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viernes, 2 de enero de 2026

Un racimo para no perderse

 


Un racimo para no perderse



La familia Morales no se fue del pueblo por gusto, que nadie se va por gusto de donde le llaman por el mote y le fían en la tienda. Se fueron porque hasta las higueras, que siempre han sido muy suyas, habían decidido no dar conversación aquel año.
—Esto ya no es campo ni es —dijo el padre—. Esto es un recuerdo con polvo.
Y como lo dijo sin enfadarse, sino con ese cansancio manso que tienen los hombres cuando ya han probado todas las soluciones, nadie replicó.

El coche era un Renault de los de antes, con la pintura rendida y el motor agradecido. No corría, pero avisaba. La madre lo llenó con arte: una maleta chica, otra más chica todavía, una caja de uvas negras —por no irse con las manos vacías— y el canario, que siempre es buena señal llevar algo que cante.
Salieron temprano, antes de que el pueblo se desperezara del todo. La plaza estaba limpia, como recién barrida para que no se notara la pena. Pasaron junto al bar, donde el camarero levantó la persiana sin curiosidad, que ya había visto marcharse a otros.
—Que tengáis suerte —dijo, sin dramatizar.
La carretera era larga y un poco aburrida, como casi todas las decisiones importantes. En la radio hablaban de Europa y de cosas modernas, pero el coche seguía pagando en pesetas y el aire entraba por la ventanilla con toda la confianza del mundo.
Cuando llegaron a las viñas, el campo parecía otro señor: más arreglado, más formal. Las uvas colgaban como si supieran que había que cumplir. El capataz los miró de arriba abajo, contó cabezas y dijo:
—Mañana, a las seis.
Y con eso quedó todo hablado.
Trabajaron bien. No con alegría, que eso viene después, sino con formalidad, que es más importante. Las manos se pusieron moradas y la espalda a su aire, pero el jornal entraba limpio, que es una tranquilidad que no se puede explicar en voz alta.
Por las noches, sentados en sillas prestadas, comían pan, uvas y silencio. Alguna vez el padre decía:
—Mira tú, quién nos iba a decir que estas uvas nos iban a mantener.
Y la madre asentía, que es una forma muy andaluza de estar de acuerdo sin gastar palabras.
Cuando terminó la vendimia, no hubo discursos. Recogieron lo suyo, dieron las gracias como se dan en el campo —con un apretón sincero— y volvieron al coche. Antes de irse, el padre cortó un racimo, lo partió y lo fue pasando.
Pa que no se nos olvide el camino —dijo.
Las uvas estaban dulces, pero no presumidas. Como la gente que las había cogido.
Y el coche se fue, despacito, dejando atrás las viñas, sin ruido, que es como se hacen las cosas importantes en este país: trabajando y sin llamar mucho la atención.

©Humberto 2026.

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