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miércoles, 31 de diciembre de 2025

El hombre ante el espejo de unos ojos desconocidos





Hoy es Año Nuevo, piensas, mientras la tarde avanza con esa lentitud amable de los días que no reclaman nada. La luz se retira despacio, sin hacer ruido, como si supiera que no conviene alterar la memoria. Pronto seremos mayores, te dices, no con melancolía, sino con una serenidad casi agradecida. El tiempo no parece empujarte: camina a tu lado, acompasando el paso.

Piensas en ella —apenas una desconocida— y no sientes si no reconocimiento. Algo en su forma de estar, en su manera de mirar el mundo como si todavía no estuviera del todo decidido, te devuelve una imagen antigua de ti mismo. No es un anuncio de futuro sino un reflejo del pasado que aún respira. El hombre ante el espejo de unos ojos desconocidos: no como revelación súbita, sino como un reconocimiento silencioso de lo que aún permanece.

Durante años creíste que crecer significaba acumular respuestas, construir una voz firme, aprender a no titubear. Pero ahora, al borde simbólico de otro año, comprendes que la verdadera madurez no consiste en dejar de dudar, sino en hacerlo con honestidad. En conservar, bajo la experiencia inevitable, una sensibilidad que no se ha traicionado. Joven no por desconocimiento, sino por coherencia.

Miras a tu alrededor a quienes habitan la madurez como un uniforme: afectos administrados, miedos bien archivados, vidas funcionales y silenciosamente vacías. Personas que cumplen con todo, salvo consigo mismas. Y al verla —sin que ella lo sepa— recuerdas que tú también estuviste ahí: abierto, vulnerable, sin la necesidad constante de protegerte de la vida.

No piensas en amor, sino en continuidad. En cómo uno puede perderse de sí mismo sin darse cuenta, y en lo fácil que resulta confundir estabilidad con renuncia. Ella no despierta en ti el deseo de poseer ni de acercarte, sino el respeto que se le tiene a lo que alguna vez fuiste y todavía podría salvarse.

Recuerdas aquellos años en que el mundo parecía amplio y respirable, cuando la esperanza no necesitaba justificarse y el miedo aún no había aprendido a disfrazarse de prudencia. No eran tiempos mejores, te dices ahora, sino tiempos más permeables. Y el verdadero riesgo nunca fue envejecer, sino endurecerte; no cansarte, sino dejar de caminar con cuidado sobre los días.

Por eso, en este inicio de año, cuando todo invita a prometer cambios y clausurar etapas, te dices algo distinto: no cerrarte. No volverte ajeno a lo que alguna vez te sostuvo. No entregar tu asombro a cambio de comodidad.

Porque a veces no es el amor quien despierta, sino el espejo inesperado de alguien que, sin proponérselo, te recuerda quién fuiste cuando aún te escuchabas.

Y si todavía queda algo de eso vivo, sabrás qué hacer con el tiempo que empieza.


©Humberto 2026.

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