Vistas de página en total

sábado, 8 de noviembre de 2025

Un hombre en silencio

 

Un hombre en silencio


En Oviedo llueve casi todos los días. No es una lluvia furiosa, sino una persistencia húmeda, una especie de tedio que cae del cielo. La ciudad se deshace poco a poco bajo el agua: las fachadas se oscurecen, los paraguas florecen como hongos, y la gente camina con los hombros encogidos, como si la vida fuera un trámite inevitable.

Él vivía en un piso modesto, con vistas a un patio estrecho donde se amontonaban las ropas tendidas, los cubos de basura y los ruidos de la vecindad. Nada ocurría nunca y quizá por eso miraba tanto por aquella ventana. Era un paisaje sin historia, como casi todo lo que queda cuando se llega a cierta edad.

Su vecino de enfrente, un hombre pelirrojo de mirada apagada, solía aparecer a la misma hora todos los días. No era fácil decir qué hacía exactamente. Se asomaba, fumaba, dejaba que el humo se mezclara con la llovizna. A veces ponía la radio, y a través del patio llegaba una voz lejana, medio ahogada por la humedad. Hablaban de fútbol, de política, de fallecimientos. Siempre lo mismo.

Acostumbraba tomar café a esas horas. El café, en aquellas tardes, tenía algo de ceremonia: el ruido de la cafetera, el vapor que empañaba los cristales, el olor que llenaba la cocina. Era, quizá, lo único vivo del día. Se sentaba junto a la ventana, taza en mano, mirando al pelirrojo del otro lado, y pensaba que entre ellos había una especie de pacto: no hablar, no saludar, no perturbar el equilibrio de la nada.

A veces intentaba leer. Subrayaba frases sin convicción, como quien subraya su propia vida. Los libros ya no le ofrecían respuestas, solo ecos. En ellos encontraba el mismo cansancio. Todo se parecía a todo: las palabras, las calles, los rostros. Vivir se había vuelto un ejercicio de resistencia silenciosa.

Por las noches, la radio del vecino seguía encendida. El locutor tenía una voz grave, serena, que parecía hablar solo para él. Le llegaba como un rumor constante, algo entre consuelo y tortura. En ocasiones pensaba que si se apagara la radio, el silencio sería insoportable; pero que si la dejaba encendida, la vida resultaba aún más insoportable. Así era todo: una elección entre dos formas de ruido.

Una tarde lo vio de cerca por primera vez. Bajaba al portal con una bolsa de basura. Saludó con un gesto apenas perceptible, sin mirar directamente. Su mano temblaba. Le pareció más viejo de lo que imaginaba. Al cruzarse, notó el olor del tabaco húmedo y de la soledad. Pensó en decir algo —una palabra, cualquier palabra—, pero le dio vergüenza. En el fondo, temió romper la costumbre de no hablar. La costumbre es un abrigo viejo: raído, pero protege.

La vida en el patio tenía un tono gris que no dolía ni consolaba. Había días en que todo parecía suspendido, como si el tiempo no avanzara. Entonces se descubría observando los mismos gestos, los mismos sonidos: la lluvia contra el cristal, la radio encendida, el humo del café, los pasos en el pasillo. Nada cambiaba, y eso era lo que más cansaba.

Una noche de noviembre, la radio del vecino se quedó muda. Al día siguiente tampoco la encendió, ni se asomó al patio. Pasaron tres días, y la lluvia siguió cayendo como siempre. En la portería, alguien preguntó por él. Nadie sabía nada. Dicen que lo encontraron en su habitación, sentado, con la radio todavía encendida pero sin sonido.

Esa tarde, mientras preparaba el café, encendió la radio sin volumen. Solo para escuchar el silencio. Afuera, el agua golpeaba los cristales con la paciencia de siempre. Pensó que la vida, al final, no era más que eso: una radio sin música, un patio sin voces, un hombre que se acostumbraba a mirar sin decir nada.

Dio un sorbo. El vapor de la taza subió despacio, se mezcló con la penumbra. No sintió tristeza. Solo una especie de respeto antiguo, una aceptación cansada. En Oviedo, al fin y al cabo, la lluvia lo cubre todo: las calles, los muertos, y a los hombres que eligen callar.


©Humberto 2025 




No hay comentarios:

Publicar un comentario