Una mañana cualquiera
Carmen cerró la puerta con dos vueltas de llave. Siempre dos. No por miedo, sino por orden. El mundo era confuso; la cerradura, no. Bajó las escaleras pensando en las flores, en que pensar en flores era una forma discreta de no pensar en otra cosa.La calle ya estaba despierta. Autobuses, bocinas, el murmullo continuo del Madrid de los noventa: una ciudad que había aprendido a correr sin preguntarse adónde. Caminó despacio. No tenía prisa. La prisa se le había gastado con los años.Pensó en su casa, demasiado grande. Pensó en su marido, correcto, educado, distante como un mueble bien colocado. Pensó que la vida había acabado siendo una sucesión de habitaciones ordenadas y conversaciones previsibles.Luis se despertó tarde. Otra vez. El despertador llevaba semanas sonando como una obligación ajena. Se sentó en la cama sin encender la luz. El cuerpo le pesaba como si hubiera pasado la noche patrullando, aunque llevaba meses en Informes, un destino de segunda actividad.Miró el uniforme colgado detrás de la puerta. Planchado. Impecable. El uniforme siempre estaba bien, aunque él no lo estuviera. Había aprendido pronto a mantener las apariencias: en la academia, en la calle, en los despachos.Encendió un cigarro aun sabiendo que no debía. Fumar era una manera de marcar el tiempo cuando el tiempo se había vuelto viscoso.Recordó un callejón. Una intervención rápida. Un segundo de duda. El informe posterior, limpio, aséptico, correcto. Nadie le preguntó cómo dormía después.Carmen entró en la floristería. Dudó. Dudaba mucho últimamente. Antes decidía sin esfuerzo. Pensó que algo se había estropeado en ese tránsito silencioso de los años.—Claveles —dijo al final.Los claveles no exigen explicaciones. Mientras pagaba, oyó un frenazo en la calle, un alboroto breve. Nada grave. Nunca pasa nada grave cuando debería.Pensó, sin saber por qué, en Luis. En aquel policía al que había conocido años atrás en una cena: callado, educado, con una mirada siempre en guardia. Pensó que era un hombre cansado. Y que el cansancio también era una forma de soledad.Luis salió a la calle sin un motivo claro. Quizá por costumbre. Quizá porque quedarse en casa era peor. Caminó con el paso aprendido en años de servicio: atento sin parecerlo, observando sin mirar directamente.Pensó que la ciudad descansaba sobre hombres que ya no podían descansar.Se detuvo frente a una floristería. Enumeró cuántas veces había llegado tarde con flores inútiles, intentando compensar ausencias que no tenían arreglo. No entró.Carmen cruzó la plaza. El sol golpeaba con una luz sucia, urbana. Pensó en la reunión de la tarde, en el vino, en la cordialidad como armadura. Se sentó un momento. Observó, como siempre había sabido observar.Vio a un hombre solo, fumando, con el cuerpo rígido, como si aún cargara un chaleco invisible. Reconoció algo: un cansancio distinto, de los que no se curan con descanso.Luis notó la mirada. Alzó la vista. Sus ojos se encontraron un segundo más de lo normal. No fue incómodo. Fue exacto.Carmen se levantó con el ramo envuelto en papel marrón. Dio unos pasos y se detuvo. A veces el cuerpo decide antes que la cabeza.—Hace calor para ser otoño —dijo, sin pensarlo.Luis apagó el cigarro con cuidado, como si ese gesto aún importara.—Madrid siempre aprieta —respondió—. Da igual la estación.—Eso nunca se sabe.Ella sonrió brevemente y siguió su camino. Él se colocó la chaqueta por puro reflejo y se alejó en dirección contraria.Carmen pensó en aquella frase suya, tan poca cosa, y en el poso extraño que le había dejado, como si hubiera hablado con alguien que entendía el cansancio sin necesidad de explicarlo.Luis caminó con la sensación incómoda de haber sido visto de verdad por primera vez en mucho tiempo.Madrid los absorbió de inmediato.La ciudad no guarda memoria de estos cruces mínimos. Pero a veces, en una esquina cualquiera, dos desconocidos se reconocen durante un instante y continúan su camino sabiendo —sin decirlo— que no estaban tan solos.Y eso, aunque no cambie nada, lo cambia todo.Al atardecer, Carmen cruzó la Castellana de regreso. El cielo seguía gris, contenido, como si estuviera decidiendo algo. Sintió un cansancio dulce, una melancolía leve. Pensó de nuevo en la frase. Sonrió sin darse cuenta.Luis salió a fumar al patio interior de la comisaría. Alzó la vista. Ni una gota. Apagó el cigarro con gesto lento.«Eso nunca se sabe», pensó. Le pareció una buena definición de casi todo: el trabajo, el amor, la ciudad misma.Madrid seguía avanzando. Y aunque ninguno de los dos volvió a verse, aquella frase —mínima, casual— quedó instalada en sus días como una certeza discreta: la vida no avisa, pero a veces deja señales pequeñas, casi invisibles, para quien sabe mirarlas.
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