Vistas de página en total

lunes, 29 de diciembre de 2025

Código de averías




Código de averías


 


Madrid no es una ciudad cruel; es algo peor: funciona. Tritura sin odio y sigue adelante. A Marcos eso le quedó claro hace tiempo, cuando comprendió que la decencia es un lujo y la justicia una palabra que se pronuncia mejor que se practica.

Vivía en un piso compartido cerca de Cuatro Caminos, de esos donde nadie pregunta demasiado porque nadie quiere respuestas. Había estudiado Historia. Error clásico. Ahora trabajaba corrigiendo textos ajenos para una editorial que pagaba tarde y mal. Conocía bien la miseria respetable: facturas ordenadas, nevera medio vacía y dignidad administrada en dosis pequeñas.

La mujer del asunto se llamaba Berta. No era un monstruo. Eso habría sido demasiado fácil. Era una propietaria puntual, legal y despiadada. Alquileres inflados, cláusulas abusivas y una sonrisa de funcionaria satisfecha. Gente así no mata con cuchillos, sino con plazos.

Marcos la observó durante semanas. No con rabia, sino con curiosidad. Como se estudia una grieta en un muro viejo. Pensó —sin épica ni grandilocuencia— que el mundo no empeoraría sin ella. Pensó también que nadie importante la echaría de menos. Ese fue el razonamiento. Pobre, pero eficaz.

El día señalado subió las escaleras con calma. Llevaba el objeto adecuado en una mochila corriente: un hacha vieja encontrada en un armario. Nada de dramatismos. Los crímenes solemnes solo existen en las novelas malas y en los juzgados llenos de periodistas.

Todo ocurrió como ocurren las cosas decisivas: deprisa y mal. Un error mínimo. Un golpe suficiente. El cuerpo en el suelo. El silencio posterior, espeso como aceite usado. Marcos no dijo nada, las palabras suelen llegar tarde.

En la calle, Madrid seguía con lo suyo. Un repartidor casi lo atropelló. Una pareja discutía por el móvil. Un camarero sacaba mesas con cara de lunes perpetuo. Nadie notó la ausencia recién inaugurada de Berta.

El castigo no vino en forma de remordimiento clásico. Nada de pesadillas literarias. Fue algo más práctico: la conciencia como una herramienta mal calibrada. Insomnio. Desconfianza. La sensación de haber cruzado una línea que no llevaba a ningún sitio interesante.

Conoció a Irene en un bar de Malasaña. Hablaban de libros, de guerras antiguas, de la estupidez contemporánea. Ella tenía la rara cualidad de mirar de frente sin invadir. Marcos pensó —con un cansancio nuevo— que ciertas personas no deberían ser engañadas.
—Tienes cara de haber perdido algo —le dijo ella una noche.
Marcos pensó que no, que lo que había perdido nunca fue suyo.

Días después entró en una comisaría. Sin discursos. Sin coartadas ingeniosas. Contó los hechos con la prosa exacta que le quedaba. El agente tomó nota, impasible. La justicia, como Madrid, también funciona.

Mientras esperaba, sentado bajo una luz blanca y desalmada, Marcos entendió algo simple: no había hecho justicia, ni historia, ni siquiera un buen crimen. Había ejecutado un error coherente con su tiempo. Nada más. Y eso —pensó con una lucidez amarga— era lo verdaderamente imperdonable.


©Humberto 2025

No hay comentarios:

Publicar un comentario