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lunes, 22 de diciembre de 2025

Metti una sera a cena







Metti una sera a cena 
(versión adaptada y libre del original)

 

Pasa un año entero
y el tiempo cae en silencio,
día tras día
nos miramos como si no estuviéramos.

Entre tú y yo crece una distancia
hecha de gestos que no volvieron,
de instantes perdidos
que un día supieron llamarse amor.

Ya no nacen palabras.
La voz se quiebra
antes de llegar a ser frase,
y apenas sobrevive un «sí»
débil, cansado.

No viaja ningún pensamiento
de tu pecho al mío.
Tu corazón calla,
el mío espera,
sin saber qué espera,
sin saber por qué.

Imagina una noche cualquiera,
una más entre tantas,
la mesa, la cena,
solo tú y yo frente al vacío.
Alzamos los ojos
y de pronto comprendemos:
en nuestros rostros
no queda huella de nosotros.

Ya no nacen palabras.
El silencio ocupa su lugar,
se sienta entre ambos
como un invitado eterno.

No hay pensamientos que crucen,
no hay latidos que se busquen.
Solo dos corazones inmóviles,
esperando algo
que ya no sabe regresar.

Imagina una noche cualquiera,
la misma de siempre,
la misma de nunca,
tú y yo,
y esa nada
que ahora nos nombra.
La noche en que el silencio nos nombró 
(basado en la canción).

Pasó un año —quizá más— y nadie supo decir en qué instante exacto el tiempo dejó de hablar. No hubo estruendo ni despedida: solo ese callar lento con que se apagan las lámparas antiguas. Día tras día nos miramos con la cortesía de los desconocidos, como si la costumbre hubiese ocupado el lugar de la sangre, y el hábito, el del amor.

Entre tú y yo fue creciendo una distancia sin forma ni medida, hecha de gestos que no regresaron y de palabras que se quedaron a medio camino, como cartas nunca enviadas. Hubo instantes —lo recuerdo bien— que supieron llamarse amor; hoy apenas saben llamarse recuerdo.

Ya no nacían palabras. La voz, fatigada, se rompía antes de alcanzar el aire, y de aquel diálogo que un día fue hogar apenas sobrevivía un «sí» resignado, débil como una hoja al final del otoño. No viajaba pensamiento alguno de tu pecho al mío. Tu corazón guardaba silencio; el mío esperaba. Esperaba sin saber qué, sin saber por qué, como esperan las estaciones que ya han olvidado su nombre.

Imagina una noche cualquiera —una más, una menos—. La mesa dispuesta, la cena tibia, la lámpara derramando una luz cansada. Solo tú y yo frente a ese vacío que aprendió a sentarse entre ambos. Alzamos los ojos casi al mismo tiempo, y en ese instante —tan breve como definitivo— comprendimos la verdad: en nuestros rostros ya no quedaba huella de quienes fuimos.

El silencio, entonces, ocupó su lugar con la naturalidad de un viejo conocido. Se sentó entre nosotros como un invitado eterno, sin pedir permiso, sin intención de marcharse. No hubo pensamientos que cruzaran la distancia ni latidos que se buscaran en la penumbra. Solo dos corazones inmóviles, detenidos en la espera de algo que ya no sabía regresar.

Y así, en esa noche cualquiera —la misma de siempre, la misma de nunca— quedamos tú y yo, nombrados por la nada, sostenidos apenas por la memoria de un amor que un día fue voz… y hoy es solo silencio.


©Humberto 2025 





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