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viernes, 21 de noviembre de 2025

FRANK SINATRA ESTÁ RESFRIADO

FRANK SINATRA ESTÁ RESFRIADO 
(basado en el artículo escrito por Gay Talese, 1964, Esquire ).


En aquellos días de invierno, cuando las luces de la ciudad parecían titilar con la misma fragilidad que un cirio exhausto, corría de boca en boca la noticia: Frank Sinatra estaba resfriado. Y no era un resfriado cualquiera, sino ese tipo de mal menor que, en almas grandes, se vuelve tragedia cortesana.
Decían que el hombre, príncipe de la voz nocturna y embajador sentimental de tantos corazones náufragos, caminaba por camerinos y estudios con el ánimo hosco, como quien carga un reino sobre la garganta irritada. Los músicos, discretos como monjes antes de la oración, afinaban con esmero casi litúrgico, temerosos de que el más leve desliz ofendiera al monarca afónico. Y las secretarias, mensajeras de papel y susurros, dosificaban las visitas como enfermeras celosas, no fuera a fatigarse el enfermo con halagos inoportunos.
Mientras tanto, Sinatra —envuelto en melancolía y bufanda— aspiraba eucalipto con la solemnidad de un general que revisa planes de batalla. No hablaba mucho; apenas un gesto, una ceja alzada, un ademán con la mano, y el mundo entero se acomodaba. Porque cuando un hombre ha cantado para mover planetas, basta su silencio para poner a temblar constelaciones.
Y allí, en la penumbra de la sala de grabación, parecía librarse su lucha más íntima: no era contra el catarro, sino contra el imperio de la vulnerabilidad. Querían todos —desde el productor altivo hasta el humilde técnico del cableado— verle triunfar sobre ese enemigo minúsculo que, irónicamente, desarmaba al gigante mejor que la crítica o la edad.
Era conmovedor contemplar al ídolo con la voz encallada, como si un dios del jazz hubiera sido arrojado, por capricho divino, al barro común de los mortales. Y aun así, incluso enfermo, conservaba esa dignidad legendaria: el porte recto, los ojos pensativos, el gesto preciso del que sabe que la vida, por mucho que lo tosa y lo despeine, le debe todavía un aplauso más.
Porque Sinatra, aun resfriado, seguía siendo Sinatra.
Y bastaba que respirara —aunque fuese con estertor y pañuelo en mano— para que todo el mundo esperara, en silencio reverente, la inminente resurrección de su voz.

***



Había en el aire, tras la última nota, ese sosiego solemne que queda después de una victoria callada. Las sonrisas aún flotaban como confeti invisible, y la orquesta, satisfecha de sí misma, se disponía al próximo número… pero la magia, como toda gracia terrenal, tiene medida. Una hora más tarde, ya era historia: los atriles cerrados, los brillos apagados, el silencio reclamando su trono.

Los músicos, guardianes de la noche recién vencida, guardaban con esmero sus instrumentos, como caballeros enfundando espadas tras la campaña. Tomaban abrigos, intercambiaban palmadas y despedidas, y pasaban uno a uno frente a Sinatra con ese respeto familiar que nace de la guerra compartida. Él los miraba pasar con la hondura de quien no ve hombres, sino capítulos de su propia historia: conocía sus nombres, sus bodas y desavenencias, los ascensos de orgullo y las caídas de corazón; ellos, por su parte, conocían también las grietas y laureles del jefe, pues la música, cuando se comparte, es una confesión mutua.

Entonces pasó Vincent DeRosa: trompa pequeño de estatura, grande de oficio, italiano de linaje sensible y viejo compañero desde aquellos días radiofónicos del Hit Parade, cuando Lucky Strike era contraseña de audiencias y esperanzas. Y Sinatra, que no deja escapar los símbolos sin tocarlos, extendió el brazo y detuvo al amigo sólo un instante.

No hizo falta discurso: bastó ese leve gesto, mitad gratitud, mitad memoria, para sellar una hermandad que había sobrevivido al tiempo, las modas y el polvo de los escenarios. Porque hay lazos que no necesitan palabras; basta una mano en el hombro para que el alma entera se ponga de pie.

Y allí quedaron, unos segundos suspendidos en un silencio noble, como dos veteranos que intercambian honores sin necesidad de uniforme, sabiendo —sin decirlo— que la música había sido, una vez más, su patria común.
***

Bajo un cielo limpio, con ese sol que parece recién abrillantado por manos celestiales, el mes avanzaba con paso triunfal. Sinatra, restablecido de antiguas zozobras y seguro del timón de su destino, deslizaba su Ghia por las avenidas con la serenidad de quien ha hecho las paces con el mundo y, sobre todo, consigo mismo. La grabación terminada con gloria, la película concluida como capítulo sellado, los compromisos televisivos ya archivados en la memoria reciente: ahora llegaba la hora de gobernar nuevos horizontes.

Porque el porvenir, ancho y prometedor, le aguardaba con su agenda de reinos: The Sands, donde las noches se vuelven mitos; Inglaterra, donde rodaría intrigas de espías; y los discos aún sin nacer, que ya reclamaban su voz como cortejo fiel. Y, al fondo, casi como un guiño del calendario, su medio siglo de vida, cincuenta años de batallas y victorias, cincuenta años de convertir el suspiro en partitura.

Life is a beautiful thing… —musitaba consigo mismo, como quien pulsa suavemente las cuerdas invisibles de su propio destino— as long as I hold the string… Y parecía que el mundo entero, desde el asfalto hasta las nubes, asentía en silencio, reconociendo que pocos hombres han sostenido esa cuerda con tanto pulso, tanto riesgo, tanta elegancia.

Pero el semáforo, inexorable árbitro de plebeyas normas, se tiñó de rojo. Sinatra detuvo el coche. Los transeúntes cruzaban presurosos, empujados por pequeños apuros que nada tienen que ver con la eternidad. Todos menos una: muchacha joven, veinte años recién estrenados, que se quedó en la acera atrapada en la duda sagrada del reconocimiento. No sabía si aquel hombre de perfil sereno era él… pero el corazón ya lo sospechaba.

Sinatra, que ha aprendido a leer almas con más precisión que partituras, aguardó el instante exacto. Y justo antes de que el verde devolviera el mundo a su prisa, giró el rostro y la miró de frente. Fue entonces cuando la incredulidad de la muchacha, súbitamente vencida, floreció en certeza. Él sonrió. Ella respondió con esa sonrisa humilde y luminosa que sólo se concede a los prodigios. Y luego el auto arrancó, llevándose la escena como un telón que cae, sin estridencia, sobre un milagro cotidiano.

Porque así es la vida de los grandes: basta un gesto, un segundo, para convertir una esquina cualquiera en capítulo de biografía. Y Sinatra siguió adelante, dejando atrás no a una desconocida, sino a un recuerdo más que, desde aquel día, caminaría con ella.

©Humberto 2025

martes, 18 de noviembre de 2025

Etimología de concubina.

 


Concubina

El verbo latino cubare —‘yacer, acostarse, estar tendido’— no ha llegado hasta nuestro idioma tal cual, aunque sí lo han hecho varios de sus descendientes. El más evidente es quizá incubar: permanecer sobre algo, empollar, como hacen las aves cuando calientan sus huevos para que nazcan los polluelos.

También es fácil reconocer la relación entre cubare y cubile —de donde procede cubil—, el lugar donde las bestias salvajes se recogen para dormir. En épocas antiguas, cuando la gente aún no dormía en camas propiamente dichas, cubile designaba igualmente la yacija humana, que primero fue de paja y luego se preparó con pieles o esteras que hacían a la vez de colchón y manta. De su plural cubilia deriva la palabra cobija, que en muchos países americanos sigue significando ‘manta’. En el español de España, el término casi ha desaparecido, pero se mantiene vivo el verbo cobijar, ya sea para ‘tapar con una manta’ o para ‘proteger, dar amparo’.

Y llegados a este punto, el lector ya habrá intuido que concubina es, literalmente, «la mujer que yace con uno». En rigor, el término podría aplicarse a la esposa legítima, que es quien lo hace de manera constante durante años; sin embargo, por esas ironías del idioma, su uso real se limita casi siempre a la mujer que mantiene relaciones sexuales con un hombre fuera del matrimonio, sin pasar por la iglesia ni —más modernamente— por el juzgado. Cosas del lenguaje.

La Casa Sobre la Niebla

 



La Casa Sobre la Niebla



Cuando el nuevo médico rural llegó por primera vez a Las Brañas del Aramante, allá por el setenta y ocho, el caserón se alzaba sobre la loma como un animal viejo dispuesto a morder a quien se acercara demasiado. El viento del Cantábrico soplaba con ira, empujando la niebla contra las paredes de piedra oscura. Aquel paisaje tenía algo hosco, indómito, como si fuera capaz de expulsar al visitante que no supiera mirar de frente. No tardó en comprender el motivo por el que los vecinos del calle se refiriesen a ella  como «la casa sobre la niebla».
En la taberna de Belén escuchó hablar de los hermanos Luarca.
—Mejor no subir al Aramante —dijo un parroquiano—. Allí sólo quedan rencores y fantasmas.
—Mientras sigan vivos, los fantasmas tienen nombre —añadió Belén.
Se referían a Matías y Claudia Luarca, huérfanos desde pequeños y marcados por una infancia de silencios. Matías, el mayor, de carácter montaraz, había criado a Claudia con un afecto extraño, más posesivo que fraternal. La gente contaba que la chica, de joven, era pura luz; él, pura sombra.

Una tarde, el médico subió al caserón para atender a Matías, que tenía fiebre. Fue Claudia quien abrió la puerta. No tendría más de veinte años, pero sus ojos parecían tallados a base de viento norte. Dentro, el ambiente resultaba más áspero que el exterior: olía a madera húmeda, a brasero pobre y a soledad.
Matías observó al médico con hostilidad, apenas tolerando su presencia. Sin embargo, mientras él tomaba notas, Claudia apoyó una mano en su hombro, sólo un instante, como quien busca un punto de equilibrio. Fue un gesto mínimo, pero suficiente para alterar algo en la casa, como si una cuerda tensada durante años hubiera vibrado de pronto.

Pasaron los años. Con la llegada de los ochenta muchos vecinos emigraron a Oviedo o Gijón, buscando una nómina estable. Las Brañas del Aramante se fue vaciando. El médico seguía atendiendo a la zona, y cada visita al caserón reforzaba su impresión de que allí dentro se libraba una guerra silenciosa.

Claudia trató de marcharse una vez. Un camionero la dejó en Avilés, pero Matías fue a buscarla. Volvieron juntos, ella con la dignidad rota y él con esa mirada desconfiada de un perro que teme perder su único hueso. Desde entonces, Claudia habló menos y trabajó más en la cuadra, como si quisiera agotarse hasta olvidarse.

A principios de los noventa Claudia conoció a Tomás, un maestro recién llegado al valle: hombre tranquilo, de sonrisa fácil. Su presencia fue como abrir una ventana en un cuarto cerrado durante décadas. La joven empezó a bajar al pueblo con regularidad para verlo. Algunos viejos del lugar hablaban incluso de milagro.

Matías no lo soportaba. Pasaba horas bebiendo sidra en la taberna, mascando rabia.
—Cada uno defiende lo que es suyo —dijo una tarde, sin que nadie le preguntara.

La noche en que Tomás desapareció, una tormenta barrió la sierra con brutalidad. La Guardia Civil buscó tres días sin resultado. Algunos murmuraron que el maestro había huido; otros, que el Aramante se lo había tragado. Matías no mostró ni alivio ni culpa, sólo una neutralidad pétrea que inquietaba al médico.

Claudia, en cambio, se apagó. La pérdida la dejó hueca, sin lágrimas ni palabras. A finales del 95 contrajo tuberculosis, y la enfermedad la venció con una rapidez impasible. Murió una mañana de enero, bajo un cielo que parecía una lápida. Matías sólo permitió que el médico y la tabernera la velaran.
—Sin ella, ¿para qué seguir respirando? —musitó mientras cerraban la caja.

En el año 2000, ya lejos del valle, el médico recibió una carta: el caserón del Aramante había ardido de madrugada. Dentro hallaron el cuerpo de Matías. No sabían si había sido accidente o decisión propia. El médico no dudó ni un segundo.

Hoy el viento del Cantábrico sigue soplando con la misma mala leche. Allí donde estuvo el caserón sólo quedan piedras negras, un olor remoto a humo y un silencio tan denso como la niebla que siempre lo rodeaba.

En el valle aún dicen que en aquellos montes la tragedia no se hereda: se respira.
Y que la Casa Sobre la Niebla fue, quizá, su último suspiro.


©Humberto 2025

lunes, 17 de noviembre de 2025

ARTÍCULO: CLIMA ARTIFICIAL

 



CLIMA ARTIFICIAL





Como los casinos andaluces son muchas veces riquísimos porque todos los trajinantes y labradores del pueblo han de ser socios de él, dado que lo utilizan como oficina y centro de contratación, resulta que en el Casino Mercantil y Agrícola del pueblo del Séneca se permitieron el lujo de poner la refrigeración. Desde aquel día en el casino se discutió, se opinó y se gesticuló de otro modo. Hasta las bolas de billar parecía que se tropezaban de un modo más suave y diplomático. Disminuyó el consumo de gaseosas y aumentó el de cafés calientes. Los socios, antes de salir a la calle, decían a sus mujeres: «Sácame la ropa de abrigo que voy al casino».

Porque hasta que esa técnica llegó al pueblo del Séneca y se puso en con tacto con su vieja sabiduría meditativa, no nos dimos cuenta de la importancia sociológica que puede tener la nueva creación mecánica de climas artificiales. Parece admitido que la influencia climatológica es bastante decisiva para la psicología colectiva de los pueblos. Siempre se han establecido relaciones traslaticias entre los ardores del trópico y ciertas vehemencias políticas y eróticas; entre las nieblas escandinavas y ciertas correcciones constitucionales. Pero ahora resulta que, de pronto, se enclavan en cual quier zona tórrida pequeños Gibraltares climatológicos; zonas irredentes de la canícula. Así en el Casino Mercantil y Agrícola descendieron las voces al nivel de la temperatura y se tuvieron «juntas generales» con votaciones honestas. Has ta que un día me encontré que el "Sé neca" y su tertulia cotidiana habían sacado sus mecedoras a la acera rabiosa mente cálida y soleada. Allí estaba bebiendo cerveza, opinando a gritos; di vagando en plena dialéctica absolutista con redondeces carlistas, anarquistas y totalitarias, y emitiendo sobre las mujeres que pasaban opiniones no menos absolutistas y redondas.
—¿Qué hacéis ahí fuera, Séneca, con este sol?
—Nos estamos recobrando a nosotros mismos, don José. Ahí dentro nos estábamos volviendo holandeses.
Y fue aquel día cuando el Séneca se aseguró que dentro del casino, que era una especie de Escocia, parecía la cosa más natural del mundo que el gordo presidente de Rusia se pasease por América entre pensamientos antípodas pancartas insultantes, periodistas impávidamente curiosos y políticos profesionalmente sonrientes. Pero en cuanto se ponía el pie en la acera vehemente de sol, se comprendía mucho mejor que Fidel Castro deje que le cante Carmelita Sevilla porque le ha cantado antes al general mentalidad lógica y humana: arroyan al clima artificial Trujillo. «Figúrese usted, don José, si lo comprenderemos nosotros, que no hemos permitido que el Deán de Córdoba nos predique los cultos de la Virgen de las Angustias porque le ha predicado antes al notario Sánchez la novena de la Virgen de las Lágrimas.

Yo intenté elevar un poco la apreciación, con más abstracta pedantería. Le expliqué al Séneca que lo que pasaba es que las carabelas hispánicas habían echado sobre América un puñado de andaluces, vascos y extremeños que se habían subido, a medio trayecto, en el tren de unos pueblos indígenas y en marcha. Venían de climas ardientes y llegaban a climas sensuales. El Mestizo es un vagón que ha admitido en una estación de tránsito nuevos viajeros al lado de los que ya venían del punto de origen. Pero el tren sigue. Por eso Cuba o Paraguay o Santo Domingo son los pueblos que ya eran y que siguen su curva de des arrollo. Pasan ahora, un poco, su vital y espléndida Edad Media. El Séneca, más listo que el hambre, cogió al vuelo la idea:

—¿No le parece a usted, don José, que don Fidel Castro y don Leónidas Trujillo lo que son es «marqueses»? Porque hoy creemos que un marqués es un ser elegante, correcto y educado. Pero yo he leído que «marqués» era el que defendía una marca: un límite, o una avanzada. Todavía en el lenguaje de los deportes se usa la palabra ‘marca’ para señalar la raya máxima a la que llega un salto o una jabalina. La ‘marca’ es algo que se sostiene con un empuje animal. Así Trujillo sostiene la raya de Haití contra los negros. O Castro su isla entre un coro de discrepantes. Don Fidel, con sus barbas, debe parecerse mucho más a un «marqués» del siglo catorce que no el marqués de la Valdavia, que es todo cortesía, simpatía y educación. Aquí, en la acera llena de sol, se entiende perfectamente que lo que Castro y Trujillo hacen es reintegrar las cosas a suela enemigo, se preparan invasiones, se encastillan en sus almenas y frente a la gran tonadillera de Sevilla se comportan —«¡o tú o yo!»—como se comportaban en un duelo medieval dos rivales frente a una sola dama. Es preciso, don José, meterse dentro del clima suave del casino para entender ese impávido terceto de vodevil que se trae esa otra tonadillera que es la Política, con sus dos galanes, ruso y americano. No era, ni mucho menos que el Séneca aprobase el vehemente y primario absolutismo tropical —verdadero desnudismo de la lógica— de ese comportamiento antillano. Lo que hacía era explicarlo y disculparlo en función del clima. Dentro del casino, efectivamente, arrullados todos por el zumbido adormecedor de la máquina productora de frescura y, primavera, florecían las más templadas ideas de convivencia. Los planes idílicos, de absoluto «desarme», presentados por el ruso, se consideraban dignos de estudio. Las ideas todas estaban refrigeradas. Las políticas más divergentes debían de dialogar y regatear. Parecía prometedor ver a los Estados Unidos enseñando, al gordo ruso las vicetiples de Hollywood y el maíz híbrido de sus campos.

Uno acaba comprendiendo que si en las Antillas se lograra colocar una gigantesca máquina refrigeradora como la que ha comprado el Casino Mercantil y Agrícola, a los pocos meses Castro se afeitaría e iría a hacer una «visita de buena vecindad» a Santo Domingo. Porque allí, en aquel clima constitucional, de dieciocho grados, parecía barbarie y despotismo entorpecer el peso de isla a isla de Carmelita Sevilla. Había que ir al desarme de la canción. Una agitación e indignación civilizada agitaba las tertulias. Pero de las tertulias el Séneca salió a la calle. El clima dio un brinco de veinte grados, y la acera le abofeteó con un soplo, entre africano y tropical. Todo el cuerpo del Séneca se estremeció da resonancias ancestrales y morunas. Se paró a beber en un tabanco una caña de manzanilla. Plenamente reintegrado a su absorbente absolutismo tórrido, pasó los ojos por una revista que se había traído del casino. Tropezó con el retrato de Carmelita Sevilla, sonriente, luminosa, guapísima. Empezó a pensar en el pleito político de los dos «marqueses» antillanos. Resumió:
—A mí, la verdad, lo que me molesta es que le cante a cualquiera de los dos...
Luego se quedó pensativo. Y acabó:
—O a cualquier otro... que no sea yo mismo.

José María PEMÁN de la Real Academia Española

domingo, 16 de noviembre de 2025

EL RECLAMO


EL RECLAMO




1. La vuelta

Mateo Requena regresó a Madrid caminando, como si la ciudad hubiera estado esperándolo durante cinco años. Salió de la cárcel de Soto del Real antes de que amaneciera, sin una bolsa, sin papeles, sin nadie al otro lado de la puerta. Solo llevaba la ropa que le habían entregado y un billete de autobús que no pensaba usar. A esas horas el aire cortaba, un frío limpio que arañaba los pulmones. A Mateo le gustaba. Le recordaba que estaba vivo, aunque a veces lamentara el hecho.

Caminó desde el intercambiador hasta Atocha mientras los primeros coches se lanzaban por la M-30 como animales recién despertados. Madrid, en los 90, era una ciudad que empezaba a consumir más de lo que podía digerir: obras interminables, bares abiertos hasta las tantas,  extranjeros por todas partes, corrupción disfrazada de modernidad. Todo eso a Mateo le daba igual. Lo único que importaba eran treinta millones de pesetas. Su dinero. El que le habían robado.
Cruzó la estación sin prisa. Nadie se fijó en él. Parecía un hombre cualquiera. Un tipo que volvía de un turno de noche, o que iba a buscar trabajo, o que simplemente no tenía nada mejor que hacer. Eso era lo bueno de Madrid: a nadie le importaba quién fueras mientras no estorbaras.
Recordó la última vez que había estado allí, en libertad. Recordó a Sofía —su espalda, su voz, la forma en que fumaba cuando estaba nerviosa y decía que quería marcharse a Lisboa—. Y recordó el fuego de la pistola. Dos disparos. Dos traiciones. La sangre en el asiento del coche robado. Bargueño sonriendo de medio lado mientras lo dejaban tirado. Las sirenas. El frío del hormigón. El sabor a hierro entre los dientes.
Había sobrevivido de milagro. Eso le cabreaba más que los balazos. Mientras subía por la calle Atocha hacia Antón Martín, sintió por primera vez en años algo parecido a paz. Tenía una dirección concreta: ir uno por uno, sin ruido, sin rodeos, hasta recuperar lo suyo.
Y luego desaparecer.

 

2. El primer movimiento.

 

La pensión donde se alojó quedaba en una calle estrecha, con bares y tiendas de chinos, cables colgando y olor a lejía vieja. La misma de siempre. El dueño, un gallego delgado, lo miró como si hubiera visto un fantasma.
—Pensé que te habían dado matarile —dijo, acomodándose las gafas.
—Las noticias vuelan, pero las balas no tanto —respondió Mateo.
La habitación era pequeña, el colchón hundido, las paredes descascarilladas. Mateo se duchó durante largos minutos, hasta que el agua caliente se convirtió en vapor que borraba su silueta. Luego se miró al espejo. No vio un hombre recién salido de prisión, sino un animal que había estado demasiado tiempo encerrado. A las diez ya estaba cruzando Lavapiés en dirección al piso del Bicho. La calle del Amparo apestaba a curry y humedad. Cuando Mateo llamó, una voz apagada dijo «está abierto».
Tomás «el Bicho» tenía la piel cetrina, las ojeras profundas y los dedos amarillentos de tanto fumar. Era un falsificador medio artista y medio desastre. Tenía buena memoria y peores decisiones.
—Joder, Mateo —dijo, sin levantarse del sofá—. A ti hay que verte en las noticias para saber que sigues vivo.
—Necesito una pistola.
Tomás no discutió. Rebuscó en un cajón lleno de papeles, boletas olvidadas y chatarra, y sacó un Astra 680, pequeño y contundente.
—Funciona. Eso sí, no te lo regalo.
Mateo se lo guardó.
—Tampoco te lo voy a pagar.
El Bicho suspiró, resignado. Luego Mateo dijo lo que realmente había ido a buscar:
—Dime dónde está Sofía.
La expresión de Tomás se tensó. Aquel nombre era dinamita. Fumó un par de caladas antes de contestar.
—La última vez que la vi fue por Malasaña. Estaba con un tipo con pasta. Alguien de los que se creen intocables. Se rumorea que ahora va con Mansilla. Discotecas, ayuntamiento, licencias… un tiburón de esos que huele sangre en el agua.
—¿Y Bargueño?
Tomás tragó saliva.
—Tiene una nave en Vicálvaro. Negocios turbios. Va poco, pero sigue respirando… o eso dicen.
—Ya veremos —dijo Mateo.
Y se fue.

 

3. La nave

Vicálvaro olía a aceite viejo, a serrín, a camiones detenidos. Las naves industriales parecían todas hermanas gemelas: puertas metálicas abolladas, perros sueltos, grafitis torpes.
Cuando Mateo empujó la puerta, tres hombres estaban descargando sacos de un camión.
El primero, un calvo musculoso con camiseta del Atlético, se acercó desconfiado.
—Eh, colega. ¿Qué buscas?
Mateo no contestó. Su puño le cruzó la cara con una velocidad casi científica. El calvo cayó como un mueble roto.
Los otros dos sacaron barras de hierro. Mateo se movió con precisión de relojero: un culatazo al primero, una llave de hombro al segundo. Ninguno quedó en condiciones de seguir hablando.
—¿Dónde está Bargueño? —preguntó.
El último superviviente señaló con el mentón, tembloroso.
—No… no está aquí. Tiene un piso en Chamartín. Calle Nicaragua, ocho. Sube los lunes. Y a veces los jueves. No sé más, te lo juro.
Mateo asintió. No le interesaba castigarlo más. Salió de la nave sin mirar atrás.
Los perros ladraron durante un rato, como si sintieran que algo serio estaba en marcha.

 

4. El piso de Chamartín

El edificio era uno de esos bloques burgueses de los setenta, con portero y ascensor silencioso. Mateo subió sin que nadie lo mirara dos veces.
La puerta del piso cedió con facilidad. Demasiada.
Dentro había olor a alcohol rancio. Y quietud. Una quietud que no pertenecía a ningún lugar habitado.
Bargueño estaba sentado en el sofá, como si viera la televisión. Solo que la sangre seca en su cuello contaba otra historia. Tenía un agujero perfecto sobre la clavícula. Limpio. Frío. Profesional.
Mateo revisó el piso con calma. En la mesa del salón encontró una carpeta con facturas, papeles, y una fotografía. Sofía. Más flaca. Más dura. En el reverso, una nota escrita rápido:
«Jueves, 23:30 — Sala Vértigo».
Mateo no habló, no suspiró, no maldijo.
Simplemente guardó la foto en el bolsillo y salió.
Ella también estaba moviendo piezas. Bueno, pensó. El tablero era grande.

 

5. Sala Vértigo

En Argüelles, la discoteca Vértigo era una mezcla rara: estudiantes extranjeros, coca mala, y música electrónica demasiado alta. Un sitio donde nadie te preguntaba por qué estabas allí.
A las once, con el local a medio llenar, Mateo la vio.
Sofía había cambiado lo justo para seguir siendo ella: pelo más corto, rostro más afilado, ropa más cara. Estaba apoyada en la barra, hablando con un tipo alto, demasiado sonriente.
Cuando lo vio, su cara se transformó en segundos: sorpresa, miedo, incredulidad, memoria. La copa se le resbaló de los dedos.
El tipo de al lado se irguió.
—¿Tienes algún problema con mi chica, tío?
Mateo lo miró como se mira una farola.
—No contigo.
El tipo lo empujó, borracho de sí mismo.
La respuesta de Mateo fue un movimiento seco: agarrón, giro, impacto. El desconocido acabó con la cara contra la barra, desmoronándose como una cortina vieja.
Sofía no gritó. No corrió.
—¿Cómo… cómo es posible? —susurró—. Te di por muerto.
—No diste lo suficiente.
Ella apretó los labios. Intentó recomponer la dignidad.
—No era yo quien disparó.
—Era tu plan.
El silencio entre ambos era un océano lleno de tiburones.
—Fue Mansilla —respondió al fin, con voz baja—. Él lo organizó. Yo… no tenía salida.
Mateo no reaccionó. Solo preguntó:
—¿Dónde está?
Ella dudó unos segundos. Lo suficiente para traicionarse.
—Tiene oficina en la Castellana. Torre Europa.
Mateo asintió.
—Cuídate —le dijo.
Y se fue.

 

6. Mansilla.

Torre Europa, siete de la mañana. Pasillos vacíos, luces encendidas que parecían hospitales. El despacho de Mansilla era amplio, lleno de cristaleras y muebles caros.
Él estaba sentado detrás del escritorio, esperándolo.
—Sabía que vendrías —dijo sonriendo, aunque las manos le temblaban—. No sé cómo sobreviviste, pero lo admiro.
—No he venido por admiración.
—Escucha, Requena. Te lo explico…
Mateo sacó el revólver.
—No estoy aquí para que me expliques nada.
Mansilla tragó saliva. Intentó mantener la compostura.
—Tu parte desapareció. Sofía llegó antes. Ella tenía derecho…
El golpe del disparo cortó la frase. La bala le atravesó el hombro, incrustándolo contra la mampara de cristal.
No murió. Pero dejó de ser peligroso.
Mateo abrió un cajón, buscando sin prisa. Encontró un sobre voluminoso: Treinta millones en bonos. Enteros. Exactos.
Sonrió sin alegría. Lo guardó bajo la chaqueta y salió del despacho mientras Mansilla gemía.
Al fondo del pasillo, un limpiador lo observaba con temor. Mateo lo ignoró.

 

7. Sofía

El piso de Sofía estaba en una calle estrecha de Malasaña, con grafitis y bares que apestaban a cerveza vieja. No cerraba bien la puerta. O no quería cerrarla.
Cuando Mateo entró, ella estaba en la cocina, fumando sobre un plato vacío.
—¿Está muerto? —preguntó sin mirarlo.
—No. Pero no te buscará más.
Sofía asintió, como si eso la aliviara y la hundiera al mismo tiempo.
—Tenía miedo de que aparecieras.
—Aparecí.
Ella se levantó lentamente, acercándose. Le temblaban los dedos.
—¿Vas a matarme?
—No.
—¿No…? —repitió ella, incrédula.
—No eres tan importante.
Esas palabras la atravesaron más que cualquier bala.
Mateo se dio la vuelta. Tomó el pomo de la puerta.
—No tendrás otra oportunidad —dijo sin mirarla.
Y se marchó.

 

8. La salida

En Barajas, nadie se fijó en él. Compró un billete a Buenos Aires. Pagó en efectivo. Pasó el control como un fantasma.
El avión despegó mientras la mañana se encendía sobre Madrid. Mateo miró por la ventanilla. La ciudad se hacía pequeña, casi frágil.
Ya estaba hecho.
Había cerrado el círculo.

 

9. Epílogo

El cuerpo de Mansilla fue encontrado dos meses después. No se recuperó. Sofía desapareció del mapa. La policía se quedó sin nadie a quien culpar. Madrid siguió como siempre. Y en un pequeño bar de Buenos Aires, un español callado tomaba café negro y jamás preguntaba nada. Nadie sabía su historia. Nadie sabía por qué, cada tanto, tocaba el bolsillo interior de su chaqueta, como asegurándose de que allí seguía el sobre. Solo él sabía que no había ido allí a empezar nada. Solo a terminarlo.


©Humberto 2025   

EL DINERO DE LAVAPIÉS

 


EL DINERO DE LAVAPIÉS




Madrid, 1996 
I. EL REGRESO
El tren nocturno llegaba a Chamartín con un retraso que nadie parecía dispuesto a explicar. En el andén, la gente se movía con prisa, empujando maletas, bostezando, buscando taxis. Él caminaba entre ellos sin prestar atención a nada: ni a la megafonía, ni a los policías aburridos en la entrada, ni a la niebla sucia que se colaba desde las vías.
Su nombre —o el que usaba entonces— era Bruno Lobo. Cuarenta años. Alto, seco, mirada gris como la ceniza en un cenicero. Volvía a Madrid después de dos años desaparecido. Dos años en que, para la mayoría, lo dieron por muerto.
No traía equipaje. Solo una carpeta vieja, plana, dentro de la chaqueta.
En la salida vio un taxi libre.
—A Lavapiés —dijo.
El taxista lo miró por el retrovisor.
—A estas horas no es zona muy…
Bruno lo interrumpió:
—He dicho Lavapiés.
El conductor arrancó.
Madrid a esa hora parecía una ciudad que no acababa nunca: luces amarillas, ruidos de frenos, bares abiertos, parejas discutiendo en portales. Bruno lo observaba todo sin emoción, como si estuviera vigilando una jaula llena de animales nerviosos.
Habían pasado dos años desde que Santos, su antiguo socio, le metió dos balas en el costado, le robó cuarenta millones de pesetas y desapareció con Carla, la mujer que había compartido cama con Bruno durante tres años. Dos años desde que un médico de un ambulatorio casi clandestino de Vallecas le dijera que probablemente no pasaría la noche.
Pero pasó la noche. Y las siguientes. Ahora solo quedaba una cosa pendiente: Recuperar su dinero. Y ajustar cuentas.

 

II. EL PRIMER PASO
El taxi avanzó hacia Lavapiés por calles que Bruno conocía de memoria. Bajó en la plaza, frente a un locutorio que antes había sido un bar paquistaní.
Pagó sin esperar cambio.
El barrio olía a fritanga, a marihuana barata y a tuberías viejas. La noche no ayudaba. Madrid, en los noventa, tenía rincones que parecían sacados de un mal sueño.
Bruno avanzó calle abajo hasta una puerta metálica pintada de azul. Llamó tres veces, pausa corta, dos veces más.
—¿Quién es? —preguntó una voz desde dentro.
—Lobo.
Hubo un silencio largo, incrédulo.
Después, la puerta se abrió.
El Tito, un gitano gordo y astuto, lo miró como si estuviera viendo a un fantasma.
—Hermano… —palideció—. Tú estabas muerto.
—Casi —respondió Bruno.
Entró sin pedir permiso.
El interior olía a whisky malo y humo denso. Había dos hombres cardando dinero y otro dormido en un sofá.
—Necesito saber dónde está Santos —dijo Bruno—. Y la mujer.
El Tito tragó saliva.
—Hace un año que no los veo. No sé nada.
Bruno lo miró sin pestañear.
—No he recorrido quinientos kilómetros para escuchar eso.
—Te lo juro —dijo el Tito—. Pero sé quién puede saberlo.
—Habla.
—Lorena Arce. Una abogada. Corredora de fondos para gente como vosotros. Si alguien sabe dónde se mueve tu exsocio, es ella.
Bruno asintió.
—Dame la dirección.
El Tito la escribió temblando.
Bruno salió sin despedirse.
En la puerta, antes de irse, el Tito dijo:
—Lobo… si sigues ese camino, solo encontrarás sangre.
Bruno se colocó el cuello de la chaqueta.
—No busco compañía.

 

III. LORENA
El despacho de Lorena Arce estaba en la Castellana, dentro de un edificio de cristal que reflejaba la ciudad como una mentira bien pulida. Bruno subió sin anunciarse.
Cuando entró, la mujer levantó la vista. Tenía unos cuarenta años, el pelo recogido, un traje caro. Parecía tan cansada como lista.
—No puede pasar sin cita.
—Ya lo he hecho —dijo Bruno.
La secretaria se levantó, pero Lorena levantó la mano:
—Déjalo. Quiero oírlo.
Bruno se sentó.
—Quiero saber dónde está Santos.
—No trato con delincuentes, señor…
—Lobo. Pero sí tratabas con él, según tengo entendido.
Ella lo miró sin pestañear.
—Ese tipo… desapareció. Se metió en un ajuste de cuentas con una banda del sur de Madrid. Diría que está muerto.
—No lo está.
Lorena suspiró.
—Supongamos que le doy información. ¿Qué gano yo?
Bruno sacó la carpeta de la chaqueta. La abrió. Dentro había fotos. Documentos. Nombres. Cuentas.
Era la forma más clara de decir: “Sé más de ti de lo que quieres que sepa.”
La abogada palideció.
—Estás loco.
—Puede ser. Pero necesito un nombre.
Ella respiró hondo.
—Última vez que supe de él estaba trabajando para una organización criminal nueva. Los «Nuevos Madrileños». Tráfico, cobros, ajustes. Sede en un bar de Tetuán: El Rayo.
Bruno se levantó.
—Gracias.
Ella lo retuvo un instante con la mirada:
—Ten cuidado, Lobo. Esa gente juega a otra escala.
Bruno respondió:
—Yo también.

 

IV. EL RAYO
El interior del bar era oscuro, lleno de humo y olor a grasa rancia. Tres hombres jugaban a las cartas en una mesa del fondo. Un cuarto vigilaba la entrada. Todos llevaban pinta de saber usar una pistola.
Bruno pidió una caña.
El camarero lo miró con desconfianza.
—No servimos a desconocidos.
—Busco a Santos —dijo Bruno.
El silencio se volvió pesado.
Uno de los jugadores se levantó despacio.
—Santos no quiere verte.
Bruno sonrió levemente.
—Entonces que venga él.
El hombre sacó una navaja.
No llegó a abrirla.
Bruno lo golpeó con una rapidez animal, directo al cuello, luego al estómago, y lo dejó caer como un saco de patatas. Los otros tres sacaron armas. Bruno volcó una mesa y se cubrió. Disparos. Botellas rotas. Gritos.
Cuando la nube de polvo y alcohol se asentó, dos estaban en el suelo. Uno herido, el otro inconsciente. Bruno presionaba la pistola contra la frente del tercero.
—Dónde. Está. Santos.
—Tiro… —balbuceó el tipo—. En un piso de Valdeacederas. Calle Pinos Alta. Número 19. Ático.
Bruno lo noqueó.
Y salió del bar con paso firme.

 

V. EL ÁTICO
El portal olía a humedad y lejía. Subió por las escaleras sin mirar atrás.
Cuando llegó al ático, escuchó movimiento dentro. Voces. Música.
Forzó la cerradura en silencio.
Dentro había dos hombres armados vigilando. No vio a Santos. No vio a Carla.
Pero sí vio una maleta negra, abierta sobre la mesa. Con dinero dentro. Mucho dinero.
Bruno respiró hondo.
No era el suyo, pero servía para llamar la atención. Justo cuando iba a marcharse con la maleta al hombro, la puerta interior se abrió. Era Carla. Tenía el pelo más corto, comprobó, ojeras profundas y un gesto cansado.
—Bruno… —susurró—. Pensé que estabas muerto.
—No estás muy lejos de conseguir lo mismo —respondió él.
Ella tragó saliva.
—Santos no está aquí. Ya no estoy con él.
—No he venido a pedirte explicaciones.
La mujer lo miró con un destello de culpa antigua:
—¿Qué vas a hacer?
—Cobrar lo que es mío.
—Te matarán.
—Que lo intenten.
Carla dio un paso hacia él.
—Bruno… Santos te traicionó porque tenía miedo. No porque yo…
Él la interrumpió:
—No quiero historias. Solo respuestas.
—Entonces no deberías haber vuelto.
Bruno salió sin mirar atrás.

 

VI. LA CAZA
La maleta robada actuó como un mensaje escrito con sangre. En 24 horas, toda la organización sabía que Bruno Lobo había vuelto. Sabían que iba detrás de Santos. Sabían que no iba a parar.
Madrid se convirtió en un tablero: estaciones, bares de copas, garajes, callejones de Tetuán, obras en Carabanchel, polígonos industriales en Alcobendas.
Bruno aparecía, preguntaba, golpeaba, avanzaba.
Un hombre le dijo:
—Santos trabaja ahora desde un garaje en Marqués de Viana. Es su refugio.
Otro:
—Tiene escolta. Y no quiere saber nada de ti.
Un tercero:
—Dice que te rematará esta vez.
Bruno caminaba como un lobo en invierno, sin sentir el cansancio.
Sabía que el final estaba cerca.

 

VII. EL GARAJE
El garaje era grande, sucio, lleno de coches robados y herramientas tiradas por todas partes. En el centro, una mesa improvisada servía como despacho. Y allí, sentado, con una pistola al alcance de la mano, estaba Santos.
Había envejecido. El pelo más fino. La piel más gris. Pero los ojos seguían siendo duros.
—Sabía que vendrías —dijo.
—Me debes cuarenta millones.
—Te debía. Dos años dan para gastarlos.
Bruno sonrió sin alegría.
—Entonces págame con tu vida.
Santos levantó la pistola, pero Bruno ya estaba en movimiento. Dos disparos. Uno fallado. Uno que rozó un hombro. Santos gritó. Bruno avanzó como un martillo. Lo tomó del cuello, lo estrelló contra la mesa.
—¿Dónde está mi dinero?
—Lo invertí. Lo perdí. Te engañé… Qué esperabas. Estábamos en esto juntos… pero no lo suficiente.
Bruno lo apretó más fuerte.
—Dime dónde está el resto.
—No hay resto.
Bruno levantó la pistola.
—Entonces solo te quedaba una deuda más.
Santos cerró los ojos. El disparo resonó en todo el garaje.

 

VIII. EPÍLOGO
Bruno salió a la calle, el sol rompiendo la bruma del amanecer. Madrid empezaba a despertar: panaderías abriendo, autobuses arrancando, niños con mochilas.
Llevaba consigo solo lo que había podido recuperar: la maleta de Valdeacederas. No era su dinero, pero era suficiente.
¿Qué haría con él?, se preguntaba. No lo sabía aún. Quizá se iría otra vez. Quizá desaparecería. Quizá esta vez, para siempre.
Pero mientras caminaba por Marqués de Viana, entre talleres y bares que olían a churros, pensó en algo que no había considerado en dos años: Seguía vivo.
Y eso, en su mundo, ya era una victoria.



©Humberto 2025  

Sueños de Neón en Oviedo

 

Sueños de Neón en Oviedo


 



1. La Llegada

A principios del verano de 1994 regresé a Oviedo tras cinco años estudiando, sin mucha aplicación, económicas en Madrid. La ciudad me recibió con un cielo que prometía lluvia, como siempre, y con ese olor a humedad vieja que se cuela entre las calles estrechas del casco antiguo. Viajaba ligero, con una maleta pequeña y la sensación de que me había perdido algo durante mi ausencia. Tenía un trabajo medio apañado en una asesoría que un primo de mi madre había abierto en la Avenida de Galicia, y más bien pocas expectativas.
Fue mi prima Marta quien me habló por primera vez de Antón Gascón.
—Vive en una mansión en el Naranco —me dijo mientras tomábamos una sidra en Gascona—. Da fiestas cada fin de semana. Cualquiera diría que es americano.
No le di mayor importancia. Pensé en uno de esos nuevos ricos que salieron como setas en los noventa: coches importados, trajes caros y discursos vacíos sobre oportunidades. Pero el nombre, vaya uno a saber por qué, quedó en mi memoria, flotando como una melodía apagada.

2. La Casa del Naranco

Una tarde de julio, Marta me arrastró a una de esas fiestas. Subimos en un taxi por la cuesta que serpenteaba hacia el Naranco, y de pronto apareció ante nosotros una casa enorme, modernista, con cristaleras enormes que brillaban como espejos y música electrónica saliendo de todas partes. Una multitud se movía por la terraza: gente trajeada —probablemente empresarios—, chicas con vestidos de colores estridentes y universitarios que parecían más interesados en las copas que en el paisaje.
Yo no conocía a nadie. Pero todos parecían conocer a Antón. No lo vi al principio, aunque se hablaba de él en cada esquina. «Llegó hace unos años»; «Dicen que ha vivido en Nueva York»; «Trabajó en algo de finanzas, no sé bien»; «Tiene un aire raro, elegante». En Oviedo, supe desde siempre, cualquier rareza se vuelve mito en dos días. 
Cuando por fin lo encontré, estaba de pie junto a una barandilla, mirando la ciudad iluminada. Llevaba un traje claro, distinto a los que usaba la gente de aquí, y un gesto tranquilo, casi afable, como si estuviera esperando a alguien.
—Hola —me dijo al verme acercar—. Soy Antón.

3. Conversaciones en la Penumbra

No sé por qué, pero me cayó bien desde el primer momento. Tenía una forma de hablar suave, ajena a la ostentación que lo rodeaba. Me preguntó por mi vida, por mis estudios, por mi regreso a Asturias. Escuchaba con la paciencia de quien tiene todo el tiempo del mundo.
—Pareces sorprendido —dijo cuando mencioné lo impresionante que era su casa.
—Bueno… no es común en Oviedo.
Antón sonrió, y por un instante vi en su mirada un destello de melancolía.
—No es nada si no tienes a alguien con quien compartirlo.
No insistí. Había sinceridad en esa frase, sin dramatismos, como quien constata que no hay leche en la nevera, pero también algo que parecía parte de un guion que llevaba años repitiendo.

4. La Mujer del Pasado

Con el paso de las semanas empecé a frecuentar las fiestas de Antón casi por costumbre. Me hablaba con una confianza que me halagaba, como si yo formara parte de un círculo íntimo del que nadie más parecía tener noticia.
Una noche, entre dos canciones de Mecano que habían puesto por capricho nostálgico, me dijo su secreto.
—Estoy esperando a alguien —confesó—. Alguien muy importante para mí.
Y me habló de Lucía. Habían sido novios en el instituto. La típica historia: él, un joven sin dinero; ella, hija de un empresario local. Cuando Antón se marchó a Estados Unidos para empezar de cero, prometieron reencontrarse. Pero los años pasaron y ella terminó casándose con un hombre «con futuro».
—Volvió a Oviedo hace poco —dijo—. Sé que lo hará. Vendrá una noche, a una de mis fiestas.
Lo dijo con una convicción envidiable, casi mágica. Yo no tuve valor para contradecirlo.

5. Interferencias

Empecé a trabajar más horas en la asesoría, pero seguía acudiendo a la casa del Naranco. Antón confiaba en mí y, sin saber cómo, me convertí en una especie de confidente. Él me contaba sus planes, sus recuerdos, sus esperanzas. Me hablaba de Lucía como si fuese una presencia inevitable, un destino escrito.
Una tarde, mientras Marta y yo tomábamos un café en la Plaza del Fontán, vi a Lucía por primera vez —la reconocí por una foto en sepia que él me había mostrado—. Llevaba un vestido sencillo, elegante, y empujaba un carrito con su hijo. A su lado caminaba su marido, un abogado de aspecto impecable. Estaban riendo. Lucía tenía un aire tranquilo, de persona que ha encontrado su hueco en el mundo.
No tuve el valor de decírselo a Antón.

6. El Reencuentro

Pero el destino, o la testarudez humana, terminó juntándolos.
Sucedió en una fiesta especialmente concurrida. Yo estaba en la terraza cuando escuché un murmullo que crecía. Me di la vuelta y la vi entrar. Lucía, con un vestido azul, acompañada por una amiga. Se había separado hacía unos meses, supe después.
La reacción de Antón fue silenciosa: simplemente palideció y avanzó hacia ella como si el mundo se hubiera detenido.
No quiero repetir lo que se dijeron; algunas memorias son ajenas, privadas. Solo diré que se los vio hablar, reír, emocionarse. Parecían dos personas que recordaban algo que no sabían si había sucedido de verdad. La fiesta siguió a su alrededor como si fuera un decorado.
Esa noche, al despedirnos, Antón tenía un brillo en los ojos que nunca le había visto.
—Todo va a ser distinto ahora —dijo.

7. El Sueño y la Ciudad

Durante unas semanas, Oviedo pareció más luminosa. Antón y Lucía se vieron varias veces. Él hablaba de comprar una casa juntos, de empezar una vida nueva, de recuperar el tiempo perdido.
Pero yo sabía que algo no encajaba.
Lucía quería a Antón, sí, pero también quería proteger a su hijo, mantener cierta estabilidad, no romper del todo con su pasado. Antón no lo entendía. Él vivía en un sueño trazado durante años, un sueño al que no estaba dispuesto a renunciar.
—No puedo volver atrás —me dijo un día—. No puedo conformarme.

8. La Tormenta

La tensión estalló una noche de agosto. Lucía llegó a la casa acompañada de su exmarido, que exigía hablar con Antón. Discutieron en el jardín, lejos de la música. Yo estaba cerca, aunque intenté no escuchar.
Pero hubo gritos.
Y después silencio.
Cuando volví a ver a Antón, estaba solo, de pie junto a la barandilla. Miraba Oviedo como si fuera una ciudad desconocida.
—Se acabó —me dijo—. Él no va a permitir que estemos juntos.
Quise decirle que quizá era lo mejor, que los sueños, cuando se fuerzan demasiado, terminan por romperse. Pero guardé silencio.

9. La Caída

Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos. No hubo fiestas. La música dejó de escucharse en la casa del Naranco. Antón se comportaba como un hombre agotado, pero también resuelto.
Una noche me llamó para despedirse.
—Me marcho —dijo—. Ya no hay nada que me retenga aquí.
Intenté convencerlo de que lo pensara, pero solo escuché que exhalaba una sonrisa. Hubo un breve silencio.
—Gracias por todo, de verdad. Eres el único amigo que he tenido desde que volví.
Y colgó.
A la mañana siguiente, supe la noticia.
La policía encontró su coche en una curva cerrada de la carretera del Naranco. No había señales de frenada. Algunos hablaron de accidente; otros, de desesperación. Yo no dije nada.

10. Epílogo: El Eco de un Sueño

La casa del Naranco quedó vacía durante meses. Un día pasé por allí y vi que la estaban desalojando: los muebles envueltos en plástico, las cristaleras sin luz. Nadie volvió a hablar de las fiestas.
A veces subo al mirador del Cristo para ver la ciudad al atardecer. Desde allí, Oviedo parece un lugar inmenso, lleno de vidas que siguen adelante sin recordar lo que dejaron atrás.
Pienso en Antón. En su fe ciega en un sueño. En su amor por algo que quizá solo existió en su memoria.
Y entiendo que, en el fondo, todos somos un poco como él: caminamos entre la lluvia buscando luces que ya se han apagado, intentando reconstruir un pasado que nunca vuelve, deseando que, una noche cualquiera, algo o alguien nos rescate del olvido.
Porque al final, la ciudad no cambia. Cambiamos nosotros.







© Humberto 2025