Fue una boda con aire de trinchera y promesa de victoria, como esas que se celebran antes de que empiece la batalla. Jean-Luc Godard y Anna Karina se casaron el 3 de marzo de 1961 convencidos —como solo se convence la gente joven y peligrosa— de que el futuro estaba de su parte. El cine, París y la vida entera parecían alineados con ellos. Luego, como suele ocurrir, el destino afiló el cuchillo.Aquello no empezó en un altar, sino en una bañera. Un anuncio de jabón, verano del 59. Godard, crítico con fama de implacable y mirada de pistolero cansado, vio en la pantalla a una muchacha de ojos enormes y silencio antiguo, sumergida en espuma como una aparición. No preguntó si era prudente; preguntó cómo se llamaba. Y fue a buscarla.La joven no se llamaba Anna Karina todavía. Era Hanne Karin Blarke Bayer, danesa, con una infancia que parecía escrita por Andersen en una noche triste. Padre ausente, madre distante, padrastro violento, casas ajenas, huidas tempranas. A los catorce años trabajaba de ascensorista y a los diecisiete decidió que quedarse era más peligroso que marcharse. París la esperaba como esperan las ciudades míticas: sin prometer nada y dispuesta a cobrarlo todo.Llegó haciendo autostop, durmió bajo tejados sin agua, sobrevivió con timidez y hambre. Pero tenía belleza, y la belleza es un pasaporte que no pide visado. Las revistas, las marcas, la moda: Balmain, Cardin, Chanel. Fue Coco quien le regaló un nombre nuevo, elegante y literario, como una pistola bien equilibrada: Anna Karina. En pocos meses ganó dinero, aprendió a callar y a mirar, y gastó lo justo para ir al cine. Allí se estaba entrenando sin saberlo.Godard la llamó para À bout de souffle. No para el papel principal, sino para uno breve y arriesgado. Ella dijo «no» cuando él creyó que diría sí. No se desnudaba. Punto. El director no entendió nada; ella entendió demasiado. La escena la hizo otra mujer, y la historia siguió adelante, tensa como un duelo aplazado.Volvieron a cruzarse con El soldadito. Godard insistió, ella dudó. Aceptó, pero no podía firmar: era menor. Llamó a su madre desde París, con la vida temblándole en la voz. La mujer voló por primera vez, firmó, y volvió a Dinamarca sin comprender del todo qué acababa de poner en marcha.Luego vino el malentendido, el anuncio maldito, los rumores de cama y favoritismo. Karina se sintió sucia en un mundo que aún no había aprendido a perdonar la inocencia. Godard respondió como sabía: telegramas literarios, metáforas de cuentos, flores tardías. «Los personajes de Andersen no lloran», le dijo. Pero lloran. Vaya si lloran.Ella desconfiaba; él observaba. En una prueba de cámara la interrogó como si fuera un personaje más: libros, música, hombres. Karina se plantó. Aquello no era cine; era una frontera. Godard retrocedió, sorprendido. Quizá ahí empezó todo de verdad.Lo que vino después —amor, celos, películas, destrucción— ya pertenece a la leyenda. Pero durante un instante, breve y luminoso como un plano bien rodado, dos personas creyeron que podían cambiar el cine y salvarse mutuamente. Y eso, aunque acabara mal, fue una forma respetable de vivir.Y el final llegó, como llegan siempre los finales que nadie quiere ver venir: sin música y con factura pendiente.
El matrimonio no fue un refugio, sino un campo minado. Godard no amaba a Anna Karina como se ama a una mujer, sino como se posee un territorio creativo. La filmaba, la moldeaba, la vigilaba. Ella era su musa y su rehén, su actriz y su espejo. En la pantalla la convertía en mito; en casa la reducía a sospecha. Los celos eran constantes, el silencio más aún. Godard hablaba con el cine y callaba con ella. Karina, que había huido de una familia para no ser golpeada, descubrió que hay violencias que no dejan moratones.
Rodaron juntos películas que hoy son catedrales: Vivir su vida, Banda aparte, Pierrot le fou. En cada una, Anna se desangraba un poco más para que el plano saliera perfecto. Sonreía delante de la cámara y se rompía cuando se apagaban las luces. Intentó suicidarse en 1965. Godard estaba rodando. Siempre estaba rodando.
Se separaron ese mismo año. Sin épica, sin reconciliación final, sin travelling de despedida. El divorcio fue seco, administrativo, casi cobarde. Godard siguió adelante con sus teorías, sus consignas, su cine cada vez más abstracto y menos humano. Karina tuvo que aprender a existir fuera del encuadre que la había hecho eterna. Actuó, cantó, escribió. Vivió. No fue poco.
Nunca volvieron a ser lo que habían sido. Tal vez porque eso solo existe una vez. La nouvelle vague siguió su camino, el mundo cambió, y la boda que había prometido el futuro quedó como una fotografía amarillenta: dos jóvenes creyendo que el amor y el arte eran la misma cosa.
No lo eran.
Al final, lo único que quedó fue el cine. Y en él, para siempre, Anna Karina caminando por París con mirada triste y paso decidido, mientras Godard, desde algún lugar fuera de campo, aprendía demasiado tarde que las musas también sangran, se cansan y se van.
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sábado, 3 de enero de 2026
Plano corto para un amor en fuga
Plano corto para un amor en fuga
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