El Regreso de Héctor
Madrid, 1995. El frío de otoño te cala hasta los huesos. El ruido constante de la ciudad —el tráfico, las sirenas, el bullicio— te envuelve como una niebla densa, pero te has acostumbrado. En la Comisaría, el teléfono de tu despacho suena con insistencia, el timbre agudo cortando la monotonía del día. Tu mirada se desvía hacia el aparato con cansancio. Ya has pasado más de 10 años en las calles de Madrid, enfrentándote a todo tipo de delitos, y aún te preguntas por qué sigues aquí. ¿Es por el sueldo? ¿Por la adrenalina? O quizá, lo sabes en el fondo, es porque no hay salida, no hay más vida que esta, entre papeles y sangre.Levantas el auricular.«Romero, necesitamos que te acerques al distrito de Salamanca, en la calle Velázquez. Hay un cadáver. Pero es... raro». La voz del jefe te suena familiar, aunque esa urgencia en su tono te da escalofríos.—¿Raro? —repites, con un suspiro, mientras el cansancio se acomoda en tus hombros.—Te esperamos, Héctor. Está todo acordonado, pero tienes que verlo. No es algo común.El aire es gélido cuando llegas a la mansión. La propiedad parece un vestigio de otra época, un lujo decadente que se enfrenta al paso del tiempo con dignidad. En el jardín, la quietud es tan profunda que casi puedes oír tus propios latidos. Una patrulla te abre paso, pero apenas les prestas atención. Caminas solo, con ese paso firme que te caracteriza, pero hoy, por alguna razón, no sientes el control de siempre. El lugar, el ambiente, te afecta de una forma extraña.Cuando entras en la mansión, te enfrentas a la escena del crimen. El cadáver de un hombre yace en el suelo, vestido con una túnica blanca y una corona de laurel sobre su cabeza. El contraste entre la muerte y la luz dorada que entra por las ventanas altas te desconcierta.—¿Esto qué es? —murmuras, mirando la escena con incredulidad.Uno de judicial se acerca a ti. «Lo extraño es que parece morir... feliz. No hay signos de lucha. Y, mira esto». Te señala una carta que el hombre muerto tiene entre las manos, amarilla por el paso de los años, pero aún legible. Un fragmento de texto te hace fruncir el ceño. Habla de un viaje sin fin, de regresar a casa, de un héroe perdido. Algo te hace clic, una memoria olvidada que trae consigo una sensación inquietante.Después del descubrimiento, te deslizas por las calles de Madrid como si la ciudad misma te estuviera observando. No puedes dejar de pensar en esa carta, en la extraña serenidad del cadáver. Caminas sin rumbo, buscando respuestas que no sabes cómo formular. Sabes que en tu trabajo la fuerza no lo es todo. Como Ulises, entiendes que la métis —esa astucia profunda— es lo que realmente marca la diferencia. No se trata solo de ser rápido o fuerte, sino de ver lo que otros no ven, de anticipar los movimientos antes de que ocurran. En cada caso eres un estratega guiando los hechos hacia donde otros no se atreven a mirar. La verdad no siempre se encuentra a simple vista, pero tú sabes cómo leer entre líneas y actuar cuando menos lo esperan.En el parque de la Vaguada, te detienes. El aire frío te golpea la cara, y ahí, entre las sombras, la ves. Una mujer. Vestida con un largo vestido blanco, con el cabello oscuro cayendo sobre su espalda. No sabes por qué, pero todo en ti te dice que es diferente, que su presencia no es de este mundo. Algo en ella te arrastra, como si la misma gravedad de la ciudad hubiera dejado de existir.Se acerca a ti sin prisa. Te mira con ojos que parecen vacíos, pero profundos, tan profundos que sientes que te sumergen en un mar desconocido.—¿Quién eres? —preguntas, pero tus palabras parecen poco.—Soy Calíope. —Su voz tiene algo de eco, como si viniera de otra época. —He estado esperando.El nombre te suena, lo sabes. La musa de la poesía épica, de la mitología griega. ¿Qué tiene que ver ella contigo, aquí, en Madrid?—¿Esperando qué? —Tu voz se quiebra un poco. No entiendes nada, pero todo parece más claro que nunca.Calíope sonríe, con una dulzura triste. «Esperando que el hombre perdido regrese a su hogar. Y tú, Héctor, llevas mucho tiempo perdido».Al día siguiente, el sol apenas ilumina tu apartamento. El teléfono de la comisaría suena. Y otra vez, el ruido de las sirenas y el caos de la ciudad se mezclan en tus oídos. Pero ahora, sabes que algo mucho más grande se mueve entre las sombras de Madrid, algo que no puedes ignorar.Decides investigar más sobre la carta y el cadáver. Una búsqueda que te lleva a una red secreta de familias antiguas, entre ellas los feacios, una élite madrileña que nunca dejó de estar conectada con el mar Mediterráneo, con los viejos relatos de dioses y héroes. La mansión del muerto, la corona de laurel, todo encaja en un rompecabezas que te lleva a un solo nombre: Alcínoo.En su despacho, el hombre que ves te recuerda más a un rey antiguo que a un empresario de éxito. Su mirada, fría y calculadora, te observa como si ya supiera todo sobre ti.—¿Qué quieres de mí? —pregunta, sin desviar la vista de los papeles.No sabes cómo responder, porque lo que vas a decirte parece de locos, pero la verdad es que no puedes quedarte callado. Algo está en juego.—Quiero saber qué está pasando. Este cadáver, esta mujer... Calíope. ¿Qué está pasando con todo esto?Alcínoo se ríe con suavidad, como si todo fuera un juego que él ya había ganado.—No entiendes, Héctor. La historia nunca muere. Solo cambia de forma. Los feacios no son un mito. Están aquí, en Madrid, donde todo comienza y termina.Ahora, lo sabes: Madrid es una ciudad que jamás perdona, donde las historias antiguas y las vidas cotidianas se entrelazan de formas oscuras y misteriosas. Y tú, Héctor, te has convertido en parte de esa historia, sin saber cómo. Sigues perdido, pero algo en ti sabe que no hay vuelta atrás. Ya no puedes ser el policía de siempre. La ciudad te está pidiendo que te enfrentes a lo imposible.
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