La pistola y el espejo
El policía se dio cuenta al amanecer. Buscó la pistola por puro hábito, antes incluso de levantarse del todo. El gesto automático de quien lleva demasiados años confiando su vida a un trozo de metal. La funda estaba vacía. Se quedó sentado en la cama unos segundos, inmóvil. Conocía bien esa sensación: el vacío no estaba en la cartuchera, sino un poco más arriba, en el estómago. Pensó en la noche anterior, en el final del turno, en el cansancio. No recordaba haberla perdido. Eso era lo peor.Salió a la calle. El barrio despertaba despacio, con la indiferencia habitual. Panaderías abriendo, persianas a medio subir, gente que no mira a los policías porque prefiere no verlos. Caminó sin rumbo fijo, repasando mentalmente cada movimiento, cada parada, cada conversación.Entonces se cruzó con su compañero.Lo conocía desde hacía años. Demasiados. Habían compartido madrugadas, cafés malos, silencios largos y alguna que otra situación en la que confiar en el otro no era una opción, sino una necesidad. Le saludó, como siempre.—Buenos días.La respuesta fue también la de siempre. Pero algo chirrió. No supo decir qué. Tal vez el tono. Tal vez la forma de sostener la mirada. El caso es que la idea apareció sin avisar, sucia y rápida: ¿y si ha sido él?La sospecha es así. No pide permiso.Empezó a observarlo con ojos nuevos. Ojos injustos. Cada gesto se volvió sospechoso. Cada palabra, una coartada mal ensayada. Pensó que sonreía demasiado. Que movía las manos con nerviosismo. Que hablaba como quien esconde algo. Lo pensó con la misma facilidad con la que otros disparan.Siguió andando. No quería mirarlo más.Sus pasos lo llevaron, casi sin darse cuenta, al descampado donde había terminado el turno la noche anterior. Allí se detuvo. Miró al suelo. Y la vio.La pistola estaba allí. Medio cubierta de polvo. Donde él mismo la había dejado al sentarse un momento, agotado, convencido de que no pasaría nada.La recogió despacio. Pesaba lo mismo que siempre, pero parecía otra cosa. Volvió a guardarla sin mirar alrededor.Regresó por el mismo camino. Se cruzó de nuevo con su compañero. Esta vez lo vio como era: el mismo de siempre. El mismo gesto. La misma voz. Nada había cambiado, salvo su propia mirada.No dijo nada. No pidió perdón. En el oficio aprendió hace tiempo que algunas disculpas se hacen en silencio.Siguió caminando.Pensó que lo más peligroso no es perder un arma, sino perder la lealtad. Y que el miedo, cuando se mezcla con cansancio, convierte a cualquiera en un juez mediocre. De esos que condenan sin pruebas y luego se esconden detrás del reglamento.Apretó el paso.En ese trabajo, como en la vida, hay errores que se pagan caro. Y otros que, por suerte, sólo dejan una cicatriz invisible.
©Humberto 2025.
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