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domingo, 25 de octubre de 2026

Licencia para reír. Pemán

 Licencia para reír



Por José María Pemán De la Real Academia Española

Todo lector se ha sentido confortado y satisfecho ante esa fotografía que, a toda plana, publicó «Blanco y Negro», en la que el Santo Padre y Eisenhower reían a todo reír en la sala vaticana donde se celebraba la diplomática visita. No sonreían según el esfumado figurín convencional, tradicional en la diplomacia y en la fotografía. No; reían estrepitosamente. Ike se echaba para atrás para que su diafragma expeliera mejor su torrecilla de carcajadas. Juan XXIII se echaba hacia adelante como persiguiendo, para recogerla y hacerla retroceder, su propia risa fugada. Probablemente la viñeta se corresponde a ese momento, revelado por las agencias telegráficas, en que Su Santidad asombró al presidente haciendo unos pinitos en la lengua inglesa que ahora está aprendiendo. Con su ancha humanidad humilde del gran párroco de la Cristiandad torpe, ante Ike, su inglés incipiente. Y ambos rieron conmovedoramente de la dulce facilidad pontificia en materias de filología... Parece un episodio intrascendente y puede tener insospechadas resonancias. La Cristiandad toda se habrá sentido confortada como cuando dice un superior: «Podéis ir a misa». La Cristiandad, en estas horas de la filosofía de la angustia, del pesimismo crítico, anota esa especie de alta licencia vaticana. Entonces... ¿se puede reír?

Ya antes se había tomado la delantera otra de las fuerzas severas y trascendentes del espíritu: la Cultura. También la risa acampó en otra de las provincias de la seriedad empinada. En esa especie de Vaticano de las Letras que es la Academia Francesa, bajo esa otra cúpula famosa, también ha sonado esa música específicamente humana que es la carcajada. Muchos cronistas lo anotaron entre maliciosos y absortos: en el palacio del bostezo se ha reído «como en cualquier teatrillo de bulevar». Ingresaban, efectivamente, en la casa de las severas formas, dos grandes maestros de la comicidad: Marcel Achard y Marcel Pagnol. «Patatze» y «Topace» subieron al estrado de la Academia Francesa y no economizaron sus ingeniosidades, sus burlas, sus bufonadas. Se desinfectó aquel día el recinto de exigencias cartesianas. Entraron los cascabeles de la farsa en la fábrica de ese apretado diccionario francés en el que no entran dos quintas partes de las palabras de la calle. Molière, a quien no admitió la Academia por ser cómico, se sintió vengado en aquella solemne y riente sesión.

Probablemente en una y otra risa —la vaticana y la académica— se recobraban muchos valores injustamente reseñados. Las dos anchas clientelas abrigadas por una y otra cúpula tenían cuentas atrasadas con la risa. La Cristiandad sale ahora de un cierto túnel puritano y jansenista. Ante ciertas claudi­caciones del Renacimiento y la Modernidad, la Reforma ensayó el volver a partir de cero; y aun dentro de la ortodoxia, cierto cristianismo crítico, de «talante protestante», coreó esa exigencia haciendo objeciones a la Iglesia a nombre de su propio Evangelio y de su propio Fundador. Se quería repetir el momento germinal, absoluto y vehemente de la Iglesia primera, no insertada todavía en el mundo porque se sentía fugaz y provisional, esperando en su propia generación la «parusía» o nueva venida de Cristo. Pero la “parusía” no llegó; y la Iglesia tuvo que ir acumulando siglo sobre siglo; circunstancia sobre circunstancia. Es esta inserción en lo temporal lo que construyó aquella Iglesia medieval con su teatro en los porches; con aquel baile del obispo y los canónigos en los trascoros de algunas basílicas; con aquella “sonrisa de Reims” que, por primera vez, descompuso la impasibilidad de las estatuas clásicas con la esperanzada alegría de la auténtica imaginería cristiana. Todo esto se ennegreció después con reformismos, puritanismos y severidades pascalianas y jansenistas. Pero la otra tarde en la biblioteca Vaticana, guiados por la batuta del Padre y coreados por un protestante americano, han vuelto a reír San Francisco de Asís y fray Junípero, el «truhán del cielo»; y San Francisco de Sales, el simpático; y Santa Teresa, la bromista; y San Felipe Neri, el que bailaba para alegrar a un enfermo, y para predicar la humildad salía por las calles de Roma dando brincos con media barba afeitada y media no. Y hasta aquel padre Joseph Boneta, que escribió un delicioso librito que se titulaba así: “Gracias de la Gracia; saladas agudezas de los Santos y ejemplos de cómo practicaban la virtud de la Eutrapelia”.

Pero la cultura, sin saberlo a veces ella misma, sigue en líneas más bajas las incidencias de la espiritualidad. También ella ha sufrido su tenebrosidad jansenista. Las letras francesas enfermaron también de un cierto puritanismo cortesano que no era en ellas nativo ni vital. Sobre muchos productos neoclásicos y académicos del siglo XVIII, desde la pureza de Racine a la elegancia de Bossuet, se refleja como un gesto imperativo de Luis XIV y sus cortesanos, ordenando moderaciones y tesituras e imponiendo como se le impone a un criado en un salón —un poco de sordina a esa risa gozosa y goliardesca, tan de la Francia profunda, que va desde Rabelais a Balzac, porque Francia, en cuanto afloja la tensión directiva, recae en el desorden vital. En cuanto Boileau se distrae un poco, Rabelais, Balzac o Céline pronuncian «le mot de Cambronne». No lo han pronunciado precisamente los dos Marcel —Achard y Pagnol—, pero han reclamado bajo la cúpula de lo «académico» su honor y su sitio para ese ruido tan antiacadémico y tan francés que es la carcajada. Porque en Francia lo académico, lo jansenista o lo autoritario es como el tapón en el champagne. Cuando salta se derrama la espuma.

Y como el mundo todo se ha orientado y regido mucho en lo espiritual y en lo cultural por esas dos cúpulas —guardadas las distancias—, toda la humanidad culta ha cruzado un tanto, a la zaga de esas locomotoras, por el túnel alumbrado de lo puritano. La misma nación la ven y rectora de América, mientras pasea por el mundo la sonrisa abierta de su presidente y publica en las pantallas mejores optimismos deportivos o musicales; en sus más altas líneas culturales y dramáticas traiciona la risa y expende la retorcida y morbosa angustia social y sexual de sus viajantes y sus ninfas a quienes provoca deseo hasta el tranvía que pasa. Y la misma Francia, tan cabaretera y acompañada, hace agüita a los autores cómicos, como a Molière a la puerta de la Academia, mientras se extasía con la tiesura nihilista de Sartre o la impavidez de la Sagan, que cuenta las indecencias con seriedad de evangelios. Quizá los que mejor se han arreglado han sido los ingleses, porque como en ellos el puritanismo ha sido dulce hipocresía, lo han guardado para sus formas educadas mientras han dejado que se rían de ellos sus mejores literatos: Dickens, de «Pickwick»; Oscar Wilde, Bernard Shaw. Todos ellos son grandes autores ingleses en la misma medida en que son anti-ingleses por definición.

Nosotros tampoco hemos estado exentos del contagio. No hay pueblo donde sea más forzada una filosofía de la angustia. Nosotros hemos dicho siempre “tomar las cosas con filosofía” a la actitud de riente aceptación. Pero no hemos sido justos con la risa tampoco. No hemos dado todo el valor que tiene a esa fila excepcional de nuestros autores cómicos que va desde Jardiel a Llopis, Paso, Mihura. Ellos prosiguen una de las líneas más netas y sanas de nuestras letras: desde el Arcipreste a la picaresca y a don Ramón de la Cruz. No hemos sido justos cuando después de reír sanamente dos horas, poniéndonos el abrigo en nuestra butaca, recobrábamos nuestra seriedad asnal: «Nos hemos reído. Pero, ¿qué tontería?».
La tontería será no enterarse de que la Vaticana y la Academia Francesa han dado licencia para reír.

José María PEMÁN 

De la Real Academia Española

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