El abrigo colgado
La aurora se levantaba tímida sobre los tejados, con un resplandor tibio que parecía pedir silencio. La mujer despertó despacio, como quien vuelve de un mal sueño, con esa pesadez que dejan las discusiones que no terminan de morir en la cabeza, los ojos velados de lágrimas secas. La casa olía a café frío y a tristeza reciente.El marido se había marchado sin decir palabra. Policía. Hombre de orden y de silencios. La noche anterior habían discutido por una nimiedad, algo casi ridículo, pero en aquella casa las palabras pequeñas se volvían cuchillos.Ahora fregaba los platos con gesto mecánico, como si en cada vaso lavara un recuerdo. Afuera, la calle bostezaba bajo el cielo de plomo. En el perchero colgaba el abrigo de él, negro, solemne, como un cuervo dormido.—He venido a verte —dijo.Tenía una voz más grave, más honda. Habló sin rodeos, con una calma que no era habitual. Le pidió perdón. Dijo que la vida era corta y que no debía haberse marchado a una guerra con el alma también en guerra. Ella lo miraba sin atreverse a tocarlo, temerosa de que aquel momento, tan frágil, se rompiera con un gesto.Le tomó la mano. Fue algo breve, pero suficiente.Cuando se despidió, con una media sonrisa, ella sintió una paz extraña, casi dulce. Lo vio alejarse por el pasillo, erguido, como si caminara hacia algo definitivo.Pasó apenas una hora. Tres golpes secos sonaron en la puerta, duros como aldabonazos del destino. Eran dos policías, pálidos, con el gesto quebrado, le hablaron bajo:—Señora... lo sentimos mucho. Su marido ha caído esta mañana, en acto de servicio, durante el operativo.Ella los miró, sin entender.—No puede ser. Él estuvo aquí... hace un momento.Los hombres la miraron con compasión de piedra. Saludaron marciales y se fueron.Ella cerró despacio, volvió la vista al perchero.El abrigo ya no estaba.Entonces se dejó caer en una silla. Afuera, el sol se hundía en un charco de cobre.Pensó que tal vez la muerte no era más que un espejo torcido donde los vivos se ven por última vez.Y se rió un poco, con esa risa amarga de las viudas que ya no esperan nada. Porque, al fin y al cabo, en este mundo de espejos rotos, los muertos cumplen mejor que los vivos.
©Humberto 2025
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