Vera: Poema de mujer
La fama le llegó a Vera como llegan las tormentas: sin pedir permiso y dejando el aire cargado de electricidad. Pasarelas, flashes, hoteles con alfombras que amortiguaban el paso y el ruido de una vida ajena. En Italia la llamaban La Española, como si el adjetivo bastara para explicarla. Sonreía con la precisión de un oficio aprendido a golpes de contrato y disciplina, mientras por dentro algo se le iba deshilachando con una paciencia cruel.
Tenía un amante —y agente— que conocía de memoria el precio de su silencio y la cotización exacta de su cuerpo. Un hombre eficaz, de verbo corto y reloj caro, que hablaba de ella en términos de mercado y de futuro. Vera lo escuchaba con la atención justa, pensando en otra cosa: en el vértigo que se abre cuando el éxito ya no promete nada nuevo. Fue entonces cuando empezó a distanciarse, como se aleja un barco del muelle sin hacer ruido, soltando amarras una a una.Asturias, su tierra natal, recibió a Vera con lluvia fina y silencios largos.Vera buscó a Martín por instinto, como quien regresa a un lugar donde dejó algo olvidado. Martín, policía, no figuraba en revistas ni contratos. Había sido el amor de su juventud, cuando el mundo aún cabía en un coche viejo y una canción repetida. Lo halló en Asturias. O, mejor dicho, se encontró primero a sí misma: en la casa donde creció, un caserón de paredes gruesas y recuerdos que no pedían permiso para volver. Y después, a él.La tarde se deslizaba lenta. La ciudad parecía bajar la guardia. Vera cruzaba la plaza distraída, entre escaparates y vendedores de flores. La gente la rodeaba, hablando, riendo, ignorando la lluvia fina que empezaba a caer.Martín apareció en la esquina opuesta, la mirada fija en el suelo. No la esperaba. No la buscaba. Y aun así, la vio.Se detuvieron frente a frente. Sin sorpresa. Como dos soldados que reconocen cicatrices tras años de silencio.—Sigues igual —dijo él.—Tú no —respondió ella—. Estás mejor.Se abrazaron, y después caminaron hombro con hombro, sin decidirlo. Cada gesto encajaba, como un reloj detenido que vuelve a latir de repente. La plaza bullía a su alrededor, indiferente. No hablaron del pasado. No hacía falta. El tiempo, esta vez, había llegado tarde.Martín era un hombre marcado por la rutina y la experiencia. Había patrullado calles con la violencia acechando detrás de las esquinas, investigado delitos que nunca aparecían en los periódicos y aprendido a contener rabia y compasión con idéntica disciplina. Sus años de policía le habían enseñado que la vida no espera, que los silencios dicen más que las palabras y que la justicia rara vez es perfecta. La calle había moldeado su forma de ser y de mirar: firme, rápida, pero con una suavidad que solo los que han visto demasiado saben ofrecer. Cuando Vera entró de nuevo en su mundo, él era un hombre sólido, sereno, acostumbrado a la incertidumbre ajena y, sin embargo, ante ella, la rigidez se derretía en recuerdos de un amor tan simple y profundo como el mar.Vera recordaba una infancia hecha de ausencias. Un padre que una mañana cerró la puerta y no volvió, dejando a su madre y a ella suspendidas en un silencio que duró años. Aprendió pronto que el abandono no hace ruido, que se instala despacio y se queda. Ese hueco, nunca del todo nombrado, creció con ella y tomó otras formas con el tiempo: éxito, cuerpos ajenos, aplausos que no tocaban el fondo.El vacío seguía ahí, intacto. Ni la fama ni los viajes lograron llenarlo. A veces pensaba que toda su vida había sido una huida elegante de aquel primer desamparo. Las drogas llegaron como una tregua engañosa, una forma de anestesiar el pensamiento, de adormecer la conciencia. Y en las madrugadas más largas, cuando el ruido se apagaba y solo quedaba ella, la idea de desaparecer se le presentaba no como un grito, sino como un descanso.Una tarde, en la antigua habitación de Vera, donde el papel pintado seguía contando la misma historia infantil, descubrió que ni siquiera allí encontraba reposo.—No sé si he vuelto para quedarme o para irme otra vez —dijo, apoyada en el marco de la ventana, con la lluvia empañándole el rostro.Martín la miró en silencio un instante, como midiendo palabras que pudieran sostenerla.—Tal vez no se trate de quedarte o irte —respondió—. Tal vez se trate de aprender a estar aquí, aunque duela.Vera rió; un sonido corto, metálico, que apenas interrumpió el de la lluvia.—Aprender a estar… suena tan fácil, como si uno pudiera decidir respirar y ya.—No es fácil —admitió él—. Pero si alguien puede intentarlo, eres tú. Y si caes, yo estaré ahí.La infelicidad tiene formas astutas. A Vera le habló en susurros nocturnos, en el peso de la madrugada sobre el pecho, en el deseo de desaparecer sin hacer ruido. Probó a desprenderse de la realidad con sustancias que prometían treguas breves y cobraban intereses altos: drogas como salvavidas de plomo. Martín lo intuyó sin saberlo del todo; la vio perder brillo, caminar por el borde de un abismo que no se nombraba. No hubo reproches. Entre ellos quedó suspendida una ternura impotente.El amante llegó un día cualquiera, con su abrigo italiano y su determinación práctica. La encontró más delgada, más ausente. La llevó consigo a Italia, hablándole de contratos pendientes, campañas y compromisos que no podían esperar. Vera lo siguió casi por inercia, dejándose arrastrar por la corriente del orden y la fama que él representaba. Pero mientras recorría carreteras y aeropuertos, su mente viajaba en otra dirección: recordaba la bruma de Asturias, la casa de su infancia y, sobre todo, a Martín, cuyo recuerdo nunca se había desvanecido. La seguridad del amante no lograba llenar el vacío que sentía en el pecho.Después de semanas entre pasarelas y reuniones interminables, Vera tomó una decisión. Se detuvo, respiró hondo y regresó a Asturias, a reencontrarse con Martín, el amor que nunca había olvidado. El éxito había vuelto a cercarla con su abrazo profesional y sus exigencias, y quiso escapar de todo aquello, del brillo que ya no iluminaba nada.Vera y Martín volvieron a encontrarse en una cafetería sin nombre, donde se dijeron verdades incómodas. Ella habló de su angustia como quien confiesa una derrota sincera. Él escuchó sin interrumpir, por primera vez sin calcular consecuencias.—No sé si estoy lista para nada —murmuró Vera—. Ni para ti ni para mí misma.—Entonces empecemos por un momento —dijo Martín—. Solo este momento.Aquella misma tarde, mientras se dirigían al coche bajo un cielo gris, la tensión flotaba en el aire como un presagio.—Siento que algo va a cambiar de verdad —dijo Vera, apretando su mano contra la de él—. Esta vez… esta vez quiero creer que podemos.Martín la miró con la calma aprendida en años de oficio, y una sombra de miedo cruzó su rostro.—No prometo nada —susurró—. Solo estar contigo mientras dure este instante.El coche arrancó y avanzó por la carretera mojada. Un instante de distracción, un resbalón del asfalto, y Vera perdió el control. El impacto fue brutal: metal retumbando bajo la lluvia. Martín salió ileso, con el corazón en un puño, mientras Vera quedaba atrapada entre los restos del vehículo.El silencio cayó. La carretera seguía húmeda y gris, pero algo esencial se había perdido. Vera había muerto. Martín permaneció allí, sosteniendo su recuerdo, con la sensación de que parte de él también se había ido. La calma, la respuesta, todo quedó suspendido en la eternidad de un instante que nadie pudo salvar.***
Martín se hizo escritor con los años, o tal vez siempre lo fue y solo necesitó perderla para descubrirlo. Escribía de noche, cuando el silencio se parecía al de aquellas carreteras mojadas y la memoria no ofrecía resistencia. Nunca habló de Vera en voz alta. La llevaba en frases cortas, en imágenes que regresaban sin permiso, en la forma exacta de nombrar la ausencia. Nunca volvió a amar del todo. Nunca volvió a conducir bajo la lluvia sin recordar aquel instante. En uno de sus cuadernos escribió:
La tarde en que el sol caía en ángulos imposibles, tiñendo el cielo de naranja y violeta, Vera avanzaba por un campo de hierba alta. Cada brizna que rozaba su piel parecía resonar con un eco secreto; el viento, cómplice silencioso, jugaba con los pliegues de su vestido y las sombras de sus gestos.Se detenía ante un árbol torcido, y con movimientos delicados comenzaba a dibujar sobre su cuerpo formas que imitaban las ramas y hojas. Era un ritual silencioso: la naturaleza y ella se encontraban en un diálogo íntimo, donde cada curva, cada línea, era una palabra, y cada postura, un verso. Sus ojos, grandes y contemplativos, reflejaban el cielo cambiante y la tierra que se inclinaba bajo su presencia.Más tarde, apareció frente a un lago, cuya superficie era un espejo líquido que multiplicaba su imagen. Allí se sumergió lentamente, dejando que el agua transformara su piel en un lienzo vivo. Cada onda que rompía la calma era un poema que nadie escuchaba, excepto ella. En la quietud del reflejo, Vera parecía dividirse en múltiples figuras: una danzaba sobre la arena, otra flotaba entre las flores, y una tercera se perdía en la profundidad azul, como si explorara los límites de su propia existencia.Mientras el día se apagaba, el horizonte se volvió un lienzo surrealista de colores imposibles. Vera caminaba entre sombras alargadas, cubriéndose de polvo y luz, fusionándose con las piedras, los árboles y el viento. Sus gestos se volvían cada vez más abstractos, más cercanos a la pintura que al cuerpo humano, hasta que la última luz del sol la envolvió por completo, dejándola suspendida entre el mundo tangible y un sueño eterno.Y en ese instante, nadie podría decir dónde comenzaba Vera y dónde terminaba la poesía que era ella misma.
Espejo de luz
Caminas descalza sobre el viento,
y la arena se curva bajo tus pies.
Cada sombra dibuja un verso en tu piel,
cada gesto es un susurro de fuego y agua.
El sol se quiebra en tus ojos,
el horizonte se inclina para mirarte.
Ramas y hojas buscan tu forma,
el lago multiplica tu ser en mil reflejos.
Eres lienzo y pintura,
cuerpo y poema,
viento que respira,
luz que se detiene.
Al final del día, el mundo se calla,
sólo tú existes,
suspendida entre lo visible y lo soñado,
eterna metamorfosis
de carne y aire, sombra y oro.
Cerró el cuaderno. Durante años se preguntó qué habría pasado si hubiera dicho algo distinto, si hubiera frenado antes, si el amor bastaba para salvar a quien no quería seguir viviendo. Aprendió tarde que la culpa no busca respuestas: solo compañía.
Vera no envejeció. No tuvo tiempo. Permanecía allí, intacta, caminando para siempre en un paisaje detenido. Y Martín, condenado a recordarla, comprendió que sobrevivir no siempre es una victoria, sino una forma lenta y silenciosa de expiación.
Al final, no fue el accidente lo que la mató, sino el cansancio de seguir viviendo.©Humberto 2025.
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