio.

Tres mujeres que, soñando, esperarán en vano, de una noche a otra noche, el regreso de un servicio que terminó para ellos en la agreste orilla de la arena, junto al áspero mar. Que desearán no haber sentido sobre su piel aquel último abrazo total e insondable que les dio la muerte. Dos que, despiertas, de un día a otro día, seguirán aguardando su vuelta desde la playa, desde la última ronda, para que también les cubran sendas banderas y descansen en el último lecho, bajo los geranios y los crisantemos que la niebla vuelve más pálidos.

El mar sigue callado. No devuelve.
La playa permanece desierta.
No se oyen pasos.

Y dos no vuelven de la ronda.
Siguen de guardia en la memoria del agua.



PD: Descansad en paz compañeros.



 

viernes, 27 de enero de 2012

Cinema Paradiso theme

Cinema Paradiso theme



Un chiquillo enamorado del mundo del cine, crece al lado de un viejo proyeccionista que le enseña lo que sabe acerca del 7º arte, la vida y el amor. Sus acciones habrán de influir al chico aún muchos años después.

¡Bienvenidos!, Bienvenidos aquellos que han extraviado en el tiempo la historia de un amor inconcluso; bienvenidos aquellos que dejaron lo conocido y lo familiar en pos de un sueño prometido; bienvenidos esos que pensaron que la distancia y el tiempo eran el mejor paliativo para el dolor y bienvenidos todos los que se han sentido extraños en medio de pueblos conocidos.

Tarde gris, el viento camina de puntillas sobre las vías; en la plataforma, un viejo ciego abraza a un adolescente mientras le susurra al oído: «Este pueblo está maldito. ¡Vete!, vete y no vuelvas nunca. Y si algún día te gana la nostalgia y regresas… No me busques. No toques a mi puerta porque no te abriré. Busca algo que te guste y hazlo, ámalo como amabas de niño la cabina del Cinema Paradiso. Desde hoy, ya no quiero oírte hablar; ahora, quiero oír hablar de ti». Toto, el chico, sube al tren y lanza el último adiós a Fredo, el viejo, su amigo y mentor; con la mano también despide a su madre y hermana. Una nueva vida llena de éxitos le espera en Roma… aunque su corazón, por siempre hecho pedazos, se ha quedado eternamente en la localidad de Giancaldo.

En 1989, el alma del público se arrobó con una cinta italiana que terminó convirtiéndose en un clásico de la cinematografía mundial aún antes de ganar el Oscar a mejor película extranjera. No obstante, no era un secreto que Miramax había recortado el proyecto original de Giuseppe Tornatore en más de una hora. Tuvieron que desprenderse cinco años del calendario para que hoy, pudiéramos apreciar la historia original tal y como la concibiera su creador; no obstante he de decir que lo visto en aquellos días y lo que se ha lanzado hoy al DVD, son prácticamente dos películas distintas.
Ese año, fuimos testigos de la historia de un cine a través de los ojos de un niño, que más tarde se haría hombre y perdería, por convencionalismos sociales al amor de su vida. Hoy, el argumento es distinto; se trata de la vida de un hombre a través de la mirada del cine, un hombre que extravía la razón de su existir ante un error ciego y desgarrador que fractura la vida de dos amantes cuya historia no pudo ser.

Para aquellos que no han visto este diamante visual, Toto o Salvatore es un niño que vive con su madre y hermana en el pueblo de Giancaldo, una provincia diminuta en la Italia de la posguerra; su padre ha muerto en batalla en algún lugar de Rusia. El pequeño es un buen estudiante y su único defecto es un amor irrefrenable por el cine; todas las tardes, el ragazzo se lanza al Cinema Paradiso, la única sala del pueblo; allí forja una amistad con Alfredo, el cácaro o proyector, quien le enseñará la magia del 7º. Arte y sus legendarios personajes; de este modo, el chico no tendrá mas amistades que Marlon Brando, John Wayne, Greta Garbo,Clark Gable y Charles Chaplin. Los años transcurren, Toto crece y con la adolescencia le llega el amor en la persona de Elena, una deslumbrante joven que despide luz de sus ojos azules y ha arribado a estudiar al pintoresco lugar. Los padres de ésta, pertenecientes a la clase alta europea, tratarán de impedir a toda costa la relación, pues Toto es descendiente de una familia pobre.

Contada de este modo, Cinema Paradiso podría parecer otra cinta más del género dramático, no obstante la actuación demoledora de Philippe Noiret como Alfredo, la exquisita música de Ennio y Andrea Morricone, las enseñanzas de un viejo que sueña ver triunfar a un niño, el amor incondicional y absoluto de Salvatore por Elena y las metáforas maravillosas con el mundo del cine que flotan en el mismo aire de la producción, hacen del producto una obra maestra de la narración universal, una tragicomedia humana en la que todos en algún momento nos sentimos identificados, reconociendo en nosotros mismos la magia y la agonía de ser humanos.

Para los que nos sentamos en las butacas del Paradiso en 1989, muchas interrogantes se quedaron en el aire, especialmente aquellas indefinidas entre Elena y Salvatore. Durante muchas noches pudimos preguntarnos y qué hubiera ocurrido si… Bueno, pues la versión del director contesta de forma contundente estas preguntas, aunque es seguro que a muchos no habrá de gustarles la forma en que lo hace, ya que es hasta hoy cuando entendemos la intencionalidad de una de las frases de Alfredo: « La vida, Toto, no es como las películas, es más dura, más difícil».

Es tan dramático el cambio de sentido de una versión a otra, que al final pensamos haber visto dos películas distintas, ya que el material añadido, parece suficiente para una secuela; no obstante, los ecos de una relación imposible aún se oyen en el viento; Calisto y Melibea, Cyrano y Roxane, Romeo y Julieta, Salvatore y Elena…

Nuovo Cinema Paradiso es una oda a las salas de antaño, aquellas que dieron verdadera vida al cine; un canto a las estrellas del Hollywood de la época dorada y un viaje a las emociones más profundas de todo aquel que ha amado y se ha apasionado por una cosa o una persona. Sin embargo, es también una metáfora excelsa del amar sediento, del sueño irremediablemente imposible, de la preferencia de la agonía callada al conformismo hablado. Nuovo Cinema Paradiso es un retrato del alma humana, de los ideales idos y las esperanzas no cumplidas que de cualquier forma, en su recuerdo y en los azares del reencuentro pueden otorgarnos la felicidad.



 



miércoles, 25 de enero de 2012

The Shadow of Your Smile, en la versión de Barbra Streisand



The shadow of your Smile 



La sombra de tu sonrisa
Desde que te has ido
Da color a mis sueños
E ilumina el amanecer

Mira dentro de mis ojos y ve..
Todas las amadas cosas, que eres para mí

Nuestra pequeña estrella melancólica
Está lejos, demasiado alto,
Una lágrima besa tus labios
Así, como yo lo hacía.

Ahora cuando recuerdo la primavera
Y todas sus pequeñas cosas hermosas
Yo recordaré
La sombra de tu sonrisa
Tu encantadora sonrisa.





La sombra de tu sonrisa

(Adaptación)

Desde que te ausentas,
tu recuerdo —luz callada—
pone color al sueño
y enciende de oro tibio la aurora.

Mira en mis ojos:
en ellos verás reunidas
todas las cosas amadas
que tu ser me concede.

Nuestra pequeña estrella melancólica
vive lejos, demasiado alta;
y una lágrima, obediente al recuerdo,
roza tus labios
como antaño lo hacía mi amor.

Hoy, cuando evoque la primavera
y su cortejo de gracias menudas,
sabré que todo vuelve
a la sombra fiel de tu sonrisa,
a esa sonrisa tuya
que aún gobierna mi memoria.


martes, 24 de enero de 2012

Johnny Mandel - Seduction (Shadow of your Smile)















La canción «The Shadow of Your Smile» que inserto corresponde a la película The Sandpiper (1965), ganadora de un Oscar, dirigida por Minelli.

Títulos en español: Almas en Conflicto (Méjico) y Castillos de Arena (España).

La banda sonora, ganadora de un grammy, un Oscar y un Globo de Oro, corre a cargo de John Alfred Mandel, compositor neoyorquino de jazz especializado en canciones populares y bandas sonoras de películas.

Sinopsis:
Laura Reynolds es una pintora perteneciente a la llamada generación beatnik, libre, de gran talento y muy inconformista: no ha querido casarse con el padre de su hijo y no desea someterse a las reglas morales imperantes en la sociedad. Junto a su hijo de nueve años, Danny, vive en la costa de California. El pequeño es detenido por matar a un animal y, como anteriormente ya había cometido otros delitos menores, el juez exige que sea internado en un colegio que dirige un pastor episcopal, con quien mantendrá una apasionada relación adúltera. La cinta habla del material con que se construyen las fantasías –los Castillos en la arena del título español–, de la locura que supone intentar vivir dentro de ellas, y hacerlas realidad.

En la secuencia final, Laura en la playa pinta un cuadro, sus manos sostienen el pincel, la luz del cielo a contraluz, y va desgranando sobre el bastidor la imagen de su propio hijo. Se siente libre como el aire, como las aves. Su pelo lo mueve el viento y suena el tema central “The Shadow of Your Smile”. Dirige una mirada hacia el ser amado, que en lo alto del acantilado la contempla como queriendo llevarse consigo, en el viaje que va a emprender, el recuerdo del amor perdido envuelto con la belleza de aquel lugar de ensueño.
Es una estremecedora, inolvidable y magnífica secuencia.

lunes, 23 de enero de 2012

DRIVE (2011)




Drive (2011)



Estos días vi la película titulada Drive. Así, como suelen, en inglés, sin traducir. La clave de que me haya gustado y me impulse a recomendarla no es que abuse de las persecuciones —eso no iría conmigo—, sino que la trama se centra más bien en una historia de amor y soledad, contada en voz baja, casi en silencio, con un niño de por medio; todo ello narrado de forma sublime.

Porque el personaje —un especialista de cine, mecánico de profesión y «conductor» en pequeños atracos— es un tipo hermético que apenas habla: sus silencios son interminables. El guionista no ha querido dar pistas sobre su pasado para que lo comprendamos, ni el director introducir ninguna otra pincelada; todo queda a la imaginación del espectador. No se sabe de dónde viene ni por qué es tan callado y frío; parece haber aparecido de repente en medio de la trama con un único talento: el de conducir.

Pero también, y al mismo tiempo, por su banda sonora —especialmente por el tema que se escucha varias veces (el que enlazo)— la película adquiere un ambiente propio, intimista, que cierra el círculo de toda la historia. Lo firma el francés David Grellier, se titula A Real Hero y colabora Electric Youth. Su letra habla sobre un piloto que es un héroe, pero también un ser humano. Vamos, encaja en el argumento como el zapato de cristal en Cenicienta.