Vistas de página en total

lunes, 26 de octubre de 2026

CUANDO EL DOLOR SE VUELVE PENSAMIENTO. PEMÁN

 

CUANDO EL DOLOR SE VUELVE PENSAMIENTO



ESTOY en momentos propicios para que el pavoroso problema alma-cuerpo se le plantee a uno no como perspectiva filosófica o abstracta, sino como urgencia bien concreta. Los seres queridos que se van se quedan de algún modo en la vida de otro ser. Cuando un tren arranca llevándose a una persona, esta no se va del todo si queda en el andén el amor de otro.

Hay muchos temas o proposiciones en la fe que decimos que son oscuros y misteriosos. La verdad es que son clarísimos, puesto que su expresión verbal es diáfana como la luz. «Esto es mi Cuerpo»: más claro, imposible. «La resurrección de la carne»: ni el vocabulario ni la gramática sufren distorsión alguna en ese enunciado. Son planteamientos clarísimos para la mente. Para lo que son oscurísimos es para la imaginación. Todo eso yo puedo creerlo sin esfuerzo; lo que no puedo es imaginármelo, por mucho esfuerzo que haga.

La resurrección de la carne en el último día es cosa clara, lógica e imaginable. Pero ¿qué es, mientras tanto, la existencia del ser que se fue? ¿Qué es un espíritu sin cuerpo que le sirva de instrumento? ¿Qué es un pensamiento sin cerebro que lo organice, lo comunique o lo guarde? Nunca ha existido un alma humana sin un cuerpo creado especialmente para ella.

Los bienaventurados de la Divina Comedia le dicen a Dante que son felices, pero echan de menos el cuerpo: «la carne de que fiú revestita la nostra persona». Por eso Leonardo da Vinci decía genialmente que la muerte era «un desastre para el alma». El alma se queda sin amigo, sin criado, sin pies y sin manos; sin asno en que cabalgar, en una concepción franciscana del tema; sin belleza que exhibir, en una concepción apolínea; sin cerebro para pensar, en una simple concepción psicosomática.

Ya se comprende qué terreno bien abonado era mi espíritu dolorido para recibir unas letras de Carmen Gayarre Gil, en las que me transmite sus hechos y sus sueños en torno a la Fundación Centro de Enseñanza Especial para subnormales o retrasados.

Hace años que conocí a la señora de Gil, a quien me presentó mi entrañable don Carlos Jiménez Díaz, llevándole un problema concreto de subnormalidad infantil. La señora Gil me dijo esa frase desgarradora que habría repetido cientos de veces: «No puedo hacer nada para su problema. En España no hay nada todavía para estos casos».

Para un alma y una vocación tan arrebatadas como las de la señora Gil, cada «no» de ese tipo debía de ser como una puñalada que la convertiría en verdadera Dolorosa, con su panoplia de negativas dramáticas que la purificaban y la disponían para el luminoso «sí» de esa Fundación que ahora puede ofrecer a tantos dolores y tantas esperanzas de muchos españoles.

Todo eso está en la línea de esa especie de «escalada» social y científica que ahora, de pronto, ha planteado redondamente en medio de la vida española el problema de los inferiores y retrasados.

La filosofía, a menudo por caminos turbios y negativos, y la fe, por caminos positivos y esperanzadores, se han volcado sobre el problema central del «hombre»: para los unos, porque así pretenden cubrir de alguna manera, con lo único que les queda, la vacante de Dios; para los otros, porque es un modo cristiano de completar la redención de toda esa humanidad deficiente, para la que Velázquez mojó sus pinceles en caridad y humanismo, disimulados en la objetividad con que representó a sus modelos de bobos, enanos y jorobados.

En esa línea está esa última madurez del amor y de la ciencia que se vuelca sobre los seres tarados o retrasados.

El subnormal, sí, es esa «catástrofe para el alma» de que hablaba Leonardo. No es la separación del alma y el cuerpo. Es, con más refinado dolor, la rebeldía del cuerpo que abandona el servicio del espíritu. Es la miniatura deforme de una trágica desobediencia de las manos, los pies, los ojos y la lengua.

El subnormal cruza a nuestro lado por la vida como una «checa» individual y ambulante para martirizar al propio espíritu, que debió ser dueño de aquel cuerpo. Parece, a una dura y despiadada primera vista, algo así como una «bufonada», como un espectáculo para el regocijo de la altivez feudal de los sanos. Pero es mucho más. Cada retrasado ofrece, ante nuestra frialdad de espectadores olímpicos, la tragedia de un Prometeo encadenado.

Sus gritos animalescos no son nunca simples quejas de dolor. Todo subnormal grita en el Cáucaso solitario y abrupto de una tragedia prometeica y máxima.

Es ahora cuando el hombre empieza a tomar conciencia de ese hundimiento abismático que lleva en sí la partícula «sub». El cristianismo —lo escribí hace poco— convoca a todos a esa batalla contra el subdesarrollo, el suburbio y el subnormal.

Tan dramático y doloroso considera el cristiano ese «sub», con resonancias de cripta, subterráneo o refugio, que hasta busca un rodeo léxico para evitarlo. En el vocabulario internacional se evita cada vez más el rótulo deprimente «nación subdesarrollada» para decir «nación en vías de desarrollo». Así querría el nuevo humanismo de la caridad que el subnormal se nombrase y existiera como un ser en devenir de normalidad; en ascenso hacia la norma y la regla; en cualquier caso, hacia la esperanza.

Al lado de ese hundimiento de la trágica partícula «sub», las palabras «normal» o «regular», que venían considerándose como un deslucido y perezoso conformarse con la «norma» o la «regla», entendidas ambas con un mínimo existencial, han empezado a pensarse como niveles excelsos y cotas de sobrenaturaleza.

Por eso, la señora Gayarre de Gil no ha disuelto su entusiasmo en ninguna espectacularidad que pudiera ser tan vistosa como insuficiente. Paso a paso, a través de su «no» desgarrador de tantos años, ha llegado, con tenacidad de ciencia, de orden y de economía, al luminoso «sí» de la Fundación, pensada y sentida como una irreversible seguridad.

Dijo el poeta: «Lo más amargo del dolor humano es que el dolor se vuelva pensamiento...». Pero la señora Gil ha andado sin miedo y sin descanso toda su vía de amargura. Se ha vestido de rigidez científica y de puntualidad administrativa. Y así ha realizado su permanente ilusión: meter en un orden de pensamiento todo el desorden bendito del Amor.


José María PEMÁN

De la Real Academia Española

No hay comentarios:

Publicar un comentario