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martes, 23 de diciembre de 2025

Paladines del honor





 

Paladines del honor




El teniente Cabello no era hombre de gestos inútiles. Ni de palabras largas cuando bastaba una orden corta y un silencio bien colocado. Aquella madrugada del cinco de octubre salió de Oviedo sabiendo —porque lo sabía— que quizá no volvería. Lo sabía como saben las cosas los soldados de verdad: por oficio, por experiencia… y por ciertas ausencias que pesan más que los presentimientos.

Hacía poco que había llegado a la plaza. Lo justo para reconocer las calles, medir a los hombres y advertir ese nervio sordo que precede siempre a las tormentas. Venía de más al sur, de otros destinos y otros climas, con el polvo africano aún prendido en la memoria y una forma de moverse que no se aprende en academias. Allí había aprendido a avanzar cuando todo aconseja quedarse quieto. Y a quedarse quieto cuando otros avanzan sin pensar.

En Oviedo dejaba cosas. Una mujer joven, casi demasiado para la viudez que vendría después. Dos niños pequeños, aún lejos de comprender qué significa que un hombre no vuelva. Pensó en ellos lo justo. Pensar más habría sido peligroso.

La carretera estaba negra y húmeda, y los focos del camión barrían cunetas y laderas como ojos inquietos. A la altura de La Gargantada empezaron los tiros. Primero sueltos, de tanteo. Luego cerrados. El teniente ordenó bajar, desplegar, avanzar. Lo hizo sin alzar la voz. No hacía falta. Los hombres lo conocían. Sabían que cuando Cabello iba delante, lo prudente era seguirle.
Avanzaron así, metro a metro, perdiendo hombres y ganando terreno a fuerza de sangre y barro. No era su primer combate. Eso se notaba en cómo leía el terreno, en cómo dosificaba el fuego, en cómo distinguía cuándo una retirada es cobardía y cuándo simple sentido común. Y en Sama no había lugar para lo segundo.
Cuando llegaron a La Felguera, el aire ya olía a pólvora y dinamita. Sama rugía al fondo como una bestia herida. El cuartel de la Guardia Civil estaba cercado, y dentro había hombres esperando refuerzos que quizá no llegarían nunca.
En el puente del Nalón los esperaban. Bien parapetados, con ametralladoras, fusiles y dinamita. El teniente miró el puente como quien mide una herida antes de meter el dedo. Luego dio la orden.
—Pie a tierra.
Cruzaron bajo el fuego. Algunos cayeron. Otros siguieron. Cabello siempre el primero, avanzando a saltos, arrastrándose cuando tocaba, disparando cuando había blanco. Llegaron a la fonda Miramar y la tomaron a la fuerza. Allí montaron la ametralladora. Desde allí contuvieron a los que bajaban en oleadas desde las casas y los cerros.

No había épica en aquello. Sólo cansancio, miedo bien gobernado y la obstinación profesional de no ceder un metro más de lo imprescindible. El teniente iba de un punto a otro, repartiendo órdenes, corrigiendo posiciones, cargando cajas de munición, levantando a los heridos. Cuando un sirviente de ametralladora cayó, lo sacó en brazos. Cuando faltaron bombas, las improvisó con dinamita ajena.
Al caer la tarde, las municiones escaseaban. El chalet cercano les dio un respiro. Desde allí, Cabello estableció enlace por señas con el capitán Alonso Nart, atrincherado en el cuartel. Subió al tejado para localizar al jefe enemigo, expuesto al fuego como si la muerte fuese una molestia menor.
—Ni un disparo que no sea blanco.
Cuando ya no quedó nada que defender fuera, decidió el paso más peligroso: cruzar al cuartel. Lo hizo él primero. Desde allí, a gritos, fue guiando a los suyos por el espacio batido. Uno a uno. Sin perder a ninguno en el tránsito. Dentro, la noche fue interminable.
La dinamita abrió boquetes. Los muros cedían. Los hombres caían. Cabello seguía disparando, lanzando bombas, animando a otros que ya no tenían fuerzas ni para el miedo. Al amanecer del día seis, la defensa era imposible. Sin munición, sin refuerzos, sin esperanza razonable.
Pero aún quedaba una cosa.
La retirada se hizo bajo su protección. Él fue el último. Abrió paso con las últimas bombas de mano. Consiguieron salir al monte. Allí vagaron heridos, sedientos, exhaustos. Creyeron ver fuerzas propias. No lo eran. Los perros los encontraron.
Cuando lo capturaron, estaba herido en la rodilla. El médico que lo reconoció diría después que su ánimo era excelente; que no pidió nada para sí y que sólo encargó recuerdos y una manera de educar.
***
El amanecer en Sama no trajo claridad, sólo una luz gris y baja, como si el día dudara de sí mismo. El cementerio olía a tierra removida y humedad vieja. No hubo formación ni palabras. Sólo hombres armados, un muro y tres figuras que avanzaban despacio, con ese andar torpe de los heridos que ya no esperan nada.
El teniente Ramos Cabello cojeaba. La rodilla se le había endurecido durante la noche. No pidió apoyo. No miró alrededor. Se detuvo cuando se lo indicaron. Miró el muro sin curiosidad, como quien reconoce un lugar ya conocido.
Pensó brevemente en Oviedo. En una casa silenciosa. En dos niños demasiado pequeños para recordar nada con nitidez. Pensó también —eso sí— en no caer de rodillas. En no concederles ese detalle.
—Cuando quieran.
No hubo venda. No la necesitaba.
El disparo fue seco. Breve. Definitivo. Después, el silencio volvió a ocupar su sitio, como si nada hubiese ocurrido. 

*** 

 

En otra ciudad, a otra hora, un hombre mayor doblaba un periódico. El comisario Ramos Bazaga había leído la noticia de pie, sin sentarse. La letra era pequeña. El tono, administrativo: «Sama de Langreo. Fusilado. Teniente del Cuerpo de Seguridad y Asalto. Heroica conducta». Nada más, lo suficiente.

No llamó a nadie. No levantó el teléfono. Se limitó a dejar el periódico sobre la mesa, bien alineado, y a mirar durante un instante la pared desnuda del despacho. Había aprendido, con los años, que ciertas confirmaciones no admiten réplica.
Pensó en África. En aquel muchacho que volvió más serio, más callado, con otra manera de observar las esquinas. Pensó que había llegado hacía poco a Oviedo: demasiado poco para que la ciudad lo conociera y lo suficiente para que la ciudad lo reclamara. Pensó también —inevitablemente— que nunca se lo había dicho en voz alta, pero que siempre supo cómo acabaría algo así.
Se quitó las gafas. Las limpió con el pañuelo. Se las volvió a poner.
Había visto muchos muertos. Demasiados. Pero ése era distinto. No era un nombre en un informe. Era la consecuencia lógica de una educación, de un oficio, de una forma de entender el deber que no admite atajos.
No lloró. Los hombres como él lloran cuando nadie los ve, o no lo hacen nunca. Cerró el despacho con cuidado. Ajustó el abrigo. Salió a la calle.
La ciudad seguía igual. Tranvías. Voces. Pasos apresurados. Nada había cambiado. Y, sin embargo, todo estaba definitivamente en su sitio.
En Sama, el Ejército reinstauraba el orden.
En Oviedo, la tierra cubría ya el cuerpo.
En Madrid, un padre comprendía que hay noticias que no matan de golpe. Sólo confirman. Y en algún lugar impreciso, entre el disparo y el silencio, un apellido quedaba fijado para siempre en la memoria de quienes saben que el valor no hace ruido, pero permanece.

El teniente Cabello murió como había vivido aquellas horas: de pie, sin negociar, cumpliendo una orden que nadie le obligó a aceptar. Y quizá por eso, muchos años después, cuando se habla del puente, de la fonda Miramar o del cuartel derruido, todavía hay quien baja la voz.

Porque algunos hombres no ganan batallas.
Ganan memoria.

©Humberto 2025. 





Titanes de la Patria,
paladines del honor,
alerta estad, que España
fía en vuestro valor.

Nuestra invicta Bandera debemos
con laureles de gloria adornar,
y en defensa del Orden sabremos,
cual centauros, con fuego luchar.
Los deberes del noble soldado
con denuedo sabremos cumplir,
siempre fieles al lema sagrado:
¡Por la Patria se debe morir!

Titanes de la Patria,
paladines del honor,
alerta estad, que España
fía en vuestro valor.

Nuestro Cuerpo es crisol refulgente
de heroísmo, lealtad y unión,
y al peligro gritamos: ¡Presente!
en las filas de nuestra Legión.
Nuestra sola ilusión es España,
nuestra sola ambición, el Deber;
nuestra gloria mayor, en campaña,
dar la vida y su honor defender.

Titanes de la Patria,
paladines del honor,
alerta estad, que España
fía en vuestro valor.

José Ramos Cabello nació en la ciudad de Antequera el veintisiete de marzo de 1905. Era hijo del comisario general de Vigilancia de Antequera, don José Ramos Bazaga y de doña María Cabello.

El nueve de abril de 1922 ingresó en el Ejército. Siendo alférez en el Batallón de Montaña Estella n.º 4, fue destinado al Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Ceuta n.º 3. Hallándose en este destino, participó a primeros de agosto de 1925, junto con sus compañeros, en la heroica defensa de la posición denominada Casa Hamido, donde se distinguió notablemente por su valentía y arrojo. Por estos hechos fue citado en la Orden General del Ejército de Operaciones de aquella Comandancia, presentándolo como modelo de soldado.

Ascendió al empleo de teniente el treinta de junio de 1926.

Continuó en operaciones y, en julio de 1927, tomó parte en el socorro de la posición de Sidi Meskín, que se hallaba asediada por fuerzas rifeñas. Tras un duro combate de más de siete horas, el enemigo fue rechazado. El encuentro se saldó con la muerte de un corneta y varios soldados, resultando heridos un sargento, dos cabos y cuarenta soldados, así como el oficial al mando de la posición.

El dieciséis de noviembre de 1927 le fue concedida la Cruz de María Cristina, y el veintiuno de junio de 1929 la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo.

En agosto de 1929 se hallaba destinado en el Regimiento de Infantería Príncipe n.º 3, fecha en la que obtuvo licencia para contraer matrimonio con doña Carmen Aspíroz Luis.

El quince de junio de 1932 fue trasladado al Centro de Movilización y Reserva n.º 3, con sede en Sevilla.

A primero de enero de 1934 figuraba destinado en el Cuerpo de Seguridad y Asalto, en la decimoctava Compañía del décimo Grupo, con guarnición en la ciudad de Oviedo.

En la madrugada del cinco de octubre de 1934 se produjo el alzamiento armado en la cuenca minera asturiana. Una vez proclamada la revolución en los distintos pueblos, los sublevados, perfectamente armados, atacaron de forma sorpresiva y contundente los puestos y reductos de la fuerza pública existentes en la zona. En líneas generales, dichos puestos contaban con escaso personal y deficiente equipamiento, lo que permitió que la insurrección triunfara en un primer momento.

Sama de Langreo fue una de las localidades asaltadas. Los alzados atacaron con ímpetu el cuartel de la Guardia Civil, cuyos defensores opusieron una tenaz resistencia. Sin embargo, ante la escasez de medios defensivos y el creciente acoso enemigo, enviaron aviso a Oviedo, solicitando auxilio a la Sección de Asalto, pues la situación se tornaba crítica.

Los encargados de acudir a Sama de Langreo fueron los hombres de la sección mandada por José Ramos Cabello, pese a que aquel día no le correspondía salir al frente, ya que por turno debía hacerlo otro teniente. No obstante, se presentó voluntario para encabezar la expedición, entre otras razones por su conocimiento de la conflictiva situación político-social de la cuenca minera.

Se dispusieron dos camionetas, que partieron de inmediato hacia Sama de Langreo. El trayecto resultó sumamente peligroso, pues fueron hostigados por los rebeldes. Al llegar al puente de la localidad, hubieron de sostener un intenso y vivísimo fuego con los alzados, que pretendían impedirles el paso hacia el cuartel de la Guardia Civil. El paso fue finalmente franqueado, no sin que el teniente perdiera a la mitad o más de sus hombres, entre muertos y heridos, viéndose obligados a continuar el avance pie a tierra.

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