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domingo, 25 de octubre de 2026

PENSAR Y ELEGIR. PEMÁN


«ESPEJO DE LOS DÍAS»

PENSAR Y ELEGIR



He escrito ya alguna vez —cuando me cito, no cito ningún dogma, sino que, como en los estrados de los tribunales, «me cito a juicio»—, he escrito, digo, que muchas veces la concentración sincopada de las palabras expresa que estas han entrado en un cierto uso de convencional insinceridad. Así, si envío a un amigo mi «pésame», cumplo un rito social en el que se deseca y acartona el jugo vital de la frase «me pesa», que yo le diría si me pesara de verdad la pena que le aflige.

Esta ley, en la que, como en tantas otras, la gramática es espejo de realidades existenciales, se repite en la coagulación léxica de unos rótulos que todavía se repiten de vez en cuando, como si quisieran alargar de modo aparencial la vida de conceptos inevitablemente desvitalizados. Así, el libre pensamiento.

Algunos escritores franceses y algunos italianos creían, hace poco, en artículos pretendidamente doctrinales, que la cultura humana, asaltada ahora por nuevos dogmatismos totalitarios, retrocedía con relación a la atmósfera oxigenada y alpinista que permitió hace unos setenta años, en 1904, la celebración en Roma de un «Congreso del libre pensamiento».

Ya en el rótulo de la convocatoria hay un guion que está enganchando la libertad y el pensamiento como una locomotora y un furgón de mercancías. Sin guion, existe el peligro de que la libertad recobre su anárquico vuelo de mariposa y deje la mercancía pensante abandonada e inmóvil en la vía muerta de la esterilidad.

Asistir a un congreso, sobre todo hace cincuenta años, cuando las grandes exposiciones universales encendían en los hombres civilizados anchas curiosidades andariegas, se convirtió en una gran tentación, porque la almendra científica o dialéctica del tema se recubría de festejos y recepciones que demostraban ad absurdum la pureza y laboriosidad de los congresistas, que necesitaban «divertirse» precisamente como alivio del desgaste y la concentración mental a los que tenían entregadas sus vidas, y especialmente en aquellos días de labor comunitaria.

Por eso, el Congreso del libre pensamiento en Roma, además del picantón rebelde de celebrarse a la vera de esa especie de perpetuo congreso del pensamiento dogmático que es el Vaticano, tuvo gran éxito de asistencia. Porque otros muchos congresos de los que iban convocándose en aquellas fechas, y superándose en los jolgorios sociales y las atracciones, se centraban sobre materias tan conocidas y especializadas que requerían ciertos antecedentes y constancias diplomadas.

No era fácil inscribirse en un Congreso de Oceanografía, por ejemplo, sin haber salido nunca de Jaén, o en uno de Medicina por el simple hecho de estar enfermo del hígado. Pero «librepensador» podía ser cualquiera. Es más: no había necesidad de serlo de antemano, como quien ostenta un título universitario. No había necesidad de ser «librepensador» para ir al Congreso del «libre pensamiento», sino que, precisamente por el hecho de ir, se convertía uno en «librepensador».

Precisamente ese recuerdo de las horas felices y primaverales del libre pensamiento, y de su Congreso con aire de anticoncilio y antivaticano, fue aireado en un diario italiano como ejemplo del retroceso del nivel de civilización, atribuido ahora a España, que en estos días engaña con liturgias electorales la recluta de sus futuros «procuradores», que, representando familias y organismos, se sentarán en sus futuras Cortes.

Según el articulista, un Estado totalitario y un «partido único» no tienen esperanza alguna de ser recobrados para la civilización liberal. Pero yo creo que no gana nada esa afirmación pretendiendo ser parangonada, para su vergüenza y confusión, con los felices himnos del libre pensamiento de la Roma de 1904.

Porque ¿qué era el «librepensador» que allí se exaltaba y honraba? El que «piensa lo que quiere». Pero el «querer» es una segregación de la voluntad que, al anteceder al pensamiento, se convierte en su dictador y su ordenación totalitaria.

A la Razón Pura de Kant la destruyó el propio Kant con el golpe de Estado de la Razón Práctica. El filósofo se casaba con la señorita Sánchez. Pero luego se aburría de ella y se proponía casarse con la señorita Pérez. Es posible que hasta fuera al Congreso del «libre pensamiento» para rodear su desorganizada vida amatoria con una mayor decencia filosófica. Pero la verdad es que su problema tiene poco que ver con el pensamiento ni con la libertad. Él no piensa libremente ninguna doctrina o tesis. El «quiere» sencillamente a la señorita Pérez.

La convocatoria electoral española se salva, o se atenúa, únicamente en su entraña de planteamiento liberal por lo que tiene de pieza de un planteamiento tan «totalitario» y tan «único» que todo lo asume en sí, como la esencia de Dios.

La metáfora alfarera será siempre la más aleccionadora para entender esta otra artesanía mental. Un botijo de Talavera o Fajalauza roto en dos partes (bipartidismo) es fácil de lañar o pegar. Roto en muchos pedazos (pluripartidismo), es dificilísimo de recomponer. Pero lo más sencillo y cómodo es siempre el «partido único», que viene a ser no romper nada y dejar el botijo como está.

Lo que pasa es que la política es cosa de hacer y de vivir: de pegar, lañar y componer. Lo quieto e intocable es cosa de muerte, no de vida.

El libre pensamiento, que es un totalitarismo de la voluntad, y la libre elección, que consiste en elegir al que se quiere con tal de que se quiera al que ha sido elegido de antemano, son, sencillamente, modos de dejar entero el botijo.



3 de octubre de 1971 — José María Pemán

De la Real Academia Española 

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