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viernes, 26 de diciembre de 2025

Cuando quieran

 

Cuando quieran


No siempre la Historia se escribe con estrépito. A veces pasa de puntillas, envuelta en humo, pólvora y silencio, y sólo deja tras de sí el eco grave de unos nombres que el tiempo, si no se le vigila, corre el riesgo de olvidar. Así ocurrió en Oviedo, en aquel octubre sombrío en que la ciudad despertó bajo el fragor de la rebelión y el temblor de las conciencias.
Mientras Asturias ardía y la patria se debatía entre el deber y la furia, un pequeño grupo de hombres, vestidos con el uniforme humilde y honrado de Carabineros, sostuvo sin alarde la dignidad del Estado. No eran héroes de proclama ni buscaban la gloria del gesto grandilocuente. Eran, sencillamente, servidores. Y eso, en tiempos de confusión, es la forma más alta de valentía.
El comandante don Norberto Muñoz Ortiz descansaba aquella noche en su modesta casa de huéspedes, ajeno aún a la magnitud del desastre que se abatía sobre Oviedo. El estruendo de los disparos lo arrancó del sueño como un aldabonazo de la Historia en la puerta de su conciencia. Se asomó al balcón, eran las dos y media de la madrugada, y vio lo que no olvidaría jamás: hombres armados, gritos exaltados, la calle convertida en un campo de batalla. Comprendió, sin necesidad de órdenes, que su sitio no estaba allí, sino junto a los suyos.
Intentó salir. No pudo. Las calles eran un infierno de bombas y fusilería. Esperó durante horas. Y cuando el fuego amainó, ya con el alba, salió. Caminó hacia la Comandancia con la serenidad de quien no huye ni se esconde. Allí se unió al puñado de carabineros que, desde un edificio castigado por el bombardeo, resistían con una entereza que hoy llamaríamos milagrosa.
Durante horas, y luego durante días, aquel reducido núcleo sostuvo el envite de una multitud enfurecida. Disparaban con medida, no por prudencia, sino por necesidad: la munición escaseaba. Frente a ellos, el número; de su parte, el valor. Y el valor, cuando es limpio, siempre deja huella.
El asalto final llegó como llegan todas las tragedias: inevitable. El oleaje humano se abatió sobre el cuartel, rompió puertas, desarmó a los defensores. Los carabineros, vencidos por el peso de la masa, no lo fueron por el espíritu. Desarmados, sacados a empujones, formados en la calle. Allí, sin ceremonia, apartaron al comandante Miguel Cátala Clemente.
—Avance unos pasos.
Avanzó. El primer disparo no lo tumbó. El segundo tampoco. El tercero, entre varios, terminó el trabajo. Nadie gritó. Nadie corrió.
A don Norberto Muñoz y al teniente coronel don Andrés Luengo los llevaron a Turón. La madrugada del 9 de octubre fue testigo de una escena que no cabe en los libros de cuentas ni en las estadísticas de la violencia, pero sí en la memoria moral de un país.
Cuando uno de los milicianos intentó quitarle el correaje al comandante Muñoz, lo hizo torpemente. Don Norberto lo miró con una calma casi paternal y le dijo, sin ironía ni miedo:
—Permítame. Voy a enseñarle cómo se coloca.
Y se lo enseñó.
Después, separados unos pasos del pelotón, los dos jefes se abrazaron. No hubo discursos. Sólo un grito que no era político, sino esencial:
—¡Viva España!
Se cuadraron. Saludaron. Y dijeron, con voz firme, como quien da una orden por última vez:
—Cuando quieran.
Sonó la descarga. Y la tierra, piadosa, recibió a aquellos hombres que no pidieron clemencia ni la necesitaron.
Así mueren los que han entendido el deber no como una consigna, sino como una forma de vivir. Y así, también, se escribe la verdadera historia: no con ruido, sino con ejemplo.


©Humberto 2025


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