EL DINERO DE LAVAPIÉS
Madrid, 1996
I. EL REGRESOEl tren nocturno llegaba a Chamartín con un retraso que nadie parecía dispuesto a explicar. En el andén, la gente se movía con prisa, empujando maletas, bostezando, buscando taxis. Él caminaba entre ellos sin prestar atención a nada: ni a la megafonía, ni a los policías aburridos en la entrada, ni a la niebla sucia que se colaba desde las vías.Su nombre —o el que usaba entonces— era Bruno Lobo. Cuarenta años. Alto, seco, mirada gris como la ceniza en un cenicero. Volvía a Madrid después de dos años desaparecido. Dos años en que, para la mayoría, lo dieron por muerto.No traía equipaje. Solo una carpeta vieja, plana, dentro de la chaqueta.En la salida vio un taxi libre.—A Lavapiés —dijo.El taxista lo miró por el retrovisor.—A estas horas no es zona muy…Bruno lo interrumpió:—He dicho Lavapiés.El conductor arrancó.Madrid a esa hora parecía una ciudad que no acababa nunca: luces amarillas, ruidos de frenos, bares abiertos, parejas discutiendo en portales. Bruno lo observaba todo sin emoción, como si estuviera vigilando una jaula llena de animales nerviosos.Habían pasado dos años desde que Santos, su antiguo socio, le metió dos balas en el costado, le robó cuarenta millones de pesetas y desapareció con Carla, la mujer que había compartido cama con Bruno durante tres años. Dos años desde que un médico de un ambulatorio casi clandestino de Vallecas le dijera que probablemente no pasaría la noche.Pero pasó la noche. Y las siguientes. Ahora solo quedaba una cosa pendiente: Recuperar su dinero. Y ajustar cuentas.
II. EL PRIMER PASOEl taxi avanzó hacia Lavapiés por calles que Bruno conocía de memoria. Bajó en la plaza, frente a un locutorio que antes había sido un bar paquistaní.Pagó sin esperar cambio.El barrio olía a fritanga, a marihuana barata y a tuberías viejas. La noche no ayudaba. Madrid, en los noventa, tenía rincones que parecían sacados de un mal sueño.Bruno avanzó calle abajo hasta una puerta metálica pintada de azul. Llamó tres veces, pausa corta, dos veces más.—¿Quién es? —preguntó una voz desde dentro.—Lobo.Hubo un silencio largo, incrédulo.Después, la puerta se abrió.El Tito, un gitano gordo y astuto, lo miró como si estuviera viendo a un fantasma.—Hermano… —palideció—. Tú estabas muerto.—Casi —respondió Bruno.Entró sin pedir permiso.El interior olía a whisky malo y humo denso. Había dos hombres cardando dinero y otro dormido en un sofá.—Necesito saber dónde está Santos —dijo Bruno—. Y la mujer.El Tito tragó saliva.—Hace un año que no los veo. No sé nada.Bruno lo miró sin pestañear.—No he recorrido quinientos kilómetros para escuchar eso.—Te lo juro —dijo el Tito—. Pero sé quién puede saberlo.—Habla.—Lorena Arce. Una abogada. Corredora de fondos para gente como vosotros. Si alguien sabe dónde se mueve tu exsocio, es ella.Bruno asintió.—Dame la dirección.El Tito la escribió temblando.Bruno salió sin despedirse.En la puerta, antes de irse, el Tito dijo:—Lobo… si sigues ese camino, solo encontrarás sangre.Bruno se colocó el cuello de la chaqueta.—No busco compañía.
III. LORENAEl despacho de Lorena Arce estaba en la Castellana, dentro de un edificio de cristal que reflejaba la ciudad como una mentira bien pulida. Bruno subió sin anunciarse.Cuando entró, la mujer levantó la vista. Tenía unos cuarenta años, el pelo recogido, un traje caro. Parecía tan cansada como lista.—No puede pasar sin cita.—Ya lo he hecho —dijo Bruno.La secretaria se levantó, pero Lorena levantó la mano:—Déjalo. Quiero oírlo.Bruno se sentó.—Quiero saber dónde está Santos.—No trato con delincuentes, señor…—Lobo. Pero sí tratabas con él, según tengo entendido.Ella lo miró sin pestañear.—Ese tipo… desapareció. Se metió en un ajuste de cuentas con una banda del sur de Madrid. Diría que está muerto.—No lo está.Lorena suspiró.—Supongamos que le doy información. ¿Qué gano yo?Bruno sacó la carpeta de la chaqueta. La abrió. Dentro había fotos. Documentos. Nombres. Cuentas.Era la forma más clara de decir: “Sé más de ti de lo que quieres que sepa.”La abogada palideció.—Estás loco.—Puede ser. Pero necesito un nombre.Ella respiró hondo.—Última vez que supe de él estaba trabajando para una organización criminal nueva. Los «Nuevos Madrileños». Tráfico, cobros, ajustes. Sede en un bar de Tetuán: El Rayo.Bruno se levantó.—Gracias.Ella lo retuvo un instante con la mirada:—Ten cuidado, Lobo. Esa gente juega a otra escala.Bruno respondió:—Yo también.
IV. EL RAYOEl interior del bar era oscuro, lleno de humo y olor a grasa rancia. Tres hombres jugaban a las cartas en una mesa del fondo. Un cuarto vigilaba la entrada. Todos llevaban pinta de saber usar una pistola.Bruno pidió una caña.El camarero lo miró con desconfianza.—No servimos a desconocidos.—Busco a Santos —dijo Bruno.El silencio se volvió pesado.Uno de los jugadores se levantó despacio.—Santos no quiere verte.Bruno sonrió levemente.—Entonces que venga él.El hombre sacó una navaja.No llegó a abrirla.Bruno lo golpeó con una rapidez animal, directo al cuello, luego al estómago, y lo dejó caer como un saco de patatas. Los otros tres sacaron armas. Bruno volcó una mesa y se cubrió. Disparos. Botellas rotas. Gritos.Cuando la nube de polvo y alcohol se asentó, dos estaban en el suelo. Uno herido, el otro inconsciente. Bruno presionaba la pistola contra la frente del tercero.—Dónde. Está. Santos.—Tiro… —balbuceó el tipo—. En un piso de Valdeacederas. Calle Pinos Alta. Número 19. Ático.Bruno lo noqueó.Y salió del bar con paso firme.
V. EL ÁTICOEl portal olía a humedad y lejía. Subió por las escaleras sin mirar atrás.Cuando llegó al ático, escuchó movimiento dentro. Voces. Música.Forzó la cerradura en silencio.Dentro había dos hombres armados vigilando. No vio a Santos. No vio a Carla.Pero sí vio una maleta negra, abierta sobre la mesa. Con dinero dentro. Mucho dinero.Bruno respiró hondo.No era el suyo, pero servía para llamar la atención. Justo cuando iba a marcharse con la maleta al hombro, la puerta interior se abrió. Era Carla. Tenía el pelo más corto, comprobó, ojeras profundas y un gesto cansado.—Bruno… —susurró—. Pensé que estabas muerto.—No estás muy lejos de conseguir lo mismo —respondió él.Ella tragó saliva.—Santos no está aquí. Ya no estoy con él.—No he venido a pedirte explicaciones.La mujer lo miró con un destello de culpa antigua:—¿Qué vas a hacer?—Cobrar lo que es mío.—Te matarán.—Que lo intenten.Carla dio un paso hacia él.—Bruno… Santos te traicionó porque tenía miedo. No porque yo…Él la interrumpió:—No quiero historias. Solo respuestas.—Entonces no deberías haber vuelto.Bruno salió sin mirar atrás.
VI. LA CAZALa maleta robada actuó como un mensaje escrito con sangre. En 24 horas, toda la organización sabía que Bruno Lobo había vuelto. Sabían que iba detrás de Santos. Sabían que no iba a parar.Madrid se convirtió en un tablero: estaciones, bares de copas, garajes, callejones de Tetuán, obras en Carabanchel, polígonos industriales en Alcobendas.Bruno aparecía, preguntaba, golpeaba, avanzaba.Un hombre le dijo:—Santos trabaja ahora desde un garaje en Marqués de Viana. Es su refugio.Otro:—Tiene escolta. Y no quiere saber nada de ti.Un tercero:—Dice que te rematará esta vez.Bruno caminaba como un lobo en invierno, sin sentir el cansancio.Sabía que el final estaba cerca.
VII. EL GARAJEEl garaje era grande, sucio, lleno de coches robados y herramientas tiradas por todas partes. En el centro, una mesa improvisada servía como despacho. Y allí, sentado, con una pistola al alcance de la mano, estaba Santos.Había envejecido. El pelo más fino. La piel más gris. Pero los ojos seguían siendo duros.—Sabía que vendrías —dijo.—Me debes cuarenta millones.—Te debía. Dos años dan para gastarlos.Bruno sonrió sin alegría.—Entonces págame con tu vida.Santos levantó la pistola, pero Bruno ya estaba en movimiento. Dos disparos. Uno fallado. Uno que rozó un hombro. Santos gritó. Bruno avanzó como un martillo. Lo tomó del cuello, lo estrelló contra la mesa.—¿Dónde está mi dinero?—Lo invertí. Lo perdí. Te engañé… Qué esperabas. Estábamos en esto juntos… pero no lo suficiente.Bruno lo apretó más fuerte.—Dime dónde está el resto.—No hay resto.Bruno levantó la pistola.—Entonces solo te quedaba una deuda más.Santos cerró los ojos. El disparo resonó en todo el garaje.
VIII. EPÍLOGOBruno salió a la calle, el sol rompiendo la bruma del amanecer. Madrid empezaba a despertar: panaderías abriendo, autobuses arrancando, niños con mochilas.Llevaba consigo solo lo que había podido recuperar: la maleta de Valdeacederas. No era su dinero, pero era suficiente.¿Qué haría con él?, se preguntaba. No lo sabía aún. Quizá se iría otra vez. Quizá desaparecería. Quizá esta vez, para siempre.Pero mientras caminaba por Marqués de Viana, entre talleres y bares que olían a churros, pensó en algo que no había considerado en dos años: Seguía vivo.Y eso, en su mundo, ya era una victoria.
©Humberto 2025
No hay comentarios:
Publicar un comentario