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miércoles, 12 de noviembre de 2025

BLASCO IBÁÑEZ EN AMÉRICA

 BLASCO IBÁÑEZ EN AMÉRICA 

Por José María Pemán




Se celebra el centenario de Vicente Blasco Ibáñez. Blasco Ibáñez fue, íntegra y expresivamente, un «mediterráneo». Le es muy difícil a un artista creador nacido a las orillas del «Mare Nostrum» ser exclusivamente artista. La claridad mediterránea parece que exige por sí misma el tránsito de la idea y la palabra a la acción. No hay bruma, ni niebla de ninguna clase, que se interponga en el espontáneo proceso lógico. Muchas de las abstracciones mentales que dignifican el pensamiento germánico, por ejemplo, riman y se acomodan bien con las nieblas circundantes. Son pensadores prisioneros en sí mismos : porque su aeródromo está cerrado a causa de la niebla. 

Por eso es muy difícil que no se «politice» intensamente cualquier producto artístico o literario nacido en las claras orillas mediterráneas. Así, la Divina Comedia. Para nosotros, amortizado todo su contenido de comadreo municipal político, es el gran poema de la teología medieval: el gran «turismo» metafísico que recorre las postrimerías del hombre : infierno, purga torio y paraíso. Pero para un lector de su mismo siglo XIII fue, ante todo, un boletín político en el que se recuentan todas las luchas municipales de Florencia y las peleas de los güelfos y los gibelinos. 

No es extraño, por lo tanto, que el desbordante y sanguíneo novelista de la Malvarrosa cayera rápidamente en la «acción política», sin la cual le parece a un mediterráneo que se quiebra a la mitad de la línea lógica del pensamiento : porque todo se piensa «para algo». Al fin y al cabo es el proceso de todos os artistas de las costas valencianas. Empiezan siempre por el color, la visión exterior y cierta superficialidad de exposición directa. Así, Sorolla en la pintura, o en la palabra hablada Federico García Sanchiz. Sorolla, menos empujado por la limitación de sus propios pinceles a una plenitud de acción política, no pudo, por lo menos, privarse de rotular sus cuadros anecdóticos y narrativos con ciertas proposiciones sociológicas: ¡Y luego dicen que el pescado es caro! Se ve que su pincel está, como potro antes de la carrera, temblando por convertirse en pluma; se ve que el rótulo explicativo de su cuadro de los pescadores y los naufragios está como iniciando un artículo de fondo. 

Pero Blasco Ibáñez, que tenía ya en la mano la pluma, no podía, ni debía, negarse a sí mismo esa especie de «ley de la gravedad» que lleva a la acción el pensamiento mediterráneo. Se ensayó, primero, en las calles de Valencia, con esa política típicamente italiana de los «blasquistas» y los «sorianistas», que llenó de voces, bandos y tiros las mañanas de la capital. Eran los güelfos y los gibelinos de Florencia, a medida valenciana. Sino que esto no era más que una especie de «ensayo general». El ímpetu lógico y dialéctico del valenciano acaba llevándole al mundo. Así le había pasado a Luis Vives, que sentó sus reales en Brujas para propagar la razón; o a San Vicente Ferrer, que plantó púlpitos coloristas, con cierto aire de «fallas», por media Europa, para predicar la fe e incluso anunciar el «fin del mundo». 

Vicente Blasco Ibáñez obedeció también a la tradicional llamada universalista del valenciano, y después de haberse acreditado en Europa, y sobre todo en Francia, cede a la tentación inevitable de la gira de conferencias por la América española. Estamos ante la parcela menos conocida de la producción blasquista, ahora salvada y recogida gracias al cuidado y amor de Emilio Gaseó Contell, el que fue siempre fiel amigo de Blasco y en algunas ocasiones su laborioso secretario. 

Es un fenómeno curioso. Así como en España puede existir con calidades originales y adecuadísimas «un público de toros», o en Londres «un público de tenis», en nuestra América de habla española, sobre todo en Buenos Aires, existe definidamente un «público de conferencias». Es un gusto u oficio característico de aquel sector humano del planeta y no fácil mente explicable en cuanto el mecanismo de sus resortes inter nos. No se trata de una parcialidad ideológica que, con su anuencia preconcebida y su entusiasmo almacenado a presión, espera el «verbo» de quien venga a halagar sus convicciones; así, por ejemplo, el partido comunista en cualquier parte del planeta o las masas cristianas de un Congreso Eucarístico. Se trata de un público dispuesto a escuchar a una serie de personas que van a exponerle una gama policromada de pensamientos varios y contrapuestos. Así, aquel año de 1909, en que Blasco Ibáñez es contratado para dar conferencias en el teatro Odeón de Buenos Aires, alternando con Clemenceau, Guillermo Ferrerò, Jean Jaurès y Anatole France

Y ocurre entonces el fenómeno inevitable en todos estos casos. El novelista valenciano no entra en fila con esa especulativa nómina de expositores de ideas. El público del Odeón, que tiene lista y preparada su elegante curiosidad para su «abono» de conferencias, se encuentra, de pronto, con que a Blasco tiene que compartirlo con la calle. El día que llega el valenciano se produce en la gran ciudad un auténtico día de fiesta. Envuelto en un entusiasmo delirante, Blasco es conducido hasta el hotel, y el balcón de su cuarto ha de ser su primera tri buna americana. Pero oigan mejor el relato hecho, con sus gotas de vinagre, por J. J. Brousson, el secretario de Anatole France: «Competencia: ha llegado a Buenos Aires otro conferenciante: Blasco Ibáñez. De llegada ya nos da jaque mate. Una multitud inmensa y delirante ha ido a esperarle, llevándole en triunfo hasta su hotel. Desde el balcón, el célebre nove lista ha improvisado una furiosa arenga que ha precipitado, bajo él, como oleadas, la turba convulsionaria. Con sus poten tes manos modelaba el hierro de la barandilla. Le echaba a la multitud el corazón, el pañuelo, los puños de la camisa. Había en él algo del matador que brinda en la arena, del tenor que «bisa» un aria, del capuchino que se agita en el púlpito, del rey de los «camelots», del poeta que improvisa, del sacamuelas... El pueblo ha permanecido largo tiempo bajo el balcón vacío. Hasta hubo sus conatos de motín. Y para apaciguarlos, el escritor español ha tenido que recomenzar cinco o seis veces su calurosa arenga. El programa de Blasco Ibáñez nos hace mu cho daño. Hay que confesar que su minuta es más copiosa y variada que la nuestra. Nosotros no tenemos más que un solo plato, «Rabelais», bastante duro de roer. Blasco Ibáñez hablará, sucesivamente, de Napoleón, de Wagner, de los pinto res del Renacimiento, de la Revolución francesa, de Cervantes, de cocina, de Filosofía, del teatro contemporáneo, de la cuestión social, de la ciencia, de la Argentina...» 

«Es el hombre-orquesta—ha murmurado Anatole France—. No me pueden exigir, a mi edad, que yo haga lo mismo.» Pero lo más curioso es que si, por una parte, del lado del público, se produce ese fenómeno delirante, por la otra, de par te del conferenciante, se produce otro fenómeno correlativo, que puede anotarse en casi lodos los españoles intelectuales visitantes. Blasco se siente poseído por una idea de «misión». Sus conferencias dejan de ser espectáculo y se convierten en acción y diálogo. Las oposiciones ideológicas y políticas españolas—republicanos, socialistas—dentro de la metrópoli suelen arrancar su discrepancia desde la historia misma. Son los impulsos de ese que se ha llegado a llamar «la pequeña tradición» o la «tercera España». Pero toda esa discriminación interna desaparece del todo en el enfrentamiento de Blasco con su público de Buenos Aires. Ante él, el valenciano se nos aparece exaltando la aportación de España a aquella tierra; celebran do la fuerza unitiva y humanizante del Catolicismo ; disculpando la Inquisición ; tratando con caballerosa benevolencia a la reina Isabel II, y atacando, como un paladín por su dama, los tópicos de la leyenda negra; considerando como un hecho hispánico, de un lado y otro del mar, esa política militar que resuelve medio siglo español con jugadas castrenses entre Espartero, Prim, O’Donnell, Narváez y Pavía

Interesa mucho ver a Blasco colocado, como para experiencia de laboratorio, ante el reactivo que viene a ser el público de Buenos Aires. Se forma como una circulación de entusiasmos de ida y vuelta. Todo es sumido en una onda comunitaria. El público aguanta verdades. El conferenciante corrige tópicos peninsulares. Hablar en nuestras viejas tierras hispánicas es un ejercicio de moral pública.


Mundo Hispánico. Núm. 228, marzo 1967





sábado, 8 de noviembre de 2025

Un hombre en silencio

 

Un hombre en silencio


En Oviedo llueve casi todos los días. No es una lluvia furiosa, sino una persistencia húmeda, una especie de tedio que cae del cielo. La ciudad se deshace poco a poco bajo el agua: las fachadas se oscurecen, los paraguas florecen como hongos, y la gente camina con los hombros encogidos, como si la vida fuera un trámite inevitable.

Él vivía en un piso modesto, con vistas a un patio estrecho donde se amontonaban las ropas tendidas, los cubos de basura y los ruidos de la vecindad. Nada ocurría nunca y quizá por eso miraba tanto por aquella ventana. Era un paisaje sin historia, como casi todo lo que queda cuando se llega a cierta edad.

Su vecino de enfrente, un hombre pelirrojo de mirada apagada, solía aparecer a la misma hora todos los días. No era fácil decir qué hacía exactamente. Se asomaba, fumaba, dejaba que el humo se mezclara con la llovizna. A veces ponía la radio, y a través del patio llegaba una voz lejana, medio ahogada por la humedad. Hablaban de fútbol, de política, de fallecimientos. Siempre lo mismo.

Acostumbraba tomar café a esas horas. El café, en aquellas tardes, tenía algo de ceremonia: el ruido de la cafetera, el vapor que empañaba los cristales, el olor que llenaba la cocina. Era, quizá, lo único vivo del día. Se sentaba junto a la ventana, taza en mano, mirando al pelirrojo del otro lado, y pensaba que entre ellos había una especie de pacto: no hablar, no saludar, no perturbar el equilibrio de la nada.

A veces intentaba leer. Subrayaba frases sin convicción, como quien subraya su propia vida. Los libros ya no le ofrecían respuestas, solo ecos. En ellos encontraba el mismo cansancio. Todo se parecía a todo: las palabras, las calles, los rostros. Vivir se había vuelto un ejercicio de resistencia silenciosa.

Por las noches, la radio del vecino seguía encendida. El locutor tenía una voz grave, serena, que parecía hablar solo para él. Le llegaba como un rumor constante, algo entre consuelo y tortura. En ocasiones pensaba que si se apagara la radio, el silencio sería insoportable; pero que si la dejaba encendida, la vida resultaba aún más insoportable. Así era todo: una elección entre dos formas de ruido.

Una tarde lo vio de cerca por primera vez. Bajaba al portal con una bolsa de basura. Saludó con un gesto apenas perceptible, sin mirar directamente. Su mano temblaba. Le pareció más viejo de lo que imaginaba. Al cruzarse, notó el olor del tabaco húmedo y de la soledad. Pensó en decir algo —una palabra, cualquier palabra—, pero le dio vergüenza. En el fondo, temió romper la costumbre de no hablar. La costumbre es un abrigo viejo: raído, pero protege.

La vida en el patio tenía un tono gris que no dolía ni consolaba. Había días en que todo parecía suspendido, como si el tiempo no avanzara. Entonces se descubría observando los mismos gestos, los mismos sonidos: la lluvia contra el cristal, la radio encendida, el humo del café, los pasos en el pasillo. Nada cambiaba, y eso era lo que más cansaba.

Una noche de noviembre, la radio del vecino se quedó muda. Al día siguiente tampoco la encendió, ni se asomó al patio. Pasaron tres días, y la lluvia siguió cayendo como siempre. En la portería, alguien preguntó por él. Nadie sabía nada. Dicen que lo encontraron en su habitación, sentado, con la radio todavía encendida pero sin sonido.

Esa tarde, mientras preparaba el café, encendió la radio sin volumen. Solo para escuchar el silencio. Afuera, el agua golpeaba los cristales con la paciencia de siempre. Pensó que la vida, al final, no era más que eso: una radio sin música, un patio sin voces, un hombre que se acostumbraba a mirar sin decir nada.

Dio un sorbo. El vapor de la taza subió despacio, se mezcló con la penumbra. No sintió tristeza. Solo una especie de respeto antiguo, una aceptación cansada. En Oviedo, al fin y al cabo, la lluvia lo cubre todo: las calles, los muertos, y a los hombres que eligen callar.


©Humberto 2025 




jueves, 6 de noviembre de 2025

El abrigo colgado

 

El abrigo colgado



La aurora se levantaba tímida sobre los tejados, con un resplandor tibio que parecía pedir silencio. La mujer despertó despacio, como quien vuelve de un mal sueño, con esa pesadez que dejan las discusiones que no terminan de morir en la cabeza, los ojos velados de lágrimas secas. La casa olía a café frío y a tristeza reciente.
El marido se había marchado sin decir palabra. Policía. Hombre de orden y de silencios. La noche anterior habían discutido por una nimiedad, algo casi ridículo, pero en aquella casa las palabras pequeñas se volvían cuchillos.
Ahora fregaba los platos con gesto mecánico, como si en cada vaso lavara un recuerdo. Afuera, la calle bostezaba bajo el cielo de plomo. En el perchero colgaba el abrigo de él, negro, solemne, como un cuervo dormido.
—He venido a verte —dijo.
Tenía una voz más grave, más honda. Habló sin rodeos, con una calma que no era habitual. Le pidió perdón. Dijo que la vida era corta y que no debía haberse marchado a una guerra con el alma también en guerra. Ella lo miraba sin atreverse a tocarlo, temerosa de que aquel momento, tan frágil, se rompiera con un gesto.
Le tomó la mano. Fue algo breve, pero suficiente.
Cuando se despidió, con una media sonrisa, ella sintió una paz extraña, casi dulce. Lo vio alejarse por el pasillo, erguido, como si caminara hacia algo definitivo.
Pasó apenas una hora. Tres golpes secos sonaron en la puerta, duros como aldabonazos del destino. Eran dos policías, pálidos, con el gesto quebrado, le hablaron bajo:
—Señora... lo sentimos mucho. Su marido ha caído esta mañana, en acto de servicio, durante el operativo.
Ella los miró, sin entender.
—No puede ser. Él estuvo aquí... hace un momento.
Los hombres la miraron con compasión de piedra. Saludaron marciales y se fueron.
Ella cerró despacio, volvió la vista al perchero.
El abrigo ya no estaba.
Entonces se dejó caer en una silla. Afuera, el sol se hundía en un charco de cobre.
Tal vez la muerte, pensó, no era más que un espejo torcido donde los vivos se ven por última vez. Y se rio un poco, con esa risa amarga de las viudas que ya no esperan nada. Porque, al fin y al cabo, en este mundo de espejos rotos, los muertos cumplen mejor que los vivos.


©Humberto 2025 

 
















jueves, 30 de octubre de 2025

La Técnica Narrativa de Valle-Inclán: De la Estética Modernista al Esperpento

 

La Técnica Narrativa de Valle-Inclán: De la Estética Modernista al Esperpento



Introducción

Ramón María del Valle-Inclán (1866–1936) constituye una de las figuras más innovadoras y transgresoras de la literatura española del siglo XX. Su evolución estética, desde el modernismo hasta el esperpento, implica una transformación profunda de la técnica narrativa. En su obra, el lenguaje deja de ser un medio descriptivo para convertirse en instrumento creador de realidad, un espejo deformante donde la palabra adquiere valor moral y estético.


1. La estilización modernista: la palabra como arte absoluto

Las primeras obras narrativas de Valle-Inclán, especialmente las Sonatas (1902–1905), responden al ideal modernista de la belleza formal. La narración se centra en la evocación sensorial, el ritmo y la musicalidad. En Sonata de Otoño, el Marqués de Bradomín describe el paisaje con una prosa plástica y simbólica:

«Era una tarde triste, de oro viejo, y en el fondo del jardín, sobre los cipreses, se destacaban las torres del convento» (Valle-Inclán, 1902, p. 45).

La descripción se impone sobre la acción; el lenguaje se convierte en fin en sí mismo. Como observa Gullón (1981), la técnica narrativa de las Sonatas no busca la representación de lo real, sino la creación de un universo estético autónomo. El narrador, profundamente subjetivo, construye un mundo regido por la sensación y la memoria, donde el tiempo narrativo se pliega sobre la conciencia artística del protagonista.


2. El esperpento: deformar para revelar

El concepto de esperpento, formulado en Luces de Bohemia (1920), constituye la culminación de la técnica narrativa de Valle-Inclán. En la escena XII, Max Estrella define su estética con palabras que condensan toda la poética del autor:

«El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. [...] Los héroes clásicos han ido a pasearse al Callejón del Gato» (Valle-Inclán, 1920, p. 186).

La deformación, lejos de ser un recurso caricaturesco, se convierte en un procedimiento epistemológico: se deforma para conocer. El lenguaje se carga de ironía, los personajes se desfiguran en máscaras grotescas, y el relato adopta una estructura fragmentaria y visual.

La narración, o más bien la sucesión de escenas, imita el montaje cinematográfico. Por ejemplo, la descripción de los ciegos en la calle de San Jerónimo presenta una composición plástica y dinámica:

«Por la calle de San Jerónimo baja un grupo de ciegos con sus lazarillos. Llevan colgando las guitarras a la espalda y repican las sonajas» (Valle-Inclán, 1920, p. 97).

Esta técnica convierte la escena en un cuadro en movimiento, anticipando recursos del montaje literario moderno.


3. Perspectivismo y montaje narrativo en Tirano Banderas

En Tirano Banderas (1926), Valle-Inclán lleva su técnica narrativa a la madurez. La novela introduce el montaje narrativo y el perspectivismo como principios estructurales. El relato se construye mediante escenas breves, yuxtapuestas, con continuos cambios de punto de vista.

El retrato del dictador Santos Banderas combina ironía y caricatura, subvirtiendo el realismo:

«Era el Excelentísimo Señor don Santos Banderas, hombre pequeño, seco, de bigotillo recortado, con unas manos muy blancas que siempre olían a tabaco perfumado» (Valle-Inclán, 1926, p. 12).

El tono aparentemente solemne encubre una crítica feroz al autoritarismo. El lenguaje fluctúa entre lo culto y lo popular, lo lírico y lo grotesco, generando una textura verbal polifónica que desarticula la narración tradicional.

Como señala Rico (1990), la técnica del montaje en Tirano Banderas transforma la novela en un arte de contrastes, donde la discontinuidad expresa la violencia del mundo representado.


4. Ritmo, simbolismo y estructura musical

En toda la obra de Valle-Inclán, el ritmo narrativo tiene valor estructural. Su prosa se asemeja a una composición musical: alterna repeticiones, pausas y cadencias que generan una musicalidad interna. En Sonata de Primavera, el narrador afirma:

«Yo amaba el sonido de las palabras como otros aman el perfume de las flores» (Valle-Inclán, 1904, p. 72).

La musicalidad del lenguaje se convierte en principio constructivo. Asimismo, el símbolo y el color funcionan como ejes estructurales: los objetos y las imágenes se repiten con valor poético, otorgando unidad estética al relato.


Conclusión

La técnica narrativa de Valle-Inclán constituye una de las aportaciones más decisivas a la renovación de la literatura española. Desde el preciosismo modernista hasta la descomposición formal del esperpento, su obra demuestra que la forma puede ser instrumento de conocimiento.

Valle-Inclán hizo del lenguaje una forma de visión moral: deformar es revelar. Su narrativa, atravesada por la ironía, la música y la crítica, convierte la palabra en espejo cóncavo de la sociedad. En este sentido, su técnica narrativa no es solo un hallazgo estético, sino también una ética de la representación: la verdad se alcanza mediante la belleza deformada.


Bibliografía (formato APA)

  • Gullón, R. (1981). Direcciones del modernismo. Gredos.

  • Rico, F. (1990). Historia y crítica de la literatura española, Vol. 6: Modernismo y 98. Crítica.

  • Valle-Inclán, R. M. del. (1902). Sonata de Otoño. Madrid: Librería de Fernando Fé.

  • Valle-Inclán, R. M. del. (1904). Sonata de Primavera. Madrid: Librería de Fernando Fé.

  • Valle-Inclán, R. M. del. (1920). Luces de Bohemia. Madrid: Espasa-Calpe.

  • Valle-Inclán, R. M. del. (1926). Tirano Banderas. Madrid: Espasa-Calpe.

domingo, 26 de octubre de 2025

Descansa, Alejandra

 Alejandra, panegírico.




Hay vidas que no se miden en años,
sino en la claridad que dejan al pasar.
Así fue la vida de Alejandra,
luz encendida en el corazón de los suyos,
mujer buena y madre ejemplar,
que supo convertir el dolor en enseñanza,
y la fe en baluarte.

Nació bajo el sol ardiente de Venezuela,
pero en su sangre sonaba, como música lejana,
el campanario de una aldea asturiana.
Porque su raíz —como toda raíz noble—
no conoce fronteras:
es patria del alma y linaje del amor.


De su padre heredó la firmeza;
de su madre, la dulzura;
y de Dios, el don mayor de ser madre.
Dos hijas dejó, como dos rosas vivas,
que perpetúan su ternura sobre la tierra.
En ellas palpita su voz, su mirada, su ejemplo.
Ellas serán, por los caminos del tiempo,
la forma visible de su inmortalidad.

Fue también hermana de gemelas,
de esas que comparten el secreto de la infancia
y la gracia de un mismo espejo.
Y fue amiga de todos,
porque en su corazón no había acequia ni frontera:
sólo espacio abierto, sólo mano tendida.

El destino —ese misterio que sólo Dios comprende—
puso ante ella la prueba del sufrimiento.
Y Alejandra, sin quejarse, aceptó la cruz,
con la serenidad de quien sabe
que en cada lágrima hay un resplandor de eternidad.
Su lucha contra la enfermedad fue oración constante,
y su sonrisa, aun entre el dolor,
acto de fe que conmovió al cielo.


Y ahora, cuando su cuerpo repose, Dios mediante,
en la tierra verde y piadosa de Los Carriles,
no será un entierro: será un retorno.
Allí donde su padre vio la primera luz,
ella dormirá su último sueño,
mientras los montes verdes murmuren su nombre
y las campanas antiguas recen por su alma.

Porque los buenos —los verdaderamente buenos—
no mueren:
se siembran.
Y de su siembra nacen paz, recuerdos y amor.
Y aunque el tiempo pase,
y el mundo gire sin pausa,
tu voz seguirá en las hijas que criaste,
en las risas que sembraste,
en los corazones que tocaste.


Descansa, Alejandra,
flor del alma y estrella del hogar.
Dios te reciba en su casa de luz,
donde ya no hay llanto ni espera,
y desde donde —lo sabemos—
seguirás velando por los tuyos
con esa sonrisa tuya,
que nunca se apaga,
ni siquiera en la eternidad.


El cielo te recibe,
la tierra asturiana te abraza,
y nosotros —los que te amamos—
guardamos tu nombre
como una oración que no termina.

Descansa, Alejandra.





domingo, 12 de octubre de 2025

Los Excubitores

 




 

Los Excubitores —nombre que en latín significa «centinelas» o «los que velan»— fueron una guardia imperial bizantina fundada hacia el año 460 d. C. por el emperador León I el Tracio.

Inicialmente compuesta por unos 300 soldados isaurios, esta unidad reemplazó a las antiguas Scholae Palatinae como principal cuerpo de protección del emperador. Su comandante, el Conde de los Excubitores (comes excubitorum), respondía solo ante el emperador y llegó a tener una influencia enorme en la corte. De hecho, varios emperadores —Justino I, Tiberio II Constantino y Mauricio— habían sido comandantes de los Excubitores antes de ascender al trono.

Durante los siglos VI y VII, el cuerpo mantuvo su prestigio, participando en campañas contra ávaros y persas. Sin embargo, con el tiempo, se fue convirtiendo en una formación ceremonial o de plaza de armas, hasta que su título pasó a ser más honorífico que militar.

Hacia el año 760, el emperador Constantino V reorganizó los Excubitores en uno de los tagmata, regimientos profesionales de caballería pesada, núcleo del nuevo ejército bizantino. En esta etapa dejaron de ser simples guardias de palacio y se transformaron en una fuerza de combate activa y leal al emperador, usada también como instrumento político en las disputas iconoclastas.

Entre sus miembros destacados figuran San Joanicio el Grande y Miguel II el Amoriano, quien llegó a emperador tras ser Doméstico de los Excubitores (nuevo título del comandante).

A lo largo de los siglos IX al XI, los Excubitores participaron en numerosas campañas, aunque sufrieron varias derrotas notables (Pliska, 811; Aqueloo, 917; Azaz, 1030). Su última mención histórica se da en la Batalla de Dirraquio (1081), donde fueron destruidos junto al ejército bizantino frente a los normandos.

⚔️ Estructura y funciones

  • Periodo inicial: unidad de élite de infantería palaciega, 300 hombres bajo mando directo del emperador.

  • Periodo medio: regimiento de caballería pesada (tagma), con miles de soldados repartidos entre Tracia y Bitinia.

  • Comandantes: el Conde de los Excubitores (siglos V–VII) y luego el Doméstico de los Excubitores (desde el siglo VIII).

  • Misión: proteger al emperador, servir de contrapeso político y militar, y participar en campañas imperiales.


En resumen, los Excubitores evolucionaron de ser guardaespaldas personales del emperador bizantino a convertirse en una unidad militar de élite que desempeñó un papel clave tanto en la política imperial como en las guerras del Imperio, hasta su desaparición en el siglo XI.

jueves, 2 de octubre de 2025

Himno

 





 I

Toda España es un grito de guerra,

todo el viento es consigna y es voz:

¡Españoles, limpiad esta tierra

de las hordas sin Patria y sin Dios!




II




No, rebaño servil, vuestros amos

no serán nuestros amos jamás.

¡Somos hijos de España, y llevamos

veinte siglos de Historia detrás!




III




Como ayer, pone Europa su gloria

en las manos de nuestro valor.

¡Otra vez será España en la Historia

jardinera de rosas de amor!




ESTRIBILLO




La mirada del claro Occidente

se ha colgado en nosotros, pendiente

de esta empresa de gloria y honor.

¡Consumad, españoles, la hazaña,

y pensad que morir por España

es morir por un mundo mejor!





José María Pemán