MIENTRAS por el cielo Borman, Lovell y Anders cumplen la máxima hazaña espacial, por la tierra Pedro de Lorenzo, extremeño de pro, cumple una gran hazaña terrena: una hazaña andariega e investigadora, de versos, piedras y ríos.
A la empresa cósmica, los cálculos y las exactitudes previas le dan un carácter de rigor científico. A la empresa española, caminante y fluvial, la libertad de iniciativa, el azar y el vagabundeo le dan todavía sentido quijotesco.
Pedro de Lorenzo ha escrito su Viaje de los ríos de España como quien construye un barco difícil con apoyos de maderamen, gálibos y arbotantes de cebo y estopa, que le sirvan de dique maternal, de lecho para su lanzamiento y botadura. Tuvo, para el reposo de escribir el libro, beca o pensión de la Fundación March. Para su estampa y publicación, turno y acogida de la Editora Nacional; y ahora, ya de regreso el caminante, el Premio Nacional de Literatura, que se decora con el nombre de «Azorín».
Todo está en orden. En América, millones para ir a la Luna. En España, unas frágiles bolsas de estudiante o peregrino para ir a los ríos. Todo está en orden. Y esa conjunción de impulsos y ayudas estatales y esfuerzo creador individual sitúa perfectamente el libro donde están su alma y su sentido: en una especie de renovación del «despotismo ilustrado»; en un modo y estilo de Ilustración dieciochesca, a lo Jovellanos, a lo Moratín, a lo Ceán.
Porque ha sido muy expeditivo y ligero ese lugar común o bache intelectual en que cayeron tantos, que de una plumada despachaban el siglo XVIII con un marbete o precinto expeditivo de afrancesamiento o descastado desvío de la tradición.
Por el contrario, es el XVIII el siglo en que España se decidió a conocerse a sí misma, atravesando con resuelto empuje crítico la bruma triunfalista y apologética de nuestro siglo barroco y dorado. Feijoo, Sarmiento, Burriel o el padre Flórez escudriñan en nuestros archivos. Por primera vez, cachean a España y le piden la documentación. Porque el «documento» queda y el adjetivo se esfuma. Por su parte, Mayáns, Forner, Masdeu, Lampillas y Moratín refrescan nuestras letras clásicas.
Por otro lado, Ponz, Ceán, Piferrer, hasta Quadrado, viajan por el interior de España. Es lo que había hecho don Quijote, con tan rico botín de revelaciones nacionales y universales. Detrás fueron todos esos peregrinos enamorados, piedra a piedra. Detrás, aldea a aldea, Azorín. Detrás, valle a valle, Víctor de la Serna. Detrás, modismo a modismo, palabra a palabra, o incluso palabrota a palabrota, Camilo Cela. Detrás, río a río, Pedro de Lorenzo.
Dentro de esta variedad de mapas o «michelines» geoliterarios, casi diría yo que Pedro de Lorenzo escogió la mejor parte. En nuestra cuadriculada geografía cantonal de valles y sierras, son los ríos, encapsulados en esas tuberías geodésicas, los que humedecen nuestra altivez y desplante.
Desde que le sirvieron a Jorge Manrique de imagen total para la vida —«nuestras vidas son los ríos»—, nuestros ríos tienen vida intelectual y curso reflexivo. Algunos dan truchas, otros salmones, incluso algunos, en el sur, esturiones y caviar; pero lo que dan todos es filosofía hispana, sonetos y canciones; estas últimas, para ablandar aquella primera; humedad de verso para hacer barro maleable de la sequedad política y filosófica del ser español.
Porque la cifra casi estremecedora de España está en esa paradoja que late en todo el espléndido y paciente libro de Pedro de Lorenzo: todo él es un libro que, aun siendo viajero de ríos, sabe a viaje «tierra adentro».
Es un libro polvoriento, pedregoso, artesonado de sol y nube y alfombrado de escarcha y piedra, como lo es el Quijote, que solo al final va a Barcelona a descubrir el Mediterráneo.
El gran escritor y entrañado español que es Pedro de Lorenzo —conquistador extremeño de nuevos mundos interiores— ha querido, desde el inicio de su libro, desde la elección de su tema, hacer paces con el agua. Ha buscado al río como camino y traza, y ha librado la fiera batalla del río con el valle y la sierra.
Se ha resistido a ese chupón o tironazo del interior hispánico que sorbe a los hombres de la periferia y se lleva al bilbaíno Unamuno a Salamanca; al levantino Azorín, a la Mancha; al sevillano Machado, a Soria.
Es muy difícil despegar los zapatos de los españoles del polvo y del barro. Cuando comprendió el español su destino marítimo, lo comprendió de manera tan seca y convencional que, al hacer un esfuerzo titánico por ganarle la mar a los ingleses, su último adjetivo triunfalista —«invencible»— se le convirtió en mote y zumba de una escuadra vencida y rota.
Así, su mayor gloria de mar fue Lepanto: victoria lograda por el «abordaje», o sea, por la juntura de cubierta a cubierta, que improvisaba así, sobre el movible y líquido elemento, su pequeña meseta de Castilla para el andar de don Quijote o el cuerpo a cuerpo de la infantería.
Pedro de Lorenzo, Pizarro de nuestros Perús interiores, se mete tierra adentro, exorcizando e hisopando la paramera, la sierra o la llanura con versos humanos y fluviales.
Cumpliendo su tarea con la seriedad de un investigador, encuentra, como oasis verdes y amenos, ninfas en el Henares; pastoras en el Tajo; serranas en el Guadarrama y en el Tormes; señoras de buena sociedad en el Guadalquivir o en el Genil.
Garcilaso, que iba a ser el gran poeta del amor, murió joven en la guerra con Francia. El divino Herrera, que iba a ser el gran poeta de la guerra, se diluyó en sonetos petrarquescos para doña Leonor de Milán. La guerra nos privó de muchos sonetos de amor, y el amor nos privó de muchas canciones de guerra.
Todo lo demás —Duero, Guadiana, Ebro— es pura epopeya. España, definida como tierra del Cid o de Fernán González. El español humaniza el paisaje, pero lo humaniza con sentido de cíclope o gigantón en pelea brazo a brazo. El español ve el paisaje como una hercúlea fisiología, derrotada y tumbada delante de él, como Goliat delante de David.
Y así lo denuncia en su vocabulario: la espalda de la sierra; la garganta del río; el pie de la colina; los ojos del Guadiana. Y cuando el Tajo se decide a profetizar bajo la pluma de fray Luis, lo primero que hace es sacar el pecho: «el río sacó fuera el pecho y habló de esta manera».
El río profetiza con ademán desafiante y chulesco. Nuestros ríos se abren en todas direcciones como las patas de un inmenso lagarto espachurrado. Y como se ven vencidos por la meseta, todos los ríos se vuelven iracundos y torrenciales. No «corren»: se tiran desde la altiplanicie; se suicidan.
Apenas quedan trozos sosegados para las ninfas, el amor y el soneto. Guadalquivir y Genil, apenas, para el endecasílabo. Casi todo lo demás, para el alejandrino y la gesta.
El libro impar de Pedro de Lorenzo es de un redondo y total españolismo. El noventa y ocho, con su pasión regeneradora, anticipa la divisa juvenil, crítica y militante: «Amamos a España porque no nos gusta».
Pedro de Lorenzo es ese nuevo tipo de español que ama a España porque le gusta: le gusta la tierra adentro, el pedregal, el río bravo, la guerra ideológica, los toros, el género chico. Le gusta la ascética desnudez del suelo. Eso que hacía decir a Keyserling que Castilla la Vieja era el único sitio de la Tierra donde él había visto el planeta. Y que hacía decir a Waldo Frank: «El Guadiana marcha sin un árbol hacia el sur... Es un río sediento, que añora las colinas de su juventud...».
Si el río tiene sed, ¿qué habrá en España que no tenga sed? Hay una sed española multiforme, de lo físico a lo moral. Pedro de Lorenzo le ha ofrecido un buche de agua de su calabacita de peregrino para la sed española de su propio conocimiento.
José María PEMÁN
De la Real Academia Española

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