Vistas de página en total

domingo, 25 de octubre de 2026

El duradero. Pemán.

 

El duradero








Por José María Pemán (De la Real Academia Española)

Julio de 1983.

«DURAR» no es en los actuales sistemas políticos un verbo perteneciente a la cronología, al cómputo del tiempo. Es una pieza constitucional con un contenido propio en la filosofía política. Todavía el derecho político arrastra mucha chatarra léxica sobreviviente de sistemas varios. Puede hablarse de «emperador» donde ya no impera nadie; de «liberales» donde ya no hay libertad. En cambio sería mucho más realista que se discerniera al que lo logre y merezca, el cargo del «duradero»: cuya función, «durar», no admite falsificaciones ni trampantojos sino que es algo que tiene que realizarse a la vista del público con inequívoca visibilidad.

En la cima olímpica del Kremlin se pelea desde hace años una sorda batalla en torno a la obtención del título y cargo de «duradero». Es cargo que ostentó Lenin sostenido por la Historia; que también ostentó Stalin sostenido por su barbarie. Que intentó ostentar Kruscheff, sin lograrlo redondear y rematar. Ahora está intentando Brezhnef ser el «duradero». Y los salones del Kremlin se llenan de cálculos y filosofías de esa nueva tarea política que es «durar».

Porque no se trata de un simple hecho temporal, hijo, que hubieran dicho los mitólogos griegos, de la Monotonía y el Aburrimiento. Se trata de algo más complicado que tiene en sí mismo una morfología propia, y un dinamismo específico. Ya he referido alguna vez la reacción de un gitano —familiarizado con el «cante jondo» que nutre su propia hondura del personalismo del «cantaor»— cuando oyó por primera vez un orfeón; el orfeón gallego que vino a dar una audición en la plaza de toros. Cantan una alborada «que ya viene el Sol; que se va la Luna». Objetaba el gitano: «¿Qué falta harán setenta tíos pa decir tós lo mismo?» Pero ahora resulta, o por lo menos así lo piensa Brezhnef en sus largas meditaciones para opositar al cargo de «duradero», que las cosas ocurren paradójicamente al revés. Para decir todos lo mismo hace falta una concentración masiva. En cambio para decir cosas distintas y aun contradictorias hace falta un «divo», un solista, que al durar y ser el mismo siempre, puede vigilar los efectos de sus inconsecuencias y lograr una volubilidad corregida donde lo móvil y cambiante de las palabras sea disimulado por la inmovilidad monolítica de la persona del que las pronuncia. No faltan opiniones contrarias y dialécticas en el Kremlin. En todo régimen personalista con éxito aparecen invariablemente los que... coronan de flores las estatuas del tirano. En el Julio César de Shakespeare o en el Tito de Racine, ambos se niegan a recibir coronas de flores, la fuerza del autócrata radica en sus negaciones, que en grado de mimetismo hipócrita, conservan algo de la apariencia moral de la humildad. Brezhnef maneja esta filosofía del poder como un experto consumado. Por nada del mundo parece, por ahora, dispuesto a renunciar al sistema de mando colegiado del Politburó: a la «troika» constituida por él, más Podgorny y Kosygin. La filosofía política se hace heredocsa y ladina a medida que nos metemos por Oriente y nos separamos del racionalismo aristotélico y el monoteísmo bíblico o koránico. Brezhnef no escuchará nunca la insinuación de las brujas de Macbeth: «tú serás rey». En la Humanidad ha quedado como un recelo instintivo hacia los monólogos silbantes de la serpiente que insinúa su sugestión y su oferta: «seréis como dioses». Brezhnef quiere que las brujas de Macbeth le digan más moderada y eficazmente: «tú serás tres», «tú llevarás las riendas, pero no te bajarás de la “troika”».

La aprobación y anuencia de los otros da un sentido trinitario al poder: y la reiteración de las mismas palabras las carga de un prestigio acústico y coral. En cambio la duración de un hombre solo es la estructura más eficaz para contradecirse. La Historia es, por esencia, cambiante y nadie se amolda mejor al cambio que aquel al que le quedan muchas cosas que no cambian: voz, figura, tono, oportunidad. Decir que en su día entrará en la guerra unido al Eje, y luego no entrar de ninguna manera para acabar bien entendido con los aliados; decirle a Mussolini que no restaurará la monarquía y proclamar poco después a España como Reino; estar dispuesto a recibir a Hitler durante la guerra y hacerlo con apoteosis a Eisenhower durante la paz; colocar en las pacientes aceras primaverales al buen pueblo de Madrid para que vea el saludo desorbitado de Nixon que abre los brazos como si estrechara en ellos una columna de El Escorial; a Lanusse que saluda a lo militar porque no ha tenido tiempo de aprenderlo a lo civil; y a las pocas semanas a Cámpora, que todavía en rodaje, saluda como quien pone banderillas de las cortas; son cosas que Franco puede hacerlas o decirlas en su primera edición con tal que en la segunda edición, discrepante, las lance Franco también.

Entre la abundantísima literatura de innumerables países y filiaciones políticas que ha producido la guerra española, destaca por su sereno acopio de palabras difíciles para episodios novísimos la «Historia de la España franquista» de Max Gallo. No hay una sola concesión a la adjetivación lóbrega usadera para los gobernantes absolutos: cruel, torturador, paranoico. El autor se agarra a un concepto funcional que repite casi en todas las páginas: la habilidad. Franco es sobre todo, para él, un habilidoso, un montador de maniobras y soluciones hábiles.

Prestidigitador consumado, ha sacado su victoria militar ni siquiera de un sombrero de copa, sino de un gorrillo de legionario como quien saca un conejo. Muy pocas veces Max Gallo desliza su prosa hacia la terminología tópica y convencional de la polémica política como esgrima de injurias.

He analizado varias veces el dificultoso sentido radicalmente antagónico de casi todos los problemas inscritos en la agenda universal: judíos y palestinos; Saigón y Hanoi; China y Corea; victoria total y rendición sin condiciones. Franco no manipula nunca esa terminología puramente polémica: la España y la anti-España. «El que tiene el terrible dolor de España que yo tengo, no puede nunca sentirse vencedor satisfecho de otros españoles.»

Eso lo dijo Unamuno y lo repitió Azaña. Entre las cosas que permite la «duración» está la posibilidad de que los soldados cancelen una parcelita, por lo menos, de su indiferencia frente a los intelectuales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario